28 abr. 2012

Damasquina, que algo queda (1): introducción

En mi opinión, las piezas más vistosas de entre todo el conjunto de broches de cinturón de época visigoda (y mira que hay) son las de hierro con decoración damasquinada. No son muchas, sobre todo si las comparamos con las de bronce, pero a día de hoy conocemos (al menos nosotros) alrededor de una veintena de ellas; procedentes de diferentes puntos de la Península Ibérica y, en un único caso, de Septimania (la provincia gala del Reino de Toledo, al sureste de Francia). En esta serie de entradas iremos viendo cómo son y dónde han aparecido. En esta en concreto, además de algunas nociones básicas sobre la propia técnica del damasquinado, veremos cuál es su "estado arqueológico" antes de pasar por las manos del restaurador. Este último aspecto podría contribuir a explicar por qué han llegado hasta nosotros tan pocos ejemplares de este tipo de guarniciones de cinturón: a su más que probable relativamente escaso número original, debido a lo complicado de su elaboración y al carácter precioso de algunos de sus materiales, habría que sumar el hecho de que el paso del tiempo los acaba convirtiendo, salvo en casos excepcionales de buena conservación, en gurruños de hierro cubiertos por una considerable capa de óxido.

Imagen del broche de cinturón de la Galería Inferior de La Garma in situ, sobre el suelo de la cavidad

Hace tiempo que sospechamos que es muy probable que, por esa razón, muchos de esos broches (o, al menos, muchas de sus placas) hayan acabado en las escombreras de antiguas excavaciones arqueológicas, al ser tomados por hierros informes. O que, en el mejor de los casos, estén durmiendo el sueño de los justos en los almacenes de algún museo, como ocurría hasta hace no muchos años con dos de los ejemplares que veremos en próximas entradas.

Los broches de cinturón de hierro con decoración damasquinada son muchísimo más frecuentes en el mundo merovingio que en el hispanovisigodo. Entre los francos la técnica más utilizada es la de la ataujía, consistente en el embutido de finos hilos de plata (o, más raramente, latón o incluso oro) en la superficie de placas y hebillas de hierro (que también suelen ir decoradas con umbos de bronce dorado), mientras que en la Península se combina ésta con el chapado con láminas de latón o bronce dorado (existen algunos ejemplos continentales con chapado, pero son escasos). En cuanto a los motivos decorativos, las diferencias entre unos y otros broches damasquinados son muy grandes, ya que los de los ejemplares merovingios son casi siempre geométricos (y de un tipo muy característico) y en los hispanovisigodos encontramos tanto figuraciones como motivos geométricos, estos últimos muy diferentes de los francos. Tendremos ocasión de ver cómo son los ejemplares peninsulares en próximas entradas, así que ahora únicamente dejaremos constancia de cómo son los franceses.

Broche de cinturón merovingio con decoración damasquinada (Futura-Sciences, Avril 2012)

Otro ejemplo de broche de cinturón merovingio damasquinado, éste a medio restaurar (Europeana)


Acerca de la cronología de este tipo de broches, hay que señalar que los ejemplares peninsulares parecen remitir a momentos avanzados del siglo VII d. de C. y al VIII. Tanto sus características formales (piezas de perfil en U o liriformes) como los contextos en los que han aparecido (algunos de ellos con dataciones absolutas) así lo indican. Sobre las posibles implicaciones sociales de este tipo de objetos, poco podemos decir de momento, ya que conocemos casos recuperados en castra (establecimientos fortificados en altura), lo que podría estar indicando un origen aristocrático; pero también los hay procedentes de aldeas. Y, por supuesto, de cuevas, como los tres ejemplares cántabros conocidos.

Como acabamos de comentar, cuando te encuentras con una pieza de este tipo en un yacimiento arqueológico de época visigoda su aspecto suele ser como el del que vemos en la siguiente fotografía: un asco. En este caso concreto hubo suerte, ya que no era un hierro especialmente informe y sus descubridores lo identificaron desde el primer momento como un broche de cinturón. En otros muchos no es tan fácil, así que el riesgo de no prestarle la debida atención es muy alto.



Tiempo después, en manos de una restauradora eficiente (gracias Eva), tras la paciente retirada de las capas de óxido fue emergiendo, entre brillos dorados y plateados, la verdadera esencia de la pieza. Como podremos verlo en todo su restaurado esplendor proximamente, lo dejaremos de momento así. 


Para terminar, nos quedaremos con una idea muy sencilla: si excaváis (o prospectáis) un yacimiento de época visigoda y os encontráis con un hierro roñoso y asqueroso que recuerda vagamente la forma de un broche de cinturón (o de una placa liriforme o en forma de U), documentadlo, recogedlo y enviádselo sin perder tiempo a un restaurador. Con un poco de suerte habréis descubierto y recuperado para el disfrute general una joya oculta de la orfebrería tardovisigótica. Y tened esto en cuenta: si el broche es de hierro, siempre (y digo SIEMPRE) está damasquinado. A nadie en su sano juicio se le ocurriría crear una pieza de adorno que no adorna y que, además, se oxida. Debajo de la roña, si no se han perdido para siempre, esperan el latón y la plata.



25 abr. 2012

Tapas

La mayor parte de las tumbas excavadas en la roca que conozco en el norte, y son unas cuantas, han llegado hasta nosotros vacías y sin su correspondiente cubierta. Sólo cuanto se ha podido realizar una excavación arqueológica en este tipo de necrópolis, se ha identificado el sistema utilizado para cubrirlas. No tiene muchos misterio: una o varias losas de piedra colocadas directamente sobre el borde superior de la caja, en ocasiones sobre un resalte y en otras veces con un rebaje que permite que encajen sin problema en su sitio y no se deslicen ladera abajo.

Recreación de cómo se cubría una tumba excavada en la roca (Dibujo: Padilla y Riart, 2003)

Lo que me llamó la atención en este caso fue la posibilidad de ver las tumbas con sus cubiertas en mitad del campo. Aunque en el video digo que se llama "Peña de las Sepulturas", la denominación correcta es "Peña de los Sepulcros". La necrópolis en cuestión está a las afueras de Cabezón de la Sierra (Burgos) y constituye un magnífico ejemplo para comprobar que, la mayor parte de las veces, los restos del pasado llegan hasta nosotros un pelín sesgados...

