26 oct. 2015

Mitos de la historia de Cantabria (2): banderas de nuestros padres

En estos momentos, en los que Cantabria está sumida en el que parece el último (por definitivo) capítulo de su particular "guerra de banderas" y a la espera de una colaboración de máximo nivel relacionada con ella en el blog, creo que ha llegado el momento de rescatar un tema que tenía en el cajón desde hace ya bastantes años. Y, de paso, resucitar aquella serie apenas iniciada sobre los mitos de la historia de Cantabria. En esta ocasión toca "meterse" con la bandera de la Comunidad Autónoma de Cantabria. Concretamente, con dos de los argumentos manejados para justificar su presunta existencia antes de 1845: su uso como pabellón naval a mediados del siglo XVIII y su presencia en la "Acción de Vargas", en 1833.

A modo de breve introducción, hay que señalar que, oficialmente, la bandera de Cantabria lo es porque sí. O al menos eso se desprende de lo que dice el artículo nº 3 de nuestro estatuto de Autonomía:

"La bandera propia de Cantabria es la formada por dos franjas horizontales de igual anchura, blanca la superior y roja la inferior"

Ni una alusión a su historia y al porqué de su elección como enseña de la Comunidad Autónoma. No sé si existe algún estudio o documento que la justifique y en el que se apoyasen los redactores del estatuto, pero yo no he conseguido averiguarlo. Así que he tenido que recurrir a otras fuentes, oficiosas si se quiere, para indagar en su origen.

Es un hecho cierto e incontrovertible que la bandera es la misma que se le adjudica a la Provincia Marítima de Santander en 1845. Según la Real Orden de 30 de Julio de ese año:

"Santander, bandera blanca y roja por mitad horizontal. Lo blanco superior"

Contraseñas de las Provincias Marítimas españolas de la Península y los territorios de ultramar en 1845 (imágenes tomadas de aquí)

Y también hay pocas dudas acerca de cómo, a partir de esa fecha, la enseña se populariza y va alcanzando reconocimiento (aunque está por ver, al menos para mí, cómo de grande fue esa aceptación fuera de la ciudad de Santander y cómo llegó a adoptarse como bandera de ésta última, no sé si perdiendo o no ese carácter provincial del que tampoco estoy seguro que llegara a gozar). Sin embargo, lo que nos interesa aquí y ahora es su historia anterior a esa fecha, si es que realmente la tiene. Y, en ese sentido, se puede decir que hay dos posiciones enfrentadas: la más aceptada, que encontramos reflejada en la entrada correspondiente de la Gran Enciclopedia de Cantabria y cuyos defensores más visibles fueron José Luis Casado Soto y Joaquín González Echegaray; y la "revisionista", abanderada (nunca mejor dicho) por ADIC.

La primera postura defiende la existencia de la bandera, como enseña naval, al menos desde mediados del siglo XVIII (existe incluso una versión "maximalista", que lleva sus orígenes hasta la Edad Media, aunque no la vamos a tener en cuenta aquí) y, por tanto, un siglo antes de la creación de la Provincia Marítima de Santander y de su bandera de contraseña.

Entrada de la Gran Enciclopedia de Cantabria relativa a la bandera autonómica y su historia

Como podemos leer en la imagen, el argumento sobre el que se sustenta esa afirmación sería la supuesta presencia de la bandera blanquirroja tanto en el Privilegio de la concesión del título de ciudad a Santander (1755) como en el cuadro de José Vallespín sobre la batalla de Vargas (1842). Según sus defensores, la contraseña otorgada a Santander en 1845, al contrario que las del resto de provincias, no sería una bandera elegida de forma aleatoria o creada ex novo, sino la plasmación oficial de una tradición anterior.

Desde ADIC, por contra, afirman que el origen de la bandera está únicamente en la Real Orden ya mencionada (y, en última instancia, en una de las de señales diseñadas por José de Mazarredo en el siglo XVIII, de las que se habría nutrido la Corona para elegir las contraseñas marítimas) y que la existencia anterior a ella de gallardetes rojiblancos en las naves cantábricas se explicaría por tratarse de los colores de la Corona de Castilla. Aceptan pues desde esa asociación la presencia de enseñas navales rojas y blancas en Cantabria antes de mediados del XIX (y dan por buena la del Privilegio de Fernando VI), aunque las desligan completamente de la bandera de la provincia marítima.


Imagen del tríptico editado por ADIC sobre el origen de la bandera de Cantabria (puede consultarse completo aquí)

Yo, por mi parte, voy a tratar de establecer dónde se puede situar el verdadero origen de la bandera de Cantabria, en el siglo XVIII o en 1845. Y para ello voy a analizar si está realmente presente en esos dos documentos gráficos ya citados (porque lo de 1845 no admite discusión, obviamente): el Privilegio de 1755 y el cuadro de Vallespín.

Como ya se ha dicho varias veces más arriba, el título de ciudad le fue concedido a la hasta entonces villa por el rey Fernando VI en 1755. Y en ese privilegio, que se conserva en el Archivo Municipal, está representado (de aquella manera: sólo hay que ver el mascarón de proa del navío, al más puro estilo vikingo) el escudo de Santander; de forma similar a como es ahora, aunque sin las cabezas de los mártires Emeterio y Celedonio. Según los defensores de una bandera rojiblanca anterior a 1845, en ese escudo aparece un gallardete con esos colores, adornando el barco que rompe las cadenas que bloqueaban el Guadalquivir. Sin embargo, un simple vistazo a la ilustración de marras demuestra que eso no es así. La embarcación está adornada con varias banderas rojas y en su palo más alto ondea, en efecto, un gallardetón de dos colores. El de abajo es rojo, de eso no cabe duda. Pero el de arriba no es blanco, sino amarillo, como puede comprobarse fácilmente comparándolo con las velas, que sí son blancas. En estas dos imágenes, por ejemplo:


Escudo de Santander presente en el privilegio de 1755 (tomado de aquí)

Detalle de la embarcación, con su gallardetón rojo y amarillo (imagen tomada de aquí)

A la vista de la ilustración, desconozco de dónde viene el error, sostenido y repetido constantemente cada vez que se trata este tema. Quizá de haber pensado que se trata de un efecto del paso del tiempo, que habría "amarilleado" el blanco (aunque insisto: el contraste con el blanco de las velas despeja cualquier duda en ese sentido). O de haber manejado una copia en blanco y negro del original. No se me ocurre ninguna otra explicación, la verdad.

