26 de feb. de 2015

"Cantabria: nuevas evidencias arqueológicas"

Mañana, 27 de Febrero, comienza el ciclo "Cantabria: nuevas evidencias arqueológicas". Organizado por la Asociación para la Defensa de los Intereses de Cantabria (ADIC) y Regio Cantabrorum, consta de siete conferencias impartidas por varios investigadores que trabajan (trabajamos) en yacimientos cántabros o situados dentro de los límites de la Cantabria prerromana. Su arco cronológico es muy amplio (va desde el Paleolítico hasta la Guerra Civil Española, pasando por la Edad del Hierro, la conquista romana o la Alta Edad Media) y el ciclo cuenta, además, con un inciso dedicado a la difusión del Patrimonio arqueológico cántabro en la red. Pero para hacerse una idea del asunto, ver qué se va a contar y quiénes lo van a hacer, lo mejor es echar un ojo al cartel:


Todas las charlas son más que recomendables y desde aquí os animamos a asistir a ellas (yo sólo podré ir a tres, por el tema de los turnos en el trabajo, y me jode bastante, la verdad). Las nuestras, que son las dos últimas, no llegarán hasta mayo y en ellas hablaremos de algunos de esos posibles nuevos campamentos romanos que hemos encontrado recientemente (y de su también posible relación con dos episodios concretos de la conquista romana de Cantabria) y de nuestras excavaciones en Riocueva en los últimos años; respectivamente. Supongo que iremos ampliando la información según se acerquen. En cualquier caso, si os pasáis, por allí nos veremos.

18 de feb. de 2015

Riocueva 2014, episodio 12: así lavaba, así, así...

Han pasado ya dos meses desde la agridulce despedida de Riocueva y en todo ese tiempo no habíamos encontrado el momento para empezar con el «trabajo de laboratorio», un nombre excesivamente pomposo para las tareas a las que se refiere. La primera fase es el lavado de materiales, tanto de los objetos recogidos de forma individualizada, como de las «bolsas de nivel». El proceso ya lo hemos explicado aquí otras veces y es muy, muy sencillo: A) sacar los objetos de la bolsa; B) pasarlos por el chorro de agua o por un recipiente; C) cepillar suavemente, si es necesario; D) ponerlos a secar sobre un papel de periódico. A veces pienso que si se hacen realidad las previsiones de algunos analistas —alguno diría agoreros— y desaparece la prensa en papel, los arqueólogos lo íbamos a tener difícil. Total, que así hemos pasado la mañana el sr. director, Helena y yo ¡ah! y Marta, que se ha unido al equipo habitual del «comando limpieza».

Lavando una «bolsa de nivel»
Un suave cepillado facilita la limpieza

Y todo eso lo hacemos, como ya es habitual desde la campaña de 2011, en las instalaciones cuyo uso nos cede amablemente el Museo de Altamira. Si no contásemos con el «lavadero» de Altamira, el proceso daría muchos más dolores de cabeza. Pero con estos medios a nuestra disposición, la tarea se resuelve en una mañana. Es un trabajo bastante poco estimulante, la verdad. La única ventaja que tiene el asunto es que puedes volver a ver algunos de los objetos recuperados durante la excavación y, esta vez sí, limpios, lo que permite apreciar detalles: una decoración de una cerámica, una mordedura en un hueso, una caries en una muela... Quizá la única nota divertida sea que, de vez en cuando, las cosas no son lo que parecen. No es habitual —somos muy buenos excavando, eso es así —, pero en ocasiones, al lavar con mimo algo en cuya etiqueta pone «cerámica» descubres que es un fragmento de cráneo humano quemado... o peor, una piedra. Sí, una triste piedra. Es mucho más fácil de lo que parece, en condiciones de iluminación tenue como la que habitualmente tenemos durante la excavación, confundir un pedazo de pequeña estalactita con un hueso humano.