22 abr. 2012

Mitos de la Historia de Cantabria (1): Los foramontanos

Una de las estampas más recurrentes de la historia altomedieval de Cantabria es la de los "foramontanos": familias enteras de intrépidos habitantes de los valles centrales del occidente cántabro, especialmente de la cuenca del río Saja, liándose la manta a la cabeza y partiendo, allá en los albores del siglo IX y tras atravesar la Cordillera Cantábrica, a repoblar los territorios (pretendidamente) yermos del norte de las actuales provincias de Palencia y Burgos. Y más allá... Bonita estampa y bonito nombre (y concepto) ése de los "foramontanos". Bonitos ambos si fueran ciertos... pero no lo son. Decir esto en Cantabria en Abril de 2012 es poco menos que una blasfemia merecedora de su correspondiente anatema. Equivale a poner en cuestión un mito muy arraigado desde que Víctor de la Serna, el periodista hijo de la escritora Concha Espina, le diera vida allá por los años 50 del siglo XX en su obra Nuevo viaje de España. La ruta de los Foramontanos; arraigo del que dan fe un instituto de Educación Secundaria Obligatoria, una emisora de radio, una ruta de senderismo, o un monumento con forma de pedrusco y una placa con una inscripción que reza: "Aquí comienza esa cosa inmensa en indestructible que llamamos España". Sin embargo y pese a quien pese, nosotros lo vamos a hacer aquí y ahora. Y no vamos a necesitar extendernos demasiado para hacerlo.

La historia de los "foramontanos" se apoya únicamente en una cita de una fuente documental altomedieval castellana, los Anales Castellanos Primeros (ACP); una sucesión de noticias breves acerca de la historia del Condado de Castilla hasta el siglo X, que es cuando se redactaron. Esa cita dice:

"In era DCCCLII exierunt foras montani de Malacoria et venerunt ad Castella"

Lo que puede traducirse como "En el año 814 unos montañeses abandonaron Malacoria y vinieron a Castilla" o, de forma más literal, "En la era 852 salieron los montañeses fuera de Malacoria y vinieron a Castilla". Es una traducción muy sencilla y no hace falta ser un experto en latín para poder hacerla (exire foras es "salir fuera" y hay innumerables ejemplos en latín tardoantiguo y medieval). Sin embargo y de forma incomprensible, la versión generalizada (sobre todo en Cantabria) es una que convierte el "exierunt foras montani" de los ACP en un "exierunt fora(s)montani". O lo que es lo mismo, convierte un "salieron los montañeses fuera" en un "salieron los foramontanos", dando lugar a la creación de un palabro que no estaba en la fuente original.

Monumento a los "foramontanos" en Mazcuerras (Fotografía: García Pérez, 1997)

Una vez torturada la fuente escrita para alumbrar a los inexistentes "foramontanos", el siguiente paso era hacerlos oriundos de Cantabria. Para ello la solución elegida consistió en identificar la Malacoria de los ACP con la localidad de Mazcuerras (la misma que fuera rebautizada como Luzmela por la madre literata del perpetrador del asunto), saltándose a la torera todas las reglas de la onomástica y de la evolución de los corónimos. Y mezclarlo todo hábilmente con las repoblaciones históricamente contrastadas y con documentos alusivos a ellas, como el fuero de Brañosera, con su mención a la via qua discurrunt asturianos et cornecanos. No hay que ser un genio del mal para darse cuenta de que Mazcuerras no puede derivar de Malacoria, se mire como se mire. Y que la evolución de ese corónimo daría algo parecido a Malacuera, que, curiosamente, es el nombre de una localidad alcarreña, en la provincia de Guadalajara. El último ingrediente del cóctel fue un toque de sano regionalismo españolista (véase más arriba el texto grabado en la placa del monumento de la foto), dando lugar a otro mito (¿imborrable?) de la historia de Cantabria.

Ni hubo "foramontanos" ni salieron de Mazcuerras (ni de ninguna otra localidad cántabra). Esa es la verdad. Y aunque no somos los únicos ni los primeros en decirlo (aquí un magnífico ejemplo), quizá sí seamos los primeros en hacerlo en Cantabria (hay algo en algún foro por ahí, pero lo hizo uno de nosotros, así que no cuenta). Y ya iba siendo hora, la verdad.


NOTA: si has llegado hasta aquí y te interesa el tema, para bien o para mal, creo que deberías echarle un ojo a esta otra entrada

20 abr. 2012

Paradoja equina subterránea (episodio 2)


Decíamos en el primer capítulo que si teníamos que elegir un momento al que atribuir los esqueletos de caballo de la cueva del Portillo del Arenal, era sin duda la época visigoda. La colección de objetos de este momento que se ha recogido en la cueva es una de las más importantes de la región: broches de cinturón, cuchillos, vasijas de cerámica, punzones de tejedor, un gancho de huso, un briquet... incluso una herradura de caballo. Aunque todavía no se ha conseguido demostrar que estos objetos estaban en relación con un contexto funerario, es lo más probable. Y los caballos formarían parte, según nuestra hipótesis inicial, de este contexto funerario.

Algunos objetos metálicos de época visigoda de la cueva del Portillo del Arenal (Dibujo: A. Serna)

No era algo tan raro enterrar caballos "con honores" en época tardoantigua. En Francia se conoce algún ejemplo de sepulturas de caballos en necrópolis de época merovingia (siglos VI-VII). Un buen ejemplo son las encontradas en las necrópolis de Saint Dizier, en relación con varias "tumbas aristocráticas" que contenían ricos ajuares, y de Odratzheim, en esta caso con dos caballos compartiendo tumba.

Sepultura de caballo de la necrópolis de Saint Dizier (Francia) (Foto: Virginie Peltie, INRAP)
Sepultura de dos caballos en la necrópolis de Odratzheim (Foto: Pôle d'Archéologie Interdépartemental Rhénan)
Sin irnos tan lejos, existe un ejemplo en la península Ibérica, aunque su atribución a época tardoantigua no ha sido propuesta hasta hace bien poco por investigadores como A. Azkarate o J.A. Hierro (sí, el otro tipo que escribe en este blog...). Se trata de la necrópolis de Sansol (Muru-Astrain, Navarra), atribuida a la Edad del Hierro por A. Castiella, pero cuyas dataciones y ajuares no dejan ninguna duda sobre su cronología (siglos VI-VII).