Y tampoco sé como explicar ese enorme gallardetón rojo y amarillo en lo más alto del barco, aunque empiezo a alumbrar una sospecha: que sean precisamente esos dos colores los que sí tuvieron algún tipo de importancia y de significado para los cántabros de la segunda mitad del siglo XVIII (y algo más acá). ¿Por qué? Pues porque hay otra bandera montañesa en la que vuelven a aparecer poco más de medio siglo después. Concretamente, en la enseña de alguna de las unidades que lucharon contra los franceses entre 1808 y 1814. En ella, como puede apreciarse en la imagen de abajo, la cruz de San Andrés (motivo principal de las banderas de guerra españolas durante siglos) está formada por un brazo rojo y otro amarillo.

Bandera de una unidad cántabra que luchó en la Guerra de la Independencia (montaje a partir de foto e imagen tomadas de aquí y aquí, respectivamente)


Distintos autores la dan como perteneciente a alguno de los batallones o escuadrones que formaron parte de la División Cántabra de Díaz Porlier, aunque también podría tratarse de la bandera del Regimiento de Milicias de Laredo, que habría integrado el Ejército Cántabro en el momento del levantamiento contra el invasor (más detalles, aquí). Regimiento, por cierto, que se constituyó en 1763, lo que nos llevaría a una fecha muy cercana a la de la concesión del Privilegio. Puede que esa coincidencia de colores sea casual y puede que no. En cualquier caso, ahí queda.

Volviendo al tema, podemos descartar la ilustración del Privilegio como prueba de la existencia de la bandera a mediados del XVIII. ¿Habría otras? Pues, que yo sepa, no. Lo que sí hay, sin salir de esa centuria, es otro testimonio gráfico de primer orden de esa inexistencia: el cuadro de Mariano Ramón Sánchez del puerto de Santander (pintado por encargo de Carlos IV hacia 1793, dentro de una serie dedicada a los puertos más importantes de la España de la época). En él, una vista del muelle santanderino tomada desde la dársena interior (o"dársena chica"), aparecen varias embarcaciones de diverso tipo: pequeñas naves mercantes atracadas frente a las casas de la "nueva población" (el primer ensanche de Santander) y en la dársena exterior (o "Muelle de Naos"), aunque de estas últimas sólo sean visibles los mástiles; y un buque de guerra (una fragata o un navío de línea) que se aproxima a puerto desde el Este. Pues bien, en ninguna de esas naves ondea bandera rojiblanca alguna: los barcos de los comerciantes portan la correspondiente en sus proas y el de la armada la propia (la actual bandera de España). Y en todos ellos lo que podemos ver en lo alto de sus mástiles son grímpolas rojas o azules, nada más. Siendo, como es, una obra de gran detalle y pintada del natural (lo más parecido a una fotografía que podemos encontrar para esos momentos), creo que constituye una prueba bastante sólida de que los barcos de Santander, a finales del siglo XVIII, no portaban gallardetes rojiblancos.


Fragmento del cuadro de Mariano R. Sánchez del puerto de Santander

Detalle de los pequeños barcos mercantes atracados frente al ensanche

Detalle del buque de la armada que se aproxima a puerto

Detalle de los mástiles de los barcos atracados en el "Muelle de Naos"

Donde a mediados del siglo XVIII sí que contaban con bandera naval propia era en la vecina Vizcaya. En realidad, tenían dos: la que portaban los barcos del Señorío y la que ondeaba en los del Consulado de Bilbao. La primera, una cruz de Borgoña blanca sobre fondo rojo (aunque en algún álbum francés aparezca como roja sobre fondo azul). La segunda, la misma cruz, en rojo, sobre fondo blanco. En la siguiente ilustración, una pintura de Francisco Antonio Richter de la segunda mitad de esa centuria, podemos ver ambas (si es que la del Consulado no es, en realidad, una de un barco de la Armada de la época) en algunos de los barcos atracados o anclados en la ría bilbaína (incluso se puede ver otro que porta un curioso pabellón que, a primera vista, parece estar formado por una franja roja inferior y una blanca superior, del doble de anchura; aunque, si se amplía la imagen y se fija uno bien, parece que realmente existe una tercera banda arriba del todo, de un color que no alcanzo a distinguir).

Bilbao en la segunda mitad del siglo XVIII, por F. A. Richter (imagen tomada de aquí)

Resulta pues muy difícil admitir que, de haber existido realmente esa bandera naval rojiblanca montañesa anterior a 1845, se hubiera mantenido como contraseña de la Provincia Marítima de Santander mientras que a Bilbao se la hubiese privado del privilegio de conservar una de las dos que sí que se sabe a ciencia cierta que tuvo (y que no conservó, todo sea dicho). Aunque ni siquiera hay que llegar a hacer ese razonamiento, porque todo indica, como hemos visto, que esa enseña cántabra primigenia nunca existió.

Descartada esa primera prueba, toca saltar en el tiempo hasta la década de los años 30 del siglo XIX, y comprobar qué hay de cierto en la supuesta presencia de la bandera en el cuadro de José Vallespín que recrea la "Acción de Vargas", la batalla (más bien escaramuza, aunque de gran importancia para el desarrollo posterior de la contienda) en la que las tropas cristinas (formadas por voluntarios de Santander, carabineros y soldados del Regimiento Provincial de Laredo) derrotaron a una columna facciosa que avanzaba sobre la capital cántabra desde Sur al comienzo de la I Guerra Carlista (más detalles sobre la acción y sus consecuencias, en este artículo). La obra, que se conserva en el Ayuntamiento de Santander, refleja el momento culminante de la batalla, cuando las tropas liberales, con el río Pas a su espalda, rechazan el ataque carlista. Aunque Vallespín cuida mucho los detalles de las tropas involucradas en la "Acción", lo hace tomando como referencia un momento unos cuantos años posterior al del suceso (1833), por lo que, siendo serios, no puede tomarse como un reflejo veraz al cien por cien de lo sucedido (tanto es así que, ya en su época, el propio consistorio santanderino le encargó otro cuadro sobre el mismo tema que se ajustase más a la realidad de lo sucedido, para sustituir a éste, aunque el trabajo no llegó a concretarse). Pese a todo, hagamos como que lo es.


