28/7/2014

De campamento(s)

Cuando éramos críos y llegaba el verano nuestros padres nos mandaban de campamento. En mi caso, estuve en uno en La Gándara, en Soba, en 1985 y en otro en Olea en 1987 y 1988, y guardo muchos y buenos recuerdos de los dos (especialmente del segundo, que era muy punkie, así como suena, y me pilló ya preadolescente). Enrique, por su parte, anduvo muchos veranos de su infancia por Valderredible, practicando el escultismo. Ahora, en estas semanas veraniegas y mientras esperamos una (o quizá dos) importante(s) e inminente(s) noticia(s) relacionada(s) con Riocueva, nosotros dos y Rafael Bolado hemos vuelto a estar, a nuestra manera, de campamento. O mejor, de campamentos, en plural. 

No. No he vuelto a perder el juicio. Lo que ocurre es que hemos estado trabajando en uno de nuestros vicios confesables, la arqueología de la conquista romana de Cantabria, y hemos dedicado una buena parte de nuestro escaso tiempo libre a "peinar" el terreno (desde las pantallas de nuestros ordenadores y tabletas, por supuesto), a la búsqueda de ignotos e inéditos terraplenes, fosos, esquinas redondeadas y, por qué no, puertas "en clavícula". Y también a revisitar, con nuevas y mejores herramientas (básicamente, el espectacular portal oficial IDE Cantabria, Iberpix y su enlace al PNOA histórico, y Bing Maps y Apple Maps, que comparten imágenes satelitales) lugares que teníamos "fichados" desde hace años. Eso explica, en parte, la escasa actividad en el blog durante esta última temporada (cosa que prometemos compensar en breve con nuevas e interesantes entradas, no como ésta, que es de relleno) y tiene un motivo, aparte del propio hecho siempre gratificante (y adictivo) de descubrir cosas nuevas: un "encuentro" que se celebrará dentro de unos meses en Asturias y en el que queremos presentar estos hallazgos (o al menos una parte de ellos). De momento, esta mañana hemos comunicado (por registro) su localización e interpretación provisional a la Consejería de Cultura, el primer paso obligado en un asunto como éste. Puede que algunas de las cosas que hemos localizado no sean lo que pensamos que son. Incluso puede que otras ni siquiera sean nada importante. Pero no exagero si digo que alguna de ellas hace que haya merecido la pena el esfuerzo (y la segura pérdida de visión). A alguien (espero que a nosotros, que pediremos permiso para ello) le tocará ir a los sitios y comprobar sobre el terreno qué y cómo son. Y si hemos tenido buen ojo o no. De momento y a la espera de poder contar más cosas, os dejo aquí algunas imágenes para ir abriendo boca.

Recinto de unas 3 ha, ubicado en una cima y delimitado por terraplén y foso

Esquina redondeada del terraplén que delimita un posible recinto de entre 8 y 10 ha

Y un viejo conocido que nos enseña su foso y nos abre su puerta ("en clavícula") de par en par

Hasta aquí puedo enseñar, que diría la ínclita Mayra Gómez Kemp. Dentro de un par de meses largos, como muy tarde, mostraremos más (quizá todo). De momento, me gustaría cerrar con dos reflexiones muy breves. En primer lugar, con una de orden metodológico y para la que me voy a servir de un artículo de unos arqueólogos ante cuyos recientes trabajos en este campo me quito la gorra. Ellos lo explican mucho mejor de como lo haría yo, así que, quien quiera conocerla, que lo lea. Y, en segundo, con la principal conclusión general (hay otras más concretas que creo que son muy interesantes, pero no vienen al caso ahora) de todo este asunto: aún queda, le pese a quien le pese, mucho por encontrar y mucho por conocer en relación con ese episodio de la historia de Cantabria. Y a aquellos que hacen coñas y chanzas, más o menos públicas, acerca de la, según ellos, "superpoblación" de campamentos romanos de campaña (ya sean en formato castra, castellum o turris) por estos lares, les auguro un mal porvenir (y quizá también una úlcera). El papel lo aguantará casi todo, pero el tiempo suele terminar poniendo las cosas (y a cada uno) en su sitio. Al tiempo pues.

Y no podía terminar una entrada sobre campamentos sin enlazar mi canción favorita sobre el tema (con permiso de la que cantan los niños esclavizados en el "Campamento Krusty", en aquel mítico episodio de Los Simpsons, y cuyo vídeo no he podido encontrar):





8/7/2014

El tribuno, su cohorte y la muralla (1)

A finales del siglo IV o, más probablemente, principios del V, alguna cancillería imperial levantó acta del estado y organización del ejército romano de la época. Acta que se plasmó en un controvertido documento que, gracias a la impagable labor de los nunca bien ponderados copistas medievales, ha llegado a nuestros días, transmitiéndonos lo que para algunos es una valiosísima información y para otros no sirve para (casi) nada. El documento en cuestión es la Notitia Dignitatum (in partibus Occidentis en este caso) y en esta entrada vamos a fijarnos en lo que dice de Hispania y, en concreto, de la provincia de Gallaecia, en la que, a pesar del empeño que obstinadamente siguen mostrando muchos autores (y muchos más dibujantes de mapas históricos), estaba incluida Cantabria en aquellos momentos.

