10 sept. 2016

El largo y cálido verano

Han pasado más de tres meses desde la última entrada en el blog. Sin duda, algunos de los lectores habituales habrán pensado que se acabó, que hasta aquí habíamos llegado. No es exactamente así, pero lo cierto es que este largo y cálido verano marca un punto de inflexión en la historia de esta aventura en Internet. Aún no va a desaparecer (aunque ese momento, obviamente, cada vez está más cerca) pero sí va a haber cambios importantes. Bueno, un cambio importante: menos entradas y más espaciadas en el tiempo. Nuestras ajetreadas vidas laborales, familiares e investigadoras (en lo sentimental, por el contrario, somos gente bastante aburrida) y los varios compromisos editoriales y académicos que arrastramos nos obligan a ello. Y además, las redes sociales nos permiten dar salida a determinadas noticias sin que pasen por aquí. Oh tempora, oh mores y tal.


Durante todo este tiempo hemos hecho un montón de cosas. Y algunas de ellas incluso se pueden contar. Hemos estado (y seguimos) enfrascados en dos actuaciones arqueológicas relacionadas con dos ya más que probables escenarios de las Guerras Cántabras. En ellas, dirigidas por el propio Enrique y por Eduardo Peralta, respectivamente, no participamos como Proyecto Mauranus, sino como AGGER (junto a Rafa Bolado, como toca). Aún es pronto para avanzar resultados, pero sí podemos contar que en ambos casos hemos confirmado las atribuciones cronológicas y funcionales que habíamos planteado en el momento de su descubrimiento. Y que los dos sitios se van a hacer un hueco, ya veremos cómo de importante (aunque parece que bastante), en el panorama arqueológico cántabro. 


Y además, de regalo, estamos documentando el escenario de uno de los últimos combates de la Batalla de Santander, librado entre tropas del CTV italiano y fuerzas de las divisiones 53, 55 o 48 del Ejército del Norte Republicano el 23 o el 24 de Agosto de 1937.


También hemos ido terminando algunos artículos (mea culpa por los retrasos, mea y sólo mea) y tenemos otros a punto de acabar, unos en colaboración con otros investigadores, otros sólo nuestros. En ellos tratamos temas variopintos, aunque no del todo nuevos para nosotros: guarniciones de cinturón de los siglos IX-X, los carbones de Riocueva, las fortificaciones de la Guerra Civil en la zona atlántica de Cantabria, ganchos de huso de época visigoda… Especialmente gratificante ha sido la redacción de uno en concreto, destinado al número XX de la revista de arqueología Sautuola y acerca de las aportaciones de nuestro proyecto a la arqueología altomedieval de Cantabria (y más allá). Y a todo ellos hay que sumar alguna que otra corrección de pruebas de imprenta de trabajos que están a punto de salir. E incluso una participación, con un trabajo sobre las excavaciones en Riocueva, en un libro editado por ADIC.


No acaba ahí la cosa académica, pues, junto al ya mencionado Rafael Bolado y en colaboración con la federación Acanto, estamos preparando la edición de un libro homenaje a nuestro querido Alberto Gómez Castanedo, fallecido el verano pasado (y cuya ausencia me sigue pesando como una losa, a pesar del tiempo transcurrido). Se trata de un volumen que recogerá artículos, relacionados con el mundo de la historia, la arqueología y la antropología, de un buen número de investigadores y amigos de Berto y que verá la luz, si todo va como tiene que ir, el año que viene. Por si todo ello si fuera poco, también estamos preparando un par de libros. Y yo pretendo redactar mi tesis un mes de éstos o de aquéllos.

Es posible que algunas de estas cosas (y otras que me callo) originen algunas entradas en el blog en los meses venideros. También que las haya de asuntos que nada tienen que ver con todo esto y que vayan surgiendo. O no. En cualquier caso, nosotros seguimos. A otro ritmo, pero seguimos.

7 jun. 2016

De congreso

Tal y como anunciamos días atrás, el Proyecto Mauranus ha estado presente en el Congreso Internacional de Cerámicas Altomedievales en Hispania y su entorno (s. V-VIII d. C.) celebrado en Zamora los días 1, 2 y 3 de junio de 2016. Estamos en plena temporada de presentación de resultados, en abril le tocó el turno a los carbones y las maderas de Riocueva y ahora llegaba el turno de la cerámica. Aunque para los lectores de este blog la cueva es ya un viejo conocido, la verdad es que el pertinaz retraso que sufren con frecuencia las publicaciones especializadas en el ámbito de la Arqueología o el embargo al que están sometidos sus contenidos provocan que los datos sobre Riocueva vayan llegando con cuentagotas a la comunidad científica. Por eso y porque Zamora está relativamente cerca y allí iban a estar muchos especialistas en Tardoantigüedad y Alta Edad Media, no podíamos dejar pasar la ocasión para dar a conocer los resultados de nuestras investigaciones. Además, ha sido la «puesta de largo» como colaboradora-firmante del Proyecto de Helena Paredes, quien además pudo hacer un hueco en su agenda para venir a Zamora.

