2 may. 2016

Entrevista con el vampiro

No es la primera vez que el periodismo especializado en el misterio o en lo desconocido se interesa por nuestras investigaciones relacionadas con los contextos funerarios atípicos del final de la Tardoantigüedad y los inicios de la Edad Media. En 2013 fue el programa radiofónico Milenio 3 el que entrevistó a José Ángel y en 2014 un equipo del programa de TV Cuarto Milenio visitó Las Penas y Riocueva para realizar un reportaje.

Nunca imaginamos compartir cartel con semejante pandilla, es inquietante.
En esta ocasión ha sido el programa de radio on-line Nueva Dimensión, conducido por el cántabro Juan Gómez, el que nos ha invitado a hablar de nuestro trabajo. Son 40 minutos de entrevista a José Ángel, que se está convirtiendo por derecho propio en el portavoz radiofónico del Proyecto Mauranus en la que se abordan diversos temas. Aunque el interés fundamental del entrevistador eran los vampiros, ha habido tiempo para contar cosas mucho menos «misteriosas», para hablar de Arqueología y para explicar de forma detallada la complejidad metodológica de un proyecto  en el que colaboran diversos especialistas y en el que se abordan líneas de investigación muy diversas, desde la antropología, la carpología o la antracología, pasando por el estudio analítico del vidrio, de los metales o el empleo de diversas técnicas de datación absoluta, además del trabajo arqueológico propiamente dicho. Es cierto que en la interpretación de las prácticas sepulcrales y post-sepulcrales manejamos conceptos que se alejan un poco de la investigación tradicional, como la necrofobia o las supersticiones relacionadas con ancestrales creencias en los no-muertos, pero son temas que tratamos siempre desde el rigor científico y así queda plasmado durante la entrevista. Quizá los amantes del misterio hayan quedado decepcionados por nuestro enfoque, con poco vampiro y mucho método.



Lo cierto es que estamos más contentos con esta experiencia mediática que con otras anteriores en el ámbito del «misterio». En esta ocasión se ha respetado el contenido íntegro de la entrevista, no son los clásicos «cortes» seleccionados que tienden a alterar los conceptos y el entrevistador no ha insistido demasiado en llevar las respuestas a su terreno.

Como ya hemos repetido con ocasión de la colaboración en otros programas de periodismo de lo desconocido, no somos demasiado aficionados a este enfoque. Más bien al contrario, somos tirando a escépticos. Sobre todo porque, cuando tratan temas relacionados con la Arqueología, buscan siempre el lado más sensacionalista y estrambótico. Manejan siempre explicaciones que recurren a lo paranormal, lo misterioso y lo inquietante basadas, con frecuencia, en análisis superficiales o directamente en el puro desconocimiento. Convierten todos los «molinos» en «gigantes» y transmiten a la sociedad una visión distorsionada de la disciplina. El problema es que hay veces que ese tipo de programas son la única ventana que se abre a algunos proyectos, En nuestro caso son este tipo de periodistas los que han venido a buscarnos, los que se han interesado por nuestras investigaciones y nunca los medios «serios». La atención que hemos logrado por parte de la prensa «no misteriosa» ha sido por nuestra insistencia y poniéndonos al borde del sensacionalismo, tirando de «gran hallazgo». Lo más que han hecho ha sido interesarse por nuestra visión romántica para contraponer nuestra labor a la de los «profesionales» y poco más. Estaremos encantados cuando nos llamen del «más acá» pero, de momento, sólo se interesan desde el «más allá». Y nuestra política de comunicación pasa por atender a todos los que nos quieran escuchar, siempre que nos dejen explicarnos y hablar de nuestro proyecto, no sólo de vampiros. Y así ha sido en Nueva Dimensión.

20 abr. 2016

Palabra de don Ricardo

No es nada extraño que, juntos o por separado, las dos partes de este proyecto abandonemos de vez en cuando la senda de la Tardoantigüedad y la Alta Edad Media para transitar por otros caminos de la Historia. Ya sea para revisitar las Guerras Cántabras, abordar cuestiones vexilológicas de actualidad o dar a conocer los testimonios materiales de la Guerra Civil Española, han sido numerosas las ocasiones en las que nos hemos salido del que se puede considerar nuestro «territorio natural». Siempre que lo hacemos es para ampliar conocimientos —los nuestros propios y los de nuestros lectores—, para dar a conocer datos poco o nada estudiados o para profundizar, en la mayor parte de los casos, en el pasado de Cantabria. Y cuando lo hacemos tratamos de emplearnos con el mismo rigor y el mismo espíritu crítico con los que hemos logrado cierto prestigio en nuestros campos de investigación principales.

Una de esas incursiones me llevó a publicar un breve artículo acerca de un episodio de la historia de la investigación sobre el arte post-paleolítico de Cantabria que conocí cuando estaba revisando la documentación conservada en el archivo del MUPAC para mi tesis doctoral. Entre los papeles del padre Carballo me topé con un documento inédito hasta entonces en el que se realizaba una descripción y se recogía un dibujo del conjunto de grabados de Peña Lostroso (Las Rozas de Valdearroyo) nada menos que en 1935. El autor era el médico Ricardo García Díaz, gran aficionado a la Arqueología. La noticia me resultó sorprendente y curiosa porque, hasta donde yo sabía, este conjunto no había sido «descubierto para la Ciencia» ni estudiado hasta mediados de la década de 1990, cuando lo publicaron Ramón Bohigas Roldán, Luis C. Teira Mayolini y Roberto Ontañón Peredo. De modo que solicité autorización al MUPAC en 2011 para fotografiar y reproducir el documento, con intención de escribir algo sobre el tema.