Extensión de la provincia tardorromana de Gallaecia (Fuente: Wikipedia)

 Y lo que dice (sacado de The Latin Library) es ésto:

Hispaniae:
     In provincia Callaecia:
          Praefectus legionis septimae geminae, Legione.
          Tribunus cohortis secundae Flaviae Pacatianae, Paetaonio.
          Tribunus cohortis secundae Gallicae, ad cohortem Gallicam.
          Tribunus cohortis Lucensis, Luco.
          Tribunus cohortis Celtiberae, Brigantiae, nunc Iuliobriga.
     In provincia Tarraconensi:
          Tribunus cohortis primae Gallicae, Veleia


Que traducido al castellano viene a ser, más o menos, esto otro:

"En Hispania:

En la provincia de Gallaecia:

El prefecto de la Legión VII Gémina, en León
El tribuno de la Cohorte II Flavia Pacatiana, en Petavonio [Rosinos de Vidriales]
El tribuno de la Cohorte II Gálica, hacia la Cohorte II Gálica
El tribuno de la Cohorte Lucense, en Lugo
El tribuno de la Cohorte Celtíbera, en Brigantia [La Coruña], ahora en Julióbriga

En la provincia Tarraconense:

El tribuno de la Cohorte I Gálica, en Veleia [Iruña de Oca]"

Como éste no es el sitio para ello, no entraré a valorar la distribución de fuerzas militares en la Península que refleja el documento. Me quedo únicamente con la última línea de Gallaecia y lo que se dice del tribuno de la Cohorte Celtíbera (en realidad, la Cohors I Celtiberorum) y, por extensión, de la unidad bajo su mando: que su lugar de acantonamiento era Brigantia (La Coruña) pero que, en el momento de redactarse el documento (fines del siglo IV o comienzos del V), estaba en Julióbriga, en Cantabria. La cita ha dado lugar a todo tipo de interpretaciones e incluso motivó, hace unos años, la publicación de un trabajo de un profesor de la Universidad de Cantabria, J. R. Aja Sánchez, cuya idea principal es que la Notitia no tiene ninguna credibilidad y que el tribuno de la Cohorte Celtíbera nunca estuvo en Cantabria. Sobre los argumentos que maneja para llegar a esa conclusión trataré en la siguiente entrada, así que, de momento, nos quedaremos sólo con la idea.

Escudos de diferentes unidades representados en la Notitia (Fuente: Wikipedia)

Dejemos en este punto al tribuno y a su cohorte y vayamos a un lugar, cerca del límite meridional de la Cantabria de época romana, donde, en esas mismas fechas (inicios del siglo V d. de C.) tuvo lugar un hecho de gran trascendencia. El sitio es Monte Cildá (Mave, Palencia) y lo que allí ocurrió entonces fue que se levantó una impresionante muralla. Una muralla que sustituía a la que sin duda tuvo en época prerromana y/o durante la conquista e inmediata posguerra (aún sin localizar, por cierto, aunque parece intuirse en las fotos aéreas) y que se convirtió, andando los siglos, en la imagen emblemática del yacimiento. Esa muralla, que cierra el acceso a la zona de hábitat, está reforzada con bastiones de planta rectangular y cuenta, en uno de sus extremos, con una puerta en pasillo, flanqueada por dos de esas torres. Aunque es más que probable que esa imagen actual esté distorsionada por una reforma posterior y no se corresponda con la que tuvo en el momento de su construcción, como veremos más adelante.

Vista aérea de Monte Cildá y detalle de su muralla tardoantigua (Fotos: Bing Maps)

La historia de Monte Cildá es compleja y resulta muy difícil de resumir, a pesar de su aparente sencillez (la publicación de las excavaciones de García Guinea puede descargarse aquí y aquí. La tesis de Alicia Ruiz, lamentablemente, no esta accesible en la red, como tampoco lo está su trabajo conjunto con R. Bohigas sobre las cerámicas de época visigoda. Y la última actuación arqueológica en el yacimiento está reseñada de forma muy superficial en otro trabajo que tampoco se puede descargar. Finalmente, sí que puede bajar un trabajo de J. M. Iglesias y la ya citada A. Ruiz acerca de la cronología de la muralla). Surgido como castro a finales de la II Edad del Hierro (en el siglo I a. de C. para algunos autores, o incluso ya en época romana para otros), lo que resulta innegable es que albergó una guarnición militar romana durante las Guerras Cántabras y en las décadas siguientes a la conquista. Estuvo habitado, quizá al calor de esa guarnición, durante la primera mitad del siglo I de nuestra era y parece que fue completamente abandonado después. Ese abandono, que coincide con el inicio del esplendor de otro asentamiento romano a sus pies, en Santa María de Mave, duró hasta finales del siglo IV o inicios del V d. de C., cuando se reanuda la vida en el castro. Según la mayor parte de los investigadores y abandonando definitivamente aquella interpretación que veía un primer amurallamiento del siglo III d. de C. (ah, qué daño hicieron a la arqueología peninsular las referencias escritas a la invasión de francos y alamanes), es en ese momento cuando se construye esa nueva muralla de la que he hablado más arriba. O, para ser más exactos, una buena parte de esa muralla, ya que de la zona excavada habría que distinguir dos partes, relacionadas, cada una de ellas, con dos fases constructivas distintas: una primera, entre el extremo oriental y la Torre IV, que se fecharía en un momento tardorromano, levantada con sillares (y en la que aparecieron numerosas estelas de época romana reaprovechadas como material de construcción); y otra, desde la Torre IV a la Torre VI e incluyendo la puerta en pasillo, a base de mampostería (y sin presencia de epígrafes reutilizados) y que dataría ya de época visigoda.