Recién llegado a la sede del Congreso
Madrugón y 345 km de coche para llegar a la segunda jornada del congreso que se celebraba en las magníficas instalaciones del Campus de Zamora de la Universidad de Salamanca, la única de las tres a la que podíamos asistir. Nos perdimos las dos primeras comunicaciones programadas, pero llegamos a tiempo para escuchar a Raquel Martínez Peñín hablando sobre los conjuntos cerámicas de Braga y para asistir al debate de la sesión dedicada a Lusitania. Durante el descanso tuve oportunidad de charlar un rato con Claude Raynaud, uno de los arqueólogos que participado en la publicación, hace no mucho, de la fase altomedieval de Ruscino (Francia). Este enclave es uno de los mayor volumen de datos aporta sobre los últimos tiempos del reino visigodo en la Septimania y su registro material tiene algunos puntos en común con algunos yacimientos de Cantabria y su entorno. Aproveché para explicarle a grandes rasgos lo que estábamos encontrando en las cuevas de la región para compensar que no pudo quedarse a la sesión vespertina en la que estaba programada la comunicación sobre Riocueva. La sesión de la mañana se cerró con una síntesis sobre la Terra Sigillata Tardía Meridional expuesta por Margarita Orfila Pons (UGRA), otra sobre las cerámicas de los siglos VI-IX en la Francia mediterránea y una interesante comunicación sobre un taller de cerámica bizantina documentado en el monasterio de Qubbet El-Hawa en Asuán (Egipto) por Vicente Barba Colmenero (UJA). Con esta última exposición quedamos bastante impresionados, no sólo por la calidad de los materiales, tipos y decoraciones completamente extraños a quienes estamos más acostumbrados a la monótona cerámica norteña de época visigoda, sino también por un detalle bastante curioso: a falta de madera en los alrededores, los monjes alfareros habían alimentado sus hornos con momias, sarcófagos y demás materiales inflamables de época faraónica que sacaban de las tumbas sobre las que asentaron su monasterio.

Intervención de Claude Raynaud en el congreso (Foto: Zamora Protohistórica)
Aprovechamos bien el prolongado descanso para comer: cervecita, comida de trámite en el comedor universitario y visita rápida a Zamora. Un paseo desde el campus hasta la Catedral para ver su extraordinaria cúpula gallonada y varia iglesias románicas en el camino de ida y vuelta. Lo justo para distraerse antes del momento de nuestra participación. Hacía siete años que no pisaba Zamora y algunas cosas no las recordaba, así que ha servido de refresco de memoria, que siempre se agradece.
La catedral de Zamora, una joya del románico
La tarde estaba dedicada íntegramente a la sesión Cerámicas altomedievales en la Gallaecia y Norte de la Península Ibérica, en la que se integraba nuestra comunicación. Comenzó con una síntesis sobre la cerámica altomedieval en el noroeste peninsular presentada por José Avelino Gutiérrez (UO), con una exposición detallada y bien estructurada a modo de estado de la cuestión que derivó en una reflexión metodológica algo puntillosa y un tanto prescindible, que excedió innecesariamente el tiempo de su intervención. Lo curioso es que, hasta donde habíamos podido ver, todo el mundo había sido muy respetuoso con los tiempos asignados. Sobre todo porque eran algo superiores a los que se había establecido en las primeras circulares del congreso, cosa que es de agradecer. La sensación de que José Avelino no iba a terminar nunca se acrecentaba por un detalle: justo después le tocaba el turno a Riocueva. Con más de 15 minutos de retraso sobre el horario previsto me tocó subir a presentar «Ollas para los muertos. Cerámica de los siglos VII-VIII de la cueva de Riocueva (Cantabria)». Una descripción del yacimiento, una breve caracterización del contexto sepulcral, una descripción de los materiales cerámicos, unas conclusiones poniendo en relación la cerámica de Riocueva con la de otras cuevas de época visigoda de Cantabria y una reflexión final sobre la presencia de ollas de cocina, pero no de cerámica de mesa, en los contextos sepulcrales. En 20 minutos no se puede contar muchos más.
La portada de la presentación que acompañó a la comunicación
Fardando de los hallazgos Riocueva 
La cerámica fue la principal protagonista de la comunicación
Terminada nuestra intervención, tomó el relevo Francesca Grassi (UPV) para hablar sobre el valor de indicador social y político de los conjuntos de cerámica altomedieval de la Llanada Alavesa. Como no íbamos a poder quedarnos al debate de la sesión, programado para las 19:10, y Francesca Grassi tampoco, se abrió un turno de preguntas express que nadie quiso aprovechar. Será que Riocueva y su cerámica fueron tan magníficamente presentadas en nuestra comunicación que no quedaba lugar para las dudas... O que no le interesó a ninguno de los presentes, que también podría ser, pero no lo creo. O que estaban deseando que llegase el descanso que comenzaba ya. De hecho, al levantarse provisionalmente la sesión, se acercaron a saludarme y a plantearme dudas y sugerencias Alfonso Vigil-Escalera Guirado y Fernando Pérez Rodríguez-Aragón. Debe ser cosa de la exposición al público que había olvidado porque hacía mucho que no me dejaba caer por un congreso: hasta que no intervienes, no existes... o no te identifican. De hecho, con el primero quizá había coincidido alguna vez, pero al segundo no lo conocía en persona. Me quedé con las ganas de haber charlado con ambos más tiempo, pero había que regresar a tierras cántabras y son casi cuatro horas de coche. Apurando más allá del límite, todavía nos quedamos para escuchar la comunicación dedicada a los nuevos hallazgos de cerámica de los siglos VI-VII en Pamplona y para despedirnos de Juan Palomo, divulgador del patrimonio arqueológico de Los Pedroches a quien tampoco teníamos el placer de conocer en persona. En resumen, una incursión breve pero provechosa en el Congreso Internacional de Cerámicas Altomedievales en Hispania y su entorno (s. V-VIII d. C.) que nos dejó con ganas de más. Y, por supuesto, no nos podemos olvidar de la organización ¡buen trabajo! Pronto nos pondremos a trabajar en el texto de la comunicación para las actas y a esperar que se publiquen para poder repasar lo que nos hemos perdido por no haber podido dedicar más que unas horas a tan interesante cita.