Plano de la necrópolis tardoantigua de Sansol (Navarra), con indicación del lugar de aparición del caballo
Incluso en momentos algo posteriores existen testimonios de que los caballos han recibido un trato especial y similar al de las personas en el momento de su muerte. En el Cartulario de la Abadía de Saint-Bertin (Francia) se puede leer cómo el obispo Folcuin de Thérouane (muerto en 855) mandó enterrar a su caballo "humano more", vamos, como si fuese una persona, en agradecimiento por los leales servicios que había rendido a su amo.

Siempre hemos considerado que contar con una datación radiocarbónica de los esqueletos de caballo ayudaría mucho a contrastar la hipótesis que nos parecía más razonable, incluso dentro de su singularidad, la que relacionaba los caballos con los objetos de época visigoda. En 1996 se había intentado datar el Caballo nº 1, pero la muestra no tenía suficiente colágeno y no se obtuvo un resultado válido. Por nuestra parte, incluimos la datación radiocarbónica del Caballo nº 2 entre las muestras seleccionadas en 2010 y tuvimos más fortuna, de modo que el análisis pudo llevarse a cabo. Con sorpresa, por supuesto...

Incisivo del Caballo nº 2 de la cueva del Portillo del Arenal, datado por Carbono 14
¿Qué esperábamos? Pues más o menos algo así como 1350±50 BP, en torno al siglo VII-VIII d. de C., vamos, algo que concordase con la cronología de los objetos de época visigoda... Pues no, pero ni de lejos. La fecha no coincidia con ese momento de uso de la cueva, pero tampoco se podía relacionar con el depósito sepulcral de la Prehistoria Reciente. La datación obtenida es mucho más antigua: 9950±50 BP. Sí, el caballo tiene casi 10.000 años... Ni que decir tiene que nos quedamos perplejos. ¡¡Aziliense!! ¡Pero si ni siquiera hay restos de esa época en la cueva! Jamás se nos hubiese ocurrido relacionar el caballo con un momento tan antiguo. Y la datación, lejos de responder preguntas, ha planteado muchas más. La primera, sin duda ¿es fiable la datación?, la segunda ¿es algo habitual en esa época meter caballos enteros en las cuevas? Sin duda, la datación prehistórica ayudaria a explicar por qué están tan cubiertos de costra calcárea los huesos. Incluso nos hace plantearnos que pueda haber un acceso directo a la galería inferior desde el exterior, quizá habría que explorar mejor la cueva. No estaría de más que un especialista echase un ojo a estos caballos, quizá pueda determinar sin realmente son prehistóricos...
 
De momento, nos quedaremos sin asistir al congreso sobre la vida y muerte del caballo en la Edad Media que se celebra en Arlés este año. ¡Con lo bien que nos pintaban unas sepulturas de caballo asociadas a unas sepulturas de época visigoda! Dejamos paso a los prehistoriadores y a los arqueozoólogos, que traten ellos de dilucidar esta paradoja equina subterránea.


*Imagen de cabecera: British Library Royal 20 B XX. Entierro de Bucéfalo, el caballo de Alejandro Magno.


18 abr. 2012

Operación convergencia



Tratar de reconstruir vasijas completas a partir de los numerosos fragmentos de cerámica recuperados durante la excavación que realizamos en la cueva de Riocueva en 2011 es una tarea sólo apta para los muy obstinados. En su mayor parte son trozos del tamaño de una patata frita ondulada y las irregularidades de la cocción hace que tengan colores muy diferentes, incluso los que pertenecen a un mismo recipiente. Para complicar más el trabajo, sabíamos que una parte de los fragmentos están todavía en la cueva, en las zonas que aún no se han excavado (si hay suerte, pronto volveremos a por ellos...) y que otros llevan décadas en los almacenes del Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria. Aun así, tras un largo fin de semana de ensayo y error, conseguimos remontar un buen número de fragmentos de la pared de una olla decorada con ondas y la parte superior de otra ollita, además de unir piezas sueltas del fondo y el borde de otras vasijas (gracias, Helena...).

Los fragmentos van encajando poco a poco
Un pequeño descanso, ya queda menos
Otro intento para completar el puzzle


La parte superior de una vasija reconstruida casi por completo

La ubicación de los fragmentos en la superficie de la cueva y su dispersión ofrecen datos para conocer un poco mejor la relación entre estas vasijas y las sepulturas a las que acompañaban. En cuanto al tamaño, la forma, la decoración y otras características formales de los recipientes, no hay grandes novedades con respecto a lo que ya conocíamos: se confirma que en época visigoda era frecuente el uso de ollas de pequeño tamaño que, a juzgar por los restos de ollín que se aprecian en algunos casos, se utilizaban para cocinar. En ocasiones las ollas tienen un pequeño pico vertedor o un asita y, cuando están decoradas los motivos son líneas onduladas que recorren la panza. En una próxima entrada dedicaremos un poco más de tiempo y espacio a la cerámica de época visigoda en Cantabria.

15 abr. 2012

El hacha de Salas de los Infantes (Burgos)

El hacha de Salas de los Infantes, que se expone en el Museo Arqueológico y Paleontológico de esa localidad burgalesa, procede del cercano yacimiento de la Cabeza o Pico de San Vicente. Se trata de un establecimiento en altura cuyas características concretas y funcionalidad se desconocen (aunque todo apunta al control del territorio y las vías de comunicación) y en el que también se localizaron otros materiales de época visigoda y tardorromanos (Bengoechea Molinero, 2003)

El hacha expuesta en el museo de Salas de los Infantes


Fotografía de la pieza que podía verse en la antigua web del Colectivo Arqueológico y Paleontológico de la localidad

Como puede apreciarse en las fotografías, se trata de un hacha de combate con filo curvo muy pronunciado  (y con tendencia a la forma de media luna) y una prolongación hacia abajo del talón muy desarrollada. Sus características formales lo acercan a las hachas de los siglos VI-VII de las necrópolis alavesas de Aldaieta y San Pelayo y a la de la cueva de Los Goros, también en Álava aunque puede que ya del siglo VIII. De hecho, si hubiese aparecido en una tumba de alguna de esas dos necrópolis, no habría desentonado dentro de sus respectivos conjuntos de hachas.

Hachas de Los Goros, San Pelayo y Aldaieta expuestas en el Museo BIBAT de Vitoria

La presencia de un hacha como el de Salas de los Infantes en un lugar tan alejado de la zona vasco-navarra en la que son frecuentes este tipo de armas (siempre, hasta la fecha, formando parte de ajuares funerarios) tiene su importancia, ya que podría estar indicando una difusión más amplia de estos objetos que la que se suponía hasta ahora. El hecho de que no proceda de una necrópolis y sí de un asentamiento en altura, presumiblemente un castrum, también merece ser tenido en cuenta.