Un «viejo amigo» vuelve a manifestarse
Objetos secando sobre papel de periódico, un clásico

En un tiempo récord, en comparación con campañas anteriores, hemos dejado secando absolutamente todo el material que teníamos para lavar. El próximo fin de semana lo recogeremos, limpio y seco, listo para el siguiente proceso. Será el momento de revisar el inventario para comprobar cuántos «intrusos» caen de la lista y de siglar todo el material antes de empezar a estudiarlo.




9 de feb. de 2015

Dulces dieciocho

Parafraseando al ínclito Miguel Ángel Rodríguez, si la arqueología de las Guerras Cántabras fuese mujer, hoy se pondría de largo; y si fuera un ciudadano, iría a votar. Porque hoy, 9 de Febrero, la búsqueda, localización y estudio de las huellas materiales de la conquista romana de Cantabria cumplen 18 años.No es que tal día como éste, hace casi dos décadas, alguien decidiese de repente que había que salir al campo a tratar de localizar campamentos romanos de campaña, castros asediados, asaltados y destruidos, guarniciones romanas semi-permanentes y demás. Y que había que trascender, sin dejar de utilizarlo, el discurso de las fuentes escritas y, sobre todo, la lamentable visión de una historiografía dominante empeñada por entonces en sostener lo que el tiempo (y el trabajo) han demostrado no ser otra cosa que insensateces: que no hubo nada digno de ser considerado una guerra, que todo el relato de las campañas no fue más que propaganda al servicio de Augusto, que los cántabros únicamente habitaban al sur de la Cordillera y la zona litoral estaba (muy dispersamente) ocupada por poblaciones "residuales" y poco menos que cavernícolas, que sólo hubo un único campamento romano y estuvo bajo la actual Herrera de Pisuerga, que Aracillum estaba en Aradillos, etc. No. No fue así. Hacía ya tiempo que se había dado ese paso y que se estaba trabajando en ello, como también diría el jefe de Miguel Ángel Rodríguez. Eduardo Peralta y la gente que colaboraba con él habían cruzado ya ese Rubicón. Hubo una larga y silenciosa (y silenciada) gestación hasta que aquel domingo de Febrero de 1997 todo saltó por los aires. Y lo hizo de la forma más impensable: en la portada del periódico de mayor tirada y número de lectores de la comunidad autónoma de Cantabria, el Diario Montañés.


En mi caso, se trata de uno de esos momentos inolvidables que todos tenemos grabados a fuego en las meninges y que aún recuerdo perfectamente. Estábamos en mi piso de estudiante de entonces (lugar en el que viví tres años también inolvidables, por cierto) Enrique, Borja Gómez-Bedia, Marcos Rebollo y yo, preparando (o, más bien, fumando y echando el rato) el examen de Arqueología que teníamos al día siguiente. Hacia mediodía, decidimos bajar a tomar algo al bar Potes (otro sitio mítico "de cuando aquello") y allí, al hojear el periódico, nos dimos de morros con la noticia. Y casi se nos saltan los ojos de las órbitas al leerla.



Ahora, cuando todo esto está más que aceptado, social y académicamente, puede sonar raro, pero en 1997 la noticia supuso una verdadera revolución y puso patas arriba todo el panorama científico sobre la conquista romana de Cantabria (y, por extensión, del norte de la península Ibérica). Y, por supuesto, fue encajado peor que mal por el stablishment universitario. El primer ejemplo lo vivimos al día siguiente, durante el propio examen de Arqueología, cuando un profesor de Historia Antigua entró en el aula, muy azorado y periódico en mano, y se puso a cuchichear con el titular de la asignatura, que se mostraba igual de contrariado, o más, por la noticia. Creo que tampoco olvidaré nunca aquella escena.