16 may. 2016

Novedades cruciformes

A finales de 2013 presentábamos aquí nuestro trabajo de síntesis sobre los broches cruciformes de época visigoda conocidos hasta esa fecha en la península Ibérica. El propio carácter «accidental» de cómo llegó a nuestro conocimiento la existencia de algunos de ellos nos hacía sospechar que el listado recogido no tardaría en ampliarse. Pienso, sobre todo, en la colección del Museo Municipal de Villamartín (Cádiz), que conocimos gracias a una publicación en el muro de Facebook de una antigua compañera de Helena Paredes ¡las cosas que tienen las redes sociales! En cualquier caso, Gisela Ripoll nos animó a elaborar entonces una tipo-cronología con los materiales disponibles. De momento no hemos visto utilizadas todavía las denominaciones propuestas, por lo que aprovechamos esta addenda para estrenar la nomenclatura.

La tipología Gutiérrez-Hierro (2013) de broches cruciformes hispano-visigodos
El primero de los broches cruciformes que no habíamos recogido en nuestro trabajo de 2013 al que nos referiremos es un ejemplar conservado en el Museo Arqueológico Nacional que no había sido incorporado a la versión pública del catálogo Domus cuando lo revisamos en su momento. Se trata de una pieza de procedencia desconocida ingresada en 2005 a través de una donación efectuada por Manuel Casamar Pérez que consta en el catálogo con la referencia 2005/136/2. Por lo que respecta a su tipología, sus «parientes cercanos» entre las producciones hispanas son los de tipo Gutiérrez-Hierro CH1c procedentes de Cártama (Málaga) y Carteia (Cádiz), sobre todo por la hebilla de forma cuadrangular con apéndices circulares, aunque el nuevo broche del MAN presenta algunas características particulares que lo entroncan con el tipo E4 de Schulze-Dörrlamm fechados en el siglo VIII. El modelo bizantino, sin embargo, es articulado, con la hebilla y la placa unidas mediante una bisagra y no de placa rígida como el hispano. Además, el broche del MAN ha perdido algunas características de su referente oriental: el elemento decorativo del extremo distal no está perforado y carece del remate circular. Todas estas características invitan a pensar que se se trata de una versión local y no de una importación, un ejemplar genuinamente hispano que adapta un modelo bizantino. No obstante, la ausencia de contexto dificulta la contrastación de esta hipótesis. 

Broche cruciforme de procedencia desconocida MAN 2005/136/2 (Foto: MAN)
Broches bizantinos del tipo Schulze-Dörrlamm E4 (Schulze-Dörrlamm, 2009)
Cruciformes de Cártama y Carteia (Gutiérrez y Hierro, 2013)
El segundo broche sobre el que nos vamos a detener es quizá el menos cruciforme de todos los que se tratan aquí. Se trata de un pequeño broche de placa rígida que procede de la necrópolis de Tossal de les Basses (Alicante), concretamente de la tumba 2168. Lo recoge Pablo Rosser Limiñana en su tesis dedicada al estudio de Alicante entre la Antigüedad Tardía y la primera ocupación islámica, defendida en la Universidad de Alicante en 2013. Considera que es una variante de los broches cruciformes bizantinos del tipo Schulze-Dörrlamm D22, un tipo únicamente representado en territorio peninsular por un ejemplar procedente de Cunas de los Moros (Ávila). El paralelo más cercano lo encontramos en un ejemplar del norte de África, procedente probablemente de Cartago, catalogado por Cristoph Eger. Este investigador resalta la rareza del tipo en cuestión y sólo encuentra un broche similar en la necrópolis franco-oriental de Kruft (Alemania) sobre el que ya se había supuesto un origen mediterráneo. No encuentra ninguna relación entre el broche de Cartago y los cruciformes bizantinos, de modo que también se debería descartar para el caso de Tossal de les Basses. Tiene poco que ver también con las variantes de cruciformes hispanos, de manera que se queda encuadrado como tipo Eger 20 y es probable su filiación norteafricanaEn la misma necrópolis de Tossal aparece algún broche tipo Balgota, un modelo típicamente bizantino muy presente en el Mediterráneo central y también en el Norte de África.

Broche de Tossal de les Basses (Rosser, 2013)
Broche de Cartago (Eger, 2010)
La tercera novedad digna de mención la encontramos más allá de los Pirineos, en un artículo publicado en 2014 por Katalin Escher dedicados a los broches de cinturón bizantinos y «emparentados» hallados en Francia. La mayor parte de los ejemplares cruciformes o similares que describe en su trabajo son de tipo bizantino, pero hay al menos dos que tienen características comunes con ejemplares de la península Ibérica. Se trata de ejemplares descontextualizados, en ambos casos, uno posiblemente procedente del antiguo monasterio de Charenton-du-Cher (Cher) y otro del departamento del Gard.

Broches cruciformes de Francia estudiados por Katalin Escher (Escher, 2014)
El broche atribuido a Charenton-du-Cher tiene similitudes con el tipo Gutiérrez-Hierro CH1b, definido en la península Ibérica a partir de un ejemplar de MAN de procedencia desconocida. En el caso del ejemplar del MAN propusimos que se trataba de una variante hispana del tipo D25 de Schulze-Dörrlamm y lo mismo se puede proponer para el caso francés. Es bastante significativo que tanto en el broche del MAN como en el de Charenton-du-Cher —al menos es lo que parece a primera vista en este caso—se hayan hecho algunos cambios con respecto de los modelos bizantinos tendentes, en ambos casos, a simplificar la forma general. En el broche del MAN la cruz se ha simplificado en la zona más próxima a la hebilla, mientras que en el francés se ha suprimido la parte opuesta. A primera vista, lo más probable es que el broche de Charendon-du-Cher sea una adaptación local del modelo bizantino, quizá procedente de un taller hispano. Sin embargo, hay una característica del broche que deja dudas y abre la puerta a otra lectura tecno-tipológica: sólo tiene un apéndice perforado para fijar a la correa, aunque en las fotografías se aprecian posibles restos de otro aparentemente eliminado de forma intencional. Tanto los modelos bizantinos estudiados por Schulze-Dörrlamm como el del MAN estudiado por Isabel Arias y Feliciano Novoa tienen dos apéndices perforados para fijar al cinturón. ¿Puede estar modificado el broche de Charenton-du-Cher? No es extraño que se realicen este tipo de modificaciones, conocemos casos muy cercanos. Katalin Escher no hace referencia a esta posibilidad, pero la forma peculiar del extremo distal del broche podría ser consecuencia de una hábil reparación. Si a esto sumamos que la forma y las proporciones son prácticamente idénticas a las del ejemplar bizantino de referencia —procedente de Asia Menor—hasta tal punto que parecen casi salidos del mismo molde, estaríamos ante un ejemplar de origen oriental y no hispano.