Plano de la muralla de Monte Cildá (García Guinea et alii, 1973)

Siendo eso así, ¿cuál fue entonces el trazado original de la muralla? ¿Acaso (y absurdamente) no cerraba todo el acceso al castro? Aunque no recuerdo haber leído nada al respecto (y seguro que alguien lo ha escrito), creo que la respuesta está, una vez más, en las fotos aéreas. Si nos fijamos en la que viene a continuación puede apreciarse la probable prolongación hacia el sur del encintado tardorromano (las líneas y derrumbes parecen claros), más allá de la "puerta visigoda" y su tramo de muralla adyacente. A la luz de este "descubrimiento", esa reforma de los siglos VI o VII d. de C. adquiere todo su sentido, ya que, al levantar esa puerta adelantada a la línea original, aumentaba considerablemente la dificultad de acceso a la zona interior: un atacante enemigo no sólo debería forzar esa entrada flanqueada por bastiones, sino que, una vez superado ese obstáculo, tendría que avanzar un buen trecho encajonado entre el cantil y la línea de muralla tardorromana, soportando el acoso de los defensores desde lo alto. Para que fuese perfecto y que el costado de los atacantes expuesto a la muralla fuera el derecho (el que no estaba protegido por el escudo), esa entrada tendría que haber estado situada en el extremo oriental, pero parece que la orografía y, por su causa, la planta de la muralla del siglo V d. de C. obligaron a hacerlo tal y como lo vemos en la actualidad.

Posible trazado sin excavar de la muralla del s. V d. de C. (Foto: Bing Maps)

Volviendo al primer trazado de la muralla,todo apunta a que una obra de esa envergadura y con esas características poliorcéticas tuvo que ser realizada por militares (¿por quién si no?). Y a comienzos del siglo V d. de C. esos militares sólo podrían formar parte del ejército romano de la época. La pregunta ahora es obligada, por evidente: ¿había unidades militares romanas acantonadas en Cantabria en esas fechas? Pues no que sepamos. ¿O quizá sí?

En este punto es donde recuperamos al tribuno de la Cohorte Celtíbera, al que dejamos, según la Notitia, en Julióbriga por esas fechas.

(Continuará)

23/6/2014

Un par de apuntes relacionados con la historia de Mortera

Como todos los lectores del blog sabrán ya a estas alturas, el sábado de la semana pasada participamos en la conmemoración del X aniversario del descubrimiento y excavación de la cueva de Las Penas, en Mortera (Piélagos, Cantabria). El yacimiento es tan importante para nuestras investigaciones que sin duda volveremos a hablar de él y de algunos de sus materiales en nuevas entradas del blog, aunque no quiero cerrar estas semanas tan "morteriles" sin mencionar un par de cosillas que tenía guardadas por ahí.

La primera, un apunte acerca del antiguo monasterio de San Julián de Mortera, citado en varios documentos altomedievales y cuyo emplazamiento aún no ha sido localizado. La segunda, un descubrimiento reciente que he hecho desde mi escritorio (bendito Internet y benditas ortofotos e imágenes de satélite) y que está relacionado con el conjunto de fortificaciones de la Guerra Civil Española de la sierra de Tolío (o de La Picota).

Vayamos por partes.

La más antigua mención a la existencia de un monasterio bajo la advocación de San Julián en Mortera está recogida en el ya famoso documento de donación del conde Gundesindo al también monasterio de San Vicente de Fístoles (asunto sobre el que ya trató Enrique en otra entrada sobre la necrópolis altomedieval de este último), localizados ambos, iglesia y cementerio, en Lloreda de Cayón. En esa carta, del año 816, se cita un monasterio sancti Iuliani in Mortaria y en otra algo posterior, de 820, en una donación también a Fístoles del obispo (¿de dónde?) Quintila se habla de Sancti Iuliani in Mortaria. Parece claro entonces que a comienzos del siglo IX ya existía en Mortera un establecimiento monástico dedicado a San Julián. Y como la iglesia de la actual Mortera también tiene esa advocación, resulta fácil pensar que la una es la "descendiente" del otro y que, como ha ocurrido en infinidad de ocasiones, el monasterio medieval acabó convertido en iglesia parroquial y que ha llegado así hasta nuestros días. Pero la cosa no es tan sencilla. Y no lo es porque esa iglesia actual es una obra relativamente reciente (de la segunda mitad del siglo XIX) que parece que sustituyó a otra que se ubicaba en donde ahora lo hace el cementerio, contemporáneo de la iglesia nueva. El barrio se llama San Julián, así que esa debería ser la verdadera ubicación del antiguo monasterio, cuyos restos, de conservarse, estarían ocultos bajo nichos y panteones. ¿Dónde está pues el misterio, os preguntaréis? Pues en un documento del cartulario de Santillana del Mar (el libro de Jusué con los documentos  podéis descargarlo aquí), fechado en 1001 y por el que Munio Gutiérrez y Doña Fronilde donan a la abadía de Santa Juliana la iglesia monasterio de San Julián, en Mortera. Lo que dice el texto sobre el particular es lo siguiente:

"(...) monasterio vel ecclesia Sancti Iuliani, que exita est in territorio de Mortera in predicto loco monte Biati (...)" ["(...) monasterio e iglesia de San Julián, que está en el territorio de Mortera en el citado lugar de Monte Biati (...)"]