Todo lo que vino a partir de entonces daría para escribir varios libros y no es este el lugar para tratar sobre ello. Resumiendo mucho, se puede decir que entonces empezó una "guerra" (en sentido figurado, pero sin cuartel) entre Peralta, su equipo y sus apoyos extra-universitarios, por un lado; y prácticamente todos los demás que habían trabajado o trabajaban el tema de la conquista y la romanización (que se repartían entre la indiferencia hacia los nuevos hallazgos, la burla poco disimulada y la abierta y declarada hostilidad), por el otro. Una guerra total, en ocasiones sucia, donde muchas veces lo personal se mezcló con lo científico y en la que, como no podía ser de otra forma, hubo muchas bajas (también figuradas, pero, a su manera, muy reales). 

Restos del barracón romano de La Espina del Gallego. Al fondo, Cildá

Nosotros, jóvenes e inconscientes, no tardamos en tomar partido. Nos liamos la manta a la cabeza y nos fuimos a excavar con Peralta y su equipo, con quienes, durante años (los de la "Arqueología Heroica"), compartimos muchas penurias, pero también muchos pequeños momentos de gloria y muchas situaciones únicas, irrepetibles y, en ocasiones, muy muy bizarras (algunas, incluso peligrosas para nuestra integridad física y/o mental). La Espina, Cildá, La Muela, el Cerro de la Maza, La Loma.... Todos constituyen ya una parte importante de nuestra vida, arqueológica y en general. Yo siempre tuve clara la idea de estar "haciendo historia" (o de estar ayudando a que se hiciera, más bien). Puede sonar pretencioso, pero es así como lo sentía. Y creo que el tiempo me ha dado la razón: 18 años después, el panorama es radicalmente distinto. Ya nadie con dos dedos de frente cuestiona la existencia de las guerras ni niega una importante presencia militar romana en Cantabria. Los campamentos romanos son reconocidos como tales, no se acusa a nadie de comprar denarios en el Rastro y "colocarlos" en los yacimientos y tampoco se escucha a respetables cátedros afirmar a gritos que es imposible que una legión hubiese acampado en el Campo de las Cercas (tenía razón: es probable que realmente fueran dos legiones) porque, de haberlo hecho, "habrían convertido el Besaya en una cloaca". No se ve a los cántabros de finales del siglo I a. de C. como una especie de Picapiedras echados al monte, sino como lo que realmente fueron: un conjunto de pueblos profundamente celtiberizados, de cultura casi protourbana en algunas zonas y capaces de ofrecer una importante resistencia militar a Roma, como atestiguan los numerosos castros asaltados y reocupados por guarniciones legionarias. Y quedan muy pocos que sigan afirmando que lo que dicen Floro, Orosio o Dion Casio es mera propaganda imperial. El mapa de Cantabria, el de Asturias y ahora también el de Galicia están salpicados de nuevos enclaves relacionados con la conquista y/o la posguerra, ofreciendo una imagen que no tiene nada que ver con la de hace 18 años. Y siguen apareciendo más, año tras año.

Foto de equipo al final de la campaña de excavación del año 2002 en La Muela. Amaya y yo, a la izquierda del todo.

Una de las cosas que más me fascinan de toda esta historia es ver (y leer) cómo algunos de los que lo negaban todo hace 15 años dan lecciones ahora sobre la importancia de los escenarios de la guerra en los montes de Cantabria, Palencia y Burgos. Y vienen a mi memoria algunas palabras dirigidas a mí y que tuve que oír de boca de terceros... En fin. Como pasa siempre, el tiempo termina poniendo las cosas en su lugar. Y yo tengo buena memoria. 

En lo estrictamente académico, el congreso de Octubre pasado en Gijón sirvió para repasar el estado de la cuestión a finales de 2014 y ha significado, en cierta medida, la "victoria" de un Eduardo Peralta bastante alejado, hoy por hoy, del trabajo de campo (y también la de quienes le acompañaron en este periplo). La arqueología de la conquista romana del norte de Hispania goza de muy buena salud y los avances en la investigación se suceden en varios frentes.

