18 may. 2014

Día Internacional de los Museos (2014)

Un año más, nos unimos desde este blog a la celebración del Día Internacional de los Museos, como ya hicimos en 2012 y en 2013. Precisamente hace 365 días despedimos la entrada dedicada a esa jornada conmemorativa con el deseo de poder hablar en 2014 sobre el Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria (MUPAC), que por entonces estaba cerrado y en obras. En ese momento quedaban sólo un par de meses para poder visitar la nueva exposición permanente, a cuya inauguración asistimos. Hoy ya han pasado por allí más de 20.000 personas.


Seguro que algunos lectores asiduos de estas páginas han visitado ya el MUPAC en estos meses y conocen ya lo que vamos a mostrar aquí, pero como lo prometido es deuda, toca hacer un breve repaso (crítico) a los espacios, vitrinas y recursos que se han dedicado en la exposición a la Tardoantigüedad y a la Edad Media de Cantabria. En general, la propuesta museológica de este periodo supone una importante innovación en comparación con el antiguo Museo, sobre todo porque una parte importante de las piezas expuestas son hallazgos más o menos recientes. No obstante, hay algunas herencias del pasado de las que no ha habido forma de librarse.

Acceso a la sala dedicada la Tardoantigüedad y la Edad Media
El espacio dedicado a estos periodos es la última sala del recorrido, a la que se llega transitando por un suelo que imita el empedrado de una «calzada romana», flanqueada por varias estelas funerarias y aras votivas de época romana. Y es precisamente eso lo que encontramos en primer lugar expuesto en esa última sala, en la parte izquierda: estelas. La famosa estela de Teudesinde, de la que ya hemos hablado aquí, una de las estelas epigráficas de Espinilla, que también han tenido hueco en este blog,  y varias estelas discoideas. Reconozco que tengo debilidad por una de ellas: la de Respalacios, porque apareció en una excavación en la que colaboré, pero en cualquier caso, la selección hecha es adecuada.

Estela de Espinilla con la inscripción «Lupini»
Estelas discoideas medievales
Menos adecuado es el contenido de lo que acompaña a las estelas, un sarcófago en cuyo interior se ha reconstruido un esqueleto con huesos de diversas procedencia, mezclando restos óseos de hombre y mujer. El descuido alcanza también a la colocación de los huesos, algunos de ellos en una posición que no le corresponde en la anatomía humana, y como no había hueco para los pies... ¡no están! Por si no fuera poco afortunada la «recreación», se ha colocado junto al cráneo un cuenco de cerámica, reconstruyendo un hallazgo no contrastado del que sólo tenemos noticias verbales. Este singular «montaje» ya estaba en la anterior exposición permanente del MUPAC y es de suponer que se ha dejado tal cual por pura nostalgia. Sería la única justificación y, siendo así, encontraría acomodo en una sala dedicada a la historia del Museo. Pero no aquí.

El esqueleto del sarcófago
Un detalle de su peculiar anatomía
Para completar esta unidad temática dedicada a la arqueología funeraria se han incorporado en el último momento, muy acertadamente, las tres vasijas incensario halladas recientemente en Santa María de la Asunción de Castro Urdiales. Unas piezas únicas en la península Ibérica por su función y su contexto, que merecen, sin duda, el hueco que se les ha hecho en esta sala.

Vasijas incensario de Santa María de la Asunción (Castro Urdiales)
En el centro de la sala se ha colocado, en una vitrina a ras de suelo, otro objeto destacado del repertorio altomedieval regional: la cubierta de sarcófago de Bárcena de Ebro, con su inscripción fechada en el siglo IX. La luz rasante ayuda a leer la inscripción, aunque hay que agacharse para verla mejor. 

Cubierta de sarcófago de Bárcena de Ebro
El resto de los elementos expuestos se reparten en tres grandes bloques: uno que recoge objetos metálicos diversos, desde anillos y monedas, hasta armas y herramientas; otro con vasijas de cerámica; y otro «misceláneo» en el que se combinan broches de cinturón de época visigoda, la gran vasija de almacenamiento de Los Hornucos, elementos arquitectónicos prerrománicos, el laberinto de Arcera, cuyo único vínculo con el periodo es que apareció reutilizado como sillar en una iglesia, pero del que no se sabe mucho más, y un depósito de herramientas plenomedievales hallado recientemente en Santa Marina (Valdeolea). 