Al margen de la errata (exita por sita), lo que viene a decir es que la iglesia-monasterio de San Julián estaba situada en el lugar de Monte Biati, en el territorio de Mortera. Es decir, que Mortera, sea o no también un lugar concreto, era un territorio; y que dentro de ese territorio había un sitio, llamado Monte Biati. Cuando leí ese topónimo por primera vez pensé inmediatamente en Mompía, localidad que está situada más o menos 1 km al sureste de la actual Mortera. Y con el tiempo he visto que no he sido el único, ya que hay autores que creen que se trata de la misma cosa (Iglesias y Muñiz, por ejemplo, en su libro sobre las comunicaciones en la Cantabria Romana) y que el nombre actual tendría su origen en el Monte Biati (o Monte Beati, otra forma atestiguada en ese mismo documento) medieval. Y, si eso fuese así, el monasterio de San Julián citado en el siglo IX no habría estado situado en el barrio homónimo de Mortera, bajo el actual cementerio, sino en la cercana Mompía. Sin embargo, existen otras dos opciones que hay que considerar antes de dar por bueno esto último: que Mompía no derive de Monte Biati y se trate de dos lugares distintos; y que sí que lo haga pero que ese Monte Biati sea en realidad el nombre antiguo de toda la Sierra de Tolío. Sobre lo primero y aunque a mí me parece una evolución más que posible, hay autores que manejan otras etimologías para Mompía (como ésta, por ejemplo), si bien es cierto que, también en mi opinión, peores y sin refrendo documental. Y si el orónimo lo fuese de toda la sierra, las dos principales opciones podrían ser perfectamente compatibles: Mompía habría tomado su nombre del monte junto a cuyo extremo suroriental se levanta y el barrio de San Julián de Mortera (y, por extensión, la iglesia monasterio de la que hablamos) también podría haber sido parte de ese Monte Biati, ya que está junto a esas mismas faldas, sólo que más al noroeste. Y ahí lo dejo.


Mapa de la zona en la que puede observarse la localización de Mortera y de Mompía (Fuente: IDE Cantabria)

En cuanto a mi nuevo "descubrimiento", hay que mencionar en primer lugar (y muy brevemente) los nidos de ametralladoras y trincheras de la Guerra Civil que hay en esa sierra de la que venimos hablando. Las fortificaciones de La Picota forman uno de los conjuntos más importantes de estructuras de ese tipo existentes en Cantabria y, sin duda, el más interesante situado en la zona litoral. Tan interesante e importante que fue declarado BIC hace unos años, asunto en el que tuve la suerte de colaborar, ya que uno de los informes que se utilizaron para ello lo hice yo en 2006 por encargo de la Consejería de Cultura de entonces (y unos años después tuve que hacer otro, complementario, a petición de un juzgado, aunque ésa es otra historia). Pero dejemos de hablar de mí y volvamos al lío. Esos nidos y trincheras, que fueron construidos por los republicanos en 1937 y que se extienden por toda la línea de cumbres, desde Liencres hasta el alto del Cuco, han sido interpretados como una fortificación destinada a contener un eventual desembarco nacionalista en la playa de Liencres. A mí esa explicación, aun siendo posible, nunca me convenció y siempre he pensado que, más bien, debió formar parte de una línea (o sistema no necesariamente lineal) de defensa de Santander. Mis sospechas empezaron a confirmarse cuando, en uno de los documentos que he manejado sobre la construcción de nidos de ametralladoras para la defensa de costas, se desligaban los levantados en el entorno de la ría de Mogro y las dunas de Liencres (hechos, estos sí, por la Compañía nº 13 de Trabajadores de Costa) de la "fortificación" existente en la sierra. Y se han confirmado del todo hace bien poco, cuando, por casualidad, observé la existencia de una trinchera en zig-zag en el extremo occidental del alto de La Pedraja, al este de Boo de Piélagos y justo enfrente de la cara meridional de la sierra de Tolío.

Localización del alto de La Pedraja (Fuente: IDE Cantabria)

Localización, en el extremo occidental del alto de La Pedraja, de la trinchera en zig-zag (Fuente: IDE Cantabria)

Revisando más ortofotos modernas de la zona no sólo comprobé que no me fallaba la vista sino que, además, observé la presencia de lo que podrían ser refugios para la tropa o, mejor aún, nidos de ametralladoras completando las fortificaciones del lugar (el sitio merece, sin duda, una visita, aunque esté, de momento, fuera de mis posibilidades).

Detalle de la trinchera y de los dos posibles refugios o nidos de sus extremos (Fuente: IDE Cantabria)

Tocaba entonces tirar de fotografías aéreas antiguas, como las del "vuelo americano" de los años 50 del siglo XX. Y en ellas pude apreciar que los trabajos de fortificación no se habían limitado al extremo más occidental de la colina, sino que se repartían por buena parte de la cima y/o la ladera norte.