El documento de R. García Díaz tomado de Kobie (Gutiérrez Cuenca, 2013, p. 154)
Ese fue el origen de «Un documento interesante para la historia de la investigación sobre el arte rupestre post-paleolítico en Cantabria», publicado en la revista Kobie (Paleoantropología) 32 en 2013. La información del documento del archivo del MUPAC se completaba con los datos que proporcionaba un texto escrito por el propio Ricardo García Díaz, reproducido en un artículo de 1943 en el diario Alerta (5-8-1943) que me facilitó Ignacio Gómez Castanedo, gran conocedor de la historiografía arqueológica regional. El artículo fue publicado bajo el pseudónimo de «Celtíbero», utilizado por el reinosano Adolfo G. Fernández Castañeda, y recoge un «estudio del doctor R. García-Díaz, alma y guía de estas correrías prehistóricas» que incluye una descripción y algunas hipótesis sobre su cronología e interpretación.

Encabezado del artículo sobre Peña Lostroso en el diario Alerta de 1943 (Hemeroteca BMS)

Recorte de El Diario Montañés, 1994 (Archivo: G. Arq. Attica)
51 años después el mismo conjunto de arte post-paleolítico volvió a ocupar las páginas de la prensa regional, en este caso de El Diario Montañés (25-10-1994) con otro médico reinosano como protagonista, en esta ocasión Julián Macho Hernández. Y a partir de ahí, diferentes investigaciones a las que nos hemos referido más arriba abordaron el estudio de este excepcional conjunto rupestre. La más reciente acaba de ser publicada. Se recoge en un volumen recién editado que lleva por título Después de Altamira. Arte y grafismo rupestre post-paleolítico en Cantabria y está firmada por Luis C. Teira Mayolini, Roberto Ontañón Peredo y Vera Moitinho. Este trabajo se hace eco de las indagaciones de Ricardo García Díaz sobre Peña Lostroso y cita el (mi) artículo de Kobie, pero sus autores consideran que el estudio recogido en el diario Alerta de 1943 está atribuido «erróneamente» a don Ricardo.

Extracto de Peña Lostroso en Después de Altamira (Teira, Ontañón y Moitinho, 2016, p. 325)
Reconozco que la primera vez que lo leí hasta me lo creí... era una opinión tan vehemente expresada, que me hizo dudar de mí mismo. Un error lo puede cometer cualquiera. Me puse a rebuscar entre mis papelotes la fotocopia del diario Alerta y apareció enseguida y... allí estaban: unas hermosas comillas al inicio y al final de la cita. «Celtíbero» recoge el estudio de don Ricardo entrecomillado, perfectamente diferenciado de su propia prosa. Corresponde, por tanto, la autoría de esas líneas a Ricardo García Díaz. Así lo constata el articulista, y como propias de don Ricardo las reproduje en las páginas de Kobie, ya que formaban parte de ese primer estudio sobre Peña Lostroso al que está dedicado el trabajo. No había error en la atribución. Supongo que mis colegas —por cierto, Luis C. Teira Mayolini fue quien me proporcionó las fotografías de Peña Lostroso que utilicé en Kobie, aprovecho para agradecérselo de nuevo— en una lectura apresurada, no reparasen en las dichosas comillas y eso les hizo suponer que todo el texto de «Plenilunio y Viernes en Campo Lostroso» había salido de la pluma de Adolfo G. Fernández Castañeda. Pero no fue así.

Inicio y final del texto entrecomillado en el Alerta de 1943 (Hemeroteca BMS)
La erudición entrecomillada, el texto que transcribo en mi artículo, es palabra de don Ricardo. Uno de los pocos testimonios escritos que nos ha llegado de este investigador y el primero para la historia de la investigación —junto con su nota manuscrita de 1935— sobre tan destacadas manifestaciones rupestres. Es de justicia reconocerle el mérito a quien le corresponde.

17 abr. 2016

Fires in the Dark

Como ya habíamos comentado días atrás, el Proyecto Mauranus, en colaboración con Inés L. López-Dóriga y María Martin Seijo, ha participado en el encuentro internacional Wood and Charcoal: Approaches from Archaeology, Archaeobotany, Ethnography and History, celebrado en Braga (Portugal) los días 15 y 16 de abril de 2016, con un póster sobre Riocueva. Como ninguno de nosotros dos pudo desplazarse a la villa bracaerense e Inés está en la «pérfida Albión», tuvo que ser María la encargada de defender nuestra contribución. Desde aquí le damos las gracias de todo corazón, que bastante tenía ya con organizar la reunión y defender una comunicación y otros dos pósters.

Nuestro póster sobre Riocueva para Wood and Charcoal

La propia María nos ha transmitido las impresiones recogidas sobre el terreno. Según nos cuenta, el póster fue un éxito, la gente estaba muy interesada en el proceso de manipulación de los cadáveres y el «saquito» lleno de semillas fue una de las cosas más comentadas. Seguro que su parte, la que se centraba en el estudio de los carbones y maderas, también despertó interés, pero por pura modestia lo ha omitido de la crónica... 

El póster en Braga (Foto: MMS)

Ha sido un placer trabajar a ocho manos con estas dos investigadores. Ahora nos queda preparar la versión para publicación, que seguramente será recogida, junto con el resto de las contribuciones presentadas en la reunión, dentro de un número monográfico de la revista Estudos do Quaternário/Quaternary Studies. Este trabajo expondrá con más detalle los resultados del estudio antracológico y xilológico que ha sido financiado con los fondos concedidos al Proyecto Mauranus por la Consejería de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de Cantabria en la convocatoria de actuaciones arqueológicas de 2015. 