Fotografía, tomada de un libro cuyo nombre no conozco y que he cogido de aquí, del cuadro de José Vallespín sobre la "Acción de Vargas"

Basta un golpe de vista para darse cuenta de que lo que se cuenta sobre la presencia de la bandera en esta pintura no se corresponde con la realidad. Las tropas liberales no aparecen "atacando a los carlistas tras gallardetes rojiblancos". De hecho, ni unos ni otros portan banderas en la escena. Esos "gallardetes rojiblancos" son, en realidad, la banderola de la lanza de uno de los miembros del piquete de caballería voluntaria santanderina. Banderola que, en efecto, es blanca y roja, con el blanco arriba. ¿Se trata entonces de una enseña o simplemente del adorno de un arma? Sólo hay que desplazar la vista al extremo contrario del cuadro para salir de dudas. Allí, en la parte superior izquierda, se retrata la huida de la caballería facciosa, rechazada por las descargas de fusilería de los Cazadores de Laredo. Entre los jinetes que huyen, uno de ellos a pie tras haber dejado muerta su montura en el campo de batalla, hay tres lanceros. Y los tres portan lanzas con banderolas, idénticas a la que acabamos de ver en el lado contrario. La única diferencia podría ser el color de la banda superior, que podría ser amarilla en el caso de los carlistas, aunque no es descartable que también fuese blanca y aparezca difuminada por el humo. Por tanto y al igual que ocurriera con la ilustración del Privilegio, se puede descartar completamente la presencia de la bandera rojiblanca en este cuadro y, con ella, la de su presunto primer uso fuera del ámbito naval (ámbito éste en el que, como hemos visto antes, tampoco se utilizaba en esas fechas previas a 1845).


Detalle de los jinetes cristinos, donde se aprecia la lanza con banderola rojiblanca

Detalle de los jinetes carlistas que huyen, donde se aprecian las lanzas con banderolas

Detalle del jinete carlista que se retira a pie, con la lanza con banderola al hombro

Las lanzas con banderolas eran muy corrientes a principios del siglo XIX (y lo siguieron siendo a lo largo de toda la centuria y hasta inicios de la siguiente). Las utilizadas durante la I Guerra Carlista solían ser rojas y amarillas (las de los Lanceros de Navarra, por ejemplo) o, la mayor parte de las veces, blancas y rojas. Es cierto que, en casi todos los casos que he podido recopilar, la banda roja suele ser la superior y la blanca la inferior, aunque existen otros en los que la disposición es idéntica a la de la banderola del cuadro de Vallespín. Valgan como ejemplo las de los jinetes carlistas guipuzcoanos que podemos ver en la siguiente ilustración (con la banda de abajo roja y la de arriba blanca, como se deprende del cruce de la información que nos dan el grabado y sus propias ordenanzas de caballería, que mencionan una banderola "encarnada y blanca").


Lanceros guipuzcoanos en el "Album de las Tropas Carlistas del Norte" (imagen tomada de aquí)

Para terminar, conviene echar una ojeada a otra bandera, que no aparece en el cuadro de Vallespín pero que sí está directamente relacionada con la batalla de Vargas y que se conserva en el museo de la torre de la catedral de Santander. Se trata de la enseña del Batallón de la Milicia Nacional de esa ciudad, unidad heredera del Batallón de Vecinos Honrados que combatió en dicha "acción". No tengo muy claro si estuvo presente en la lucha o si es ligeramente posterior, pero lo que sí está fuera de toda duda es que perteneció a esa unidad y que en 1838 le fue concedida la corbata conmemorativa del "3 de Noviembre", para honrar su valor en el combate. Y, como puede observarse, no es blanca y roja ni está formada por dos franjas horizontales del mismo tamaño. Su rojo y su blanco son los de los cuarteles de las armas de Castilla y León que, coronadas por un muy liberal y revolucionario gorro frigio, constituyen su motivo principal.  Es decir, que la "bandera de Vargas", la de verdad, tampoco tiene nada que ver con la de la Provincia Marítima. Y, para acabar volviendo al principio y a la primera de las dos patas de este banco, hay que señalar que en sus cuatro esquinas presenta otros tantos escudos de la ciudad de Santander, con sus respectivos barcos, cabezas de mártires y torres con cadenas. Pues bien, en esas naves, bordadas con mucho detalle, podemos ver la bandera de la armada de entonces (la rojigualda, menos de una década después nacional) ondeando en popa y gallardetes rojos en lo alto de sus tres palos. Una vez más, sin rastro alguno de banderas rojiblancas.

Bandera del Batallón de la Milicia Nacional de Santander, a la izquierda

Detalle del motivo central de la bandera, con las armas de Castilla y León

Detalle de uno de los cuatro escudos de Santander de la bandera

Detalle de la corbata conmemorativa del 3 de Noviembre de 1833

En resumen, revisadas las presuntas pruebas de la presencia de la bandera de Cantabria antes de la creación de las provincias marítimas españolas y de sus correspondientes contraseñas, puede afirmarse que ninguna de las dos permite sostenerla. Al contrario y frente a lo afirmado por algunos autores, ni en el escudo de Santander presente en el Privilegio de Fernando VI ni en el cuadro sobre la batalla de Vargas hay banderas rojiblancas, lo que desmonta completamente la posición más extendida acerca de su origen. Otros elementos, como el cuadro de Mariano R. Sánchez del puerto de Santander a finales del siglo XVIII o la bandera del Batallón de la Milicia Nacional de Santander, no sólo no contradicen esa afirmación sino que constituyen nuevas evidencias de la inexistencia de esa bandera antes de mediados del siglo XIX. En realidad, esto no hace ni mejor ni peor a nuestra bandera autonómica, pero pone las cosas en su lugar y ayuda a establecer su verdadero origen: una creación específica (y sin ninguna tradición anterior) para la Provincia Marítima de Santander. Y su fecha de nacimiento: 1845. Más o menos lo que decían desde ADIC.

12 oct. 2015

La Ruta de los Foramontanos: una deconstrucción

Cuando en Abril de 2012 colgué aquí una entrada sobre los “Foramontanos” no sospechaba que iba a ser el principio de una historia bastante más larga. En aquel momento éramos novatos en esto de los blogs (llevábamos apenas dos meses) y nuestra única intención era denunciar, sin entrar en profundidades, cómo un mito historiográfico (uno más) había echado raíces firmes en Cantabria y demostrar que no tenía ningún fundamento real. Y ahí quedó la cosa (y la entrada, que ha sido bastante leída y enlazada, por cierto).