Localización de las líneas de trinchera localizadas en el alto de La Pedraja sobre fotografía del "vuelo americano" (Fuente: IGN)

La existencia de esas trincheras (y esos posibles nidos de ametralladoras) en ese punto sólo puede tener una explicación: el control, junto con los existentes más al norte, de la vía férrea que conectaba Santander con Asturias. Por tanto, las fortificaciones de La Pedraja complementarían las de La Picota y, también por tanto, todas ellas estarían destinadas a defender el acceso a Santander desde el oeste. Paradójicamente, el avance final de una de las dos columnas rebeldes (la formada por las I, IV y V Brigadas de Navarra y la II Brigada de Castilla) que convergieron sobre la capital cántabra en Agosto del 37 tuvo lugar por esta zona, tras cortar las comunicaciones terrestres con Asturias en Barreda. Y no me consta que encontrasen ningún tipo de resistencia armada en estos parajes, pese que sus defensas estuvieron planteadas precisamente con ese fin. La "Batalla de Santander" fue tan catastrófica para las tropas republicanas que ninguna de sus líneas defensivas sirvió para evitar la desbandad propia y el imparable avance enemigo (algún día habría que contar la historia de esa batalla, con cifras y datos contrastados y dejando de lado tópicos que perduran 77 años después). 

Y eso es todo, amigos de Mortera y alrededores. A ver si dentro de no mucho puedo dedicarle una entrada al esquivo Tulem y terminar la que tengo en el debe desde hace ya más de un año acerca del broche damasquinado de Las Penas. Como decía el ínclito Julen Guerrero en "La selva del león", el programa que presentó hace ya bastantes años en ETB2: hasta entonces, un saludo.

16/6/2014

Ecos de la Fiesta Visigoda

Como anunciábamos hace unos días, Mortera Verde ha celebrado el 10 aniversario de la excavación de la cueva de Las Penas (Piélagos, Cantabria) con un evento en el que hemos colaborado arqueólogos y recreacionistas para dar a conocer el pasado visigodo de Mortera. Vecinos, colegas y público en general, algunos incluso venidos desde lejos sólo para disfrutar de esta jornada, han abarrotado la sala y se han mostrado muy interesados en lo que Silvia, Yeyo, José Ángel y el que escribe esto les hemos contado. La ajustada agenda obligó a recortar un poco las intervenciones, pero dio tiempo para explicar lo esencial. Después de las conferencias encadenadas los asistentes han podido acercarse al espacio de recreación en el que se instaló una tienda de campaña donde los integrantes de El Clan del Cuervo mostraron algunos aspectos de la vida cotidiana y la cultura material de época visigoda. 

Aquí dejamos unas imágenes de los conferenciantes durante sus respectivas intervenciones y de la recreación. Los responsables del Proyecto Mauranus no pudimos completar el programa y diferentes compromisos nos obligaron a renunciar a la comida campestre, esperemos que sepan disculparnos los organizadores.

La intervención de Silvia abrió la jornada
Yeyo ilustrando a la concurrencia sobre el armamento usado en época visigoda
José Ángel Hierro hablando de la cueva de Las Penas
Mi turno... y el de Riocueva para cerrar la parte «científica» del evento
La parafernalia militar siempre impresiona...
No todo era violencia entre los visigodos, también había tiempo para la familia
Los asistentes curiosearon cuanto quisieron
Profesionales y aficionados disfrutan con la recreación de El Clan del Cuervo
Ha sido una gran experiencia en la que el entusiasmo del público asistente ha sido la mejor recompensa. Bueno, eso y el tremis de oro de Sisebuto con el que nos obsequió uno de los asistentes, Iagoba Ferreira Benito, un apasionado de la recreación histórica al que agradecemos el detalle. Vale, es una reproducción, pero para nosotros tiene tanto o más valor que si fuera auténtica.

¡Gracias, Iagoba!
La prensa local ha recogido en sus páginas una breve crónica del evento, cosa que siempre se agradece —incluso a pesar de las ya recurrentes erratas asociadas a la denominación de la cueva de Las Penas, aquí llamada de «La Pena»—, ya que supone un cierto reconocimiento social al trabajo de todas las partes implicadas.
La Fiesta Visigoda de Mortera en El Diario Montañés
Esperemos no tener que esperar otros 10 años para participar en un evento de este tipo en Cantabria o en cualquier otro punto del Universo conocido en el que estén interesados por nuestro proyecto... Y lo dicho, una vez más, gracias a todos por asistir, acompañarnos y compartir nuestra pasión por la época visigoda.

13/6/2014

Fiesta Visigoda en Mortera

Este año se cumplen 10 años del descubrimiento y el comienzo de la excavación del yacimiento de época visigoda de la cueva de Las Penas y el colectivo Mortera Verde ha tenido la excelente idea de celebrarlo con una Fiesta Visigoda que se celebrará el próximo sábado 14 de junio en el Centro Cultural de Mortera (Piélagos). Hace ya un tiempo que nos invitaron a colaborar en el evento y, por supuesto, no dudamos en decir que sí. Aquí os dejamos el cartel y el programa.