Llama poderosamente la atención la nula atención (seguro que por desconocimiento, aunque su foto estuvo colgada años en la red) que ha merecido, hasta ahora, este magnífico ejemplar de hacha de combate de época visigoda en los pocos trabajos que han tratado el tema del armamento tardoantiguo y/o altomedieval, máxime cuando se han publicado como armas de esa cronología todo tipo de hachas de trabajo (hachas-pico del tipo de las dolabrae, en su mayor parte); algunas de ellas de cronología más que dudosa y con paralelos claros en momentos medievales más tardíos. Quizá la publicación en detalle tanto de la pieza como del yacimiento del que procede (en marcha, según nos consta gracias al Director del Museo de Salas de los Infantes) contribuya a ponerla en su lugar.

14 abr. 2012

The (Medieval) Walking Dead (2): mascando piedras

Ahora que ya sabemos que los muertos "reviven" y nos visitan, conviene tener presentes algunos trucos para ponérselo más difícil. Una de las formas de prevenir el retorno de un cadáver parece haber sido la colocación de algún tipo de objeto en su boca. P. Barber, en la página 47 de su imprescindible Vampires, Burial and Death. Folklore and Reality, pone algunos ejemplos: fragmentos de cerámica, monedas, tierra, libros. El porqué no queda claro, ya que, aunque resulta que, según una opinión muy extendida en la Europa preindustrial, los muertos mastican (sí, sí, mastican), esas cosas que se meten en sus bocas al enterrarlos y que tienen como función evitar que hagan daño a los vivos pueden servir tanto para que las masquen (y así se entretengan) como para evitar que muerdan y se devoren a sí mismos o a otros cadáves. O a los vivos...

Esa curiosa costumbre de los muertos en sus tumbas (íntimamente relacionada con epidemias de peste, por cierto) motivó incluso la redacción de al menos dos tratados con ese título: Dissertatio Historico-Philosophica De Masticatione Mortuorum, de F. Rohr (1679) y De Masticatione Mortuorum In Tumulis, de M. Ranft (1728). En ambos (aunque el primero trate de demostrar la mano del demonio en estos hechos y el segundo busque explicaciones racionales) se cita la costumbre de introducir monedas y/o piedras en la boca de los difuntos para evitar esa masticación. A modo de ejemplo, el capítulo nº 59 de la obra de Ranft se titula "Las piedras y las monedas colocadas en la boca de los difuntos (...)"

Recientemente una noticia arqueológica saltó a los grandes medios de comunicación: entre los numerosos cadáveres altomedievales excavados en la necrópolis irlandesa de Kilteasheen había tres que mostraban evidencias de prácticas necrofóbicas (en realidad la prensa no lo dijo así, sino que habló de "miedo a los no-muertos" o, más vistosamente, de "esqueletos de vampiros"). La noticia, muy resumida, hablaba de dos muertos con sendas piedras en la boca y un tercero con otra (grande y pesada) sobre el pecho, fechados a inicios del siglo VIII d. de C.; y de cómo los responsables de la excavación proponían la posibilidad de relacionar la presencia de esas piedras con rituales destinados a evitar el retorno como "revenants" de los fallecidos. Quien quiera más, incluidos los enlaces al documental que se emitió sobre el asunto (en inglés), puede saciar su sed de conocimiento en este magnífico blog. Nosotros nos quedaremos con las piedras en la boca como espanta-"revenants" (idea principal) y con la posible relación entre estos muertos y las epidemias de peste que asolaron irlanda en el siglo VII d. de C. (idea secundaria pero no menos interesante, recurrente, como hemos visto y veremos, y sobre la que trataremos en otra entrada).

Esqueleto con una piedra en la boca de la necrópolis irlandesa de Kilteasheen (Fuente: MailOnline)

No era la primera vez que muertos con objetos en el interior de su boca y relacionados con episodios de muerte catastrófica saltaban a los grandes medios de comunicación. Pocos años atrás, el caso de la "vampira" de Venecia había dado la vuelta al mundo, generando el asombro general y alguna que otra polémica entre especialistas. En esta ocasión, se trataba del esqueleto de una anciana, recuperado en una fosa común en la isla del Lazaretto, junto con otros muchos esqueletos relacionados con una epidemia de peste en el siglo XVI. Presentaba la peculiaridad de tener un ladrillo encajado en la boca, lo que fue inmediatamente puesto en relación por sus descubridores con una medida necrofóbica destinada a evitar posibles maldades post-mortem por parte de la difunta. En este caso concreto, la relación con las epidemias estaba fuera de toda duda, lo que lo convertía en un magnífico ejemplo de "arqueología del vampirismo", si es que puede usarse una expresión así.

Cráneo con un ladrillo en la boca procedente de la isla del Lazareto, en Venecia (Fuente: Reuters UK)

Y claro, esas piedras (o ladrillo) en la boca y esa interpretación necrofóbica son tan interesantes que hacen que inmediatamente surja una pregunta: ¿tenemos algo parecido aquí, en Cantabria? Pues sí. Lo tenemos. O mejor dicho, lo teníamos, porque se trata de un yacimiento arqueológico que se excavó hace ya unos cuantos años: la necrópolis de San Pedro de Escobedo, en el valle de Camargo. Entre las varias decenas de tumbas (de lajas, de fosa con tapadera de lajas y de fosa simple con ataúd) excavadas en ese cementerio altomedieval hay una que destacaba sobre las demás. Se trata de la nº 10, de fosa con cubierta de lajas y orejeras (esas dos piedras que se colocan a ambos lados de la cabeza para evitar que se desplace hacia los lados), cuya ocupante, una mujer, tenía una piedra en la boca; como puede apreciarse en la siguiente fotografía.