Más de dos años después, a mediados de septiembre de 2014, Enrique y yo escribimos una carta a los alcaldes de los siete ayuntamientos (seis cántabros y uno palentino) que estaban dando forma a la “Ruta de los Foramontanos”. Lo hicimos porque creímos que estaban a punto de cometer un grave error, no por la ruta en sí (contra la que no tenemos nada), sino por toda la justificación histórica que la rodea e incluso está en su propia génesis. Y, como no podía ser de otra manera, por el nombre elegido. En la carta explicábamos con cierto detalle (y algo de aparato crítico) por qué toda esta historia de los “Foramontanos” y de su ruta, así planteada, nos parece un despropósito. Y les pedíamos que reconsiderasen su posición y eligieran otro nombre y otros referentes para una idea que consideramos buena y, hasta cierto punto, necesaria para contribuir a dinamizar esas comarcas del interior de Cantabria y de la Montaña Palentina. Idea que, además, no es nueva: ya en los años del Desarrollismo, concretamente en 1969, se inauguró una ruta homónima, asentada sobre los mismos presupuestos históricos y con el mismo recorrido, pero en sentido contrario. Y que, aunque no cuajó, dejó el poso del que ha surgido la actual (pese a que, curiosamente, ninguno de los responsables de ésta parezca conocerla o querer recordarla).


Recortes de prensa del año 1969 (sacados de las hemerotecas de los diarios ABC y La Vanguardia


La respuesta recibida no fue la que esperábamos, ni para bien ni para mal. En realidad, ninguno de los munícipes destinatarios de la misiva nos contestó. Tampoco lo hizo ningún concejal de Cultura ni funcionario municipal. En su lugar, y como ya contamos en otra entrada, el vicepresidente de la Asociación Cultural “Ruta de los Foramontanos”, José Luis Ruiz Diego, se puso en contacto con nosotros y nos invitó a participar en las VI Jornadas de Historia del Fuero de Brañosera. Lo que nos pareció esa invitación y los motivos por los que la tuvimos que declinar ya fue expuesto en esa entrada anterior, por lo que que remito a ella. En cualquier caso, nuestras razones y argumentos no fueron tenidos en cuenta en absoluto y todos ellos siguieron la hoja de ruta (nunca mejor dicho) prevista.

Así, este año la prensa anunciaba la presentación de un proyecto técnico para dotar de contenido a la Ruta y las iniciativas para celebrar lo que consideran su 1201 aniversario, todo ello con el apoyo del Gobierno de Cantabria y la Diputación Provincial de Palencia y aderezado con afirmaciones como ésta: que se trata de un “camino histórico del siglo IX, el segundo en importancia de la Edad Media (tras el de Santiago)”. Casi nada.


Rotonda de entrada al casco urbano de Cabezón de la Sal en Septiembre de 2015 (Fotografía de Araceli González Vázquez)

Y mientras llegaban septiembre y octubre y las celebraciones y actividades (como la que acaba de tener lugar hace nada), la Ruta estrenaba página web. Web oficial donde encontramos, por primera vez, lo que ya parece la versión, también oficial, de su justificación histórica. Y dice así:
Esta vía de comunicación fue el camino histórico por el cual transitaron los pioneros que el Rey de Asturias, Alfonso II, envió a repoblar los territorios de la Meseta norte, en los primeros años del siglo IX de nuestra era, tras la retirada de los árabes a la frontera que suponía el río Duero.
En torno al año 814, la ruta estaba plenamente funcionando y los contingentes de repoblación, en su mayoría población visigoda refugiada en el Cantábrico tras la conquista musulmana del 711, y excedentes de población del Ducado de Cantabria, recorrían esta ruta para ir asentándose en los territorios despoblados de la Montaña Palentina y la Tierra de Campos, al norte del río Duero.
La epopeya de los Foramontanos, recogida por las fuentes históricas de la época, y por historiadores y literatos de todos los tiempos, constituye un recurso histórico de estas comarcas que desbordan -en ambos sentidos- la Cornisa Cantábrica, conectando el litoral cantábrico con las amplias llanuras de la Mesera norte peninsular. La misma nos habla de un viaje a través de la ruta que une Malacoria (Mazcuerras) con la Brannia Osaria (Brañosera), lugar este último donde, una década después -en el 824- un grupo de foramontanos recibiría la Primera Carta Puebla de España, de manos del Conde Munio Nuñez.
En otras palabras, lo que esa “versión oficial” sostiene es esto: a inicios del siglo IX, unos habitantes de la zona atlántica de Cantabria (los Foramontanos) habrían salido en masa de Mazcuerras (Malacoria) para repoblar la zona situada inmediatamente al sur de la Cordillera Cantábrica (Castilla). Esos pioneros, en parte cántabros originarios, en parte hispanogodos refugiados tras las montañas para huir de la invasión musulmana, buscarían asentarse en las tierras yermas del piedemonte meridional y de la llanura adyacente. Ese hecho habría quedado reflejado en la entrada de los Anales Castellanos Primeros o Annales Castellani Antiquiores (ACP en esta entrada a partir de ahora) referida al año 814. Y una de sus consecuencias en la Carta Puebla de Brañosera, fechada en el 824. Y por eso la Ruta se establece entre Mazcuerras (el supuesto punto de partida) y Brañosera (donde se habría sustanciado por primera vez esa repoblación “foramontana”). Vamos, que sigue casi al pie de la letra la idea popularizada por Víctor de la Serna en su Nuevo viaje de España. La ruta de los Foramontanos en 1953: tanto la historia de los “Foramontanos” y su salida (en el primer capítulo, que es una versión ligeramente ampliada de este artículo periodístico) como la de los que poblaron Brañosera (en el quinto) y la relación entre ambos hechos, que dejó entrever sin nombrarla. Se configura así esa obra como el principal (y casi único) referente de esta “Ruta de los Foramontanos” actual, al igual que sucediera con la primera de 1969.

A partir de este punto vamos a deconstruir esa “versión oficial”, ampliando lo dicho en la entrada de 2012, utilizando parte del contenido de nuestra carta del año pasado, corrigiendo algunos errores menores y aportando nuevos datos. Siguiendo el propio texto de la entrada de los ACP, analizaremos la justificación histórica de la Ruta e intentaremos demostrar que, a todos los niveles, ésta no se sostiene. Comenzamos.