Broches
Cruciformes de Charenton-du-Cher y Asia Menor (Escher, 2014) junto al del MAN (Gutiérrez y Hierro, 2013)
A modo de curiosidad pedantesca, quizá sólo de interés para quienes estén muy familiarizados con la historiografía regional, de Charenton-du-Cher procede un espectacular sarcófago decorado de mármol blanco custodiado en la actualidad en el mismo Museo de Berry (Bourgues) donde está el broche cruciforme conocido como sarcófago de Saint-Chalan. ¿Qué tiene que ver con Cantabria esa pieza que duerme en un museo a más de 900 km de distancia? Pues que Enrique Campuzano quiso ver en su decoración uno de los argumentos para sostener la cronología tardía —muy tardía, de época visigoda— de las estelas gigantes de Cantabria en su artículo «El mundo visigodo. Las primeras manifestaciones cristianas en Cantabria» publicado en la obra colectiva Regio Cantabrorum. La similitud formal es bastante evidente, pero probablemente sea una convergencia iconpgráfica y no es probable que exista una relación cultural y mucho menos cronológica entre este sarcófago del siglo VI-VII d. de C. y una estelas que se sitúan, según la mayor parte de los especialistas que las han estudiado, en torno al cambio de era (siglo I a. de C-siglo I d. de C).

Sarcófago llamado de Saint-Chalan, procedente de Charenton-du-Cher (Foto: Cégep de Sherbrooke)
Por lo que respecta al broche cruciforme del departamento del Gard, su parentesco con ejemplares específicamente hispanos y sin aparente relación con modelos bizantinos orientales resulta evidente. En este caso el broche francés, presenta características que lo relacionan con los tipos Gutiérrez-Hierro CH2c y CH2d, que engloba diversos broches de placa articulada. Katalin Escher relaciona el broche del Gard con algunos ejemplares hispanos clasificados en estos dos tipos y con modelos del Mediterráneo occidental. Podría ser también se procedencia peninsular, sobre todo por rasgos como su falta de decoración, algo poco frecuente en los cruciformes y que lo pone en relación con el broche de Tudején-Sancho Abarca (Navarra).

Broche del Gard  (Escher, 2014) con sus «parientes cercanos» de la Hispania visigoda (Gutiérrez y Hierro, 2013)
La ampliación del catálogo de cruciformes peninsulares con el ejemplar del MAN —el de Tossal de les Bases no debería incluirse en esta categoría— y los datos que aporta el repertorio francés sigue reforzando la idea de que cuando los diseños cruciformes empiezan a ser producidos en talleres occidentales la aparente estandarización formal que se aprecia en buena parte de los modelos bizantinos orientales se diluye. El llamado proceso de «regionalización» desemboca en diseños que poco o nada tienen que ver con sus referentes originales.

Por otra parte, los posibles vínculos del ejemplar del Gard con talleres hispanos aporta más argumentos a favor de la particularidad de la toréutica del sur de Francia en el conjunto del territorio. Dicho de forma rápida y sencilla, en los territorios al norte de los Pirineos controlados por el Reino Visigodo, esto es, en Septimania, los objetos de adorno personal tienen mucho que ver con «lo hispano-visigodo» y menos con «lo merovingio». De hecho, el trabajo de Katalin Escher dibuja una concentración de tipologías «bizantinas» hispano-visigodas en esta zona y una dispersión casi anecdótica de tipologías «bizantinas» orientales en el resto de Francia, cuestión que merece un análisis detenido. En ese espacio de influencia hispana tiene mucho sentido que aparezca un broche cruciforme muy similar a los de la península Ibérica y muy poco similar a los del resto del Mediterráneo.

Seguro que futuros hallazgos arqueológicos o nuevos estudios y revisiones de colecciones seguirán ampliando, en los próximos años, la nómina de este peculiar tipo de broche al que continuaremos siguiéndole la pista.

13 may. 2016

Ramales y alrededores: paisaje después de la batalla

Hace 177 años, tal día como hoy, acababa la "Batalla de Ramales", uno de los hechos de armas más importantes de la I Guerra Carlista (la primera gran guerra civil española de época contemporánea) y que terminó de inclinar la balanza hacia el lado liberal y de certificar el fracaso del pretendiente al trono, Carlos María Isidro (Carlos V para los suyos). Como han señalado algunos autores, el papel de Cantabria en esta contienda fue mucho más importante de lo que suele creerse, más allá del estado de guerra en el que vivió el tercio oriental del territorio durante los 7 años de contienda. Y lo fue porque aquí tuvieron lugar tanto esta decisiva batalla (que selló la derrota definitiva del Carlismo) como el primer choque de cierta relevancia del conflicto: la Acción de Vargas, una simple escaramuza, de poca importancia material pero con una enorme repercusión en los acontecimientos posteriores, ya que dejó a la ciudad de Santander y su provincia en el bando de la Reina Regente, con todas las implicaciones posteriores para el desarrollo de las operaciones militares que eso conllevó.

