31 mar. 2014

Revisando los clásicos: Santa María de Retortillo (nunc Iuliobriga)

A este lugar de Retortillo, en el que se ha localizado desde el siglo XVIII la Iuliobriga de las fuentes clásicas, le hemos dedicado ya un par de entradas del blog dentro de la serie «Testimonios de época visigoda en Cantabria», en las que hablamos del broche liriforme y de la estela de Teudesinde. En esta ocasión vamos a referirnos a los restos que quedan aún hoy sobre el terreno de la gran necrópolis cuya excavación inició J. Carballo en 1940.

La necrópolis de Santa María de Retortillo en 1940 (Carballo, 1941).
Aunque el interés por dejar al descubierto los edificios de época romana ha motivado que se destruya la mayor parte de la necrópolis que se instaló justo encima, hay algunos puntos en los que han quedado muestras de su gran extensión y del tipo de tumbas que se utilizaron. Es difícil saber si lo que ha quedado se puede atribuir a época visigoda o corresponde a los siglos posteriores. Pero no cabe duda de que ambas etapas, que quizá se desarrollaron sin solución de continuidad, dieron lugar a una de las necrópolis con mayor extensión y, seguramente, con mayor número de tumbas, entre las que se conocen en la región.

Las flechas blancas señalan lugares en los que hay tumbas visibles al NW de la iglesia.
La flecha blanca señala el lugar donde se conservan tres tumbas al SW de la iglesia.
El punto de vista opuesto, la iglesia desde las tumbas del SW.
Siendo cautelosos en el cálculo, ocupaba una superficie aproximada de 1000 m2, una superficie similar, a la que se puede estimar para otros grandes cementerios de época visigoda y altomedieval de la región como El Conventón de Rebolledo, Santa María de Hito o Santa María Valverde. Eso es lo que podemos deducir de los restos que se conservan en la actualidad en los márgenes de la zona que se conoce como «Foro», al oeste de la iglesia románica, de los que asoman por debajo del actual cementerio y de los que se conservan al norte de la iglesia. Y lo mejor de todo es que, a pesar de que la excavación de J. Carballo y las demás realizadas en esta zona «levantaron» una buena parte de la necrópolis y nunca reflejaron los pormenores de la excavación en una memoria, sabemos que quedan tumbas sin tocar. Quizá algún día se excaven y podamos completar la visión difusa y entrecortada que tenemos de este yacimiento clave en la Tardoantigüedad de Cantabria.

Las flechas blancas indican los restos visibles, el punto amarillo el último lugar
donde se excavó parte de la necrópolis de época visigoda (Foto: Iberpix).
Sarcófagos conservados al norte de la iglesia.
Es una buena manera de ir calentando motores para la Barferencia del próximo viernes en la que hablaremos de esta necrópolis y de otros yacimientos arqueológicos de época visigoda de la región. ¿No os parece?

27 mar. 2014

La "Línea del Agüera" (1). Un parecido más que razonable

Empiezo con esta entrada, a modo de introducción, una serie de tres sobre la "Línea del Agüera", una segunda línea de contención planteada por los Republicanos en el frente oriental de la entonces Provincia de Santander, en 1937. Y lo hago con una de las cosas más curiosas y sorprendentes que me han pasado desde que empecé a interesarme por las fortificaciones de la Guerra Civil Española en Cantabria: la posibilidad de haber identificado una construcción (que sigue en pie y en bastante buen estado) representada en un cartel de propaganda del bando sublevado.

El cartel en cuestión es obra de Carlos Sáenz de Tejada (ver firma abajo a la derecha), uno de los más prolíficos dibujantes nacionalistas y un autor con un estilo muy, muy personal (que a mí siempre me ha dado una onda muy años 20) y que hace que sus ilustraciones sean inconfundibles. Yo lo descubrí (el cartel) hace ya unos cuantos meses (quizá más de un año, pero lo cierto es que, desde que llegó mi hija Lara, he perdido parcialmente la noción del tiempo transcurrido), gracias a Facebook. Hyfryd de Obregón lo puso en su muro con el siguiente comentario:

"Un cartel de la Guerra Civil. Un soldado nacionalista del frente de Santander ha capturado un puesto republicano con inscripciones "marxistas" que dicen Muerte a España y Viva Rusia"