Si alguien está interesado en descargarse el póster en PDF para leerlo con mejor calidad y apreciarlo con más detalle o incluso colgarlo en el salón de casa, aquí lo tiene:


Fires in the Dark - Wood and Charcoal, Braga 2016



11 abr. 2016

Entre carbones y cerámicas

Los de Riocueva, claro. Esos son los temas centrales de las dos comunicaciones que vamos a presentar en otras tantas reuniones científicas que se van a celebrar esta misma primavera. Toca seguir haciendo públicos los resultados de nuestra intervención en la cueva y ambos marcos nos han parecido muy adecuados para ello.

La primera es el Encuentro Internacional “Wood and Charcoal: Approaches from Archaeology, Archaeobotany, Ethnography and History que se celebrará en Braga (Portugal) los días 15 y 16 de este mismo mes. La semana que viene, vamos. Allí mandamos un póster firmado a medias con Inés L. López-Dóriga y María Martín Seijo. Inés es nuestra arqueobotánica de cabecera y quienes sigan el blog ya deberían conocerla, mientras que María es la investigadora que ha estudiado recientemente una serie de muestras de los carbones y maderas recuperados en la excavación. Precisamente, en el póster presentamos, en primicia, un avance de los resultados de su informe.


Su título, que está en un perfecto inglés, es Fires in the dark. Burning of grain and human bones in the burial cave of Riocueva (Cantabria, Spain) in the 7th-8th centuries. En cuanto a su contenido, en el mismo idioma, aquí va el resumen:
"The cave of Riocueva was used as a burial place sometime in the 7th-8th centuries. Archaeological work carried out between 2010 and 2014 has allowed the recovery of the remains of at least six young individuals and many objects associated to them: glass beads, rings, spindle hooks, knives, pot sherds… As it happens in another burial caves from these times known in Cantabria, rituals linked to the corpses have been detected. The destruction and burning of the skulls is the most stunning of them. However, burning grain beside the bodies, a custom forbidden by medieval penance books, has also been suggested as a possible practice. The results of the wood and charcoal analysis carried out on samples from the site are presented in this work: they are charcoal fragments connected to the burnings, and also to the remains of other combustion structures."




El segundo es el Congreso Internacional de Cerámicas Altomedievales en Hispania y su entorno (s. V-VIII d. C.), que tendrá lugar en Zamora los días 1, 2 y 3 de Junio. En este caso, Enrique irá a presentar una comunicación, que firmamos ambos y Helena Paredes Courtot, acerca del repertorio cerámico recuperado en Riocueva. Helena, para quienes no la conozcan, es lo más parecido que hay al tercer miembro del Proyecto Mauranus y pieza clave e insustituible en las excavaciones en la cueva y en el procesado y estudio de los materiales recuperados.


El resumen de la comunicación, titulada Ollas para los muertos. Cerámica de los siglos VII-VIII de la cueva de Riocueva (Cantabria), es el siguiente:
"Las actuaciones arqueológicas realizadas entre 2010 y 2014 en la cueva de Riocueva (Entrambasaguas, Cantabria) han permitido recuperar y estudiar una interesante colección de cerámica procedente de un depósito sepulcral atípico fechado en los siglos VII-VIII. Se conservan restos de varias vasijas de cerámica común que acompañaban a los cuerpos de, al menos, seis individuos depositados en una zona interior de la cueva, junto con otros recipientes de vidrio y metal, varios objetos relacionados con la vestimenta y el adorno personal o distintos útiles, como cuchillos y husos de hilar. En concreto, se trata de varias ollas de cocina con características técnicas y morfológicas propias de una producción desarrollada en el ámbito doméstico y que cuentan con buenos paralelos en otros yacimientos similares de la región. En esta comunicación presentamos un avance del estudio de este material cerámico que constituye, hasta la fecha, el principal referente para el conocimiento de las producciones alfareras del final de la época visigoda en Cantabria."

Mal que le pese a cierto catedrático de la Universidad de Cantabria, los "arqueólogos no profesionales que trabajan en esto sólo cuando pueden", como nosotros, son perfectamente capaces de llevar adelante una intervención arqueológica, aunque sea (ahí tiene razón) con medios mucho más limitados que los que manejan los que, como él, trabajan en esa institución. Y de realizar múltiples estudios y analíticas, obtener resultados e incluso presentarlos donde y cuando toca. Lo que viene siendo ese "análisis amateur" que tan alegremente (y con tan mala baba) nos achaca, vamos. Análisis en el que seguimos y seguiremos trabajando, porque aún nos quedan algunas cosas por hacer y muchas más que contar sobre Riocueva y todo lo que hemos hecho allí. Stay tuned.

21 mar. 2016

La "Línea del Agüera" (2). Trincheras, trincheras y más trincheras

Casi un año después de aquella primera entrada y aprovechando que Enrique y yo, junto a Borja Gómez-Bedia, David Blanco y Manuel Castro, estamos trabajando ahora mismo en un artículo sobre fortificaciones de la Guerra Civil en Cantabria para la revista de arqueología Sautuola, toca volver con la serie dedicada a la Línea del Agüera. En esta ocasión y como ya anuncié entonces, para contar de forma muy breve qué era, dónde estaba y cómo son algunas de las obras de fortificación que la conformaban, así como algunas pinceladas de su (corta) historia. Por supuesto, quien quiera saber algo más sobre éstas y otras fortificaciones republicanas en la zona oriental de Cantabria puede consultar este otro trabajo que publicamos hace ya unos años. O esperar a que salga el que estamos redactando, claro.

