28 sept. 2015

¡Doctor!

A las dos y pico de esta tarde, en la Sala de Grados del Edificio Interfacultativo de la Universidad de Cantabria, Enrique ha obtenido el título de Doctor en Historia con la máxima calificación: Sobresaliente cum laude. Y lo ha hecho después de defender su Tesis ("Génesis y evolución del cementerio medieval en Cantabria"), dirigida por Carmen Díez Herrera, frente a un tribunal formado por los arqueólogos Juan Antonio Quirós Castillo (Euskal Herriko Unibertsitatea-Universidad del País Vasco) e Iñaki Martín Viso (Universidad de Salamanca) y el historiador Jesús Ángel Solórzano Telechea (Universidad de Cantabria). 

Defendiendo su tesis

Se puede decir, y así lo han hecho los miembros del tribunal, que estamos ante un día histórico (dentro de la pequeña gran historia de la arqueología cántabra), no sólo por el hito que un trabajo de estas características (muy muy bueno) supone, sino porque es la primera tesis doctoral sobre arqueología medieval que se presenta en la Universidad de Cantabria en todos sus años de existencia. Tal cual. Pero como hoy es un día para estar contentos y celebrar, no toca hablar aquí ahora de esa circunstancia ni de todo lo que lleva aparejado. Tiempo (y entradas) habrá para lamentarnos del panorama desolador en el que están sumidos desde hace décadas estos estudios y trabajos en una tierra que fue, hace ya demasiados años, pionera en tantas cosas.

Recibiendo las felicitaciones del tribunal

Quedémonos pues con la más que merecida alegría de Enrique (y de quienes le rodean) y con la satisfacción de ver reconocido un trabajo que, pese a quien pese (y a alguien le pesará, seguro), se ha convertido desde hoy mismo en un referente ineludible para un montón de temas relacionados con la muerte en la Edad Media. Y, como también se han encargado de dejar claro los miembros del tribunal, no sólo en Cantabria, sino a nivel peninsular e incluso más allá.

Y posando, orgulloso y ya Doctor, con su criatura

Por mi parte y para terminar, sólo diré que estoy muy feliz. Obviamente, por él: porque sé cuánto ha trabajado para llegar hasta aquí y lo mucho que se merecía este desenlace. Y también en genérico, porque he comprobado que, a veces, la constancia, la dedicación y la pasión, aun luchando contra circunstancias adversas, pueden verse recompensadas. Y esta ha sido una de esas veces. Y ya sólo me queda decir: ¡enhorabuena, Doctor!

21 sept. 2015

Tesis is coming

El verano arrancó con la noticia del depósito de mi tesis y, como no podía ser de otra manera, termina con la noticia de la lectura. Sólo se me ocurren dos palabras que definen cinco años de apasionante trabajo de investigación: POR FIN. Tengo que reconocer que la recta final se me ha hecho interminable y eso que desde el depósito hasta hoy sólo han transcurrido 88 días.  Todavía queda el último trago, pero ya he conseguido ordenar las ideas para la defensa y confío en que el tribunal sea benevolente en su valoración. Sé que es un día y una hora poco adecuada para comprometer a nadie, por eso disculpo de antemano las ausencias. El que quiera y pueda, ya sabe que tiene una cita el lunes 28 de septiembre a las 12:00 h en la Sala de Grados del Edificio Interfacultativo de la Universidad de Cantabria. Los demás tendrán que conformarse con que se lo cuenten...




Para mi va a ser un día muy especial ya que, al margen de los altibajos de mi trayectoria académica, sabía que algún día llegaría el momento de convertirme en doctor. Pocas cosas me hacen más ilusión, los que me conocen bien lo saben. No descarto que incluso se me escape alguna lagrimilla. Pocas cosas tenía tan claras desde el 20 de mayo de 2015 como que iba a ser doctor y que ésta iba a ser mi tesis. Gracias Pablo por permitir que cambiase de aires. Gracias Carmen por aceptar el reto. Nunca he sido un alumno cómodo, pero siempre seré un discípulo agradecido. Gracias a todos los que de forma consciente o inconsciente formáis parte de las 724 páginas que resumen 150 años de esfuerzo colectivo. Yo sólo soy un engranaje más en el mecanismo de transmisión, un eslabón más en la imaginaria cadena que nos une con la Edad Media a través del estudio de sus manifestaciones funerarias.