Diego Pedrajo lo compartió y yo, en cuanto lo vi, lo identifiqué. Pero antes de adelantar acontecimientos, vamos con el cartel. Es éste:


La escena muestra a un soldado rebelde en el interior de un fortín enemigo recién capturado, donde todavía se ven algunas pertenencias de sus antiguos ocupantes. El toque propagandístico (aparte del desorden miliciano) lo ponen las dos pintadas que adornan la pared: un "viva Rusia", que sería perfectamente posible en un sitio como éste (la URSS era entonces el referente ineludible para muchos de los militantes de partidos y sindicatos de izquierdas); y un "muera España" completamente impostado (ni siquiera los nacionalistas vascos, importantes en este asunto como veremos, hacían pintadas semejantes entonces). Ambas sirven para mantener el tema del "rojoseparatismo" como "ideología" principal de los leales al gobierno del Frente Popular y, aunque aquí no son más que un tópico, tienen su importancia  para entender el contexto geográfico de la representación. Abundando en el tema y para terminar esta digresión "propagandística", conviene recordar que, como era habitual en este tipo de representaciones, lo que tenemos delante es una muestra de la lucha (victoriosa) de "la España auténtica" contra "la anti-España". El soldado (de uniforme), católico (con un "detente bala" con el Sagrado Corazón de Jesús en el pecho) y patriota (uniforme español y colores "nacionales" en el "detente") tomando una posición al enemigo, miliciano (lo del desorden), separatista ("Muera España") y al servicio del comunismo internacional ("Viva Rusia"). 

Volviendo al lío, en cuanto lo vi me dije (a mí y al mundo, porque también lo puse en Facebook, aunque no recuerdo cuándo ni dónde): "yo conozco ese sitio y he estado en él". Y, efectivamente, aquí está la prueba:


Es una foto del interior del fortín de Montealegre, en Sámano (Castro-Urdiales), la única posición blindada de la "Línea del Agüera" (línea que estuvo ocupada por batallones del Cuerpo de Ejército de Euzkadi, por eso la importancia de los nacionalistas vascos que mencionaba más arriba) y sobre la que escribiré en extenso en la última entrada de esta serie. 

Ahora sólo quiero llamar la atención sobre el enorme parecido existente entre el fortín del dibujo de Sáenz de Tejada y el de la fotografía, parecido que no puede ser casual y que, en mi opinión, sólo puede explicarse de una forma: porque son la misma cosa. O, mejor dicho, porque el dibujante utilizó como modelo para su composición la estructura de Montealegre, que quizá conoció a partir de alguna fotografía tomada por las tropas que lo ocuparon tras ser abandonado por sus defensores (o miembros de la brigada hispano-italiana "Frecce Nere" o, menos probable, de alguna de las Brigadas de Navarra que también operaron en ese frente). Esta última opción explicaría mejor las diferencias entre ambas imágenes, como el banco corrido o la cota a la que se sitúan las aspilleras, que se deberían al "espíritu artístico" del autor y que no se corresponden con la realidad. Por lo demás, detalles de la arquitectura interna del fortín, como la forma de los salientes laterales y del techo (y más teniendo en cuenta que se trata de una construcción "semi-rupestre", excavada y apoyada en roca), hacen que esté seguro al 99 % de esa identificación. Es cierto que los fortines de tipo "galería cubierta para tiradores", como éste, son relativamente corrientes en la zona oriental de Cantabria, sobre todo en el Primer Sector de la "Línea del Asón" (la otra línea de contención diseñada en 1937, situada algunos km al oeste de ésta); pero también lo es que el de Sámano presenta algunas características propias que lo diferencian de todos los demás y que coinciden casi completamente con las que muestra el dibujo de Sáenz de Tejada. Y como una imagen vale más que mil palabras, pongo dos (de los fortines de La Peña Blanca y Primosto, ambos en Treto, Bárcena de Cicero) para que se aprecien esas grandes diferencias y, de paso, ir terminando de escribir:



Nada que ver ni con la primera fotografía ni, por supuesto, con el dibujo. Y aquí lo dejo de momento. En la siguiente entrada de la serie contaré el porqué, el dónde y el cómo (hasta donde sé) de la "Línea del Agüera". Y, si queréis saber más sobre este fortín, que no llegó a utilizarse en combate pero inspiró un dibujo propagandístico del bando contrario al que lo construyó, en la tercera y última tendréis toda la información que yo manejo al respecto.