Infantería cántabra del bando carlista, según el Album de las tropas carlistas del Norte
El 13 de Mayo de 1839, la guarnición realista del fuerte de Guardamino, previa rendición pactada, abandonaba el reducto portando sus armas y se entregaba a los sitiadores cristinos, con la promesa de que, una vez depuestas aquéllas, sus miembros serían devueltos al territorio controlado por la Facción (canjeados en realidad por otros tantos prisioneros liberales). Se ponía fin así a una serie de movimientos militares y combates de diversa envergadura que comenzaron a mediados de abril de ese mismo año, afectaron a la zona suroriental de la actual CA de Cantabria, Provincia de Santander entonces (Soba y Ramales), y a la suroccidental de las Encartaciones vizcaínas (La Nestosa y Carranza), implicaron a varias decenas de miles de soldados de ambos bandos y conllevaron la destrucción casi total, por la metralla y sobre todo por el fuego, de la villa de Ramales.

Esta entrada no pretende tratar en profundidad sobre el desarrollo de la batalla y todos los aspectos relacionados con ella, sino acerca de uno muy concreto: las huellas materiales del enfrentamiento que aún son (o eran hasta hace no muchos años) apreciables sobre el terreno a través del uso de imágenes de satélite y fotografías aéreas. Para lo primero, saber de la batalla, existen trabajos de gran detalle y que son de consulta obligada para los interesados en el tema. El primero es un artículo de E. Herrera, publicado en el número de 40 de la revista Altamira y en el que ese autor se centra, siguiendo básicamente el relato de Antonio Pirala, en el desarrollo de los hechos de armas. El segundo, para quien quiera conocer muchas más cosas (antecedentes, curiosidades, consecuencias, restos, etc.), es el libro de R. Villegas La batalla de Ramales. Crónica postrera de la 1ª Guerra Carlista en la comarca del Asón y Oriente de Cantabria, sin duda el trabajo de referencia sobre este tema hasta la fecha y del que más me he ayudado para redactar estas líneas (además de tomarle prestadas un par de ilustraciones). Finalmente, centrado en lo estrictamente material y por ello también muy relacionado con este post, tenemos el artículo de M. García Alonso "Las evidencias arqueológicas de la batalla de Ramales (Primera Guerra Carlista)", publicado en el número 161-162-163 de la revista Castillos de España.

Pese a que, como ya he dicho, mi intención no es volver a narrar el desarrollo de la batalla, es necesario tratar sobre él, siquiera de forma breve, para contextualizar lo que veremos después. Una versión resumida de lo sucedido en aquellos días primaverales de 1839 podría ser la que viene a continuación.

El día 17 de Abril de 1839, Espartero, al frente de tres divisiones de infantería (30 batallones), 3 regimientos de caballería y más de 50 piezas de artillería, se pone en marcha desde su base de operaciones en Las Merindades y llega hasta lo alto del puerto de Los Tornos. Da comienzo en ese momento la primera de las tres fases en las que voy a dividir la batalla: la del avance cristino y la consolidación de sus posiciones. Así, entre el 17 y el 27 de Abril, las tropas liberales levantan un reducto en Los Tornos para controlar su retaguardia y marchan hacia el norte mientras van reparando los destrozos que los carlistas han causado en el Camino Real para entorpecer su avance. Éste se realiza en primer lugar por el cordal que flanquea la carretera por el oeste, tomando por el camino Herada. Después, la operación se repite por el del este y el propio Camino Real, ocupando Sangrices (el pueblo de mi bisabuela encartada, Carmen Rebollar Crespo) y La Nestosa. En ese cordal oriental se construyen dos reductos más, pues es la zona más expuesta a un ataque enemigo desde el valle de Carranza, donde el general carlista Maroto tiene su cuartel general (y 9 batallones en reserva). Todos estos movimientos se desarrollan sin apenas resistencia realista, limitada a la acción de hostigamiento de algunas de sus "guerrillas". La situación el día 27 nos muestra al ejército liberal situado frente a la primera línea de defensa carlista, localizada en el eje Peña Lobera-El Moro-El Mazo.

Carga de la caballería liberal en los combates del 8 de Mayo en Ramales

Establecido ese frente provisional, entre el día 27 y el 30 tienen lugar los primeros combates de entidad de la batalla. Es la segunda fase, la que desembocará en la ruptura de esa línea carlista y la llegada de las tropas cristinas a las puertas de Ramales. Descartada por Espartero la ruta a través de Soba, los únicos pasos hacia la villa eran el de La Pared, entre Peña Lobera y El Moro, por donde cruzaba el camino de entonces y aún hoy lo hace la carretera, y el situado entre este último pico y el del Mazo; ambos guarnecidos por tropas del pretendiente. Para defender el primero se había fortificado y artillado una cueva, situada en alto y desde la que se batía la carretera. Las defensas del segundo consistían en líneas escalonadas de trincheras y parapetos. El mismo día 27, la resistencia de los defensores de la cueva fue vencida tras un intenso cañoneo, quedando libre la ruta hacia Ramales por ese sector. A occidente, las tropas de la reina desalojaron a los carlistas de sus posiciones más meridionales e incluso se hicieron con algunos de los parapetos de la segunda línea. Sin embargo, el día 30 un fuerte contraataque realista hizo que tuvieran que abandonarlos y el frente quedó estabilizado en la línea de cumbres.