La Línea del Agüera es un complejo fortificado republicano localizado en el cordal situado en la margen derecha del curso bajo del río que le da nombre, en la divisoria entre los municipios de Guriezo y Castro-Urdiales. Formaba parte del sistema de defensa trazado en el verano de 1937 en previsión de un ataque desde Vizcaya (ocupada desde la primavera de ese mismo año por las tropas franquistas). En concreto, se trataba de una “línea intermedia entre las de contacto y la del río Asón”. Sus fortificaciones eran, casi exclusivamente y como veremos, de campaña. Básicamente, trincheras, trincheras y más trincheras. Y también pozos de tirador y nidos de ametralladoras (sin construcciones de fábrica), algunos refugios excavados en la roca e incluso un fortín de hormigón levantado en su punto más sensible, aunque de ése trataré en la última entrada de las tres previstas. Todas esas obras se extendían, sin apenas solución de continuidad, a lo largo de aproximadamente 15 km de monte, entre el pico Betayo por el sur y las faldas septentrionales del macizo del Cerredo, casi en la misma costa cantábrica, conformando una barrera en la que la orografía jugaba un papel muy importante, como puede apreciarse en la siguiente imagen.

La Línea del Agüera (simplificada y corregida, incluyendo ya Punta Peña)

En cuanto a su historia, sólo sus atrincheramientos más meridionales se vieron involucrados en algunos combates durante el verano de 1937, ya que las tropas del Cuerpo de Ejército Vasco destinadas a su defensa recibieron, en plena Batalla de Santander, órdenes de replegarse a la Línea del Asón. Órdenes que sólo cumplieron a medias, ya que se entregaron sin lucha al enemigo en el marco de los acontecimientos relacionados con el conocido como “Pacto de Santoña”, después de haber protagonizado una especie de pequeño “golpe de estado” en mi pueblo (Colindres) y los de los alrededores (Laredo, Limpias, Carasa y la propia Santoña).

Por mi parte, yo la “descubrí” en Julio de 2007, cuando estaba preparando unas conferencias sobre fortificaciones de la Guerra Civil para unas jornadas organizadas por la Asociación Galvanes de Santoña. Fui a ver las trincheras del Betayo (de cuya existencia me había advertido Alís Serna) y me encontré con cientos de metros de ellas a lo largo de la línea de cumbres. Y en bastante buen estado, por cierto.

Llegados a este punto vamos a iniciar un breve recorrido por la línea en sentido sur-norte, fijándonos en algunos de los enclaves más significativos.

En el extremo meridional, en la ladera del Pico Betayo, se conservan los restos de una compleja e intrincada red de trincheras. Esta es la única zona en la que tuvieron lugar algunos combates en el verano de 1937, antes de la ofensiva nacionalista sobre Santander. El número y la complejidad de las defensas se explica por su cercanía al frente, en concreto a la importante posición rebelde de Castro Alén.

Trincheras en el Pico Betayo sobre ortofotografía de los años 50

Hacia el norte, en el alto de La Parada, además de las trincheras que rodean la cima, existen al menos dos refugios en forma de galería excavados en la roca. Y más adelante algunos de los túmulos prehistóricos de la zona fueron reutilizados como pozos de tirador o nidos de ametralladoras.

Boca de uno de los refugios de La Parada

Interior de uno de los refugios de La Parada

Túmulo reutilizado como pozo de tirador en Las Losas

En Cueto Ventoso existe un gran atrincheramiento rodeando la cima y la parte alta de la ladera y del que salen, en la zona que mira al sur, tres ramales (cuatro en origen) rematados en otras tantas estructuras de planta más o menos circular, muy probablemente nidos de ametralladoras.

Atrincheramientos del pico Ventoso en una orotofotografía de los años 50

Trinchera en el Ventoso

Restos de uno de los nidos de ametralladoras del Ventoso

En el alto de Maya se conservan, ocultas entre los eucaliptos y los pinos, trincheras en zig-zag muy bien conservadas. Tanto que podrían utilizarse hoy en día. Y en la posición de Anguía, que fue el punto por el que accedí al cordal en 2007, puede observarse una gran línea en zig-zag rodeando la cumbre.

Trincheras en el alto de Maya

Más trincheras en el alto de Maya

Y más trincheras en la misma zona

Dando un gran salto hacia el norte y dejando atrás tanto las zonas de El Carrascal y Monillo, donde se observan trincheras en fotografías aéreas de los años 40 y 50, llegamos al alto de Punta Peña. Allí no habíamos detectado ninguna estructura defensiva en las esas mismas fotografías, por lo que pensábamos que, al tratarse de una zona de garmas muy difícil de transitar, no se había fortificado. Sin embargo, Tanino Aliotto, del Grupo Espeleológico "La Lastrilla" (GELL) de Castro-Urdiales, nos ha sacado de nuestro error y nos ha indicado la existencia de pasillos con parapeto, construidos a base de bloques calizos colocados a hueso, en la parte más alta. 

Parapetos en Punta Peña (Imagen: Tanino Aliotto)

La siguiente parada, también hacia el norte, es el fortín de la subida al puerto de La Granja, aunque, como ya he avanzado, lo vamos a dejar para otra ocasión. 


El fortín de la subida al puerto de La Granja vista desde las trincheras que lo baten desde el norte

E inmediatamente al norte, en un monte cónico que se eleva sobre Montealegre, al oeste, encontramos dos nuevas líneas de trincheras en zig-zag: una en la parte alta de la ladera y otra, más pequeña, rodeando la cima.

Trincheras encima de Montealegre

Más trincheras encima de Montealegre

Trincheras en la cima de ese mismo monte

Y otras más, en la misma zona

Y terminamos el recorrido por las trincheras de la Línea del Agüera al este del pico Cerredo, en la sierra de Hoz. Allí, tanto en la ladera que desciende hacia el mar y la carretera general como en las caras orientales de algunas de sus elevaciones se pueden apreciar en foto aérea numerosas estructuras de ese tipo. No hemos subido a verlas (aún), pero las imágenes no dejan lugar a dudas y, además, parecen indicar que su estado de conservación es muy bueno.