Ahora sólo queda un pequeño paso, «un trámite» como me dicen algunos para sentirme orgulloso de mí mismo como pocas veces me habré sentido. Lo dicho ¡os espero en la lectura! Tesis is coming...


18 sept. 2015

Riocueva 2014, episodio 13: flotando, toma dos

Sí, sí, estamos en 2015... pero había cuentas pendientes de la última campaña. Aunque intentamos llevar al día todas las tareas relacionadas con el procesado de sedimentos y materiales de la excavación de Riocueva y ya hacía bastantes meses que habíamos liquidado el engorroso trabajo de lavado, teníamos pendiente la flotación. Una de las razones del retraso ha sido que la arqueobotánica del proyecto estaba en Portugal y no se quería perder tan glamouroso y apasionante evento. Ya explicamos en 2013 en qué consiste esta labor que permite recuperar semillas, carbones y otros restos vegetales. Es simple: los restos vegetales, menos densos que el agua, flotan y se recogen en una fina malla, mientras que el resto del sedimento se va al fondo. Una técnica sencilla pero muy efectiva, imprescindible en este yacimiento donde son tan abundantes los macro-restos vegetales.

Como en la anterior ocasión, contamos con las instalaciones del del Instituto Internacional de Investigaciones Prehistóricas de Cantabria en Omoño (Cantabria), amablemente puestas a nuestra disposición por el equipo que investiga en la cueva de La Garma. La gran novedad este año es el acondicionamiento que se ha realizado en dichas instalaciones con la intención de convertirlas en un centro de recepción de visitantes a La Garma. El proyecto de abrir al público la cueva ha quedado de momento en suspenso y tampoco las obras se han terminado del todo, haciendo buena la expresión «pura fachada». La adecuación y los ornamentos han llegado hasta la puerta, el interior sigue igual que siempre ¡una pena! La zona en la que se realizan las labores de criba con agua y flotación tampoco han sido acondicionadas, de modo que sólo nos beneficiamos de la mejora del acceso, que ahora no es una pista de patinaje infernal con la lluvia o con las suelas mojadas.

El nuevo aspecto de las instalaciones de La Garma, pura fachada
La zona en la que se coloca el bidón de flotación ha quedado al margen de las mejoras
Esta vez la cantidad de bolsas que teníamos que pasar por el bidón era razonable, no llegaba a una docena, y las manos que removían el sedimento estaban ágiles y frescas. No nos pudo acompañar Helena Paredes, pero contamos con la colaboración de Marta Torre, que ya nos había echado una mano en la campaña de excavación de 2014. En un par de horas o así estaba lista la cosa y como somos muy, muy generosos, le echamos una mano a Inés con un "compromiso": unas cuantas bolsas de la cueva del Aspio. También flotamos por error un par de muestras de La Garma, pero así somos... nos pones un bidón y nos volvemos incapaces de negarnos a nada nótese el tono irónico, incluso sacrificando el tiempo que habíamos reservado para refrescar nuestras gargantas con una merecida cerveza. Mucho bidón y poco barril, más bien nada de barril.

Los flotadores en plena faena
El Sondeo 7 de Riocueva conserva una enorme cantidad de restos vegetales carbonizados
Tal y como habíamos comprobado sobre el terreno, la cantidad de semillas que aparece en el Sondeo 7 es enorme, tanto del omnipresente «pamijo» como de otras cosillas que van apareciendo. Ahora que Inés está finiquitando su tesis doctoral, seguro que encuentra tiempo para echar un vistazo con calma. Pronto habrá novedades carpológicas, seguro.