21 mar. 2014

Revisando los clásicos: San Esteban de Selaya

La misma excursión por el valle del Pisueña que nos llevó hace unos días a San Vicente de Lloreda —antes conocida como San Vicente de Esles—, nos hizo recalar en Selaya para visitar la ermita de San Esteban, donde, según las noticias que teníamos, se conservaban un par de estelas discoideas y unas tumbas de lajas. La ermita es un edificio de escaso interés arquitectónico bastante reformado. De hecho, fue consecuencia de una de estas reformas el hallazgo de algunos de los elementos mencionados.

Los primeros indicios sobre la presencia de un cementerio medieval en este lugar fueron recogidos por R. Bohigas en la década de 1980. En esa época, las dos estelas que se conservan en la ermita de San Esteban estaban en manos de un particular. Ahora están colocadas sobre unos ingeniosos soportes giratorios, que permite contemplar sin esfuerzo ambas caras, y ubicadas sobre el poyo del altar tridentino, flanqueando el retablo. Ambas tienen una forma y unas dimensiones similares, con un disco circular de gran tamaño y un pie de contorno irregular, no son demasiado gruesas y están bien conservadas, gracias a que han sido talladas en un piedra de grano fino y bastante dura.

Las dos estelas, una a cada lado del retablo
La más interesante de las dos estelas es la que está colocada a la derecha del retablo, ya que lleva una inscripción en una de sus caras, cosa poco frecuente en el repertorio regional de estelas. La inscripción ha sido leída como IHC ORBA/NO IACET, que en castellano sería algo así como «En Jesucristo, Orbano yace». En el anverso se ha representado una cruz procesional, con los brazos de igual tamaño y el arranque del astil. Las características formales del epígrafe, con caracteres propios de la escritura visigótica-mozárabe de los siglos VIII-XI, y la presencia de la cruz procesional, habitual en el arte prerrománico asturiano, son los principales argumentos empleados para situar la cronología de la estela en los siglos IX-X. El otro ejemplar, también decorado con sendas cruces procesionales, podría atribuirse a la misma cronología.

Estela discoidea con inscripción
Detalle de la inscripción
Anverso de la estela, con su cruz procesional
Las tumbas de lajas aparecieron durante una reforma realizada en el pórtico de la ermita. Se tenía noticia del hallazgo de tumbas en el entorno de la ermita, tanto al oeste como al norte, incluso en lugares distantes más de 100 m del actual edificio. Al reparar la solera del pórtico, una zona cubierta pero exterior del edificio, que actualmente se ha incorporado al mismo, aparecieron tres tumbas bien conservadas y restos de algunas más. Al parecer, conservaban restos humanos en su interior, pero estaban muy deteriorados.  El interés por dejar a la vista el testimonio del pasado remoto del barrio de San Esteban motivó la integración de las tumbas con una protección en el nuevo pavimento.

Bajo las rejas se conservan las tumbas
Entre los barrotes se ven más o menos las lajas
Detalle de la cabecera de una de las tumbas
Las tumbas se muestran vacías y sin cubierta, aunque aparecieron con las losas de las tapaban y rellenas de tierra. Las tres corresponden a individuos adultos, están conformadas con lajas finas y tienen «orejeras», bloques de piedra situados en la cabecera de la tumba para fijar la posición de la cabeza del difunto. La cuidada construcción de las tumbas y el hecho de que, si son ciertas todas las noticias, el cementerio ocupase una gran extensión, permiten suponer que se utilizó en la Alta Edad Media. La cronología propuesta para las estelas, en torno a los siglos IX-X, coincide a grandes rasgos con la que se podría deducir de las características del cementerio y las sepulturas.