Uniformes carlistas en 1836

La tercera fase de la batalla se desarrolló entre los días 1 y 13 de Mayo y concluyó con la toma de Ramales, la retirada de las tropas de Don Carlos al otro lado del río Carranza y la rendición del fuerte de Guardamino. La primera se realizó el día 8, cuando, tras destruir a cañonazos las casas fortificadas que guardaban la entrada a la localidad por el sur, las tropas cristinas entraron en ella al asalto y expulsaron a sus defensores, que incendiaron las casas del pueblo en su huida. Ese día los carlistas también abandonaron sus vanguardias frente al Moro y El Mazo, replegándose a los atrincheramientos que servían de apoyo al fuerte de Guardamino, en los altos sobre esa localidad y Riancho. Asegurado Ramales y ante la imposibilidad de asaltar o rendir el reducto, el día 11 el ejército liberal lanzó un ataque generalizado contra el resto de posiciones de las tropas del pretendiente, tomándolas todas al asalto y obligando a éstas a retirarse precipitadamente hacia Gibaja a través del puente junto a esa localidad. Cerrada la tenaza alrededor del fuerte, defendido por una guarnición de 250 hombres, comenzó un asedio que terminó dos días después cuando, a instancias de Maroto, se llegó a un acuerdo de capitulación. Terminaba así, con un triunfo constitucional incontestable y varios cientos de muertos y heridos, la batalla de Ramales (que quedó casi borrado del mapa pero recibió a cambio el apelativo "de la Victoria", que le acompaña desde entonces). Una batalla de la que el Carlismo, ya muy dividido por entonces entre los partidarios de pelear hasta el fin y los pactistas, salió herido de muerte y camino del "Abrazo de Vergara".




Croquis de la batalla con la ubicación de las posiciones de los contendientes. El de arriba, del ejército constitucional y los dos de abajo de las tropas carlistas (Fuente: Biblioteca Virtual de Defensa)

De la combinación de estos tres croquis de época de la batalla, uno liberal y dos carlistas, se puede obtener una representación bastante fiel de las estructuras defensivas construidas e/o involucradas en los combates: reductos, casas fortificadas y atrincheramientos varios. Y de su localización. Para lo que nos interesa aquí, nos quedaremos con los reductos cristinos de Los Tornos (1), Ubal (2) y Peña Calera (3), la cueva de Callejo Cerezo (4), las casas fortificadas de la entrada de Ramales (5), algunos de los atrincheramientos carlistas (6) y el fuerte de Guardamino (7); a lo que sumaremos el fuerte de Luchana (8), levantado inmediatamente después de los hechos de los que estamos tratando.


En primer lugar toca hablar del reducto de Los Tornos. Reconocido en 2002 por Manuel García Alonso, sus restos, bastante bien conservados, se localizan en la parte más alta del puerto, muy cerca del mirador, Se trata de una fortificación de campaña, de planta cuadrada y que se apoya en el cantil del alto donde se sitúa. Cuenta con un terraplén defensivo, foso y contrafoso (resulta evidente que no me manejo bien con la terminología de la época para las fortificaciones) en sus lados E, S y W (en el N el cortado lo hace innecesario) y tiene una superficie interior útil de unos 350 metros cuadrados, lo que lo distingue de los otros dos, como veremos a continuación (su adaptación al terreno, ya señalada, es la otra gran diferencia con los de Ubal y Peña Calera). Fue ocupado por un batallón (el tercero) del Regimiento de Infantería de Borbón (aunque su tamaño parece demasiado pequeño para albergar a una unidad de ese tipo), que quedó protegiendo la retaguardia del ejército comandado por Espartero cuando éste avanzó hacia el Norte.


Localización y detalle del reducto de Los Tornos (Fuente: Google Earth)

Los reductos de Ubal y Peña Calera se levantaron en los altos de La Muela y El Mazo, respectivamente. Ambos tienen planta rectangular y unas dimensiones muy similares: unos 950 metros cuadrados (a ojo de buen cubero usuario de Google Earth y sus herramientas de medida, con los márgenes de error que ello conlleva) de superficie interior y mientras que en el primero foso y contrafoso son apreciables con nitidez en algunas imágenes, en el segundo no está tan claro que cuente con esos elementos; aunque podría deberse, sin más, a la erosión y a procesos naturales de relleno. Sabemos que se construyeron para albergar a sendos batallones y sus medidas entran dentro de las manejadas en manuales de la época para reductos con capacidad para acoger entre 350 y 500 soldados (35-40 varas/29-33 metros de longitud de los lados interiores).Teniendo en cuenta que el orgánico para ese tipo de unidades por esas fechas estaba por encima de los 600 hombres (al menos según el reglamento de infantería de 1818), o bien pensaban apretarse más de lo normal (que ya era mucho) dentro de ellos o, más probablemente, los batallones no estaban al completo en el momento de construirlos.


Localización y detalle del reducto de Ubal o de La Muela (Fuente: Google Earth)


Localización y detalle del reducto de Peña Calera o El Mazo (Fuente: Google Earth)

Fueron levantados y guarnecidos por unidades de la división de la Guardia Real y llama la atención su orientación, con uno de sus extremos enfilado al Norte y tomando por ello forma de rombo más que de cuadrado. Aunque en imágenes de hace unos 10 años son perfectamente visibles, las remociones de terreno en el caso del de Ubal puede que hayan afectado a su conservación. El de Peña Calera, por su parte, no parece que haya sufrido más alteraciones que las naturales ya señaladas. No sé si son conocidos por los responsables de Patrimonio de Vizcaya ni si están catalogados y protegidos, la verdad.

El siguiente punto en nuestro recorrido no puede observarse en foto aérea ni en imágenes de satélite, pero fue un lugar importante en el desarrollo de la batalla y perdura en la actualidad. Se trata de la cueva de Callejo Cerezo, situada bajo la peña de La Lobera, entre La Nestosa y Ramales, y de la que también hemos hablado más arriba. Esta cavidad, que dominaba un desfiladero por el que transcurría el Camino Real, fue fortificada y artillada por los carlistas, que construyeron un parapeto en su boca y emplazaron un cañón en su interior, como ya he comentado antes. 


Dibujos de época de la vista, plano y sección de la Cueva de Callejo Cerezo (Fuente: Biblioteca Virtual de Defensa)

La cueva ha sido explorada al menos en dos ocasiones, en los años 60 y en los 90 del siglo XX, recogiéndose los resultados de esta última en un artículo de R. Prieto en el nº 9 del Boletín Cántabro de Espeleología. En ambas ocasiones se recuperaron en su interior materiales relacionados con el episodio bélico de 1839: restos de metralla, fragmentos de balas de cañón y balas de fusil, algunos de ellos incrustados en las paredes y que dan muestra del intenso fuego de hubieron de soportar sus defensores antes de su rendición, cuando todos ellos estaban ya fuera de combate.

