28 jul. 2014

De campamento(s)

Cuando éramos críos y llegaba el verano nuestros padres nos mandaban de campamento. En mi caso, estuve en uno en La Gándara, en Soba, en 1985 y en otro en Olea en 1987 y 1988, y guardo muchos y buenos recuerdos de los dos (especialmente del segundo, que era muy punkie, así como suena, y me pilló ya preadolescente). Enrique, por su parte, anduvo muchos veranos de su infancia por Valderredible, practicando el escultismo. Ahora, en estas semanas veraniegas y mientras esperamos una (o quizá dos) importante(s) e inminente(s) noticia(s) relacionada(s) con Riocueva, nosotros dos y Rafael Bolado hemos vuelto a estar, a nuestra manera, de campamento. O mejor, de campamentos, en plural. 

No. No he vuelto a perder el juicio. Lo que ocurre es que hemos estado trabajando en uno de nuestros vicios confesables, la arqueología de la conquista romana de Cantabria, y hemos dedicado una buena parte de nuestro escaso tiempo libre a "peinar" el terreno (desde las pantallas de nuestros ordenadores y tabletas, por supuesto), a la búsqueda de ignotos e inéditos terraplenes, fosos, esquinas redondeadas y, por qué no, puertas "en clavícula". Y también a revisitar, con nuevas y mejores herramientas (básicamente, el espectacular portal oficial IDE Cantabria, Iberpix y su enlace al PNOA histórico, y Bing Maps y Apple Maps, que comparten imágenes satelitales) lugares que teníamos "fichados" desde hace años. Eso explica, en parte, la escasa actividad en el blog durante esta última temporada (cosa que prometemos compensar en breve con nuevas e interesantes entradas, no como ésta, que es de relleno) y tiene un motivo, aparte del propio hecho siempre gratificante (y adictivo) de descubrir cosas nuevas: un "encuentro" que se celebrará dentro de unos meses en Asturias y en el que queremos presentar estos hallazgos (o al menos una parte de ellos). De momento, esta mañana hemos comunicado (por registro) su localización e interpretación provisional a la Consejería de Cultura, el primer paso obligado en un asunto como éste. Puede que algunas de las cosas que hemos localizado no sean lo que pensamos que son. Incluso puede que otras ni siquiera sean nada importante. Pero no exagero si digo que alguna de ellas hace que haya merecido la pena el esfuerzo (y la segura pérdida de visión). A alguien (espero que a nosotros, que pediremos permiso para ello) le tocará ir a los sitios y comprobar sobre el terreno qué y cómo son. Y si hemos tenido buen ojo o no. De momento y a la espera de poder contar más cosas, os dejo aquí algunas imágenes para ir abriendo boca.

Recinto de unas 3 ha, ubicado en una cima y delimitado por terraplén y foso

Esquina redondeada del terraplén que delimita un posible recinto de entre 8 y 10 ha

Y un viejo conocido que nos enseña su foso y nos abre su puerta ("en clavícula") de par en par

Hasta aquí puedo enseñar, que diría la ínclita Mayra Gómez Kemp. Dentro de un par de meses largos, como muy tarde, mostraremos más (quizá todo). De momento, me gustaría cerrar con dos reflexiones muy breves. En primer lugar, con una de orden metodológico y para la que me voy a servir de un artículo de unos arqueólogos ante cuyos recientes trabajos en este campo me quito la gorra. Ellos lo explican mucho mejor de como lo haría yo, así que, quien quiera conocerla, que lo lea. Y, en segundo, con la principal conclusión general (hay otras más concretas que creo que son muy interesantes, pero no vienen al caso ahora) de todo este asunto: aún queda, le pese a quien le pese, mucho por encontrar y mucho por conocer en relación con ese episodio de la historia de Cantabria. Y a aquellos que hacen coñas y chanzas, más o menos públicas, acerca de la, según ellos, "superpoblación" de campamentos romanos de campaña (ya sean en formato castra, castellum o turris) por estos lares, les auguro un mal porvenir (y quizá también una úlcera). El papel lo aguantará casi todo, pero el tiempo suele terminar poniendo las cosas (y a cada uno) en su sitio. Al tiempo pues.