18 mar. 2014

El "Monte de Vindoey" y algunas cosillas relacionadas

Hace ya varios años, cuando buscaba paralelos para la lanza de caza conservada en el MUPAC, me topé con un libro cuya existencia desconocía y que me sorprendió por varios motivos (algunos vienen al caso aquí, otros no): el "Libro de la Montería" de Alfonso XI, del siglo XIV. Lo cierto es que yo buscaba referencias a las armas de caza mayor medievales (si tenían ilustraciones, mucho mejor) y, en ese sentido, resultó un pequeño chasco. Sin embargo y a falta de lanzas con alerones parecidas a la del MUPAC, me topé con un enorme catálogo de toponimia (casi mejor, de oronimia) medieval del Reino de Castilla, con todo lo que eso implica. Como no podía ser de otra forma, me centré en la parte "que me toca", la de los distintos territorios cántabros, y allí, en donde se habla de Liébana, encontré este pasaje:

Fuente: Valverde, J. A. (2009): Anotaciones al Libro de la Montería del Rey Alfonso XI, Salamanca, p. 203

Y, claro, casi se me salen los ojos de las órbitas: ¿"Vindoey"? ¿Pone "Vindoey"? ¡Joder! ¡El Vindio! ¡El Monte Vindio de las Guerras Cántabras! "Vindius" en Floro, "Vinnius" en Orosio, "Ouindion" (transliterado del griego) en Ptolomeo. Del celta "Vindos" (blanco). Y ahora un "Vindoey" en un libro del siglo XIV. Y, además, entre Liébana y Pernía. Demasiado bonito para ser verdad. Pero también demasiado parecido para ser casualidad. 

Vayamos por partes. Por si alguien a estas alturas aún no lo sabe, el Monte Vindio aparece citado en los relatos de la Guerra Cantábrica de Augusto que hacen tanto Floro como Orosio, basados ambos en la obra perdida de Tito Livio. Lo que esos autores cuentan es que, tras perder su primera gran batalla campal ("bajo las murallas de Bergida/Vellica/Attica") contra el ejército romano comandado por el gobernador de la Tarraconense, Gayo Antistio Veto, los cántabros huyeron al Monte Vindio, inexpugnable por naturaleza y donde, según floro, pensaban que antes llegarían las aguas del mar que las tropas romanas; y donde también, en palabras de Orosio, perecieron de hambre en gran número, asediados por los invasores. Hasta la fecha no hay consenso entre los estudiosos del tema sobre la identificación del citado monte: podría tratarse de un monte determinado o podría ser la parte más abrupta de la Cordillera, así, en general. En beneficio de la primera interpretación estaría el asunto del "asedio" romano (es más fácil asediar un monte que un conjunto de ellos, aunque también hay ejemplos de esto último, como en alguna de las campañas contra los Salasos de los Alpes suroccidentales), mientras que un argumento de peso a favor de la segunda es que el "Ouindion oros" de Ptolomeo no es un punto concreto, sino la propia Cordillera Cantábrica al completo. Como tampoco es el sitio adecuado para profundizar más en el tema, os remito al libro en el que participamos en 2012, concretamente al segundo de los artículos que firmamos Enrique y yo con Rafa Bolado (en riguroso orden alfabético), donde tratamos del asunto con más detalle.

Eso en cuanto al Vindio de los textos. Por lo que toca a Peña Bistruey (el "Monte de Vindoey" del texto medieval), pego aquí lo que cuenta J. Urrutia en Mendikat.net, una magnífica página de montaña:

La Peña Bistruey o Astruya ( 2.002 m ) es una importante cumbre del sector de coordillera cantábrica comprendido entre el puerto de Piedrasluengas ( 1.347 m ) y el techo de la misma, Peña Prieta ( 2.538 m ), englobado dentro del Parque Natural de Fuentes Carrionas ( Palencia ). Sin embargo, no es demasiado frecuentada al existir otras cumbres mayores próximas: Peña Prieta ( 2.538 m ), Curavacas ( 2.525 m ), Espigüete ( 2.450 m ), estas dos últimas en territorio Palentino. También podemos citar el solitario Lezna ( 2.206 m ) o la Horca de Lores ( 2.021 m ) como ejemplos de cimas de la montaña Palentina muy desconocidas y más elevadas que el mismo Bistruey ( 2.002 m ) que se establece en la misma raya con Cantabria.