Líneas de trincheras en la ladera norte del Cerredo, en ortofotografía del año 2002

En resumen: toda una línea de cumbres plagada de trincheras y otras obras defensivas, en su mayor parte de campaña, y que constituye uno de los conjuntos fortificados de la Guerra Civil Española más importantes (y menos conocidos) de los que hay en Cantabria. No sabemos si hubiese sido efectiva de haber entrado en combate, pero sí que parece que sus condiciones naturales y las obras llevadas a cabo en ella la habrían convertido en un serio obstáculo para las tropas atacantes, en caso de haber iniciado un ataque por la costa desde Vizcaya. En cualquier caso, y antes de terminar con ella, hay que señalar que tiene un punto "débil". Y es precisamente ahí donde se encuentra la que es la "joya" de este sistema: el varias veces mencionado fortín de hormigón. Pero para verlo en detalle, como también he dicho varias veces a lo largo de esta entrada, habrá que esperar a la siguiente entrega.

8 feb. 2016

Conferencia-debate: El lábaro ¿un símbolo para Cantabria?

El próximo viernes 12 de febrero de 2016 tendrá lugar una interesante conferencia-debate sobre vexilología en el Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria (MUPAC) que abordará un tema de rabiosa actualidad en la región, el del reconocimiento oficial del lábaro como un icono representativo de Cantabria, bajo el título El lábaro ¿un símbolo para Cantabria? Nos parece una iniciativa estupenda por dos motivos. Por una lado, el MUPAC ha sabido reaccionar a tiempo y aprovechar que el debate está vivo para ofrecer un foro en el que se puedan expresar opiniones desde el punto de vista histórico sobre este asunto, partiendo de la exposición seria y rigurosa que aportan dos historiadores, buenos conocedores del tema en cuestión. Como reza su lema ,«Un museo sobre el pasado comprometido con el presente». Por otro, y desde una perspectiva un poco más doméstica, ambos investigadores tienen relación con este blog: José Ángel Hierro, co-creador y co-redactor desde su nacimiento en 2012 y Eduardo Peralta, amigo y colaborador ocasional. Además, se da la circunstancia de que ambos han tratado aquí, previamente, sobre los símbolos y enseñas de Cantabria. Sus opiniones han tenido cierto eco, pero seguro que a través del MUPAC, de esa conferencia-debate y de su difusión en los medios, los argumentos de ambos en torno a este tema tienen mucho más eco.


El artículo de Eduardo Peralta abordaba la relación entre lábaro actual y los signa militaria de época romana, con una revisión exhaustiva de las fuentes clásicas sobre las enseñas militares conocidas como Cantabrum y Labarum. La principal conclusión relacionada con el tema del debate es que «Ni el auténtico estandarte cántabro se llamaba Lábaro, ni hay evidencia de que llevase el emblema astral de las espléndidas estelas funerarias cantabrorromanas de Barros, Zurita o Lombera, ni lamentablemente sabemos de qué colores o forma era», cosa asumida desde hace ya tiempo por quienes defienden el uso del lábaro como enseña. Al mismo tiempo, llama la atención sobre otro aspecto relevante, que «sí puede defenderse, como se ha visto, es que en el ejército romano existió al menos desde el siglo II d.C. un estandarte militar de tela llamado cantabrum relacionable en su origen con las unidades auxiliares cántabras reclutadas por Roma». Estas y otras cuestiones de interés serán las que aborde en su intervención.

José Ángel Hierro ha abordado en sus investigaciones vexilológicas episodios más cercanos de la historia regional. En este blog ha tratado sobre los orígenes de la bandera oficial de Cantabria, poniendo de manifiesto que, por el momento, no hay ningún documento que confirme el uso de la bandera rojiblanca antes de su adjudicación como bandera de la Provincia Marítima de Santander en 1845. Además, El Diario Montañés ha recogido en su edición impresa hace poco más de una semana el artículo «El lábaro olvidado» en el que trata de los primeros intentos de recuperar como enseña el lábaro por parte de los eruditos vasco-cantabristas del siglo XVII y de cómo este símbolo –entendido entonces como un simple aspa– pasó a utilizarse en el ejército como distintivo del regimiento Cantabria desde el siglo XVIII. Una historia curiosa y poco conocida sobre la que aportará más detalles en el MUPAC.


Animamos a todos los lectores a que asistan a tan interesante conferencia-debate, sin duda la mejor manera de formarse una opinión a partir de los datos históricos relacionados con el tema del lábaro. Será una magnifica oportunidad para aprender, pero también para reflexionar sobre el significado, la representatividad o el origen de los símbolos regionales –oficiales y no oficiales– y sobre el concepto de «rigor histórico» aplicado a estas manifestaciones.


5 feb. 2016

Riocueva 2015, sin mucho arte

El pasado domingo 22 de noviembre de 2015 hemos visitado de nuevo Riocueva, aunque esta vez lo hacíamos con un propósito distinto del habitual. La misión: revisar sus paredes en busca de evidencias de arte rupestre. Aunque por la cueva han pasado seguramente cientos de personas en los últimos 50 años y entre ellos algunos pares de ojos mucho más acostumbrados a ese tipo de manifestaciones que los nuestros, había dos motivos para dedicar aunque sólo fuese un rato a un último repaso. El primero, que nuestro colaborador Alfredo Prada había localizado en 2013 un disco rojo en las inmediaciones del Sondeo 4. Se lo hemos ido enseñando a todos los que saben algo de arte rupestre que han pasado después por la cueva y la opinión común es que tiene «buena pinta», de manera que había que tenerlo en cuenta. El segundo es que nuestro topógrafo Pablo Pérez había estado ocupando sus ratos de asueto aplicando filtros a las fotografías tomadas para realizar el levantamiento topográfico de la cueva y había localizado alguna que otra mancha «sospechosa». Dos buenas razones para volver a la cueva, sin duda...