Eduardo Peralta en el congreso de Gijón (foto tomada de la página de Facebook oficial)

Por nuestra parte y aunque dejamos de formar parte de su equipo hace años (la edad, el trabajo y esas cosas), nunca pudimos sacudirnos del todo las ganas de seguir aportando al tema. Así, a nuestro trabajo pionero (y cañero) de 2001 le han seguido algunas otras contribuciones, como el artículo que firmamos con el propio Peralta en 2011 sobre las monedas de algunos campamentos, el que escribimos con Rafael Bolado en Cántabros. Origen de un pueblo en 2012 o el que estamos ultimando ahora mismo, también con Rafa, sobre los nuevos establecimientos militares muy posiblemente relacionados con las Guerras Cántabras que hemos descubierto en los últimos años y que presentamos en Gijón. Lo cierto es que tenemos muchas esperanzas depositadas en este último y, sobre todo, en la investigación que tiene detrás, aún en marcha y que sin duda seguirá dando sorpresas.

Y en cuanto a La Espina del Gallego, el yacimiento que junto con Cildá está en el origen de todo y que forma parte de un Bien de Interés Cultural que engloba varios de los escenarios de la guerra desde 2002 ("Conjunto arqueológico formado por los yacimientos de La Espina del Gallego, Cildá, El Cantón y Campo de las Cercas..."), yo ya no creo que se pueda identificar con el Aracillum de los textos latinos (o al menos no creo que sea la opción más probable). Lo que parecía un castro de mediano tamaño asaltado por la legión que avanzaba desde el sur y reocupado por una pequeña guarnición romana ha resultado no ser exactamente eso (aunque casi). Fue tomado y reocupado por los romanos, sí, pero era en realidad un castro muy pequeño (una fortificación destinada a controlar el paso por la sierra). Y todo el recinto exterior se ha revelado finalmente como una obra enteramente romana y que defendía un punto sin duda importante en la "Vía del Escudo", el camino militar de altura que comunicó la costa cántabra y la premeseta durante la inmediata posguerra. A estas alturas, lo de menos es que fuera o no Aracillum. Lo realmente importante es que su reinterpretación por Peralta (fue descubierto por J. González de Riancho en los años 80 del siglo XX), junto a la de Cildá, como un escenario de las Guerras Cántabras supuso un punto de inflexión en la arqueología cántabra (y, en cierta medida, en la peninsular) y abrió la puerta a enfocar el estudio de la conquista romana de la única forma posible: desde la arqueología. En estos 18 años la investigación sobre el tema ha avanzado más que en los 200 anteriores y ése es un dato incuestionable y que habla por sí solo. Celebremos pues esta mayoría de edad como se merece. Y mantengamos el recuerdo de cómo fueron realmente las cosas y quiénes las protagonizaron, no sea que algún día alguien venga a contarnos otra historia y nos la terminemos creyendo.

1 de ene. de 2015

¿Gato burgundio por liebre omeya?

Lo que vais a leer en esta entrada es una de las muchas cosas que contamos Enrique y yo en el MUPAC el 2 de Septiembre del año pasado, en la charla que dimos sobre el broche de Santa María de Hito, dentro del ciclo "La pieza del mes", organizado por el propio museo y la Sección de Arqueología del Colegio de Licenciado y Doctores en Ciencias y Letras. Es una historia curiosa y que tiene de todo: cierta gracia (como veremos, casi con toda seguridad no para una de las partes implicadas), una pieza bonita y poco o nada conocida (la protagonista), un jeque árabe (de Kuwait, para más señas) y mucho dinero de por medio (el del jeque, obviamente).