Es una oportunidad única para conocer los últimos avances en la investigación sobre la cueva de Las Penas y los resultados de las dos campañas de excavación realizadas hasta la actualidad en la cueva de Riocueva. Ni que decir tiene que estáis todos invitados ¡nos vemos en Mortera!

10/6/2014

Buscando culpable

Una de las principales incógnitas que plantea el estudio de las cuevas sepulcrales de época visigoda es cuál fue la causa de la muerte de los individuos allí depositados. Desde el comienzo de la investigación hemos barajado la posibilidad de que su muerte estuviese relacionada con alguna alguna epidemia y una de las estrategias elegidas para resolver la incógnita es la de los estudios microbiológicos. Los resultados de las primeras analíticas en las que se rastreó la presencia en el ADN de Yersinia pestis, la bacteria causante las principales pandemias de peste a lo largo de la historia, tanto la Peste de Justinano (541-543) como la famosa Peste Negra de la Baja Edad Media (1347-1351), no fueron concluyentes. Pero lejos de abandonar esta vía, hemos optado por redoblar los esfuerzos: seguimos trabajando con el equipo del HUMV que realizó los primeros análisis y, además, hemos logrado que el equipo de la Universität Tübingen dirigido por Johanes Krause –nada más y nada menos que los responsables de la identificación de la Yersinia pestis en víctimas de la Peste de Justinaniano– se interese en «nuestros muertos».

Hasta tal punto se han implicado desde la Universität Tübingen en el proyecto, que han decidido venir a Cantabria para tomar personalmente las muestras que emplearán en los análisis. Durante estos días nos han visitado Kirsten Bos y Maria Spyrou con ese objetivo. La primera parada de la expedición ha sido la Galería Inferior de la cueva de La Garma donde, acompañados por Pablo Arias Cabal (IIIPC-Universidad de Cantabria), hemos procedido a la recogida las muestras correspondientes a los cinco individuos que allí se conservan.

Toma de contacto con los muertos de la Zona V de La Garma
Pablo, Kirsten y Maria buscando una muestra apropiada
Recogida de piezas dentales del Individuo III, al pie de la sima
La siguiente etapa ha sido la visita al MUPAC para recoger muestras de la cueva de Las Penas en compañía de nuestra «forense de cabecera», Silvia Carnicero. Se han seleccionado más de una veintena de piezas dentales correspondientes a los quince individuos depositados en esa cueva, cuyos restos fueron recuperados en una excavación realizada entre 2004 y 2005. Además las investigadoras de universidad alemana tomaron una muestra de sarro dental en el que puede conservarse también material genético de interés para el estudio en curso.

Kirsten Bos en el MUPAC documentando una de las muestras de Las Penas
Las muestras de Las Penas antes de emprender su viaje hacia Tübingen (Alemania)
Nuestras colaboradoras de la Universität Tübingen se han llevado también unas cuantas piezas dentales de la cueva de Riocueva, si bien en este caso se han tenido que fiar de nuestro protocolo de toma de muestras durante la campaña de 2013. Conociendo el destino de este tipo de restos, fueron recogidos todos en las mejores condiciones posibles para evitar contaminaciones y se han documentado in situ uno a uno... por si alguno se hace «famoso».

Recogida de muestras para microbiología en Riocueva, campaña 2013
Queremos dar las gracias a todas las partes implicadas en el asunto, que han hecho posible completar la operación de forma satisfactoria sin demasiados contratiempos. Ahora sólo queda esperar los resultados de los análisis. Estamos impacientes por averiguar si los restos óseos conservan alguna pista sobre el «culpable» de la muerte de estos individuos. Por saber si fueron víctimas de los últimos coletazos de la Peste de Justiniano o es otra enfermedad estigmatizante u otra razón la responsable de que, tras su muerte, estos individuos fuesen excluidos del cementerio de la aldea y ocultados en las entrañas de la tierra.



2/6/2014

Ocupados

Somos conscientes de que está muy feo abandonar a nuestros lectores dos largas semanas sin dar señales de vida. Alguno habrá empezado a elucubrar sobre la posibilidad de que el pobre Maurano haya emprendido su viaje y por el camino se haya hundido el barco o algo parecido. La verdad es que hemos estado ocupados en tareas tan diversas y variopintas que no encontrábamos hueco para contar nada.

El uno con su recién estrenada paternidad (segunda) y el otro sin querer restarle tiempo a la redacción de su tesis doctoral... el resultado es el más absoluto silencio. ¿Quiere decir eso que hemos abandonado a Maurano a su suerte? Ni mucho menos. Ahora mismo tenemos dos frentes abiertos en los que nos empleamos a fondo, al margen de las «excusas oficiales» mencionadas.

Por un lado, estamos dándole las últimas pinceladas a un artículo sobre los  «punzones de tejedor» de hueso de las cuevas de Portillo del Arenal y El Linar, unos instrumentos de los que hablamos ya hace un tiempo en otro trabajo y que ahora estudiamos en detalle gracias a la colaboración de Daniel Garrido Pimentel. Como especialista en el estudio de la industria ósea que es, ha realizado un análisis tecnológico y funcional de los punzones que ofrece resultados muy interesantes para completar nuestro enfoque más arqueológico y tipológico. En cuanto el trabajo esté publicado, lo compartiremos. Eso no sucederá hasta dentro de unos cuantos meses, en el mejor de los casos, pero la espera merece la pena. Es la primera vez que se aborda un análisis semejante en este tipo de piezas, al menos, que nosotros tengamos noticias.