Y no podía terminar una entrada sobre campamentos sin enlazar mi canción favorita sobre el tema (con permiso de la que cantan los niños esclavizados en el "Campamento Krusty", en aquel mítico episodio de Los Simpsons, y cuyo vídeo no he podido encontrar):





8 jul. 2014

El tribuno, su cohorte y la muralla (1)

A finales del siglo IV o, más probablemente, principios del V, alguna cancillería imperial levantó acta del estado y organización del ejército romano de la época. Acta que se plasmó en un controvertido documento que, gracias a la impagable labor de los nunca bien ponderados copistas medievales, ha llegado a nuestros días, transmitiéndonos lo que para algunos es una valiosísima información y para otros no sirve para (casi) nada. El documento en cuestión es la Notitia Dignitatum (in partibus Occidentis en este caso) y en esta entrada vamos a fijarnos en lo que dice de Hispania y, en concreto, de la provincia de Gallaecia, en la que, a pesar del empeño que obstinadamente siguen mostrando muchos autores (y muchos más dibujantes de mapas históricos), estaba incluida Cantabria en aquellos momentos.

Extensión de la provincia tardorromana de Gallaecia (Fuente: Wikipedia)

 Y lo que dice (sacado de The Latin Library) es ésto:

Hispaniae:
     In provincia Callaecia:
          Praefectus legionis septimae geminae, Legione.
          Tribunus cohortis secundae Flaviae Pacatianae, Paetaonio.
          Tribunus cohortis secundae Gallicae, ad cohortem Gallicam.
          Tribunus cohortis Lucensis, Luco.
          Tribunus cohortis Celtiberae, Brigantiae, nunc Iuliobriga.
     In provincia Tarraconensi:
          Tribunus cohortis primae Gallicae, Veleia


Que traducido al castellano viene a ser, más o menos, esto otro:

"En Hispania:

En la provincia de Gallaecia:

El prefecto de la Legión VII Gémina, en León
El tribuno de la Cohorte II Flavia Pacatiana, en Petavonio [Rosinos de Vidriales]
El tribuno de la Cohorte II Gálica, hacia la Cohorte II Gálica
El tribuno de la Cohorte Lucense, en Lugo
El tribuno de la Cohorte Celtíbera, en Brigantia [La Coruña], ahora en Julióbriga

En la provincia Tarraconense:

El tribuno de la Cohorte I Gálica, en Veleia [Iruña de Oca]"

Como éste no es el sitio para ello, no entraré a valorar la distribución de fuerzas militares en la Península que refleja el documento. Me quedo únicamente con la última línea de Gallaecia y lo que se dice del tribuno de la Cohorte Celtíbera (en realidad, la Cohors I Celtiberorum) y, por extensión, de la unidad bajo su mando: que su lugar de acantonamiento era Brigantia (La Coruña) pero que, en el momento de redactarse el documento (fines del siglo IV o comienzos del V), estaba en Julióbriga, en Cantabria. La cita ha dado lugar a todo tipo de interpretaciones e incluso motivó, hace unos años, la publicación de un trabajo de un profesor de la Universidad de Cantabria, J. R. Aja Sánchez, cuya idea principal es que la Notitia no tiene ninguna credibilidad y que el tribuno de la Cohorte Celtíbera nunca estuvo en Cantabria. Sobre los argumentos que maneja para llegar a esa conclusión trataré en la siguiente entrada, así que, de momento, nos quedaremos sólo con la idea.

Escudos de diferentes unidades representados en la Notitia (Fuente: Wikipedia)

Dejemos en este punto al tribuno y a su cohorte y vayamos a un lugar, cerca del límite meridional de la Cantabria de época romana, donde, en esas mismas fechas (inicios del siglo V d. de C.) tuvo lugar un hecho de gran trascendencia. El sitio es Monte Cildá (Mave, Palencia) y lo que allí ocurrió entonces fue que se levantó una impresionante muralla. Una muralla que sustituía a la que sin duda tuvo en época prerromana y/o durante la conquista e inmediata posguerra (aún sin localizar, por cierto, aunque parece intuirse en las fotos aéreas) y que se convirtió, andando los siglos, en la imagen emblemática del yacimiento. Esa muralla, que cierra el acceso a la zona de hábitat, está reforzada con bastiones de planta rectangular y cuenta, en uno de sus extremos, con una puerta en pasillo, flanqueada por dos de esas torres. Aunque es más que probable que esa imagen actual esté distorsionada por una reforma posterior y no se corresponda con la que tuvo en el momento de su construcción, como veremos más adelante.