Esqueleto con una piedra en la boca de la necrópolis de San Pedro de Escobedo (Camargo, Cantabria) (Fotografía: CAEAP)


¿Estamos ante un caso cántabro de necrofobia medieval o se trata simplemente de una casualidad? ¿La piedra se colocó intencionalmente en la boca de la difunta o ha terminado llegando ahí gracias a los siempre caprichosos procesos post-deposicionales? Si la opción correcta es la primera, ¿se hizo para evitar la "masticación de la muerta" y su vuelta como "revenant" u obedeció a otras causas que se nos escapan? No tenemos respuestas definitivas a estas preguntas, pero sí algunas consideraciones que hacer al respecto. En primer lugar, que los excavadores dicen textualmente que la piedra estaba "encajada en la boca", lo que abogaría, en principio, por una colocación intencional (algo que la imagen, en la que se aprecia cómo la "muerde", ratificaría). Sin embargo, en opinión de quien más sabe de muertos y cementerios medievales cántabros (no, no soy yo, pero no anda lejos de aquí), podría tratarse, sin más, del desplazamiento de una piedra colocada en origen debajo de la barbilla y que, junto con las orejeras, formaría una especie de "cofre" pétreo para la cabeza del inhumado; tal y como se ha comprobado en otros cementerios medievales, como el de San Martín de Elines, en Valderredible. Por lo tanto, no tendría nada que ver con el miedo a los muertos. En este punto conviene recordar que una de las prácticas necrofóbicas recogidas por Barber (p. 47), concretamente una documentada entre los casubios de Pomerania (en la actual Polonia), consistía en colocar un ladrillo "debajo de la barbilla del muerto", para que se rompiese los dientes con él si le daba por ponerse a masticar. Entonces, quizá esos "cofres" también tuviesen algún contenido necrofóbico. O no. En cualquier caso y volviendo a la tumba nº 10 de San Pedro de Escobedo, el parecido con los ejemplos irlandeses y veneciano es evidente y la posibilidad de que nos encontremos ante un caso medieval de prevención del "revenantismo" está ahí. Es sólo una de las posibles interpretaciones pero, sin duda, es la más sugerente. Si los muertos "masticaban" en la Irlanda del siglo VIII, en la Venecia del XVI y en toda la Europa centro-oriental del XVIII-XIX, ¿por qué no iban a hacerlo en la Cantabria medieval?.





12 abr. 2012

Paradoja equina subterránea (episodio 1)


En la galería inferior de la cueva del Portillo del Arenal (Piélagos, Cantabria) se conservan dos esqueletos de caballo completos, en conexión anatómica, recostados ambos sobre el lado derecho, que fueron hallados y publicados por el CAEAP a finales de la década de 1990. La actividad kárstica ha apresado los huesos, que están recubiertos por una colada estalagmítica y pegados al suelo, lo que ha propiciado que se pueda apreciar todavía la posición en la que fueron colocados los caballos. Y digo colocados porque siempre nos ha dado la impresión de que alguien los había puesto allí, ya que es difícil que llegasen a ese lugar por sus propias patas. El Caballo nº 1 todavía, que está en medio de una galería más o menos amplia, pero el Caballo nº 2 está en una zona en la que no hay más de 50 cm de altura en la parte más alta y el techo desciende hasta juntarse con el suelo.

Cabeza y cuello del Caballo nº 1
Esqueñeto completo del Caballo nº 1, documentado por el CAEAP (Dibujo: A. Serna)
Esqueleto del Caballo nº 2
Silueta aproximada del Caballo nº 2

Cuando uno se encuentra con algo así dentro de una cueva en la que no es fácil entrar, y menos aún si eres un caballo, se le plantean numerosos interrogantes. ¿Cómo llegaron los caballos hasta el lugar que ocupan sus esqueletos? ¿de que época son los caballos? ¿por qué están ahí esos esqueletos de caballo?¿llegaron a la cueva a la vez o en momentos distintos?

Boca de la cueva del Portillo del Arenal, la escala es imprescindible para bajar

La primera pregunta ofrece una respuesta casi automática: alguien los puso allí. Incluso teniendo en cuenta las dificultades que ello supone. Hay que hacer descender el cuerpo del cuadrúpedo en cuestión por tres desniveles respetables con pasos angostos: la boca que da acceso a la cueva, una rampa de acusada pendiente y el descenso a la galería inferior. Por algunos de los puntos de paso parece casi imposible meter un caballo entero, por pequeño que fuese. Incluso una persona algo corpulenta encuentra problemas para entrar por el agujero que comunica con la galería inferior.

Las exploraciones realizadas no han identificado ningún acceso directo desde el exterior a la galería inferior, por lo que la hipótesis de que los caballos hayan sido transportados por un camino menos tortuoso es mucho más difícil de defender. Y menos probable es todavía que los caballos entrasen en la cueva solos, por accidente, ya que resultaría complejo de explicar por qué se colocan en una posición prácticamente idéntica y en esos dos puntos concretos de la cueva. Sobre todo el Caballo nº 2 hubiese tenido grandes problemas para colocarse solo en el lugar donde se conserva su esqueleto.

Sobre la segunda cuestión, la de la época en la que llegaron a la cueva, teníamos algunas ideas. Si teníamos que elegir un momento de entre los que la cueva fue frecuentada, no había ninguna duda. No nos parecía demasiado probable que los caballo tuviesen relación con el depósito sepulcral de la Prehistoria Reciente y sí resultaba mucho más sugerente establecer una relación con los materiales de época visigoda encontrados en la cueva. Profundizaremos sobre esta cuestión en los próximos días.

Continuará...



9 abr. 2012

Cotero del Medio. ¿Una defensa lineal de montaña altomedieval en Cantabria?

Descubiertos en 1996 por Eduardo Peralta, Federico Fernández y Roberto Ayllón durante unos trabajos de prospección arqueológica dirigidos por el primero de ellos, los atrincheramientos de Cotero del Medio se localizan en un estrechamiento de la prolongación hacia el sur de la Sierra del Escudo, a unos 1.200 m. de altitud, en la vertiente norte de la Cordillera. Fueron objeto de un sondeo arqueológico, dirigido por E. Peralta en el año 2004, cuyos resultados están inéditos.

Imagen aérea de los fosos de Cotero del Medio (Fuente: Iberpix)

Se trata de dos líneas paralelas de foso y terraplén, separadas por una distancia de unos 30 m. (de terraplén a terraplén), de planta sinuosa y que cortan el paso hacia el norte por la línea de cumbres. El foso de la exterior, situada al sur, mide unos 5 m. de ancho por 3 de profundidad. El de la segunda, al norte, tiene unos 5,6 m. de anchura y una profundidad de unos 4. Ambos tienen un perfil muy característico en forma de U con el fondo plano y se prolongan hacia el oeste ladera abajo, el primero unos 70 m. y el segundo aproximadamente el doble.