Punzones de hueso de la cueva del Portillo del Arenal
Por si eso no fuera suficiente, y en este caso cada uno por nuestro lado –por una vez y sin que sirva de precedente–, estamos inmersos en la preparación de sendas conferencias que nos han encargado para conmemorar el 10º aniversario del descubrimiento de la cueva de Las Penas (Mortera, Piélagos). Uno de nosotros hablará sobre los avances que se han realizado en la investigación sobre este yacimiento en los últimos años y al otro le ha tocado contar lo que han dado de sí hasta ahora las excavaciones en la cueva de Riocueva y su relación con Las Penas. Como todavía no hay «cartel oficial», no adelantamos más información. Sólo podemos decir que la cita tendrá lugar en un par de semanas.

Broches de Las Penas expuestos en el MUPAC
Y eso sin contar otras tareas relacionadas con el proyecto que de vez en cuando reclaman nuestro tiempo... además de los varios trabajos que tenemos pendientes de entregar antes de que acabe el año, alguno de los cuales está aún sin empezar. ¡Ah, lo olvidaba! También está en el horizonte nuestra participación en la «Pieza del Mes» del MUPAC. Agenda apretada, sin duda.

18/5/2014

Día Internacional de los Museos (2014)

Un año más, nos unimos desde este blog a la celebración del Día Internacional de los Museos, como ya hicimos en 2012 y en 2013. Precisamente hace 365 días despedimos la entrada dedicada a esa jornada conmemorativa con el deseo de poder hablar en 2014 sobre el Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria (MUPAC), que por entonces estaba cerrado y en obras. En ese momento quedaban sólo un par de meses para poder visitar la nueva exposición permanente, a cuya inauguración asistimos. Hoy ya han pasado por allí más de 20.000 personas.


Seguro que algunos lectores asiduos de estas páginas han visitado ya el MUPAC en estos meses y conocen ya lo que vamos a mostrar aquí, pero como lo prometido es deuda, toca hacer un breve repaso (crítico) a los espacios, vitrinas y recursos que se han dedicado en la exposición a la Tardoantigüedad y a la Edad Media de Cantabria. En general, la propuesta museológica de este periodo supone una importante innovación en comparación con el antiguo Museo, sobre todo porque una parte importante de las piezas expuestas son hallazgos más o menos recientes. No obstante, hay algunas herencias del pasado de las que no ha habido forma de librarse.

Acceso a la sala dedicada la Tardoantigüedad y la Edad Media
El espacio dedicado a estos periodos es la última sala del recorrido, a la que se llega transitando por un suelo que imita el empedrado de una «calzada romana», flanqueada por varias estelas funerarias y aras votivas de época romana. Y es precisamente eso lo que encontramos en primer lugar expuesto en esa última sala, en la parte izquierda: estelas. La famosa estela de Teudesinde, de la que ya hemos hablado aquí, una de las estelas epigráficas de Espinilla, que también han tenido hueco en este blog,  y varias estelas discoideas. Reconozco que tengo debilidad por una de ellas: la de Respalacios, porque apareció en una excavación en la que colaboré, pero en cualquier caso, la selección hecha es adecuada.

Estela de Espinilla con la inscripción «Lupini»
Estelas discoideas medievales
Menos adecuado es el contenido de lo que acompaña a las estelas, un sarcófago en cuyo interior se ha reconstruido un esqueleto con huesos de diversas procedencia, mezclando restos óseos de hombre y mujer. El descuido alcanza también a la colocación de los huesos, algunos de ellos en una posición que no le corresponde en la anatomía humana, y como no había hueco para los pies... ¡no están! Por si no fuera poco afortunada la «recreación», se ha colocado junto al cráneo un cuenco de cerámica, reconstruyendo un hallazgo no contrastado del que sólo tenemos noticias verbales. Este singular «montaje» ya estaba en la anterior exposición permanente del MUPAC y es de suponer que se ha dejado tal cual por pura nostalgia. Sería la única justificación y, siendo así, encontraría acomodo en una sala dedicada a la historia del Museo. Pero no aquí.

El esqueleto del sarcófago
Un detalle de su peculiar anatomía
Para completar esta unidad temática dedicada a la arqueología funeraria se han incorporado en el último momento, muy acertadamente, las tres vasijas incensario halladas recientemente en Santa María de la Asunción de Castro Urdiales. Unas piezas únicas en la península Ibérica por su función y su contexto, que merecen, sin duda, el hueco que se les ha hecho en esta sala.

Vasijas incensario de Santa María de la Asunción (Castro Urdiales)
En el centro de la sala se ha colocado, en una vitrina a ras de suelo, otro objeto destacado del repertorio altomedieval regional: la cubierta de sarcófago de Bárcena de Ebro, con su inscripción fechada en el siglo IX. La luz rasante ayuda a leer la inscripción, aunque hay que agacharse para verla mejor. 