Vista general de la sala «medieval» del MUPAC
Detalle del depósito de herramientas de Santa Marina
En las vitrinas dedicadas a los objetos metálicos está «nuestro querido» anillo de Riocueva, junto al que nos fotografiamos cual cazadores con su presa el día de la inauguración, y los anillos con inscripción de Santa María de Hito. Muchos viejos conocidos de este blog, desde luego. Justo al lado se exhibe el espectacular tesorillo de Ambojo, protagonista de una de las historias más estrambóticas de la arquelogía regional. En otra vitrina se mezclan armas y herramientas de diferentes épocas sin mucho criterio, e incluso un gancho de huso de hierro se interpreta como una punta de proyectil de ballesta. Que pase en un museo de Bilbao se entiende, pero que suceda tan cerca de quienes interpretaron como tal esa y otras piezas extraña un poco más. Completa el conjunto una vitrina dedicada a la «vida caballeresca», tema ilustrado con los espectaculares acicates dorados de San Martín de Elines, pertenecientes a tres caballeros de los siglos XII-XIII que se hicieron enterrar con estos indicadores indiscutibles de su condición social, y con una punta de lanza de caza mayor sobre la que hemos hablado hace algún tiempo.

Vitrinas «metaleras» con los anillos en primer plano
Monedas de plata del tesorillo de Ambojo (Pedreña)
Acicates dorados de San Martín de Elines
La cerámica se ha colocado conforme a su cronología, separada en tres secciones: una tardoantigua, otra altomedieval y otra bajomedieval. Es una selección de los ejemplares más característicos y mejor conservados de cada periodo en la que no faltan la olla de Portillo del Arenal, la sitra de La Esperanza o las jarras de boca cuadrada del alfar de Santillana. Muchas de las vasijas proceden de cuevas, aunque el contexto del hallazgo parece un elemento de interés menor para explicar los objetos expuestos. El diseño de la vitrina quizá no es el más adecuado, sobre todo porque hay que agacharse para ver el piso más bajo y medir más de 1,80 m para poder apreciar bien el superior, pero el conjunto sirve para hacerse una idea de las características generales de la producción cerámica regional durante diez largos siglos.

Vasijas de cerámica medieval
Un detalle de la sitra de la cueva de La Esperanza
Del otro conjunto, del «misceláneo», lo más relevante sin duda son los broches de cinturón de época visigoda, de algunos de los cuales ya se ha hablado aquí, como el broche damasquinado de la cueva de La Garma o la colección de broches de la cueva de Las Penas. Incluso uno de los últimos en incorporarse al «corpus», el broche de Hoyos I, ha encontrado hueco en las dos vitrinas dedicadas a estos objetos siempre tan vistosos. La nota más positiva es que, con total naturalidad, se reconoce el carácter funerario de algunas de las cuevas en las que aparecen los broches. Siempre es gratificante saber que nuestros trabajos trascienden la órbita «científica» y descienden a la «terrenal» divulgación.

Broches de cinturón de la cueva de Las Penas
Cerrando la sala, y justo en el quicio de la puerta por la que se abandona la exposición, está una de las más importantes piezas del periodo y, sin duda, de todo el Museo, el broche de hueso de Santa María de Hito. No se entiende muy bien por qué un objeto de semejante relevancia ha sido colocado en un lugar tan poco adecuado y no en un lugar protagonista, o acompañando a otros objetos contemporáneos o junto a los anillos procedentes del mismo yacimiento. En cualquier sitio menos en el lugar que ocupa. Una cosa es que haya cierto debate sobre su cronología y otra que por no «mojarse» se ponga prácticamente «fuera de límites», como dicen en el golf.

La vitrina del broche, en el quicio de la puerta
Detalle del broche de hueso de Santa María de Hito
Hace unos días hemos sido invitados a participar en «La pieza del mes», una iniciativa que pone en marcha el MUPAC en colaboración con la Sección de Arqueología del Colegio de Doctores y Licenciados en Ciencias y Letras de Cantabria. Cuando podamos adelantar más sobre este asunto, lo iremos contando aquí. De momento, sabemos ya la pieza que nos ha tocado en suerte: el broche de hueso de Santa María de Hito. Reivindicaremos un lugar más digno para el objeto, a la altura de su calidad artística, de su significado histórico y de su carácter único.