13 sept. 2015

La "estela" del dintel de la ermita de Santimamiñe (1): la "conexióncántabra"

Muy cerca de la mundialmente famosa cueva de Santimamiñe (Kortezubi, Bizkaia) se levanta una pequeña ermita con advocación a San Mamés. El templo, que es el que ha dado el nombre a la cueva (ya que "Santimamiñe" es como le llaman los paisanos, euscaldunes) es un edificio levantado en los siglos XV-XVI sin demasiado interés artístico o arquitectónico, más allá de algunos restos que conserva embutidos en el dintel de entrada y justo debajo de éste, en el suelo, y sobre los que volveré enseguida.

Imagen de la ermita de San Mamés, "Santimamiñe", en Kortezubi (tomada de aquí)

En el año 2007 comenzó una intervención arqueológica en la ermita y su entorno inmediato (Sánchez Rincón et alii, 2008) destinada a conocer tanto la evolución de la iglesia a lo largo del tiempo como a confirmar algunas referencias antiguas sobre la presencia de tumbas. Los resultados se cumplieron con creces, ya que se documentó la planta original de la iglesia (unos cuantos siglos anterior a la reforma de la Edad Moderna) y se comprobó la existencia de la necrópolis. Además, hubo sorpresa en forma de materiales tardoantiguos que confirmaban que aquélla tuvo una fase de época visigoda (siglo VI), concretamente un hacha de combate de hierro y un cuenco de bronce (ambos con buenos paralelos en Aldaieta, que es el referente obligado para este tipo de yacimientos).

Y aquí lo dejo, de momento.

Planta de la iglesia primitiva en un plano de la excavación del año 2007 (Sánchez Rincón et alii, 2008). Hacha de combate (sacada de aquí) y cuenco de bronce (tomado de acá)

Como avanzaba más arriba, en la fábrica actual de la ermita se localizan (ambos en el vano de acceso) dos fragmentos de piedra  con decoración que han sido interpretados, de forma mayoritaria, como restos de estelas funerarias (vid Arregi, G, 1994, por ejemplo). El situado en el suelo y que hace las veces de peldaño de acceso al interior, está decorado a base de segmentos de círculos que se entrecruzan y una cenefa de "dientes de lobo" tallados.

Fragmento de "estela" haciendo de peldaño en la entrada a la ermita (Foto sacada de aquí)

Mientras que el del dintel presenta una decoración más compleja, también con una orla perimetral a base de "dientes de lobo" y tres motivos circulares, todo ello tallado. El motivo central, de mayor tamaño y del que se conservan unos dos tercios, es un disco radiado con botón central y múltiples radios curvos. El de arriba a la derecha muestra un motivo similar, aunque más simple: un hexásquel también con radios curvos. Y, finalmente, en el tercero, muy incompleto, se aprecia la presencia de una gran cruz patada.

Fragmento de "estela" haciendo las veces de dintel en la puerta de acceso a la ermita (Foto sacada de aquí)

En su trabajo de 2002 sobre la configuración de la sociedad feudal en Vizcaya, I. García Camino menciona la existencia de lo que denomina "estelas funerarias" o "lápidas" en la ermita de Santimamiñe y expone los problemas de datación que presentan, debido a lo que considera variopintos orígenes de sus motivos decorativos (discos de radios curvos y dientes de lobo en estelas del siglo I, rosáceas en epígrafes de época romana y "semicírculos concéntricos" presentes en la iconografía franca de los siglos VI y VII) y a su posible larga perduración.

Volvamos en este punto a la necrópolis. 

El hallazgo del hacha y el cuenco, materiales fácilmente relacionables con la "facies Aldaieta" y el consiguiente influjo norpirenaico, no sólo confirmó la existencia de una fase tardoantigua de la necrópolis con las mismas características que otras de su entorno más o menos cercano (Finaga en la misma provincia, la propia Aldaieta, San Pelayo o San Martín de Dulantzi en Álava, entre otras), sino que también sirvió para volver a poner el foco sobre los fragmentos de "estelas". Siguiendo el camino marcado en Finaga/Arrigorriga (donde se relacionó la presencia de grandes estelas tabulares reutilizadas en los muros de las ermitas con los enterramientos con armas y objetos de influencia o procedencia franco-aquitana de la necrópolis), éstos fueron confirmados precisamente como eso, como fragmentos de estelas y, yendo un paso más allá, se les atribuyó una filiación norpirenaica. Como ejemplo más reciente, en el catálogo de la exposición "Vasconia, tierra intermedia" (Azkarate y García Camino, 2013) se puede leer lo siguiente acerca de este conjunto de estelas:

"Asociadas a algunas necrópolis vizcaínas (Finaga, Santimamiñe o Argiñeta) se conocen algunas estelas funerarias que ya fueron estudiadas por nosotros (Azkarate, García Camino, 1996). Se
caracterizan, en general, por ser bloques de morfología prismática o discoidal, de proporciones esbeltas y ejecución esmerada. Están decoradas con motivos, como dientes de sierra o espigas,
frecuentísimos y conocidos desde antiguo, junto a otros, como la cruz procesional, propios del repertorio iconográfico altomedieval. Pero el conjunto de los temas y, sobre todo, su articulación los aproxima más al contexto continental que al peninsular. En este sentido una de las semejanzas más significativas con los modelos norpirenaicos lo  constituyen los segmentos de círculo adosados a los rebordes incisos de las estelas, que tienen paralelos en varias cubiertas de sarcófago procedentes de las necrópolis tardoantiguas de Villers-Agron-Aiguisy (Aisne) o Chellers (Oise) o en los broches de cinturón aquitano del siglo VII que antes hemos visto. Pero tampoco podemos obviar la semejanza entre las peanas triangulares, las cadenas de ángulos o las orlas dentadas de las estelas vizcaínas con las de otras necrópolis continentales. No hay nada similar —ni de lejos— en el norte peninsular para estos siglos."

Por tanto, ya no parecía haber dudas al respecto: eran estelas, de tradición o influencia norpirenaica y, por tanto, relacionadas con los enterramientos del siglo VI que presentan ese mismo influjo cultural. Tengo que reconocer que todo parecía encajar a la perfección (iglesia y necrópolis, estelas y tumbas con ajuares) pero un hecho fortuito (protagonizado por la otra mitad del blog y que él contará aquí algún día si le apetece) hizo que volviese a mirar las imágenes  publicadas de Santimamiñe y todo empezó a chirriar. Primero, porque como se aprecia en la siguiente foto, el parecido con las demás estelas del grupo en el que se las ha incluido es nulo (puede consultarse un exhaustivo estudio sobre las estelas funerarias altomedievales del País Vasco, escrito por esos dos mismo autores, aquí).

Ejemplos de estelas consideradas como de tradición norpirenaica (imágenes tomadas de aquí)

Y segundo, porque al ver de nuevo la imagen del fragmento del dintel volví a tener esa (ya familiar) sensación de "esto yo ya lo he visto antes en otra parte". ¿En dónde? Pues en la iglesia de Santa María de Lebeña, en la comarca de Liébana, Cantabria.

Mapa con la localización de Santimamiñe y Lebeña

Esa iglesia, que es una auténtica joya del arte prerrománico (en su versión hasta hace poco calificada como "mozárabe", término que lleva ya varios años en discusión y que a mí no me gusta nada), parece que fue levantada en las primeras décadas del siglo X, según cuenta una tradición que tiene su origen en la propia Edad Media y se encuentra recogida en documentos del siglo XIII. La fecha de la décima centuria, aunque no es ni mucho menos segura, se corresponde bien con sus características arquitectónicas y con los elementos decorativos presentes en ella (modillones, capiteles, etc.), por lo que suele aceptarse sin más y no seré yo quien la ponga en duda hoy aquí.

Iglesia de Santa María de Lebeña

En su interior, bajo el retablo y formando parte de su base, se conserva una curiosa placa de piedra decorada. Es una pieza muy conocida en Cantabria, donde, a nivel popular, también ha sido (y es) considerada como una estela; e incluso se la ha relacionado con los ejemplares discoideos gigantes de los valles del Pas y del Besaya, cuando resulta evidente que no tiene nada que ver con ellos. Y es precisamente esta placa la que me dio el pie (y, si mi interpretación es correcta, también la clave) para esta historia. Para juzgar acerca de su parecido con el fragmento de presunta estela del dintel de la ermita de Santimamiñe, nada mejor que verla:

Placa decorada de la iglesia de Santa María de Lebeña (Foto cogida de aquí)

Existe un trabajo monográfico sobre esta pieza en el nº 1 de la revista Clavis, firmado por E. Campuzano (1996), del que tomo prestadas ahora algunas partes de su descripción (y que volveré a utilizar en la próxima entrada):

"Adosado al basamento de piedra del retablo mayor de la iglesia parroquial de Santa María de Lebeña (Liébana, Cantabria) hallamos un gran bloque de piedra arenisca, de forma prismática, de 173 cms. de largo en la parte superior, 162,5 de largo en la parte inferior y 103 cms. de altura, con un fondo de 20 cms.

Su parte frontal es contorneada por un listel o moldura plana de 2 cms. de resalte (salvo en la parte superior que ha sido eliminada) con respecto al campo, en el que se encuentran grabados y pintados algunos motivos decorativos de tipo geométrico que han dado ocasión a diversas interpretaciones sobre el significado y función de esta pieza.

(...)

El frontal alberga siete círculos grabados, rehundidos o pintados en la piedra (cuatro mayores en los ángulos, de 30 cms. de diámetro y dos menores, intermedios, de unos 19 cms. de diámetro) que se distribuyen simétricamente en toda la superficie a partir de un gran motivo central"

Dejaré la descripción (e interpretación) de cada círculo (y de la composición general) de la placa de Lebeña para la segunda parte de la serie y me centraré ahora únicamente en el parecido con el fragmento del dintel de Santimamiñe. Es cierto que, aunque el motivo central es idéntico, el ejemplar de Lebeña es más elaborado y cuenta con tres círculos más pequeños a cada lado en lugar de dos; y decorados de forma distinta a los de Santimamiñe. Pero también lo es que ambos se parecen demasiado como para no tener algún tipo de relación: un gran círculo radiado central y varios círculos menores a los lados, decorados con diversos motivos geométricos y/o de significado cristiano. Incluso una de las diferencias más marcadas, la aparente ausencia de los "dientes de lobo" en el ejemplar lebaniego, no es tal, gracias a la orla pintada conservada en su parte inferior (hay que fijarse, pero los "dientes de lobo" están). A partir de estas similitudes podemos proponer una reconstrucción de la placa (la llamaremos "placa" a partir de ahora) de Santimamiñe. Y esa reconstrucción, salida de las manos de E. Gutiérrez Cuenca ("Maur" o "Anus", como prefiera. Mmm, no sé por qué me temo que va a preferir ser el primero...) es ésta:


Sobre el carácter, la función, el contexto y la cronología de las placas de Lebeña y Santimamiñe trataré en la segunda y última entrada de esta serie. Creo haber podido demostrar (o, al menos, proponer de forma fundamentada) en ésta que ambas son la misma cosa. ¿Qué cosa? Si no queréis seguir el rastro de miguitas de pan que he ido dejando por el texto e investigarlo por vuestra cuenta, tendréis que esperar unos días. Ahora sólo avanzaré lo que creo que no son: estelas. Ni de filiación norpirenaica ni de ninguna otra. Y, en el caso vizcaíno, sin relación directa con los enterramientos "aldaietenses" de la necrópolis.

Para terminar, por ahora, volvamos a Vizcaya, aunque no a Kortezubi, sino a Iurrieta. Allí, en la iglesia de San Miguel se conserva lo que I. García Camino (2002) considera una estela tabular reutilizada y que presenta una decoración a base de motivos que, siempre según este autor, "pueden rastrearse sin dificultad en contextos norpirenaicos" (pese a lo cual, lo cierto es que se muestra más que prudente a la hora de fechar e interpretar la pieza y opta por no mojarse). Esa decoración tiene algunas cosas en común con la placa de Santimamiñe, como puede observarse en la fotografía:

Imagen de la "estela" de Iurreta (Fuente, García Camino, 2002)

Hay una orla dentada y dos grandes círculos, uno con una gran cruz patada y otro con múltiples radios curvos (más otro motivo cuadrangular). Pero su disposición es diferente (aquí los motivos parecen estar alineados) y también lo es el soporte, mucho más grueso y que se interpreta como una estela pero que bien podría ser un sillar. En cualquier caso, se trata de una pieza que habrá que tener en cuenta y que bien merecería un estudio más detallado.