Cubierta de sarcófago de Bárcena de Ebro
El resto de los elementos expuestos se reparten en tres grandes bloques: uno que recoge objetos metálicos diversos, desde anillos y monedas, hasta armas y herramientas; otro con vasijas de cerámica; y otro «misceláneo» en el que se combinan broches de cinturón de época visigoda, la gran vasija de almacenamiento de Los Hornucos, elementos arquitectónicos prerrománicos, el laberinto de Arcera, cuyo único vínculo con el periodo es que apareció reutilizado como sillar en una iglesia, pero del que no se sabe mucho más, y un depósito de herramientas plenomedievales hallado recientemente en Santa Marina (Valdeolea). 

Vista general de la sala «medieval» del MUPAC
Detalle del depósito de herramientas de Santa Marina
En las vitrinas dedicadas a los objetos metálicos está «nuestro querido» anillo de Riocueva, junto al que nos fotografiamos cual cazadores con su presa el día de la inauguración, y los anillos con inscripción de Santa María de Hito. Muchos viejos conocidos de este blog, desde luego. Justo al lado se exhibe el espectacular tesorillo de Ambojo, protagonista de una de las historias más estrambóticas de la arquelogía regional. En otra vitrina se mezclan armas y herramientas de diferentes épocas sin mucho criterio, e incluso un gancho de huso de hierro se interpreta como una punta de proyectil de ballesta. Que pase en un museo de Bilbao se entiende, pero que suceda tan cerca de quienes interpretaron como tal esa y otras piezas extraña un poco más. Completa el conjunto una vitrina dedicada a la «vida caballeresca», tema ilustrado con los espectaculares acicates dorados de San Martín de Elines, pertenecientes a tres caballeros de los siglos XII-XIII que se hicieron enterrar con estos indicadores indiscutibles de su condición social, y con una punta de lanza de caza mayor sobre la que hemos hablado hace algún tiempo.

Vitrinas «metaleras» con los anillos en primer plano
Monedas de plata del tesorillo de Ambojo (Pedreña)
Acicates dorados de San Martín de Elines
La cerámica se ha colocado conforme a su cronología, separada en tres secciones: una tardoantigua, otra altomedieval y otra bajomedieval. Es una selección de los ejemplares más característicos y mejor conservados de cada periodo en la que no faltan la olla de Portillo del Arenal, la sitra de La Esperanza o las jarras de boca cuadrada del alfar de Santillana. Muchas de las vasijas proceden de cuevas, aunque el contexto del hallazgo parece un elemento de interés menor para explicar los objetos expuestos. El diseño de la vitrina quizá no es el más adecuado, sobre todo porque hay que agacharse para ver el piso más bajo y medir más de 1,80 m para poder apreciar bien el superior, pero el conjunto sirve para hacerse una idea de las características generales de la producción cerámica regional durante diez largos siglos.

Vasijas de cerámica medieval
Un detalle de la sitra de la cueva de La Esperanza
Del otro conjunto, del «misceláneo», lo más relevante sin duda son los broches de cinturón de época visigoda, de algunos de los cuales ya se ha hablado aquí, como el broche damasquinado de la cueva de La Garma o la colección de broches de la cueva de Las Penas. Incluso uno de los últimos en incorporarse al «corpus», el broche de Hoyos I, ha encontrado hueco en las dos vitrinas dedicadas a estos objetos siempre tan vistosos. La nota más positiva es que, con total naturalidad, se reconoce el carácter funerario de algunas de las cuevas en las que aparecen los broches. Siempre es gratificante saber que nuestros trabajos trascienden la órbita «científica» y descienden a la «terrenal» divulgación.

Broches de cinturón de la cueva de Las Penas
Cerrando la sala, y justo en el quicio de la puerta por la que se abandona la exposición, está una de las más importantes piezas del periodo y, sin duda, de todo el Museo, el broche de hueso de Santa María de Hito. No se entiende muy bien por qué un objeto de semejante relevancia ha sido colocado en un lugar tan poco adecuado y no en un lugar protagonista, o acompañando a otros objetos contemporáneos o junto a los anillos procedentes del mismo yacimiento. En cualquier sitio menos en el lugar que ocupa. Una cosa es que haya cierto debate sobre su cronología y otra que por no «mojarse» se ponga prácticamente «fuera de límites», como dicen en el golf.

La vitrina del broche, en el quicio de la puerta
Detalle del broche de hueso de Santa María de Hito
Hace unos días hemos sido invitados a participar en «La pieza del mes», una iniciativa que pone en marcha el MUPAC en colaboración con la Sección de Arqueología del Colegio de Doctores y Licenciados en Ciencias y Letras de Cantabria. Cuando podamos adelantar más sobre este asunto, lo iremos contando aquí. De momento, sabemos ya la pieza que nos ha tocado en suerte: el broche de hueso de Santa María de Hito. Reivindicaremos un lugar más digno para el objeto, a la altura de su calidad artística, de su significado histórico y de su carácter único.

Desde el Proyecto Mauranus nos alegramos de que el MUPAC esté abierto y de que todo el mundo pueda disfrutar contemplando lo que allí se expone. Es suficiente motivo y excusa para conmemorar el Día Internacional de los Museos. Nosotros somos los primeros que lo disfrutamos, porque, de forma voluntaria o involuntaria, formamos parte de él, ya que recoge algunas de nuestras ideas y de nuestros hallazgos.