Desde el Proyecto Mauranus nos alegramos de que el MUPAC esté abierto y de que todo el mundo pueda disfrutar contemplando lo que allí se expone. Es suficiente motivo y excusa para conmemorar el Día Internacional de los Museos. Nosotros somos los primeros que lo disfrutamos, porque, de forma voluntaria o involuntaria, formamos parte de él, ya que recoge algunas de nuestras ideas y de nuestros hallazgos.

8 may. 2014

De nuevo sobre broches cruciformes

Siguiendo con la costumbre que iniciamos tiempo atrás, siempre que publicamos un nuevo artículo en alguna revista científica, lo compartimos con los lectores del blog. Hace unos meses presentábamos un trabajo en el que revisábamos todos los broches cruciformes conocidos hasta la fecha en la península Ibérica y comentábamos que teníamos pendiente de publicación otro sobre el mismo asunto. Pues ya ha visto la luz el número 32 de la revista Kobie-Paleoantropologia, en la que se recoge el artículo «¿Un broche cruciforme de época visigoda en El Castillete (Reinosa, Cantabria?». Como ya avanzamos en su momento, en este trabajo se una pieza del yacimiento de El Castillete (Reinosa, Cantabria), que forma parte de una colección de objetos actualmente desaparecidos que proceden, presumiblemente, de una necrópolis hispanovisigoda de los siglos VII-VIII. La pieza fue interpretada por sus publicadores como un fragmento de un broche de placa rígida calada pero es, en realidad, parte de un broche cruciforme. Para abrir boca, nada mejor que algunas de las imágenes que acompañan al texto.




Poco más podemos contar sobre el tema, ya en la anterior entrada explicamos brevemente cómo habíamos llegado a la conclusión de que el de El Castillete era un broche cruciforme. Además... para dar más detalles ya está el artículo que compartimos, para que lo podáis descargar y leer con calma. Y si alguien quiere comentarlo o rebatirlo, estaremos encantados de «entrar al trapo».




 Se puede descargar aquí una versión en PDF del artículo:

 


6 may. 2014

La "estela" del dintel de la ermita de Santimamiñe (y 2): cancelada

Decíamos ayer que la piedra labrada situada en el dintel de la ermita vizcaína de Santimamiñe tiene un buen paralelo en la iglesia lebaniega de Santa María de Lebeña (como puede observarse fácilmente en la imagen inferior). Y decía también que no creo que se trate de estelas funerarias (como dicen la literatura científica reciente en el caso vasco y "la voz de la calle" en el cántabro), sino de otra cosa. Y con la pregunta ("entonces, ¿qué diantres son?") en el aire y la promesa de responderla terminaba la anterior entrada. Así que ha llegado el momento de ir al lío y tratar de dar una explicación alternativa a la presencia de tan curiosos relieves en esos dos templos cristianos de origen altomedieval.


Para no andarme demasiado por las ramas, volveré al texto de E. Campuzano sobre la pieza de Lebeña, concretamente al pasaje en el que propone una hipótesis acerca de su función. Es éste:

"No existe constancia documental de la ubicación primitiva de esta obra, pero posiblemente se encontrase entre los dos pilares de la nave central más cercanos al presbiterio, a modo de cancel de iconostasio, elemento característico del rito mozárabe que separaba las naves (espacio dedicado a los fieles, penitentes y catecúmenos) del presbiterio (reservado a los monjes o clérigos, en el caso de Lebeña), en los templos paleocristianos y prerrománicos (...) Por consiguiente y para aclarar la controversia que ha suscitado esta pieza en torno a su origen (celta, tardorromano...) y cronología, consideramos que se trata de un cancel del propio templo, realizado en la misma época que la iglesia, es decir, a principios del siglo X"

Así que, según Campuzano, lo de Lebeña (y también lo de Santimamiñe, añado yo) es una placa de cancel. ¿Y qué es un cancel? Pues, como también dice ese mismo autor, un elemento que separaba la nave (donde se congregaban los fieles) del presbiterio (la zona "noble" y más cercana al altar, reservada a los clérigos) en las iglesias tardoantiguas y altomedievales. Uno de los mejores ejemplos que he encontrado por ahí (y que viene muy al caso por la cercanía geográfica y cronológica) es el de la iglesia asturiana del siglo IX de Santa Cristina de Lena (que vemos en la foto de aquí abajo), con sus dos placas de cancel y su barrotera central, que suelen interpretarse como piezas de época visigoda reutilizadas.