Exierunt foras Montani…

Empezando por el principio, hay que fijarse, en primer lugar, en lo que dice la fuente. El pasaje en cuestión, como ya se ha comentado, está recogido en los ACP, en un manuscrito del año 1058 conservado en la Biblioteca Nacional de Madrid. Su transcripción y traducción correctas son las siguientes:

In era DCCCLII exierunt foras montani de Malacoria et uenerunt ad Castella.
“En la era 852ª (año 814) salieron fuera los montañeses desde Malacoria y llegaron a castilla.” (Martín, 2009: pp. 203-226)

Fragmento del manuscrito de los ACP conservado en la Biblioteca Nacional de España con la entrada nº 3 resaltada

Si el texto habla de “Montañeses”, ¿de dónde salen esos “Foramontanos” que dan nombre a la Ruta? Muy sencillo: de las manos (y la mente) del historiador Manuel Gómez Moreno. La adulteración (quizá involuntaria o quizá no, como veremos) de la fuente original se produjo en su edición de 1917 de los Anales Castellanos Segundos o Annales Castellani Recentiores (ACS), del siglo XII y que repiten lo dicho en los Primeros, aunque con añadidos posteriores a la fecha de cierre de éstos. Y consistió en separar la forma verbal exierunt (de exire, “salir”) y el adverbio foras (“fuera”) y unir este último al sustantivo montani (“montañeses”) para crear la inexistente palabra forasmontani*  y así convertir el pasaje anterior en este otro:

In era DCCCLII exierunt forasmontani de Malakouria, et uenerunt ad Castellam. (Gómez Moreno, 1917)

De esta transcripción inexacta del documento original se derivó (de forma incomprensible, porque ya hemos visto que Gómez Moreno leyó perfectamente la cita original de los ACP) la traducción incorrecta que hizo suya Víctor de la Serna y que tanto éxito ha tenido, sobre todo en Cantabria, durante décadas:

“En el año 814 salieron los foramontanos de Malacoria y vinieron a Castilla.”

En realidad, la transcripción correcta de este pasaje de los ACS no difiere, en la parte que nos interesa, de la que recogían los ACP:

In era DCCCLII exierunt foras montani de Malakouria et uenerunt ad Castellam. (Martín, 2009: pp. 203-226)

Por tanto, las dos versiones de la fuente medieval dicen lo mismo (exierunt foras montani) y la traducción no varía: no puede ser, en ningún caso, “Salieron los Foramontanos” sino “Salieron fuera los Montañeses”. Así que el término “Foramontanos”, aplicado a esta fuente (y a todo lo que ha terminado por derivar de ella), es una invención reciente sin ningún tipo de fundamento, ni histórico ni lingüístico. Así de simple.

Volviendo a la “Ruta de los Foramontanos” actual, no en la propia web sino en el folleto descargable en PDF, encontramos las que suponemos sean la cita y la traducción “oficiales” de ese pasaje fundacional. Cita y traducción que dicen así:

In era DCCCLII exierunt foras Montani de Malacoria et venerunt ad Castella.
“En la era 852 (año 814) salieron fuera de los montes/los foramontanos de Malacoria y vinieron a Castilla.”

Como vemos, la transcripción es correcta pero no la traducción (en ninguna de las ¡dos variantes! propuestas). Llama poderosamente la atención que los responsables de la Ruta traduzcan “exierunt foras montani” de dos formas distintas y que, en ambos casos, lo hagan mal. Como ya hemos visto, la traducción “salieron los foramontanos” no puede hacerse en ningún caso. Pero es que el “salieron fuera de los montes” tampoco es una opción válida. En primer lugar, porque la forma esperable sería “exierunt foras montis/montium”, similar a los “foras/foris monte” presentes en algunos documentos de la época (por cierto, siempre referidos a los territorios situados al sur de la Cordillera). Y en segundo, porque las entradas de los ACP siguen siempre un esquema muy claro (verbo + sujeto + complementos), como en “venerunt sarracini in Spania” (vinieron los sarracenos a España) o “fregerunt cortobesses Sotoscoba” (asolaron los cordobeses Sotoscueva), por poner sólo un par de ejemplos. Esquema que no se respeta con esa traducción alternativa, en la que la frase queda además sin sujeto y constituiría un caso excepcional dentro de la obra.

Todo apunta a que nos encontramos ante un intento de salvar el escollo que supone la evidencia de que no hay “Foramontanos” en los ACP, pero sin renunciar ni al término ni al uso de esa fuente como sustento documental de la Ruta. Es decir, que se admite la posibilidad de que el texto no diga “Foramontanos” (aunque a la vez se siga manteniendo y no enmendando esa opción) y se plantea la alternativa del “fuera de los montes”, que vendría a ser lo mismo y les permitiría, tomándose alguna pequeña gran licencia, no cambiar el nombre. 

En cualquier caso y como acabamos de ver, vano intento, porque el texto dice lo que dice y la traducción es la que es. Y sus protagonistas son esos “Montañeses” de los que, por lo que se ve, los responsables de la ruta no quieren saber nada.

Es importante señalar que, aunque no esté presente ni en los ACP ni en los ACS, el término “Foramontanos” sí que aparece citado en otros documentos medievales, aunque en una zona de la Península bastante alejada de Cantabria y de la primitiva Castilla: en el sur de Galicia. Allí, en la zona bajo la influencia del monasterio de Celanova, se citan ya en el siglo X una villa Foramontanos y su territorio homónimo, villa que ha llegado hasta nosotros con el poco transformado nombre de Faramontaos. Y no es el único: hay otros cuantos Foramontaos (o similares) en la propia Orense, más un par en Pontevedra y Lugo, respectivamente. Y otros dos en Zamora (Faramontanos de Tábara y Faramontanos de la Sierra). La lista la cierra Cabeza de Framontanos, en Salamanca. Sobre el origen de esos topónimos hay distintas opiniones (que pueden leerse en esta muy buena entrada de blog, donde, por cierto, se menciona la presencia de un topónimo Foramontanos en la documentación medieval del monasterio de Oña, algo que aún no he podido revisar pero que haré en cuanto esos pesados de Derecho devuelvan los libros a la BUC), así como acerca del lugar de procedencia de quienes dieron nombre a esos lugares (cuando se piensa en gentes llegadas de otras zonas, claro). 


Localización de los topónimos derivados de "Foramontanos" en relación con la comarca portuguesa de Tras-os-Montes

Sin profundizar en un tema que realmente no viene al caso, sólo me quedo con la imagen de su dispersión territorial, formando un curioso arco alrededor de la región portuguesa de Tras-os-Montes (cuyos habitantes, por cierto, son conocidos como “Transmontanos” y con los que algún autor relaciona los topónimos). Y con una sospecha: la de que conocer ese “Foramontanos” gallego medieval (u otro similar) pudo haber estado detrás de esas inexplicables transcripción de los ACS y traducción tanto de estos como de los ACP por parte de Gómez Moreno. Y ahí lo dejo.