Vista aérea de Monte Cildá y detalle de su muralla tardoantigua (Fotos: Bing Maps)

La historia de Monte Cildá es compleja y resulta muy difícil de resumir, a pesar de su aparente sencillez (la publicación de las excavaciones de García Guinea puede descargarse aquí y aquí. La tesis de Alicia Ruiz, lamentablemente, no esta accesible en la red, como tampoco lo está su trabajo conjunto con R. Bohigas sobre las cerámicas de época visigoda. Y la última actuación arqueológica en el yacimiento está reseñada de forma muy superficial en otro trabajo que tampoco se puede descargar. Finalmente, sí que puede bajar un trabajo de J. M. Iglesias y la ya citada A. Ruiz acerca de la cronología de la muralla). Surgido como castro a finales de la II Edad del Hierro (en el siglo I a. de C. para algunos autores, o incluso ya en época romana para otros), lo que resulta innegable es que albergó una guarnición militar romana durante las Guerras Cántabras y en las décadas siguientes a la conquista. Estuvo habitado, quizá al calor de esa guarnición, durante la primera mitad del siglo I de nuestra era y parece que fue completamente abandonado después. Ese abandono, que coincide con el inicio del esplendor de otro asentamiento romano a sus pies, en Santa María de Mave, duró hasta finales del siglo IV o inicios del V d. de C., cuando se reanuda la vida en el castro. Según la mayor parte de los investigadores y abandonando definitivamente aquella interpretación que veía un primer amurallamiento del siglo III d. de C. (ah, qué daño hicieron a la arqueología peninsular las referencias escritas a la invasión de francos y alamanes), es en ese momento cuando se construye esa nueva muralla de la que he hablado más arriba. O, para ser más exactos, una buena parte de esa muralla, ya que de la zona excavada habría que distinguir dos partes, relacionadas, cada una de ellas, con dos fases constructivas distintas: una primera, entre el extremo oriental y la Torre IV, que se fecharía en un momento tardorromano, levantada con sillares (y en la que aparecieron numerosas estelas de época romana reaprovechadas como material de construcción); y otra, desde la Torre IV a la Torre VI e incluyendo la puerta en pasillo, a base de mampostería (y sin presencia de epígrafes reutilizados) y que dataría ya de época visigoda.


Plano de la muralla de Monte Cildá (García Guinea et alii, 1973)

Siendo eso así, ¿cuál fue entonces el trazado original de la muralla? ¿Acaso (y absurdamente) no cerraba todo el acceso al castro? Aunque no recuerdo haber leído nada al respecto (y seguro que alguien lo ha escrito), creo que la respuesta está, una vez más, en las fotos aéreas. Si nos fijamos en la que viene a continuación puede apreciarse la probable prolongación hacia el sur del encintado tardorromano (las líneas y derrumbes parecen claros), más allá de la "puerta visigoda" y su tramo de muralla adyacente. A la luz de este "descubrimiento", esa reforma de los siglos VI o VII d. de C. adquiere todo su sentido, ya que, al levantar esa puerta adelantada a la línea original, aumentaba considerablemente la dificultad de acceso a la zona interior: un atacante enemigo no sólo debería forzar esa entrada flanqueada por bastiones, sino que, una vez superado ese obstáculo, tendría que avanzar un buen trecho encajonado entre el cantil y la línea de muralla tardorromana, soportando el acoso de los defensores desde lo alto. Para que fuese perfecto y que el costado de los atacantes expuesto a la muralla fuera el derecho (el que no estaba protegido por el escudo), esa entrada tendría que haber estado situada en el extremo oriental, pero parece que la orografía y, por su causa, la planta de la muralla del siglo V d. de C. obligaron a hacerlo tal y como lo vemos en la actualidad.

Posible trazado sin excavar de la muralla del s. V d. de C. (Foto: Bing Maps)

Volviendo al primer trazado de la muralla,todo apunta a que una obra de esa envergadura y con esas características poliorcéticas tuvo que ser realizada por militares (¿por quién si no?). Y a comienzos del siglo V d. de C. esos militares sólo podrían formar parte del ejército romano de la época. La pregunta ahora es obligada, por evidente: ¿había unidades militares romanas acantonadas en Cantabria en esas fechas? Pues no que sepamos. ¿O quizá sí?

En este punto es donde recuperamos al tribuno de la Cohorte Celtíbera, al que dejamos, según la Notitia, en Julióbriga por esas fechas.

(Continuará)