Fotografía tomada de aquí

Y esta conexión visigótico-asturiana tan bien traída me sirve para empezar a buscar paralelos para las presuntas placas de cancel de Lebeña y Santimamiñe entre piezas de esos orígenes y cronologías: hispanovisigodas de los siglos VII-VIII y asturianas y "mozárabes" de los siglos IX-X. Como no son muchos los restos de canceles de esas épocas no me ha resultado muy difícil hacerlo y he podido llegar de forma relativamente rápida a una primera conclusión: que no hay paralelos. Los canceles conocidos en la Península en esos dos periodos no tienen nada que ver con las placas que nos ocupan en estas dos entradas. De hecho, ni siquiera guardan un mínimo parecido, aunque algunos de los motivos que las decoran sí que lo hagan. El ejemplo de Lena habla por sí solo, así que tampoco ilustraré demasiado el asunto. Sólo un par de ejemplos más:

Cancel de época visigoda de la basílica de Recópolis (Zorita de los Canes, Guadalajara). Foto sacada de aquí

Fragmento de cancel "mozárabe" de San Miguel de Escalada (León). Foto tomada de acá

No habiendo canceles parecidos en Hispania, tocaba buscar motivos semejantes. U otro tipo de objetos en los que apreciar una composición similar, con un círculo decorado central y otros a los lados y/o esquinas. Podemos encontrar un buen ejemplo de lo primero en un pie de altar procedente de Sevilla (de cronología incierta, que oscila entre lo "visigodo" y lo "prerrománico", así en genérico, aunque detalles como el tipo de cruz hacen que me decante por la primera), en cuyas caras vemos un círculo radiado muy similar al que preside las placas de Lebeña y Santimamiñe (con cuatro pequeñas rosetas flanqueándolo, por cierto) y otros motivos geométrico-vegetales inscritos en circunferencias que también se dan cierto aire a los de la primera.

(Foto sacada de aquí)

Y en cuanto a la composición, de nuevo en Andalucía y de nuevo dos piezas (gemelas) de cronología incierta (aunque todo apunta a que también son de época visigoda): estos dos ladrillos decorados a molde procedentes de la Mezquita de Córdoba (hay otro idéntico en Sevilla, por cierto)

(Foto obtenida de aquí )

Y poco (o nada) más. Una mirada rápida al norte de los Pirineos tampoco me aportó ninguna información relevante, más allá de constatar que por allí las placas de cancel tampoco se parecían a las de Santimamiñe y Lebeña. Ni las de época merovingia, ni las carolingias.

Placas y otros elementos de cancel de época merovingia de Metz (foto sacada de aquí)

Placa de cancel de época carolingia, reutilizada en el frontal del altar, de la abadía de Fleury (foto cogida de aquí)

Llegado a este punto tocaba poner el foco en el Mediterráneo. Y en eso andaba cuando vinieron a mi memoria una serie de piezas que había visto hace varios años en algún artículo sobre arte y arquitectura bizantinos y que ya entonces me llamaron la atención, precisamente por su remoto parecido con la placa de Lebeña. Son éstas:

Placa procedente de Makrinitsa (Grecia) (Imagen: Miles, 1964)

Placa de cancel procedente de Nicosia (Chipre) (Imagen: Megaw, 1974)

Placa procedente de Amorium (Turquía) (Imagen: Lightfoot e Ivison, 1996)

Las diferencias con las nuestras son más que evidentes (el rombo o losange, los nudos), pero, si nos fijamos bien, veremos que sí que hay al menos un par de cosas en común: los motivos circulares con decoraciones geométricas y/o religiosas (radios curvos, rosáceas y multipétalas variadas, cruces) y su disposición (con la presencia de uno central de mayor tamaño y cuatro menores, uno en cada esquina). Estas placas bizantinas, que muchas veces eran de mármol blanco, formaban parte de una estructura similar al cancel (templon) y que, con el tiempo, daría paso al iconostasio característico de las iglesias orientales. En algunas iglesias de Grecia aún se conservan en su posición original, como puede apreciarse en la siguiente imagen:

Interior de la iglesia de Agios Eleftherios (Atenas) (Imagen tomada de aquí)

En cuanto a su cronología, en todos los casos que he podido consultar este tipo de piezas (y las iglesias que las albergan o albergaban) se fechan en torno a los siglos X-XI (quizá en algún caso podrían llevarse a finales del IX, aunque sólo he encontrado indicios poco sólidos al respecto). Se trata, sin duda, de los mejores paralelos (tanto estéticos como funcionales) que he podido encontrar.