Desde la cumbre a levante se alzan los llamados Puertos de Pineda y los collados Secarro ( 1.732 m ) y Brañaseca ( 1.559 m ), enmarcadas por grandes pastos en equilibrio sobre las dos provincias. La vertiente Norte desciende hacia el valle de Valdeprado, uno de los que componen la comarca de La Liébana. Crían en estas laderas frondosos bosques de hayas.

También es de destacar el entorno de pitones calcáreos que rodean al Bistruey, como la Peña del Castro ( 1.326 m ), los monolitos que erizan la Peña Jinesta ( 1.662 m ), la cresta de Camponuera ( 1.708 m ) o la proa rocosa de la Peña Cigal ( 1.532 m )


Y llegados a este punto, toca hacerse algunas preguntas:

¿Es el orónimo "Vindoey" un recuerdo fosilizado del "Vindius" de las fuentes latinas o se trata de un error (o de una corrección cultista) de quien escribió el texto en el siglo XIV?

Si lo es, ¿es la Peña Bistruey el lugar (o el punto central de un territorio algo más amplio) al que se retiraron los Cántabros derrotados junto a Bérgida? ¿O se trata del recuerdo del nombre que le dieron los romanos a toda la Cordillera Cantábrica y que, por motivos que desconocemos, se mantuvo en ese lugar (y quizá en sus cercanías)?

Y, finalmente, ¿puede explicarse de alguna forma mínimamente convincente, filología en mano, el paso del "Vindoey" medieval al "Bistruey" actual?

Como no tengo las respuestas (de momento), las dejo ahí, por si alguien quiere intentar encontrarlas. Sin embargo, lo que sí tengo son algunos apuntes curiosos que hacer en relación a la cita y al entorno inmediato de ese "Monte de Vindoey". 

En primer lugar, la referencia en el pasaje al "Castiello de Dobros" (el castillo de Dobres), un emplazamiento en altura estudiado por Lino Mantecón y Javier Marcos (dan algunos datos sobre él en un magnífico trabajo que tienen sobre los castillos de Liébana), y que me hace pensar que podría seguir "en uso" en el siglo XIV, un momento bastante tardío en la vida de este tipo de fortalezas (imagino que, si estuviese abandonado, se refiriese a él como un lugar en ruinas o similar)

Planta del castillo de Dobres (Fuente: MARCOS y MANTECÓN, 2009)

Imagen de la peña donde se localizan los restos del castillo (Fotografía: Lino Mantecón)

También, un par de apuntes de toponimia-ficción, ya que no muy lejos de Peña Bistruey, unos 6 km hacia el este, nos encontramos con la Sierra de Albas y con el collado del Vistrio. Empezando por el final, si "Vindoey" ha terminado por convertirse en "Bistruey", ¿habremos de pensar que "Vistrio" viene de "Vindio"? Y, ¿tendrá algo que ver el "Albas" (supongo que de un Albus-a-um: "blanco", en latín) de la sierra con el hecho de que "Vindos", en celta, signifique precisamente "blanco"? Pues probablemente no. Y seguro que hay alguna explicación para todo ello que no pase por el Vindio de las guerras, pero, por si acaso, yo lo cuento aquí. En este punto es necesario recordar que Eutimio Martino (en Roma contra Cántabros y Astures. Aquí enlazo la edición más reciente, aunque yo he manejado la de 1982) ya señaló el posible origen del topónimo "Vendejo" (un pueblo situado muy cerca del collado del Vistrio, al norte) en un hipotético (y muy creíble, añado) "Vindelio", relacionado según este autor con el Vindio que nos ocupa aquí. 