Imagen de las estructuras de Cotero del Medio desde el sur

Aunque en un principio fueron interpretados como parte del dispositivo militar romano de avance hacia la costa en el año 25 a. de C., su peculiar morfología (lejos de la típica en la castramentación legionaria) y su orientación hacia el sur llevaron a considerarlos más tarde como posibles defensas indígenas levantadas frente a ese mismo avance. Sin embargo, el descubrimiento de otras dos defensas lineales muy similares en Asturias (las del Homón de Faro y El Muro, en las vías de montaña de La Carisa y La Mesa, respectivamente), fechadas, grosso modo, entre mediados del siglo VII y mediados del VIII d. de C., permitiría adelantar su cronología a los inicios de la Edad Media; tal y como ha sido propuesto en un trabajo reciente por parte de J. Camino, Y. Viniegra y R. Estrada (2010), responsables de la identificación y el estudio de los dos conjuntos asturianos. Conviene señalar en este punto que esa posibilidad también está recogida en la correspondiente ficha del Inventario Arqueológico de Cantabria (INVAC) desde 2008.

Interior del foso situado más al norte

Las similitudes entre las estructuras de Cotero del Medio y las del Homón de Faro y El Muro son tantas que todo indica que remiten a un mismo contexto cronológico y cultural: son defensas lineales de montaña,  formadas por grandes fosos y murallas y/o terraplenes, situadas en la misma latitud y que cortan vías de altura en el punto en el que estas acaban de rebasar la Cordillera. También existen algunas diferencias importantes, ya que las de el Homón de Faro (las únicas en las que se ha realizado una excavación en extensión) parecen haber sido objeto de una atención especial por parte de sus constructores, con dos líneas paralelas de muralla (una de cajones y otra abancalada) e incluso una torre en uno de sus extremos; mientras que la de La Mesa es una línea simple, formada por muralla aterraplenada y foso. Las estructuras de Cotero del Medio comparten características con ambas, ya que se trata de una línea doble, como en el primer caso, aunque tiene fosos y parapetos conseguidos por acumulación de materiales, como ocurre en el segundo.

Croquis de la planta de los fosos de Cotero del Medio (Fuente: Poo et alii, 2010)


Todo apunta a que se trata de tres evidencias arqueológicas de un mismo esfuerzo defensivo, llevado a cabo en un momento indeterminado de finales de época visigoda (incluyendo en ella el primer siglo de existencia del Reino de Asturias, epígono del de Toledo). Esfuerzo destinado a controlar los pasos de altura de la Cordillera Cantábrica e impedir el avance de un ejército invasor hacia la vertiente atlántica del territorio astur y cántabro. El equipo investigador asturiano que ha trabajado el tema en extenso considera que, entre las varias hipótesis de reconstrucción histórica que pueden manejarse, la que tiene más probabilidades de explicar la construcción de estas defensas lineales (que se corresponderían con las claustrae romano-bizantinas) es la que las relaciona con la campaña musulmana de sometimiento del norte de la Península. En esa campaña, un ejército comandado por Muza habría conseguido la rendición pactada de los hispanovisigodos del septentrión hispano, después de haber avanzado hasta el corazón de Gallaecia tomando las principales ciudades. Las fortificaciones lineales asturianas y cántabras serían los vestigios de la defensa planteada por los resistentes de la facción rodriguista asentados al norte de la Cordillera, defensa que habría sido hábilmente flanqueada por Muza, quien habría accedido al interior de Asturias a través de Galicia. A favor de esta interpretación juegan tanto el hecho de que la principal franja de probabilidad de la media combinada de las dataciones de Carbono 14 del Homón de Faro y de El Muro señalen a las primeras décadas del siglo VIII d. de C., como que todo apunte a que las murallas y fosos no fueron escenario de ningún hecho de armas y fuesen desmanteladas sin oposición (lo que sería, según esta hipótesis, una de las condiciones del tratado de rendición).

Recreación de la muralla abancalada del conjunto del Homón de Faro (Asturias) (Fuente: Camino et alii, 2010)

Sin embargo, existe una objeción (quizá menor, pero creemos que importante) a esta interpretación. Las defensas se localizan en Asturias y Cantabria, en dos territorios que, hasta donde sabemos, no estaban controlados por las mismas autoridades a comienzos del siglo VIII d. de C. (todo apunta a que había una provincia de Cantabria y otra Asturiense, gobernadas por sendos Duces). Esto implicaría que existió una acción combinada y concertada entre los gobernantes de las porciones atlánticas de esos dos territorios, que tendrían que haberse puesto de acuerdo para llevar a cabo una estrategia defensiva común, bloqueando (entre otras medidas que desconocemos) las vías de montaña hacia la costa con el mismo tipo de defensas lineales. Sin duda ese tipo de comportamiento sería más sencillo de explicar si ambos territorios estuviesen en manos de un mismo gobernante, tal y como ocurrió con seguridad a partir del reinado de Alfonso I de Asturias, hijo del Dux Pedro de Cantabria, cuando todas las tierras cantábricas situadas al norte de la divisoria de aguas estuvieron bajo su mando. Y resulta que la segunda franja de probabilidades (menor que la anterior pero que sí engloba, a 1 y 2 sigmas, todas las dataciones) de la combinación de las fechas de Carbono 14 nos ofrece una pequeña horquilla situada a mediados del siglo VIII d. de C., plenamente  coincidente con ese reinado de Alfonso I (739-757). 

Localización de las defensas lineales de montaña altomedievales de Asturias y Cantabria

Daten de comienzos o de mediados del siglo VIII d. de C., lo cierto es que nos encontramos ante unos restos excepcionales que nos hablan de un momento de nuestra historia del que cada vez vamos teniendo un mayor conocimiento arqueológico que poder confrontar con el que nos transmiten las fuentes escritas, escaso y, en ocasiones, contradictorio. El ejemplo de lo hecho en Asturias y los conocimientos adquiridos gracias a ello, además de darnos cierta envidia, nos permite plantear (hacerlo aquí y ahora no deja de ser un brindis al sol, pero menos es nada) algunas actuaciones en Cantabria que, sin duda, proporcionarían magníficos resultados. En primer lugar y en un nivel general, tratar de encontrar estructuras semejantes en otras vías de altura de características similares a la las de la "Vía del  Escudo" (que es en la que se localiza nuestro único ejemplo conocido), ya que es probable que el esfuerzo fortificador (estuviese dirigido por los Duces de Cantabria y Asturia, por Pelayo o por su yerno Alfonso I) se hubiera extendido también a esos otros lugares. En segundo término y en lo que toca a los atrincheramientos de Cotero del Medio, intentar obtener información acerca de sus características constructivas y dataciones, preferentemente absolutas aunque también relativas, que permitiesen confirmar su afinidad y coetaneidad con el Homón de Faro y El Muro. Es sólo otro de los muchos trabajos que quedan por hacer en el pequeño y muchas veces olvidado mundo de la arqueología tardoantigua y altomedieval cántabra. Esperemos verlo completado en un futuro no muy lejano.