Y aquí lo dejo. En breve, más.

7 sept. 2015

Asueto estival, vol. 4: El Bovalar

Como ya es habitual en nuestras idas y venidas entre la costa cantábrica y el Mediterráneo, hemos hecho —Helena y yo, por supuesto— una parada para conocer un yacimiento arqueológico que teníamos ganas de visitar desde hace tiempo: el conjunto de época visigoda de El Bovalar (Seròs, Lérida). No teníamos muy claro si iba a ser posible, porque no aparece en ninguna guía como lugar visitable, ni tampoco sabíamos con seguridad cómo se llegaba. Para evitar el paseo en balde, consultamos a la profesora Gisela Ripoll, quien nos informó de que, aunque vallado, el lugar era accesible y nos proporcionó unas indicaciones que facilitaron en gran medida la localización del yacimiento.

Helena buscando información del yacimiento sobre el terreno ¡alabado sea el 3G!
Con la cabeza puesta en lo que recordaba de las publicaciones, esperaba encontrar —y fotografiar, faltaría más— una buena cantidad de sarcófagos y tumbas de lajas a la vista, pero en los trabajos de acondicionamiento de la iglesia más recientes han quedado ocultas bajo una espesa capa de gravilla hasta las sepulturas que se habían «salvado» en la intervención de acondicionamiento y conservación realizada en 2006. Basta con echar un ojo a un plano de la excavación y contrastarlo con lo que hoy queda a la vista para darse cuenta de que la función funeraria del interior de la basílica ha quedado camuflada en exceso, a pesar de los esfuerzos por insinuar su presencia. Al menos con esta última intervención se ha recuperado un lugar que a la altura de 2013 había adquirido un aspecto selvático ¡a ver cuánto dura! Eso sí, sigue sin señalización y sin ningún elemento informativo o interpretativo que facilite la visita.

Planta de la basílica de El Bovalar con ubicación de las sepulturas (de Palol, 1989)
Dos de los pocos sarcófagos visibles actualmente en El Bovalar
La basílica de El Bovalar en 2013 (Foto: Didàctica del Patrimoni Cultural)
La basílica desde el mismo punto de vista en 2015
El yacimiento consta de dos partes claramente diferenciadas por su funcionalidad, pero que aparentemente forman un conjunto indisoluble: la «basílica» y el «poblado».

Planta general del conjunto de El Bovalar (modificado de Palol, 1989)
La basílica es una iglesia cristiana de planta basilical —como su propio nombre indica— con tres naves rectangulares separadas por sendas filas de columnas, de las que sólo se conservan las basas. La cabecera tiene un sanctuarium de planta rectangular con dos estancias adosadas a los lados usadas como espacios funerarios. Está elevada sobre el resto de la planta y contaba con canceles de separación. La nave y el entorno exterior también fueron lugares utilizados para colocar sepulturas, muchas de ellas en sarcófagos con cubierta a doble vertiente. En los pies del edificio se ubicaba el baptisterio, una piscina de planta cuadrada sobre la que se disponía un baldaquino monumental que actualmente se conserva en el Museu de Lleida. La construcción del templo se sitúa en torno a finales del siglo V o comienzos del siglo VI, según las estimaciones de Pere de Palol.

Vista general de la basílica desde la zona del baptisterio
Detalle del acceso al sanctuarium, donde se ubicaba el altar
Basa de una de las columnas de la nave central de la basílica
Por lo que respecta al poblado, se ha denominado así a una serie de construcciones contiguas a la basílica que se extienden sobre todo hacia el sur de la misma que servían como viviendas, almacenes y espacios de transformación de productos agroalimentarios. Una de las estructuras más reseñables del conjunto es una gran prensa de vino de uso comunitario. Aparecieron además grandes vasijas de almacenamiento enterradas en el suelo, silos subterráneos y grandes estructuras para soportar toneles de vino. Algunas de esas construcciones se disponen sobre antiguos espacios funerarios, como pone de manifiesto la superposición de muros sobre sepulturas. La fecha propuesta para las viviendas y demás construcciones funcionales es algo posterior que la atribuida a la basílica, en torno a los siglos VII-VIII.