Volviendo al tema y para concluir este primer apartado: no hay “Foramontanos” ni nada que se le parezca en los ACP (y tampoco en los ACS).


...de Malacoria...

Descartada pues esa “presencia foramontana” en el texto y asumido que los protagonistas de la entrada son unos “Montañeses”, toca enfrentarse al segundo reto y demostrar que Malacoria es Mazcuerras. Y es un asunto de la máxima importancia, porque de esa demostración depende todo: admitir que lo que cuenta la entrada de los ACP no sucedió donde y como sostienen los promotores de la Ruta es como aceptar que ésta, tal y como está planteada, no tiene justificación histórica real. Entonces, ¿puede ser Mazcuerras la Malacoria de los Anales? La respuesta es sencilla y rotunda: no.

Desde un punto de vista estrictamente onomástico, que es el único posible aquí, la evolución Malacoria-Mazcuerras es imposible. O, lo que es lo mismo, ese topónimo cántabro en ningún caso puede haber derivado del Malacoria de la cita medieval. En cuanto al origen de Mazcuerras, existen dos posibilidades. Para explicar la primera, nada mejor que las palabras de A. González Rodríguez en su Diccionario etimológico de la toponimia mayor de Cantabria (pp. 139-140):

En los últimos años, Mazcuerras ha venido identificándose, sin ningún fundamento científico, con el pueblo nombrado Malacoria en la documentación medieval. Consecuencia de esta identificación errónea, se le asigna además un papel preponderante en la denominada “ruta de los foramontanos”. A nuestro juicio, Mazcuerras es un compuesto de las voces mazo y cuerras: El Mazo de las Cuerras (…) Por todo lo dicho, Mazcuerras es un compuesto procedente del sintagma El Mazo de las Cuerras, significando `la elevación (con forma de mazo) donde se hallan los corrales circulares

La otra nos remite a un curioso topónimo presente en un documento fechado en 1184 (citado aquí, en la nota 64):

monasterium Sancti Martini de Mescorez, quod est in Asturiis de Sancta luliana, in alfoz de Cabezón situm” […el monasterio de San Martín de Mescorez, que está en las Asturias de Santillana, situado en el Alfoz de Cabezón…]



Valle de Cabezón, visto desde la subida al alto del Cueto


Todo indica (un monasterio con esa advocación, en el alfoz de Cabezón y en las Asturias de Santillana) que ese Mescorez está designando a la actual Mazcuerras, situada en esos territorios y donde persevera hoy en día la iglesia de San Martín. De ser este documento una fuente fiable, habría que descartar completamente la anterior etimología y partir de Mescorez para llegar al topónimo actual. Hasta donde yo veo, hay pasos fáciles de explicar y otros no tanto. Será tarea de filólogos y expertos en onomástica estudiarlo, si es que no lo han hecho ya. En cualquier caso, ni la otra interpretación ni ésta nos llevan a Malacoria. No sólo no lo hacen, sino que muestran bien a las claras la imposibilidad de esa reducción (algo de lo que ya se dio cuenta Adriano García Lomas en un trabajo que enlazo más abajo). Y además, la evolución de Malacoria es relativamente sencilla de establecer: Malacuera (que ya hemos visto que fue exactamente lo que se hizo en la propia Edad Media, tal y como quedó reflejado en los Anales Toledanos).

Malacueras hay varias en la Península y casi todas ellas, si no todas, han sido citadas por algún autor como esa escurridiza Malacoria de los ACP. De todas las opciones, la primera (y probablemente más citada) es la Malacuera de la Alcarria, en Guadalajara, de donde el propio Gómez Moreno hizo salir a sus “Foramontanos”. A nosotros, teniendo claro que la cuestión sigue abierta, la que más nos convence en estos momentos,  siguiendo en ello a Pérez Prendeses otra muy cercana a la anterior: el valle de Malacuera, antiguo nombre (tomado de un arroyo homónimo) de la comarca de Torrelaguna, en las estribaciones meridionales del Sistema Central. Esta discusión daría para otra entrada y tampoco influye demasiado en ésta, así que lo dejaremos aquí. Sólo un apunte: los propios ACP mencionan la incursión victoriosa del Conde Rodrigo contra Talamanca, en el año 860 (cuatro entradas después de la de Malacoria). Y Talamanca (del Jarama), una plaza levantada (o al menos fortificada) hacia mediados del siglo IX para defender la Marca Media andalusí, está inmediata a Torrelaguna (como queda también de manifiesto en un documento de 1189 manejado por el propio Pérez Prendes y en el que se cita una “grangiam vero de Malacuera”, con todas sus pertenencias y territorio, situada “circa villam que vocatur Talamanca”). ¿Casualidad? Quizá. O quizá no. Pero toca volver al lío.

Estando tan claro como está que Mazcuerras, en ningún caso y sea cual sea su etimología, puede venir de Malacoria, ¿cómo es que ha llegado a sostenerse esa identificación? Hemos rastreado el origen de este asunto y lo hemos encontrado, a finales del siglo XIX y en la pluma de ese pintoresco y muy bizarro personaje que fue Ángel de los Ríos y Ríos, “el Sordo de Proaño”. Y en una no menos curiosa circunstancia: un ataque puntual de mala memoria devenido en lamentable confusión. En 1876 este autor publica su obra Noticia histórica de las behetrías y en ella, al tratar de los inicios de la Reconquista, cita el pasaje de los ACP (en aquellos momentos, antes de que Gómez Moreno los editara, llamados Complutenses). Y lo cierto es que los traduce perfectamente (salvo por la licencia de escribir Malacuera por Malacoria):

los montañeses salieron de Malacuera y vinieron a Castilla

Cuántas líneas nos hubiésemos ahorrado si los que vinieron detrás hubiesen trabajado con el mismo rigor… Pero sigamos. Citadas (y traducida la latina) las entradas, amplía la información en una nota al pie, dando su opinión sobre la localización de Malacuera. Y empieza a hacerlo apoyándose en la autoridad de Francisco de Berganza (autor de la obra de 1727 Antigüedades de España). Dice Ángel de los Ríos:

 “En las inmediaciones de Mazcuerras, que juzga Berganza ser este Malacuera…”. 

Sin embargo, esta vez el ilustre pionero de la arqueología cántabra citó de memoria y se equivocó. Revisado el libro de Berganza, en ningún lugar se identifica Malacuera con Mazcuerras, sino con “Rudaguera” (San Pedro de Rudagüera). Tal cual: 

…los Montañeses de Malacuera (ahora Rudaguera) salieron a Castilla. Rudaguera es un Valle cercano a la Villa de Santillana…”. 