Fotografía del interior de la cueva y plano de la misma, según Prieto, 1993)


Vista de Google Earth del lugar en el que se localiza la cueva, con su boca cubierta de vegetación

Ya en el casco urbano de Ramales nos encontramos con el Palacio de Revillagigedo, una de las dos casas fortificadas por los carlistas en la que entonces era la entrada sur a la villa. En realidad el edificio actual se parece poco al original, que quedó muy alterado por el intenso cañoneo sufrido durante la jornada del 8 de Mayo, aunque mantiene su característica planta en forma de T. Aquél contaba con un cuerpo central (elevado una planta en la última restauración, del siglo XX) y dos torres, una a cada lado, estaba unido a otro palacio situado al otro lado de la carretera, algo más al norte, por dos muros paralelos; y rodeado todo ello por escarpa y foso.


Vista de Google Earth del Palacio de Revillagigedo, en Ramales

Fotografía aérea de Ramales en los años 40. El primer edificio del pueblo en su extremo sur, a la izquierda de la carretera, es el palacio de Revillagigedo

La localización de los atrincheramientos carlistas que defendían los altos situados entre Ramales, las peñas del Moro y el Mazo y Gibaja es más complicada. Hasta el momento sólo he conseguido identificar con seguridad una de las posiciones: la del alto del Pindio, al sureste de Guardamino. Se trata de una cima no muy alta, muy amplia y bastante llana, sobre la que se aprecian restos de terraplenes que la defienden por el Sur y Oeste. "Descubrí" esas evidencias, siempre sobre foto aérea, hace ya unos cuantos años y pensé que era un poblado fortificado de la Prehistoria Reciente, un castro o incluso un campamento romano algo extravagante, aunque había algo que no terminaba de encajar y que me hizo dejarlo en esa larga lista de "cosas raras" que manejo y que tengo medio abandonada. Sin embargo, al revisar los planos de la batalla, hace no mucho, caí en la cuenta de que sí que era una fortificación, aunque de campaña y de hace menos de dos siglos, ya que se trata sin duda de uno de esos escurridizos atrincheramientos carlistas representados en los croquis.



Localización y detalle de El Pindio (Fuente: Google Earth)

Muy cerca de allí, en una loma situada al noreste de El Pindio se observan lo que parecen los restos de atrincheramientos, aunque de otro tipo: rectilíneos y con salientes y entrantes con ángulos muy marcados, adoptando, al menos en un caso, una forma triangular.


Localización y detalle de los posibles atrincheramientos junto a Riancho (Fuente: Google Earth)

Sería necesario un examen sobre el terreno para poder certificar esa identificación y que no se trate, en realidad, de caminos con trazados caprichosos o de las trincheras excavadas en el verano de 1937 por el Batallón nº 2 de la Brigada de Ingenieros nº 1 del Cuerpo de Ejército de Santander en las cotas "240 y 260 sobre Riancho"; aunque creo que su forma permite descartar casi por completo esta última opción y, al mismo tiempo, apoyar la primera.

De todos los restos de la batalla de Ramales los más importantes, sin duda, son los del fuerte de Guardamino, tanto por su elevado carácter simbólico (fue el punto clave del enfrentamiento) como por su buen estado de conservación. Localizados en un alto situado al noreste del pueblo, aún hoy es posible apreciar con claridad la planta del reducto en fotografías aéreas, aunque no con la nitidez con la que podía hacerse en los años 80 del siglo XX, cuando aún eran perfectamente visibles algunas de sus estructuras internas. Los restos que podemos observar en la actualidad se corresponden con una fortificación de planta poligonal, vagamente romboidal, con un eje mayor W-E de unos 110 metros y una superficie interior de más de 3.000 metros cuadrados. 



Detalle del reducto de Guardamino tomado de Google Earth, plano de época (sacado de Villegas, 2010) y otro detalle, obtenido de una fotografía aérea de los años 80 (Fuente: Fototeca IGN)



Llama poderosamente la atención la enorme diferencia existente entre el plano de la estructura levantado por sus conquistadores pocos días después de la rendición y lo que se observa en las vistas aéreas. Este hecho sorprendente puede tener dos explicaciones: que o bien el plano se hizo "de memoria" y no se ajustó a la realidad de lo existente en el campo, o que el fuerte fue completamente reformado por las tropas de Espartero para adaptarlo al nuevo sistema defensivo de la localidad establecido por éstas (y que veremos enseguida). Con toda seguridad esos trabajos de reforma afectaron al extremo apuntado más occidental, aunque desconozco si en el resto del recinto tuvieron la suficiente entidad como para alterar casi completamente su forma original. En cualquier caso, se trata de la joya de todo este conjunto que estamos viendo y su estado de conservación parece, como ya se ha adelantado, bastante aceptable, a pesar de haber sufrido el paso de maquinaria en los últimos años. Sin duda el hecho de que el terreno en el que se encuentra esté dedicado a pastizal o pradería y se encuentre relativamente alejado del casco urbano ha jugado a su favor en ese sentido, al contrario de lo que ha ocurrido en el caso que veremos a continuación.

Tras la victoria sobre las tropas carlistas, el ejército cristino consideró necesario asegurar Ramales (o lo que quedaba del pueblo, calcinado casi en su totalidad) y procedió a levantar un nuevo fuerte en una pequeña colina al norte de la localidad, entre el río Asón y el Camino Real, cuyos restos eran visibles hasta hace unos años. Este reducto, bautizado como "de Luchana" en honor a la batalla que terminó con el segundo sitio de Bilbao tres años antes, tenía una planta rectangular con las esquinas redondeadas y una superficie útil de unos 1.200 metros cuadrados. En su interior albergaba una edificación rectangular alargada y estaba rodeado en toda su extensión por terraplén, foso y contrafoso. También contaba con caponeras en alguno de sus extremos.