Vista parcial de la zona de poblado de El Bovalar
Prensa para el vino
Bodega con estructura para colocar toneles
Grandes vasijas de almacenaje enterradas en el suelo de las viviendas
Muro del poblado superpuesto a una cubierta de sarcófago
El abandono del conjunto se produjo como consecuencia de un incendio que, a juzgar por las monedas más recientes que se han recuperado —acuñaciones del esquivo rey visigodo Agila II—, debió de producirse a principios del siglo VIII, quizá en relación con la invasión árabo-bereber que alcanzó esa zona hacia el año 713. Ese fin traumático supone una auténtica bendición para los arqueólogos, ya que los moradores de El Bovalar abandonaron el cerro «con lo puesto», dejando tras de sí un gran número de objetos en excelente estado de conservación: mobiliario litúrgico, monedas, abundante cerámica, herramientas de lo más diverso y hasta los aros de los toneles en los que se guardaba el vino. Además, el lugar nunca se reocupó, por lo que permaneció sin más alteraciones que las provocadas por las labores agrícolas hasta su descubrimiento en 1943.

Para la próxima, habrá que pasarse por el Museu de Lleida y echar un vistazo al baptisterio y a los objetos suntuarios del El Bovalar que tienen expuestos. Los objetos «menos nobles» están en el Museu de la Noguera (Balaguer), que también habrá que incluir en la lista de futuras visitas.

Espectacular incensario de bronce de El Bovalar, actualmente en el Museo de Lleida
Gracias a ese abrupto final con el fuego como protagonista, encontramos en El Bovalar un elemento que lo conecta con «nuestras queridas cuevas»: el mijo. En un breve artículo de P. de Palol publicado en 1986 que es, seguramente, la referencia bibliográfica más conocida sobre El Bovalar, se dice que con este tipo de grano de han fabricado «unas tortas circulares huecas por el interior y almacenadas en estantes de madera en el muro». ¿Será casualidad que este cereal aparezca asociado a episodios de tiempos convulsos, como fue la primera mitad del siglo VIII o formaba parte de la dieta habitual durante toda la Antigüedad Tardía? Mijos y panizos son cereales de ciclo corto muchos menos «exigentes» que el trigo o la cebada y podían cumplir a la perfección la función de «cosechas de emergencia» en periodos de inestabilidad o malas condiciones climatológicas. En el Fons Dr. Pere de Palol del Institut Català d’Arqueologia Clàssica hay una memoria del estudio paleocarpológico elaborado por Carme Cubero Corpas, habrá que echar un vistazo.

En la actualidad existe cierto debate en torno a la interpretación de las estructuras localizadas en el yacimiento. Aunque tanto su descubridor y primer responsable de las excavaciones Rodrigo Pita como el continuador de la labor Pere de Palol lo interpretaron en principio como un monasterio, el propio Palol fue, más adelante, marcando las diferencias entre el edificio religioso y las dependencias anexas, insistiendo en su carácter de poblado laico. En los últimos años se ha recuperado esa hipótesis inicial en trabajos de José María Gurt y, sobre todo, en la propuesta más reciente de Jordina Sales, quien considera que el conjunto de El Bovalar es un monasterio dedicado a la producción de pergamino.

Uno de los elementos sobre los que pivota buena parte de la hipótesis de Jordina Sales son unos objetos que le resultarán familiares a los lectores del blog: los descarnadores o «peladores», de los que se han encontrado una veintena en El Bovalar y utilizados —según esta investigadora— para retirar el pelo y la grasa de las pieles de las reses empleadas para producir pergamino. Pero como es la «otra mitad» del Proyecto Mauranus quien más vueltas ha dado a estos chismes, le emplazo a que dé su opinión sobre la función propuesta para El Bovalar, ya que el tema del pergamino deja algunos cabos sueltos. Insisto, que sea él... que yo sólo pasaba por allí...