Mancha de pigmento más conocida como «disco rojo» fotografiada en 2013 
Le dimos forma a un micro-proyecto que —esta vez sí— me tocó dirigir a mi, por aquello de cumplir con la normativa vigente, ya que el Proyecto Mauranus «de toda la vida» seguía en marcha en 2015. Aunque la excavación ha finalizado en 2014, continuamos con los estudios y análisis de materiales. Este año le ha tocado el turno a los carbones, ya habrá tiempo de contar cosas sobre los interesantísimos resultados. Como tampoco había mucho que rascar en esto del arte rupestre, le dedicamos un único día al trabajo de campo.

Verificando sobre el terreno la ubicación del «disco rojo»
Durante el otoño inusualmente cálido que hemos disfrutado en Cantabria, tuvimos la fortuna de elegir el único día del mes que llovió como en plena temporada de monzón asiático. No voy a profundizar en la hipótesis más verosímil, pero de todos es sabido que hay gente que atrae a los rayos. Está por comprobar que haya gente que atraiga a la lluvia... y aquí lo dejo. La visita fue una especie de «cita doble», nuestro topógrafo no pudo venir por la mala climatología —lo que en el entorno de Riocueva era lluvia, donde el estaba era una respetable nevada— y el equipo quedó reducido a los codirectores y sus respectivas. Helena a estas alturas podría estar empadronada en la cueva pero Amaya no había tenido oportunidad todavía ni siquiera de acercarse a la boca. Quizá se estaba reservando para la gloria del arte rupestre, un tema de más categoría que los contextos sepulcrales de época visigoda ¡dónde va a parar!

El equipo rastrea las paredes de Riocueva a la caza de más arte
Lo cierto es que íbamos más o menos «a tiro hecho», de revisar las paredes palmo a palmo ya se había encargado Pablo mediante las fotografías y la restitución 3D. Es lo que tiene la tecnología ¡la cantidad de cosas que puede hacer uno desde el sofá de casa! Sólo teníamos que revisar media docena de rincones en los que el todopoderoso y cuasi-milagroso filtro DStretch había detectado «cosas». Nos dejamos las pestañas un buen rato sin demasiado éxito. En algunos casos se trataba de cambios en la coloración natural de la roca y en otros las manifestaciones gráficas tenían un aspecto bastante poco prehistórico. La única «anomalía» que tiene auténtico aspecto de arte rupestre es el disco rojo de Alfredo. Sobre el resto preferimos mantener máxima prudencia. Un balance pobre... pero es nuestro balance.

El filtro DStrecht en acción sobre las paredes de Riocueva 
No somos especialistas en la materia, de modo que si a alguien le interesa el asunto y quiere continuar con la exploración de las paredes de la cueva en busca de nuevas evidencias gráficas, adelante. Le cedemos el testigo. Nosotros nos conformamos con poner nuestro «puntito» en este asunto, sin mayores aspiraciones.



9 ene. 2016

La pérdida de las Hispanias (II)

Como anunciábamos en Junio del año pasado, entre los días 3 y 6 de Febrero tendrá lugar en Madrid el coloquio internacional "La Pérdida de las Hispanias: ideología poder y conflicto". Su programa definitivo es el siguiente:




Aunque todo su contenido es muy recomendable, me gustaría destacar la comunicación que presentarán el día 4, a las 10:40, de la mañana Leticia Tobalina y Alain Campo, titulada "La frecuentación de las cuevas en el Bajo Imperio, ¿lugares de refugio en periodos de inestabilidad?". Obviamente, por el tema que trata (el uso de las cuevas a inicios de la Tardoantigüedad), pero también (por qué no decirlo) porque Leticia es amiga y miembro del equipo de excavación de Riocueva. 


En primer plano, Leticia excavando en Riocueva en 2011


Hace pocos meses, ella, Alain Campo, Vincent Duménil y Benoit Pace han publicado un trabajo sobre un tema directamente relacionado con el de esa comunicación: el uso de las cuevas en época romana en Navarra. Y amenazan con seguir investigando ese mundo subterráneo tan apasionante como desagradecido, así que seguro que volveremos a tener (buenas) noticias suyas en breve. 

22 dic. 2015

Felices Fiestas






Os deseamos a todos unas Felices Fiestas y que el próximo año
 reparta igual o mejor fortuna que el que termina. 

Gracias por visitarnos y leernos un año más.

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José Ángel y Enrique
Proyecto Mauranus

18 dic. 2015

El broche damasquinado de la cueva de Las Penas

Hace años, al escribir la serie de entradas sobre los broches de cinturón de época visigoda con decoración damasquinada (aquí las partes 1, 2, 3 y 4), anuncié que los ejemplares de la Galería Inferior de La Garma y Las Penas tendrían sus respectivas entradas monográficas. El primero ya la tuvo hace tiempo, así que toca ahora hacer justicia con el segundo (y de paso devolver mis entradas en el blog a la senda de la arqueología tardoantigua y altomedieval e ir preparándome para lo que me espera a partir de Enero).

A estas alturas, el yacimiento de la cueva de Las Penas debería ser un clásico para el estudio de la época visigoda en el norte peninsular y más que de sobra conocido por quienes estén interesados en ese periodo de nuestra historia. La primera publicación de sus materiales (en la que tuve la suerte de participar junto a los responsables de la excavación, Mariano Luis Serna y Ángeles Valle) es de 2005 y desde entonces la cueva ha aparecido en unos cuantos trabajos más (y lo que le queda). Sin embargo, nunca está de más recordar, siquiera brevemente y a modo de introducción, dónde está, cómo es y qué ocultaba en su interior.