Detalle del fuerte de Luchana tomado de Google Earth, plano de época (sacado de Villegas, 2010) y otro detalle, obtenido de una fotografía aérea de los años 80 (Fuente: Fototeca IGN)

Una vez concluida la obra, se unió al reducto de Guardamino mediante un largo pasillo fortificado de unos 600 metros de longitud, cuyos restos aún pueden observarse en las imágenes aéreas y de satélite en su extremo más oriental. Desconozco la forma que tomaba ese corredor al contactar con la carretera: si se levantó un paso elevado sobre ella, si se construyeron sendas garitas en los extremos... Lo cierto es que este conjunto, fuertes y pasillo, se convirtió en la clave de la defensa de la villa, un importante nudo de comunicaciones entre Castilla, Vizcaya y la costa y el interior de Cantabria y a cuya posesión el ejército liberal no estaba dispuesto a renunciar de nuevo.








Imágenes aéreas de Ramales (la de arriba tomada de Google Earth y la de abajo de un vuelo de los años 50 del siglo XX) en las que se observan los restos de los fuertes de Guardamino y de Luchana y del pasillo fortificado que los conectaba

Lamentablemente, en el año 2007 la urbanización de la parcela afectó a los restos del fuerte, sepultando (en el mejor de los casos) una parte considerable de ellos. Desconozco si la ubicación del reducto estaba señalada en el planeamiento urbanístico de Ramales y si, de estarlo, la obra contó o no con seguimiento arqueológico. Y tampoco sé si se tomaron medidas correctoras, si se documentaron las estructuras antes de taparlas, si no ocurrió nada de eso y fueron sencillamente destruidas... Lo cierto es que, en la actualidad, las defensas exteriores de los lados W, N y E ya no son visibles en fotografía aérea y sobre el lugar que ocupaba una parte de ellas hay ahora un vial y un aparcamiento. Por el contrario, una parte del espacio interior y del terraplén y el foso del sur parecen seguir intactos.


Evolución de la parcela en la que se localizaba del fuerte de Luchana entre 2001 y 2014, pasando por 2007 (Fuente: IDE Cantabria)

Y aquí, en esa parcela parcialmente urbanizada termina nuestro recorrido por los restos materiales de la Batalla de Ramales. Obviamente no están todos, así que insisto: quien quiera conocer unos cuantos más (más casas fortificadas, restos del antiguo Camino Real, posibles trincheras carlistas al pie del Moro y El Mazo, etc.) tendrá que echarle un ojo al trabajo ya citado de M. García Alonso. Y lo mismo para quienes estén interesados tanto en lo material como, sobre todo, en lo histórico y militar: que consulten (o directamente se compren) el libro de R. Villegas. Pero sí hemos visto los suficientes como para hacernos una idea de las huellas que dejó aquel acontecimiento y cuáles son las posibilidades que hay para su difusión y la puesta en valor de algunas de ellas. Porque las hay. Y muchas. En pocos lugares como Ramales y su comarca (incluyendo Soba, La Nestosa, Sangrices y alrededores) se dan ahora mismo las condiciones para poder plantear un proyecto que tome como referente un episodio histórico de la magnitud e importancia de la batalla que tuvo lugar allí en 1839 y en el que puedan ir de la mano arqueología, divulgación histórica, recreacionismo y, por qué no decirlo, fiesta. Hay mimbres más que de sobra para hacer un magnífico cesto con ellos: rutas históricas (la del desarrollo mismo de la batalla, por ejemplo, siguiendo el avance de Espartero y sus hombres), escenarios más o menos intactos (las peñas del Moro y el Mazo, La Pared, El Pindio...), yacimientos por excavar y poner en valor (el fuerte de Guardamino, lo que queda a la vista del de Luchana, los reductos cristinos), tradiciones y fiestas populares (la Verbena del Mantón, con origen, real o mítico, en la batalla). Lo extraño del asunto es que nadie se haya puesto a ello todavía. Si esta entrada sirve para dar el empujón que falta para que alguien (persona, grupo, institución, todos ellos) se anime a hacer algo así, será toda una satisfacción para nosotros haber contribuido a ello. La oportunidad está ahí, esperando y, más allá del intento fallido de montar un evento recreacionista hace unos años y de colocar una placa conmemorativa en el reducto de Guardamino en 1989, no parece que se haya apostado en firme por ello hasta ahora. Quizá haya llegado el momento.

Monumento conmemorativo del 150 aniversario de la batalla (Imagen tomada de aquí)

Y para terminar, una reflexión pelín friki sobre algo que me ha llamado mucho la atención en estos días, mientras leía sobre la batalla de Ramales y sus consecuencias: el curioso paralelismo existente, por extraño que suene de primeras, entre ella y la campaña romana en Cantabria en 26-25 a. de C. Al igual que las legiones de Antistio entonces, en 1839 el ejército de Espartero, una vez traspasada la Cordillera, avanzó hacia el norte por los cordales, dominando las alturas (un dominio de los altos señalado por García Alonso en su trabajo). Y de nuevo, como ocurriera en aquella otra ocasión, el control de los pasos se reveló de vital importancia. Además, al término de ambas campañas militares, dos poblaciones recibieron el mismo apelativo por parte de los vencedores para recordar su decisivo papel en el triunfo final: Portus Victoriae (el lugar donde tuvo lugar el desembarco romano que terminó con la resistencia cántabra) y Ramales de la Victoria (el pueblo de Cantabria donde Carlos V perdió la guerra y sus opciones a subir al trono de "Las Españas"). Lo primero, es el abc de la guerra de montaña (al menos de la guerra de montaña anterior al desarrollo de la aviación de combate). Lo segundo, sin duda, una llamativa casualidad.