Y para terminar, una primicia que no es tal, porque está publicada en una nota (no al pie, sino al final, porque ese fue el formato) de nuestro ya mencionado artículo sobre las Guerras Cántabras en el libro editado por ADIC que he citado (y enlazado) más arriba. En 2012 andaba yo mirando en la red ortofotos aéreas de la divisoria entre Liébana y Pernía, buscando las trincheras de la Guerra Civil que salpican las cumbres y marcan la línea del frente republicano, cuando me topé con lo que parecía una fortificación bastante más antigua. Se trata de una estructura lineal, de varios metros de anchura y muchos más de longitud, que cierra una ladera y domina un paso natural (y tradicional) hacia Liébana, concretamente a Caloca, situada a sus pies. Y que se localiza (y ahí viene la parte que cierra el círculo), ¡en el Collado del Vistrio! (otra casualidad, y van...). Comunicado el asunto a Patrimonio, en Septiembre de ese año visité el lugar con un arqueólogo de la Consejería y un colega palentino y pudimos comprobar dos cosas: que, efectivamente, parece una fortificación terrera de gran envergadura; y que la espesa vegetación que cubre la zona impide sacar ninguna conclusión clara acerca de su cronología o función. Sobre plano parecía que cerraba (cerraba es un decir, porque sólo parece haber terraplén en la cara que mira al paso de montaña) un recinto mucho más amplio, pero sobre el terreno se aprecia que la ladera es muy pindia y, por tanto, el espacio útil en su interior más reducido. 


A mí, personalmente, me recuerda mucho a las fortificaciones romanas de campaña (y con el ejemplo de la turris del Robadorio controlando el paso por San Glorio...), pero, siendo sinceros, tampoco existen elementos objetivos que permitan hacer esa identificación. También podría tratarse de una de esas defensas de época visigoda-asturiana que cierran los pasos de la Cordillera, aunque el hecho de que no corte el camino sino que lo controle desde un flaco lo aleja de su tipología. No me pega nada para algo de la Francesada (en Liébana hubo mucha actividad militar y guerrillera entonces) y mucho menos de las Guerras Carlistas (recordemos la expedición del Conde de Negrí, que llegó a Vendejo por ese paso) o de la Guerra Civil (el contraste entre el terraplén de la ladera y las trincheras en zig-zag de la cumbre es muy elocuente en ese sentido), aunque cosas más raras se han visto.

La estructura vista desde media ladera. Al fondo, Caloca

Y aquí lo dejo. Esta entrada es la prueba de que con un topónimo resultón, el entorno adecuado y unos restos intrigantes se puede construir todo un castillo de naipes histórico-arqueológico en dos tardes. Es muy probable que de todo lo contado en ella apenas pueda aprovecharse algo, pero ¿y si no es así?







14 mar. 2014

Revisando los clásicos: San Vicente de Esles

Aprovechando el buen tiempo que ha quedado después del paso de las innumerables “ciclogénesis explosivas” de este invierno por nuestra región, hemos salido a dar una vuelta por el valle del Pisueña tras las huellas de su pasado medieval.

En nuestro recorrido incluimos uno de los clásicos de esa pequeña Edad de Oro que la Arqueología Medieval de Cantabria vivió en las décadas de 1970 y 1980: la necrópolis medieval de la ermita de San Vicente Mártir en Lloreda (Santa María de Cayón), conocida también como San Vicente de Esles o San Vicente de Fistoles. Conviene remarcar que la ermita pertenece al término Lloreda y no al de Esles, donde la ubica, por ejemplo, el Inventario Arqueológico Regional o “Carta Arqueológica de Cantabria”. De hecho, la denominación San Vicente de Esles es la más común entre los arqueólogos al referirse a este lugar.

La necrópolis fue excavada en dos ocasiones durante este periodo: en 1975 bajo la dirección de M. A. García Guinea y en 1984 bajo la dirección de E. Van den Eynde, recogiéndose ambas campañas en un artículo publicado en 1985. Durante las actuaciones arqueológicas aparecieron 26 tumbas de lajas de adultos y niños, tres de ellas en el interior de la ermita, y los muros de un edificio. En realidad fue el interés por constatar la ubicación en este lugar del monasterio de San Vicente de Fistoles, mencionado en la documentación escrita del siglo IX, el verdadero motivo de las excavaciones. La aparición de la necrópolis medieval, como sucedió en otras excavaciones de la época, fue un “daño colateral” y se excavó con más o menos interés, ya que lo que se buscaba era otra cosa, sobre todo los edificios de los cenobios más antiguos de la región. Paradójicamente, se propone una cronología para la necrópolis que arranca en el siglo X y va hasta el siglo XIII, por lo que se descarta una relación entre los restos hallados y el monasterio documentado desde el 811. Lo cierto es que no hay ninguna razón de peso para sostener esta interpretación hoy en día y es probable que las tumbas de lajas más antiguas del conjunto puedan remontarse, al menos, al siglo IX.