La cueva se localiza muy cerca del pueblo de Mortera (Piélagos, Cantabria), al pie de la ladera oriental de la sierra de Tolío o de La Picota. El acceso principal (existe otra boca, aún más pequeña, en un piso inferior) mide unos 60 cm de alto por 1 m de ancho y da acceso a una rampa estrecha y de techo muy bajo por la que hay que avanzar arrastrándose unos 15 m. Al final de esa rampa se inicia la galería principal, de unos 40 m de desarrollo y que termina en la "zona sepulcral", donde fueron depositados los cadáveres. Porque la cueva, por si alguien no lo sabe aún, fue usada con ese fin en algún (o algunos) momento (o momentos) entre mediados del siglo VII y casi todo el VIII (como certifican tanto las 5 dataciones absolutas realizadas hasta la fecha como las relativas, obtenidas a partir de la tipología de los objetos recuperados).


La entrada a la cueva de Las Penas

Los restos humanos, estudiados por Silvia Carnicero (a quien, por cierto, conocí excavando allí), corresponden a un número mínimo de 13 individuos, niños y adultos jóvenes, todos menores de 35 años. Junto a ellos se localizaban numerosos objetos de todo tipo y pelaje, en su mayor parte relacionados con la indumentaria y el adorno personal, las actividades domésticas y la vida cotidiana en general: broches de cinturón, anillos, pendientes, recipientes cerámicos, metálicos y de madera, granos de cereal carbonizadoinstrumentos textiles, un hacha barbada...

Silvia estudiando los restos humanos in situ


Más restos humanos, éstos en conexión anatómica

Nuestra interpretación del yacimiento es de sobra conocida y la hemos defendido en varios trabajos (y en alguna que otra entrada de este mismo blog), así que no me detendré en ella. Cierto es que en la primera publicación manejábamos otra distinta, aunque yo corregí mi postura no mucho tiempo después, como puede leerse en mi trabajo de fin de Máster. Y me he movido poco desde entonces, la verdad. En cualquier caso y para lo que nos ocupa ahora aquí, eso no tiene demasiada relevancia.

Sin duda, entre los numerosos materiales hallados (lo que da buena muestra de lo bien que se excavó, mérito de Alís y Ángeles y que es necesario recordar siempre que se tenga ocasión) lo más espectacular, por vistosas, son las guarniciones de cinturón: cinco broches completos y una hebilla suelta que forman uno de los conjuntos de este tipo más importantes recuperados en las últimas décadas en la Península.


Conjunto de broches de cinturón. Nótese que sólo ha sido restaurada la placa del medio



Conjunto de broches restaurados, tal y como se exponen en el MUPAC


Resumiendo mucho, se trata de broches que pertenecen, grosso modo, al tipo de los "liriformes" (ese "cajón de sastre" en el que metemos todos los que son de inspiración mediterráneo-bizantina y en el que, más allá de la clasificación tipocronológica de G. Ripoll, nos cuesta tanto entrar a poner orden) y que pueden fecharse sin problemas en los siglos VII-VIII. Los tres de la izquierda (en la última imagen) cuentan con numerosos y buenos paralelos en otras zonas de la Península. El cuarto, por el contrario, es de un tipo único hasta la fecha, lo que podría indicar una cronología algo posterior y/o un origen "regional" (o lo que es lo mismo, que se trate de una evolución "limitada" territorialmente y surgida a partir de modelos más extendidos). Y, finalmente, el que nos ocupa.

A diferencia de sus compañeros, este broche no es de bronce. O, mejor dicho, no lo era en principio, ya que no ha llegado a nosotros en su forma original, como también puede apreciarse en la foto: la hebilla y el hebijón, que sí son de la misma aleación de cobre que los demás, sustituyen a las originales (que se perdieron o rompieron en un momento indeterminado y, obviamente, anterior a la amortización definitiva de la pieza). Éstas serían de los mismos materiales que la placa, la parte del broche en la que nos vamos a centrar. Conviene recordar que la pieza no apareció como puede verse expuesta en el MUPAC. Muy al contrario, en el momento de su hallazgo la placa era poco menos que un bloque de hierro oxidado, hasta que la hábil y paciente labor de la restauradora Maribel García Mingo consiguió sacar a la luz lo que ocultaba bajo la gruesa capa de roña.



Broche antes de su restauración


Imagen de la placa durante el proceso de restauración


La placa, una vez restaurada

Y lo que había era una placa de hierro con decoración damasquinada a base de latón y plata. En un principio se pensó que el metal dorado era oro, debido a su excepcional estado de conservación, y así lo publicamos en 2005. Sin embargo, análisis metalográficos realizados tiempo después demostraron que, como es habitual en este tipo de producciones, se trataba en realidad de una aleación de cobre y zinc.


Resultados de dos de las "catas" realizadas en la pieza, en los que puede apreciarse la presencia de latón y plata

La técnica utilizada también es la usual en este tipo de broches: sobre una base de hierro se aplica una fina capa de latón en la que se recortan las siluetas de las figuras y motivos que se quieren representar, embutiéndose finos hilos de plata en los principales huecos. Así se consigue un bonito efecto policromado (trícromo, si es que el palabro existe) en el que se combinan el color oscuro del hierro, el dorado y el plateado. Siempre he pensado que la base de hierro de la placa tuvo que estar recubierta por una película de magnetita para evitar su oxidación (nadie quiere llevar un broche oxidado), tal y como se hacía durante la Edad del Hierro con algunas armas (para saber más sobre el tema, mirad este blog), aunque eso tendría que estudiarlo un experto. Además, hace unos años, una intervención rutinaria de mantenimiento por parte de Eva Pereda, la restauradora del MUPAC, permitió descubrir restos de un "baño" dorado en reverso de la placa, visibles en la zona de los apéndices de sujeción al cinto. Está pendiente un análisis metalográfico que permita estudiarlo en profundidad y empezar a saber algo más de una técnica, hasta donde yo sé, completamente desconocida hasta ahora en este tipo de objetos.