Y de los polvos de ese error, vinieron los lodos que nos tienen hoy aquí contando estas cosas.


Pasaje de la obra de F. de Berganza donde se identifica Malacuera con Rudaguera (sic)

Puede que la identificación llegase a Víctor de la Serna directamente desde la obra de Ríos y Ríos (a quien dedica unos párrafos en el Capítulo 3 de “Nuevo viaje de España”) y que es muy probable que conociera. O puede que lo hiciese a través de Mateo Escagedo Salmón, ya que sabemos por Adriano García Lomas (en este trabajo suyo, a partir de la página 235 de este volumen de la revista Altamira, que ya he mencionado más arriba) que ese autor publicó en 1916, en el periódico “El Porvenir” de Cabezón de la Sal, un artículo en el que, a juzgar por el párrafo que transcribe, fusiló de malas maneras al “Sordo de Proaño”; citándole de pasada (junto a Berganza, oh sorpresa) y haciendo suya su idea (“Que este Malacuera sea Mazcuerras lo sabemos…”) y sus argumentos. En cualquier caso, fue el hijo de Concha Espina quien retomó el asunto ya en los años 50 del siglo XX y popularizó la equivalencia Malacoria-Mazcuerras (“Estamos en Malacoria…”; “Que esto es Malacoria…”; “Sin embargo, querido lector, yo te aseguro que el actual Concejo de Mazcuerras, donde me hallo para servirte, es la Malacoria que un día…”; “El Concejo de Malacoria, que hoy se llama Mascuerras o Mazcuerras…”; “A Malacoria, lector amable, puedes llegar fácilmente por la carretera de Santander a Oviedo”) en su ya varias veces mencionada obra. Cierto es que no cita ni a Ríos y Ríos ni a Escagedo Salmón, pero también lo es que su libro no tiene (ni tiene por qué tenerlo) aparato crítico. Aunque resulta, siendo quien era y de dónde era, bastante difícil creer que no conociese las obras de esos otros dos autores.

La conclusión de esta parte del análisis es sencilla y nos devuelve al comienzo: Mazcuerras nunca pudo ser la Malacoria del texto ni, por tanto, el punto de partida de esos 
Montani que lo protagonizan. 

  
…et venerunt…


La opinión mayoritaria entre los historiadores es que, este venerunt (traducido como “vinieron”) nos informa acerca de un movimiento de gentes destinado a poblar territorios por entonces abandonados. O, lo que es lo mismo, una repoblación. Las diferencias principales residirían en el lugar de procedencia de esos repobladores: los territorios cristianos del norte peninsular para unos, o el entorno meridional del sistema Central para otros, como ya se ha apuntado de forma muy breve más arriba. Sin embargo, el asunto no es tan sencillo y merece la pena detenerse en él.

En primer lugar, si se trató de una repoblación desde los territorios del Reino de Asturias, resulta chocante que la forma verbal utilizada sea venerunt y no populaverunt, ya que este último verbo (populare) es el usado en los ACP (y en otras fuentes de la época) cuando se quiere decir precisamente eso: que se (re)puebla una localidad o un territorio. Y, además, en todos los casos hay un notable que dirige y/o sanciona la operación. Así, en los ACP el rey Ordoño populavit León, el conde Rodrigo Amaya, el conde Diego Burgos y Ubierna, etc. Por tanto, lo que se puede descartar totalmente es lo que afirma la “versión oficial” de la Ruta: que se trató de una acción repobladora auspiciada o dirigida por Alfonso II de Asturias, ya que, en ese caso, se habría recogido de la siguiente manera: Populavit Adefonsus rex...

Para esquivar en parte ese problema podría argüirse que en realidad se trató de una especie de “repoblación popular”, pero nos cuesta mucho imaginar un movimiento masivo de gentes hacia el sur por iniciativa propia y al margen de las autoridades de la época, por lo que acabamos de ver. Y tampoco podría relacionarse con un goteo de desplazamientos individuales o en pequeños grupos desde los territorios situados al norte de la Cordillera, ya que es más que probable que estos hubiesen comenzado antes del 814 y sería ya algo normal a esas alturas, mientras que lo que la entrada de los ACP relata es un suceso puntual, que sucede en un momento muy determinado y completamente excepcional (tanto como para merecer ser recogido en esa fuente). Por todo ello, nosotros creemos que ese venerunt se explicaría mejor como una llegada de gentes a la Castilla de la época desde un territorio extraño, o, lo que es lo mismo, ajeno al Reino de Asturias (y de nuevo aparece ante nosotros la Malacuera madrileña, que encajaría en ese esquema sin problemas). Pero ojo, no necesariamente hay que entenderlo en términos de desplazamiento pacífico. 

Ya Reinhart Dozy, en el siglo XIX, interpretó esta entrada de los ACP no como una repoblación pacífica, sino como una agresión. Concretamente, el ilustre arabista holandés identificó a los Montani de la entrada con bereberes que atacaron Castilla y Asturias en época del rey Mauregato (interpretación muy denostada por la investigación, por cierto, y en la que no entramos, más allá de la idea principal y de la traducción del verbo). Y no fue sólo él quien vio en ese venerunt un movimiento agresivo: Julio Puyol también lo interpretó como un ataque contra el norte cristiano, como una invasión protagonizada por los que él denominó “foramontanos de Malacuera”.

Seguro que más de un lector se está preguntando ahora mismo si estos autores habían perdido el juicio. Pues no. Siendo fieles a la fuente, a los propios ACP, su razonamiento fue impecable. ¿Por qué? Pues porque las otras dos veces en las que se escribe venerunt en esa fuente se hace para hablar de una invasión o de un ataque. De una llegada, sí, pero con malas intenciones. Así, leemos que “venerunt sarracini in Spania” (“vinieron los sarracenos a España”) y que “venerunt cortoveses ad Septemmankas” (“vinieron los cordobeses a Simancas”), en ambos casos no precisamente a traer ramos de flores: los primeros, en la invasión de 711; los segundos, en una razzia que terminó en derrota catastrófica, en 939. Cualquiera puede consultar un diccionario de latín y comprobar que cuando el verbo venio se utiliza con idea de hostilidad, se puede traducir por “atacar”. En el contexto de los ACP, de los ACS y de otras fuentes altomedievales como las crónicas Albeldense y Rotense, el termino venerunt siempre se puede traducir por “atacaron”, porque siempre se utiliza “con idea de hostilidad”. 