Ermita de San Vicente Mártir
Si aceptamos la identificación propuesta por diversos historiadores, lo que hoy es una solitaria ermita en la cima de una loma fue, a comienzos del siglo IX, un prestigioso monasterio dúplice dedicado a “Sancti Vincenti et Santi Christofori”. El monasterio de  “Fistoles” tendrá, gracias al testamento del conde Gundesindo, gran influencia en buena parte de su entorno —Cabárceno, Sobarzo, Velo, Oruña, Liérganes...— y más allá, “foras monte in Castella”, tal y como recoge un documento del año 816 recogido en un cartulario del monasterio de Oña. De hecho, ha sido objeto de un estudio monográfico realizado por E. Botella Pombo, donde se pone de manifiesto su relevancia en el contexto socio-económico en el que se encuadraba.

Placa conmemorativa de la fundación del monasterio de San Vicente
Una placa conmemorativa colocada en la fachada de la ermita da fe de su pasado glorioso en la Edad Media. La placa funde información recogida en dos documentos: el de 811 referido a la donación realizada por Guduigia y Sesinando,  y el de 816 en el que el conde Gundesindo hace elección de sepultura y donaciones. Estos dos documentos y otro más del año 820 con menciones del monasterio de San Vicente, están en una copia del cartulario de Oña realizada en el siglo XI que se conserva nada menos que en San Petersburgo, ahí es nada. Los tres documentos han sido considerados como poco fiables, no completamente falsos, pero sí con datos interpolados, sobre todos los referidos a las personas que se mencionan. No obstante, son comúnmente admitidos y usados como auténticos, al margen de las reservas planteadas. Conviene hacer algunas matizaciones al contenido de la placa. En el año 811 se realizan donaciones, pero no se especifica que sea ese el momento en el que se erige o funda el monasterio, podría llevar algunos años funcionando. El nombre del obispo es Kintila en el documento de 811 y Quintila en el de 820, pero no “Quintilla”. Efectivamente, el conde Gundesindo se refiere al monasterio de San Vicente y San Cristóbal  como el lugar “ubi Corpus meum tumulare desidero” en el documento de 816, aunque sería discutible “que gobernaba estas tierras” en nombre de Alfonso II, ya que en ningún momento se define el dominio territorial concreto sobre el que ejercía su autoridad como conde. Controlaba algunas “villas” y algunos “monasterios” en esta zona de Cantabria, pero también tenía posesiones en el norte de Burgos y quizá en otros espacios geográficos.

Como suele suceder en algunos lugares de la región donde tiempo atrás se identificó o se excavó una necrópolis medieval, aún quedan restos visibles sobre el terreno. Escasos, pero significativos. En el caso que nos ocupa encontramos una tumba de lajas completa y aparentemente intacta sobre la que apoya el muro que circunda la ermita. Por el tamaño, quizá se trate de una tumba de un individuo infantil. Al este de esta tumba podría haber otra de la que sólo se ve una esquinita. Lo más llamativo del asunto es que en 1984 se hizo una excavación en esta zona y, según lo que se ve en la publicación, la tumba localizada no coincide con la que apareció aquí, ni en orientación, ni en su relación estratigráfica con el muro perimetral. Seguramente no serán las únicas que ocupen esta zona de lo que en la Alta Edad Media fue un extenso cementerio.

Referencia de la ubicación de la tumba de lajas 
La tumba de lajas en cuestión
Nos alegra encontrarnos con estos retazos que nos conectan a la vez con dos pasados: uno remoto, la Alta Edad Media, momento en el que el lugar se utilizó como cementerio, y otro próximo, esas excavaciones de hace 30 ó 40 años que empezaron a desvelar la complejidad y el interés de este tipo de restos arqueológicos.