Restos del "baño" dorado en el reverso de la placa

En sentido estricto no se puede decir que nos encontremos ante una placa liriforme, aunque por comodidad lo hagamos. Realmente, se trata de una pieza en forma de U, aunque la manera en la que ha sido decorada, como veremos a continuación, nos haga pensar en un primer momento que tiene un extremo distal ultrasemicircular, aunque no sea así. Sus medidas, 11,7 cm de largo por 4.2 cm de ancho (y 0,47 cm de grosor) son las esperables en este tipo de objeto y lo sitúan en un término medio en cuanto a tamaño.


La placa

En cuanto a su decoración, se pueden distinguir claramente dos campos bien diferenciados: uno rectangular (partes proximal y mesial) y otro circular (extremo distal). En el primero encontramos representado un animal, apoyado en una especie de montículo y enfrentado a lo que parece un arboriforme. La ejecución del bicho no es demasiado realista, así que resulta complicado identificar la especie representada. Una de las posibles interpretaciones (y la primera manejada) lo relaciona con el Agnus Dei, el Cordero apocalíptico. O, en ese mismo sentido (considerando al animal un cordero o carnero), con la escena del sacrificio de Isaac. Siendo ambas completamente válidas, se me ocurre una tercera y que no recuerdo si he llegado a poner por escrito: que estemos ante la representación de un pasaje bíblico. Concretamente, del Salmo 79 que, en la versión de la Vulgata, dice así :


9 Vineam de Ægypto transtulisti :
ejecisti gentes, et plantasti eam.
10 Dux itineris fuisti in conspectu ejus ;
plantasti radices ejus, et implevit terram.
11 Operuit montes umbra ejus,
et arbusta ejus cedros Dei.
12 Extendit palmites suos usque ad mare,
et usque ad flumen propagines ejus.
13 Ut quid destruxisti maceriam ejus,
et vindemiant eam omnes qui prætergrediuntur viam ?
14 Exterminavit eam aper de silva,
et singularis ferus depastus est eam.


Y que en el salterio de Stuttgart, del siglo IX, fue representado de la siguiente manera: con un animal, un jabalí en este caso, afrontado (más bien cargándoselo) a un arboriforme, a la vid que representa al pueblo de Israel.



Ilustración a los versos 14-15 del Salmo 79 en el salterio de Stuttgart


Que este fuese el verdadero sentido de la escena podría verse ratificado por este otro ejemplar, bizantino (y conservado en el MET, donde lo han clasificado, erróneamente, como visigodo), con parecidos más que evidentes tanto con el de Las Penas como con la ilustración del Psalterio de Stuttgart; aunque su escena principal ha sido interpretada como una de las fábulas del Fisiólogo: la del ciervo y la serpiente. Interpretación que también podría ser válida (la cuarta) para la de nuestro ejemplar, por cierto.


Broche de cinturón bizantino del MET

Y el parecido con ese broche bizantino no se limita a la escena principal: también tiene una cruz (con monograma en su caso) inscrita en un círculo en el extremo distal. Y placa en forma forma de U. E incluso otros pequeños detalles lo relacionan con el de Las Penas, como las orlas con motivos de triángulos (rollo "dientes de lobo") que enmarcan la escena principal; presentes también, aunque camufladas, en nuestro ejemplar, como puede apreciarse en la siguiente imagen:



Orlas con motivos de dientes de lobo en la placa de Las Penas

Demasiadas coincidencias para que se trate de algo casual. Al contrario, todo apunta a que un broche bizantino muy similar a ése que hemos visto fue el modelo en el que se inspiró el orfebre hispano que creó el de Las Penas. Y otro tanto ocurrió con el resto de piezas damasquinadas peninsulares de época visigoda con motivos de animales, como creemos poder demostrar (y así lo trataremos de hacer en breve mi compañero doctor y yo). 

Como ya se ha adelantado, el segundo campo está decorado con una cruz griega inscrita en un círculo y rodeada de una orla. Se trata de una cruz ciertamente peculiar, tanto que casi puede decirse que son en realidad dos superpuestas (lo que demuestra la molestia que se tomó el artesano en resaltar este símbolo): una cruz patada o de Malta (la recortada en la chapa de latón) y otra potenzada, con potenzas en forma de media luna (la conseguida mediante la incrustación de hilos de plata). La primera es muy típica de estos momentos (ss. VII-VIII). La segunda, no tanto, aunque existen buenos ejemplos, algunos de ellos, como el de la imagen de abajo, en el mundo copto tardoantiguo y altomedieval.



Fragmento de cerámica conservado en el Museo Copto de El Cairo en el que se aprecian dos cruces similares a la de la Placa de Las Penas

Como ocurriera con el de la Galería Inferior de La Garma, resulta indudable que nos encontramos ante un broche de cinturón hispanovisigodo, de los siglos VII-VIII y que presenta una decoración inequívocamente cristiana: una escena que puede interpretarse de varias maneras, aunque todas ellas remiten a esa religión (el Antiguo Testamento, el Apocalipsis o "El Fisiólogo"), y una cruz inscrita en un círculo. Y de nuevo, esas características (un modelo que no desentonaría en cualquier otro punto de la Península o Septimania y unos motivos cristianos) parecen alejar el contexto en el que se recuperó (una cueva sepulcral) de ese más imaginado que razonado ambiente pagano en el que durante mucho tiempo se quiso hacer vivir a los cántabros del final de la Antigüedad y los inicios de la Alta Edad Media. En cuanto a su origen, hay que buscarlo en el mundo Mediterráneo, como ocurre con la mayor parte de la toréutica de los últimos siglos de la Hispania visigoda. En concreto y como ya hemos apuntado, en una serie de producciones bizantinas con unas características muy determinadas y que creemos son la clave para entender los porqués y los cómos de las peninsulares con decoración damasquinada. Aunque esa es una historia que será contada en otro lugar.