Por tanto, ni siquiera el plan en el que 
vinieron esos Montañeses a Castilla está claro en la tercera entrada de los ACP. Y todo apunta a que no lo hicieron pacíficamente...


…ad Castella.

Para terminar, es necesario pararse a pensar brevemente en la extensión de esa Castella citada en el texto, lugar de destino de los protagonistas de la entrada de los ACP. Y en la relación de Brañosera (el destino final de la Ruta) con ella.

A decir de la mayor parte de los autores que han tratado el tema, la Castilla de inicios del siglo IX se circunscribía al extremo nororiental de la actual provincia de Burgos. Esa Castella Vetula, que coincide, grosso modo, con la actual comarca de Las Merindades, aparece denominada en las fuentes andalusíes como al- Qilâ’ (“Los Castillos”), fuentes en las que suele ir asociada a Álava, el territorio situado inmediatamente al Este, bajo la fórmula Alava wa-l-Qilâ’. Acerca de su extensión hacia occidente en esos tiempos, que es lo que nos importa ahora aquí, poco puede decirse, más allá de que no parece que en ningún caso hubiera incluido aún los territorios de Campoo y Valderredible. Territorios que son, precisamente, los que separan ese primigenio solar castellano de la parte de la Montaña Palentina en la que se localiza Brañosera (si es que ésta localidad no formó parte del primero de ellos). Existe una cita de una fuente musulmana que ratifica esos límites occidentales del territorio de Castilla en esas fechas. Se trata de un pasaje de Ibn Hayyan referido a la rebelión de los Banu Qasi (la poderosa familia muladí del Valle del Ebro) contra Córdoba del año 802 y dice así:

Los Banu Qasi persistieron en la disidencia, acogiéndose al politeísmo y congregando a los habitantes de Pamplona, Álava y Los Castillos, Amaya, sus vecinos de la Cerdaña y otros…[ED. MAKKI Y CORRIENTE (2001): Crónica de los emires Alhakam I y Abdharrahman II entre los años 796 y 847 [Almuqtabis II-1], Zaragoza]

Vemos aquí que se citan como territorios claramente diferenciados Álava y Los Castillos, por un lado, y el de Amaya (que está situado al sur de Valderredible y Campoo). Las implicaciones de este pasaje son muchas, porque indican que Amaya estaba poblada (y tenía la suficiente entidad como para ser cabeza de un territorio) antes de su repoblación “oficial” por el conde Rodrigo en el año 860, aunque este no es el lugar para entrar en ellas. 

En lo que nos toca, quedémonos con la siguiente idea: si Amaya, que está más próxima a Castilla, no formaba parte de ese territorio a comienzos del siglo IX, Brañosera difícilmente podría haberlo hecho. Y, por tanto, no puede admitirse que ese lugar esté relacionado con la Castella de los Anales, tal y como sostienen los diseñadores de la “Ruta de los Foramontanos”. Siempre, claro, que no nos encontremos ante un caso de 
actualismo y esa Castilla del texto sea, en realidad, la del siglo XI, fecha en la que se transcribe la fuente original.

Localización de la Castilla de inicios del siglo IX y de Brañosera. Y entre ambas, los territorios de Campoo, Valderredible y el de Amaya

Llegados a este punto, la principal conclusión es que la actual Ruta de los Foramontanos, al igual que su homónima de finales de los 60, nace viciada de origen, ya que ni su justificación (su nula relación con la tercera entrada de los ACP) ni su nombre (tomado de los inexistentes, en ese documento, "Foramontanos") ni su recorrido (con su punto de partida en una Mazcuerras que nunca pudo ser Malacoria) se sostienen de ninguna manera. Sólo el recurso a la carta puebla de Brañosera se salva de la quema, aunque, al mezclarla con lo anterior, ésta queda bastante desvirtuada. Esta Ruta, en realidad y aunque parezca que se pretende ocultar, le debe todo a la obra de Víctor de la Serna y se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que es hija de su Nuevo viaje de España. La Ruta de los Foramontanos (de donde toma hasta el nombre), pues nada en ella se aparta de las ideas formuladas en él. Ni que decir tiene que esas ideas son las que son y van en el sentido que van: reconquista-repoblación (protagonizadas por elementos de origen germánico refugiados en el norte) como origen de la España actual (un buen análisis, aquí). Por lo que no resulta extraño el éxito que siguen teniendo entre quienes se agarran al tópico, también con nombre de libro, de una Cantabria, raíz de España (y como muestra significativa, ese Aquí empieza..., tomado del libro de De la Serna, que acompañaba, sin motivo ni razón que lo justificase, al título de la exposición de 2006 Apocalipsis. El ciclo histórico de Beato de Liébana).  Aunque eso es parte de otro debate y éste no es el sitio para él.


Sobre de la primera mitad de los años 70, matasellado con un rodillo especial alusivo a la "Ruta de los Foramontanos" (tomado de aquí)

En nuestra opinión, los organizadores de la Ruta tienen tres opciones. La primera, con todo lo que eso conlleva a la luz de lo que acabamos de exponer, seguir como hasta ahora (y que, sospechamos, es lo que harán). La segunda, deshacerse de la herencia de De la Serna, de cualquier intento por mantener esa relación imposible con los ACP y centrarse en Brañosera, en la via qua discurrunt asturianos et cornecanos con la que limita el territorio otorgado en su escritura fundacional y en un episodio (re)poblador que, aunque en nuestra opinión sea matizable (e incluso discutible, como lo es el propio documento, con sus interpolaciones), es real y no ha surgido de un cúmulo de malas traducciones, fallos de memoria y licencias literarias con más o menos intencionalidad político-identitaria. Dejaría entonces de ser la Ruta de los Foramontanos, pero podría convertirse en la Ruta de los Cornecanos, si se quiere algo original y llamativo. O "de los Repobladores", si lo que se busca es algo más general que no deje fuera a nadie. Ambas son opciones con algo más de base histórica que la actual denominación. Y la tercera, dejarla como está pero contando cuál es su verdadero origen: de dónde viene realmente su nombre y por qué ése y no otro es su recorrido (casi como si fuese una ruta literaria). Algo similar a lo que hizo ADIC con el Lábaru hace ya unos cuantos años y que, lejos de acabar con él, ha permitido que la gente esté más cerca de conocer cuál es su historia real que los mitos y mentiras interesadas que lo rodeaban hasta entonces. 

En su mano está.