10 mar. 2014

Riocueva 2013, episodio 21: proceso de selección

Seguimos quemando etapas en los "trabajos de laboratorio" pendientes de la campaña de excavación de Riocueva. No quiere decir esto que vayamos como un cohete, pero casi. En comparación con otros proyectos, se puede decir que prácticamente llevamos las tareas al día. Es justo señalar, en este caso, que el proceso no avanzaría con tanta fluidez si no fuese por la inestimable ayuda de Helena Paredes quien, cuando no está dedicada por completo a su nuevo proyecto profesional, va sacando adelante el asunto.

Helena en plena faena
La tarea que nos ocupa ahora es la selección. En algunos sitios llaman a esto "triar", pero yo desde jovencito lo he conocido como "seleccionar" y así me sigo refiriendo a la operación. Es una tarea simple que puede oscilar entre lo tedioso y lo apasionante, según inclinaciones personales, y consiste en recoger todos los elementos que quedan mezclados con el sedimento recogido en la flotación. ¿Cómo se hace? Bien simple... una vez que el sedimento está seco, se extiende sobre una bandeja de color blanco, para que nada distraiga, y con una pinza se van cogiendo los pequeños objetos que van apareciendo: trozos de huesos, pequeñas piezas como dientes o falanges, trozos de cerámica, fragmentos de carbón, semillas y, sobre todo, microfauna. Mucha microfauna. Es un procedimiento muy similar a cribar, sólo que en este caso se realiza con más calma, en mejores condiciones de visibilidad y cómodamente sentado. Por fortuna, ya que algunas muestras pueden tenerte retenido durante horas, muchas horas. De momento no ha aparecido ninguna cuenta de vidrio, que era una de las cosas que esperábamos encontrar. Eso quiere decir que no había muchas y que las que había las hemos recogido en la excavación o en la criba. Está mal decirlo, pero ¡bien por nosotros!

Un descanso en el proceso
Teniendo en cuenta que el material recuperado ofrece una visión bastante completa del contenido real de un sector de la excavación determinado que completa y matiza los datos de los hallazgos coordenados y de los de bolsa de nivel y criba, el esfuerzo merece la pena. Por poner un caso concreto, puede ser de gran ayuda en la cuestión de los huesos quemados. Tenemos bastante bien definida la zona en la que aparecen huesos quemados en la cueva y, gracias a las muestras seleccionada, se confirma que están localizados en lugares concretos, ya que hay varios sondeos donde no hay ni siquiera esquirlas de tamaño ínfimo con indicios de la acción del fuego. Con la recogida sistemática de fragmentos de carbón podemos hacernos una idea de su proporción en cada sector, para determinar si son más abundantes en las zonas con huesos quemados o no existe ninguna relación entre ambas categorías. Cruzando datos podemos entender mejor qué actividades se realizaron en la cueva y dónde se desarrollo cada actividad, con lo que tendremos una visión más completa del depósito sepulcral.

Pequeña muestra de la microfauna aparecida en uno de los sectores
Incluso la microfauna, aunque parezca insignificante y "circunstancial", puede aportar datos relevantes. Más allá de su valor como indicador climático, que en una época tan reciente puede resultar superfluo. Sin saber mucho del asunto, se aprecia una cierta desproporción entre roedores e insectívoros, siendo los primeros muchos más abundantes. También hay un desequilibrio entre unas y otras zonas de la cueva, sin perder de vista que la muestra más cercana está a unos 30 m de la boca. Curiosamente, en las zonas removidas por los animales cavadores hay menos cantidad de huesecitos y dientecitos que en zonas más intactas. En algunos casos la conservación es excepcional, recuperándose intactas piezas delicadas como vértebras o costillas. Seguramente algunos de los cientos de pequeños mamíferos de los que encontramos restos han entrado por sus propias patas, otros estaban en la boca o en el estómago de los carnívoros que han usado la cueva como madriguera y otros formaban parte de egragópilas regurgitadas por rapaces. ¿Quizá algunos de los que se aventuraron por su propia pata lo hicieron buscando los granos de panizo o mijo que tanto abundan en la cueva? En cualquier caso, nosotros cumplimos con nuestra parte del trato: recogemos los huesecitos, que aparecen por cientos. Lamentablemente, de momento no disponemos de un especialista para estudiar la microfauna y resolver las dudas de cómo, cuándo y por qué llegaron aquí los huesecitos dichosos. Quizá después de leer esto se anime alguien...