BIBLIOGRAFÍA

PERALTA LABRADOR, E. (2003): Los Cántabros antes de Roma, Madrid

POO GUTIÉRREZ, M., SERNA GANCEDO, M. L. y MARTÍNEZ VELASCO, A. (2010): "Castellum (?) de Cotero Marojo y vallum duplex de Cotero del Medio (Luena y Molledo)" en SERNA GANCEDO, M. L., MARTÍNEZ VELASCO, A. y FERNÁNDEZ ACEBO, V. (Coord.): Castros y castra en Cantabria. Fortificaciones desde los orígenes de la Edad del Hierro a las guerras con Roma, Santander

CAMINO MAYOR, J., VINIEGRA PACHECO, Y. y ESTRADA GARCÍA, R. (2010): "En las postrimeras montañas contra el sol poniente. Las clausuras de la Cordillera Cantábrica a finales del Reino visigodo frente a la invasión islámica" en RUIZ DE LA PEÑA SOLAR, J. I. y CAMINO MAYOR, J. (Coord.): La Carisa y La Mesa. Causas políticas y militares del origen del Reino de Asturias, Oviedo



¿Una cueva para vivir? Lo dudo mucho...

Cada vez que hemos entrado y salido de la cueva de Riocueva nos hemos acordado de quienes se niegan a admitir siquiera la posibilidad de que, en época romana, visigoda o medieval, las cuevas se usasen para algo más que para vivir.


Boca y vestíbulo de Riocueva. Al fondo, a la izquierda, está el laminador.

Quizá la boca y el vestíbulo de Riocueva sirvieron como refugio ocasional a alguien en algún momento de la Edad Media, como evidenciarían algunos fragmentos de cerámica aparecidos en estas zonas. Eso sí, sin poder ponerse de pie, porque la altura es de escasamente un metro en la parte más alta. Pero accecer a la zona profunda, al lugar donde aparecen restos de época visigoda, ya es otro asunto. Hay que pasar por un laminador de más o menos 50 cm de alto y 50 cm de ancho. Sí, toca arrastrarse. Son sólo un par de metros de recorrido, pero ni siquiera una persona pequeña cabe a gatas, imprescindible el "cuerpo a tierra". Para completar el cuadro, cuando llueve hay una filtración de agua que forma un charquito justo en medio del paso.


El laminador desde el vestíbulo. La persona que hace de escala no está agachada por placer...

Como muestra de la escasa comodidad del acceso, dejamos aquí esta angustiosa escena. Su protagonista no es el hombre más ágil de Europa, pero no creemos que transitar con frecuencia este angosto paso sea un punto a favor de la elección de la cueva como hábitat.


Banda sonora: Gustav Holst The Planets Mars, the Bringer of War (The Planets op. 32, 1916). 

3 abr. 2012

Tumbas excavadas en la roca de Valderredible occidental

En el occidente de Valderredible se encuentran algunos de los conjuntos de tumbas excavadas en la roca más importantes de Cantabria. Hunden sus orígenes en algún momento sin precisar entre la época visigoda y la Alta Edad Media y se asientan en afloramientos de arenisca fáciles de tallar, algunos de ellos con un espectacular domino del paisaje valluco. Recojo aquí una breve reseña de las necrópolis más extensas, aunque seguramente volveré a tratar sobre algunas de ellas en próximas entradas.

En el entorno de la iglesia rupestres de Santa María de Valverde se reparten cerca de 40 tumbas, la mayor parte de ellas antropomorfas. Como curiosidad, es la única necrópolis de este tipo en la que se han hallado restos humanos dentro de la tumba. Correspondían a una reutilización tardía de la tumba en cuestión, de los siglos XII-XIII, pero algo es algo... Junto a la entrada de la iglesia rupestre hay además varios sarcófagos.

Tumbas antropomorfas sobre la iglesia rupestre de Santa María de Valverde
Tumbas del sector meridional de Santa María de Valverde, desde la espadaña

El macizo rocoso en el que se alza la iglesia románica de Santa Leocadia (Castrillo de Valdelomar) está horadado por más de 30 tumbas de diferentes morfologías. Las mejor conservadas están al oeste del campanario, que se construyó directamente sobre el espacio que ocupaba la necrópolis.

Iglesia románica de Santa Leocadia, sobre el afloramiento rocoso
Sector occidental de la necrópolis de Santa Leocadia

El altozano en el que se conservan las ruinas de la ermita de Santa María de Peñota (Susilla) hay más de 20 tumbas excavadas en la roca. Algunas están cortadas por los cimientos de la ermita, que están también excavados en el suelo rocoso.

Tumba antropomorfa de Santa María de Peñota
A las afueras de Villamoñico, en una loma colonizada por el bosque bajo y rodeada de campos de cultivo, está la necrópolis de San Miguel, muy camuflada por la vegetación. Se distinguen a duras penas una veintena de tumbas. En la cima de la colina arenosa que está al norte, al otro lado del camino, se conservan los restos de un pequeño castillo. En las inmediaciones del castillo aparecieron tiempo atrás algunas sepulturas.

Algunas de las tumbas que deja ver la vegetación en San Miguel.
Para quien esté interesado en visitar alguna de estas necrópolis, las opciones más sencillas son Santa María de Valverde y Santa Leocadia (Castrillo de Valdelomar), fáciles de encontrar y acostumbradas a recibir a los curiosos.

1 abr. 2012

Se non è vero, è ben trovato

En Diciembre de 2008, el equipo de "Cuarto Milenio", encabezado por su director y presentador Iker Jiménez, visitó la cueva de La Garma; durante el rodaje de un especial sobre las cuevas cántabras con arte paleolítico. La visita a la Galería Inferior hizo que conocieran de primera mano la existencia de los restos de los cinco individuos altomedievales allí depositados y no perdieron la ocasión de aprovecharla para su programa. 