Y vamos terminando. En mi opinión hay dos opciones principales para encuadrar históricamente las dos placas de las que vengo tratando. La primera nos llevaría a época visigoda, a los siglos VI-VII. La fase tardoantigua de la necrópolis de Santimamiñe podría indicar que la iglesia, que ha perdurado hasta nuestros días, ya existía entonces (aunque también podría tratarse de un cementerio en plein champ al que luego se le añadió un templo). En el caso de Lebeña tendríamos que hipotétizar con un edificio anterior (que pudo estar en el origen del que ahora conocemos) del que procedería la pieza, reutilizada. Hemos visto que los motivos que adornan ambas placas ya están presentes en esos momentos en otras zonas de la Península, aunque para que la explicación fuera mínimamente sólida habría que asumir que tanto Vizcaya como Liébana pertenecían entonces a un mismo mundo cultural (¿y político?). Por lo que sabemos hasta ahora no parece que esto último fuese así, al menos en lo que se refiere a la cultura material: ya hemos visto en la entrada anterior las peculiaridades de algunos de los materiales recuperados en Santimamiñe (y su relación con otros de la zona vasco-navarra y, en algunos casos, con territorios al norte de los Pirineos), materiales que, de momento, están ausentes (salvo contadas excepciones) en el registro arqueológico cántabro de época visigoda (en este video se explica con cierto detalle). Y una hipotética expansión cantábrica de costumbres (y decoraciones) norpirenaicas que hubiera dado lugar a la presencia de esas piezas en esos dos lugares carece hasta el momento de base, ya que no parece que ese tipo de canceles, con esa decoración, existan en los territorios franco-aquitanos (o al menos yo no he dado con ellos).

La segunda (que es con la que me quedaría yo si tuviera que apostar), a los siglos VIII-X, cuando tanto Liébana como Vizcaya formaban parte (en mayor o menor medida) del Reino de Asturias-León. En ese momento sí existe una "unidad" política que podría explicar la difusión de unos mismos motivos decorativos asociados a lugares de culto (que, en muchos casos, sabemos que fueron levantados por miembros de las elites locales bien relacionados con los distintos monarcas, cuando no directamente patrocinados por éstos). Sin embargo, y aunque algunos de esos motivos presentes en ambas placas sí que aparecen en el arte asturiano y en el mozárabe (los estilos que se desarrollan en esos siglos), no encontramos en ellos canceles ni siquiera lejanamente parecidos a los de Santimamiñe y Lebeña. Canceles (ligeramente) parecidos que, como hemos visto, sí que proliferan en el otro extremo del mundo mediterráneo en los siglos X y XI. No conviene olvidar que es precisamente a comienzos del siglo X cuando parece que se construye Santa María de Lebeña, en cuya fábrica existen elementos (los modillones de rollos) con decoraciones muy similares a la de la placa de cancel (que formaría parte del edificio original, según propuso ya Campuzano en el párrafo citado más arriba). ¿Quiere todo ello decir que existe algún tipo de conexión entre las placas de cancel bizantinas del siglo X y estas dos del norte de la Península Ibérica? Aunque no estoy en condiciones de dar una respuesta, yo diría que directa no (la distancia es enorme entre ambos mundos en esas fechas), pero se me ocurre, para salir del paso, que quizá exista un "eslabón perdido", una (o varias) pieza(s) de la que deriven todas las demás. Quizá algún lector más versado en estos temas pueda arrojar algo de luz sobre este asunto. Yo, de momento, lo dejo aquí. El viaje ha sido largo y por el camino hemos convertido una supuesta estela funeraria tardoantigua de inspiración norpirenaica en una placa de cancel de cronología incierta (aunque probablemente del siglo X) con una hermana gemela (o, mejor, melliza) en Liébana y unas primas lejanas (geográficamente hablando) en Grecia, Turquía y Chipre.