El siguiente enlace permite ver el resultado. Es algo más de un cuarto de hora pero merece la pena. Además, si quieres seguir el resto de la entrada tendrás que verlo sí o sí.


En este punto y antes de desmenuzarla, he de decir dos cosas: que la interpretación del conjunto sepulcral de la Galería Inferior de La Garma que se marca Jiménez me parece una genialidad (la recreación, no tanto, aunque reconozco que está bastante lograda) y que esa misma interpretación es tan genial como falsa de toda falsedad. Obviando detalles menores (como la insistencia en fechar en el siglo IX unos muertos que son anteriores o el aspecto de Montaraces de Arnor que gastan los actores de la recreación), vamos a analizar las líneas maestras de esa interpretación con cierto detalle.

De forma resumida, vendría a ser algo así: cinco jóvenes medievales descienden juntos, por causas desconocidas, a la Galería Inferior del Complejo de La Garma, cargados con haces de leña e iluminados con antorchas. Una vez abajo, acampan alrededor de una hoguera que ellos mismos encienden y, en algún momento indeterminado de su aventura subterránea, son misteriosamente asesinados, uno por uno, por alguien o, mejor dicho, por algo. Algo ignoto y misterioso, por supuesto. Es una especie de trasunto de "Alien. El octavo pasajero", cambiando los pasillos de la Nostromo por una cueva profunda y oscura, al alienígena de mandíbula retráctil por algo que no se ve (y que, por eso mismo, da mucho más miedo) y sin una teniente Ripley que acabe con el monstruo y sobreviva para contarlo (en esta ocasión mueren todos).


Los lectores pensarán que tampoco es para tanto, que es un argumento más que manido y que esa película ya la han visto muchas veces. Es cierto. Pero también lo es que hay que ser un completo genio y, perdóneseme la expresión, el puto amo en lo suyo para hacer lo siguiente sin despeinarse, sin que le tiemble la voz y dándole a todo un barniz de rigor y cientificidad: convertir unos hechos y unos datos reales en los ingredientes de una historia de terror cinematográfico. E Iker Jiménez lo hace con gran maestría.

Empezando por el principio, como debe ser: en la reconstrucción de "Cuarto Milenio" los cinco mozos bajan juntos a la Galería Inferior. Efectivamente, en esa zona del complejo cárstico se encuentran los restos esqueletizados de cinco individuos subadultos, repartidos en dos zonas distintas y en diferentes estados de conservación. Sin embargo, es materialmente imposible que bajasen juntos, porque todos ellos han sido fechados mediante Carbono 14 AMS y las fechas obtenidas nos hablan de 2 momentos diferentes (o de 3, porque una de las fechas plantea algunos problemas) entre los siglos VII y VIII d. de C. O lo que es lo mismo, los cinco no murieron a la vez. Ni siquiera en un corto lapso de tiempo, ya que pasaron décadas entre unas muertes y otras.


A partir de ahí, es evidente que la imagen de esos proto-espeleólogos sentados alrededor de una fogata, tal y como aparecen en el video, nunca pudo darse, a pesar de las palabras del narrador : "... es la hoguera, la misma que en mitad de la penumbra del siglo IX encendieron los cinco jóvenes del medievo". Es cierto que en la cueva hay numerosos restos de carbones, algunos de ellos claramente relacionados con pequeñas hogueras (no con "fuegos de campamento") muy probablemente encendidas, en algunos casos, con fines de iluminación. Muchos de ellos han sido datados y todos remiten a momentos altomedievales, perfectamente coherentes en la mayor parte de los casos con las fechas proporcionadas por los cadáveres.

Es esa hoguera la que da pie al que es, en mi opinión, el momento culminante de la narración, el punto en el que no puedo dejar de maravillarme ante lo que escucho: el preciso instante en el que Jiménez dice que "seguramente su fulgor en mitad de esta noche que nunca termina bajo tierra fuese lo último que pudieron ver". ¿Por qué? Pues sencillamente porque, según él "después algo los mató uno a uno, como un zarpazo, como un rayo... pulverizándolos sin misericordia y sin dejar huella". ¡Casi nada! Pero no acaba ahí la cosa. Minutos después, cuando están viendo los restos in situ, de nuevo la voz del narrador se hace presente, viniéndose arriba y diciendo que "nadie sabe qué o quién los mató de esta forma tan horrible, alcanzándoles en zonas muy distintas, dándoles caza como si fuesen alimañas humanas, víctimas de un predador desconocido". Creo que no hacen falta demasiados comentarios...


Es cierto que nadie sabe (aún) cómo ni de qué murieron los jóvenes cuyos cadáveres fueron depositados en la Galería Inferior. Lo que parece seguro es que ninguno de ellos murió allí, en el interior de la cueva. Fueron introducidos en ella ya cadáveres y abandonados, en una zona profunda e inaccesible, tumbados sobre el suelo de la cavidad. Algunos en decúbito supino, otros en decúbito lateral, distribuidos a lo largo de dos zonas, utilizando en ocasiones el propio relieve de la cueva para acomodarlos. Sonaría raro, en efecto, si no fuera porque, sin salir de Cantabria, tenemos algunos buenos ejemplos de comportamientos funerarios semejantes llevados a cabo, además, en la misma época, en un lapso de tiempo muy concreto y que comprende los siglos VII y VIII d. de C. (una revisión de los casos cántabros y del resto de la Península y una interpretación de los cómos y los porqués puede encontrarse aquí). Quienes hayan seguido el blog saben, además, que actualmente estamos trabajando en uno de ellos, con magníficos resultados.

Es una verdadera lástima, pero no hubo ningún "predador desconocido", ninguna persecución por la cueva ni ninguna muerte violenta. No hubo zarpazos en la penumbra de las antorchas (impagable el guiño final aprovechando la mano en negativo paleolítica con presunta forma de garra), ni gritos en la oscuridad, ni asesinos invisibles que arrastran el cadáver de su víctima fuera del plano. Sin embargo y que nadie le busque la vuelta a esto porque no la tiene, vaya desde aquí mi reconocimiento a Iker Jiménez por su trabajo: la historia no era vera, pero estaba magníficamente bien trovada.


A estas alturas seguro que alguien echa en falta alguna observación acerca del tema de los cráneos aplastados y su tratamiento en el programa. Sólo diré que lo que se comenta es cierto (esos cráneos existen) pero que, como sobre ese sugerente asunto se tratará con detalle en otra entrada próxima de la serie The (Medieval) Walking Dead, de momento no habrá comentarios al respecto.