La historia empieza hace unos cuantos años, cuando en una de esas búsquedas tontas por Internet, a la caza de paralelos para materiales de época visigoda, me topé con una curiosa pieza en la página de la conocida casa de subastas Sotheby´s. Se trataba de la hebilla de marfil de un broche de cinturón del mismo material que fue vendida en 2005 por la impresionante cantidad de 78.000 libras esterlinas, 113.552 euros al cambio de la época (el precio de salida se situó entre 20.000 y 30.000 libras, 29.116 y 43.674 euros, respectivamente).



La hebilla, de pequeño tamaño, tiene forma rectangular y presenta una esmerada decoración tallada en la que destaca el uso del trépano. Empezando por su extremo proximal, presenta dos apéndices (perforados) de sujeción a la placa, que formarían, junto con los de la propia placa y un pasador metálico, la charnela que articulaba ambas. Su forma, y éste es un detalle muy importante, es semi-cilíndrica y están decorados con una serie de líneas incisas paralelas, en sentido perpendicular al del eje de la charnela. Aunque en la fotografía no se aprecia del todo bien (hay que fijarse en la esquina superior derecha), el canto de la pieza, por ese lado, es marcadamente cóncavo, con el fin de que los apéndices de la placa, sin duda de la misma forma que los de la hebilla, encajasen perfectamente. A continuación la pieza está dividida en dos partes simétricas, separadas por el hueco en el que iría el hebijón (perdido). Cada una de ellas consta de un friso con decoración de hojas formando arcos; un hueco rectangular, perfilado con "perlas" o pequeñas bolitas, destinado a alojar un cabujón (desaparecido); y de una zona decorada con motivos de zarcillos y bordeada por más "perlas" (en la zona que limita con el hueco de la hebilla, por donde pasaría el cinturón).

Aparecía clasificada como Omeya, procedente de Siria o España (por lo de Omeya, se entiende) y fechada en los siglos VIII-IX d. de C. Ante esos datos, tan rotundos y viniendo de donde venían, me rendí: si había un paralelo de esa época y con esa "filiación", la hipótesis del mozarabismo del broche de Santa María de Hito salía reforzada (obvia decir que nosotros defendemos la opción "visigotista"). Y así, cabizbajo, le di la noticia (y le pasé el enlace) a Enrique, quien, una vez al tanto de la existencia y características de la hebilla, no tardó apenas nada en dar con la clave del asunto y sacarme de mi error: difícilmente podía ser Omeya una pieza que se parecía sospechosamente a otra, más antigua y de indudable origen cristiano. ¿A cuál? Pues a ésta:


Broche atribuido a San Cesáreo de Arlés (foto tomada de aquí)

A la hebilla del broche de marfil atribuido al obispo Cesáreo de Arlés, que suele fecharse en el siglo VI y que se conserva en el museo de esa ciudad provenzal; situada en la Tardoantigüedad y los inicios de la Edad Media en la frontera entre los mundos franco y visigodo, aunque del lado del primero (en realidad, en un territorio de fuerte base galorromana y sometido a las influencias directas de ostrogodos, burgundios, merovingios y visigodos, además de a las indirectas de los bizantinos instalados en el norte de Italia). La placa muestra la escena bíblica de los guardias dormidos junto al sepulcro de Jesús, una imagen de indiscutible origen cristiano. La hebilla, por su parte, está decorada con motivos geométricos y vegetales de innegable raigambre clásica. Una observación detallada de esta última permite apreciar cómo Enrique tenía razón y que su parecido con la presunta hebilla omeya es muy grande, aunque su factura sea más tosca. Ésta también tiene apéndices de sujeción semicilíndricos estriados y un friso con arcos (de otro estilo completamente distinto) en su parte proximal, aunque carece de huecos para cabujones a continuación. Y por eso casi toda la hebilla presenta una decoración vegetal con un motivo de roleo con hojas y racimos de uvas. De las "perlas", por cierto, ni rastro.

En donde sí hay "perlas" es en la hebilla de otro magnífico ejemplar de broche altomedieval: el de Leodobodus (su autor, que lo firmó al dorso), conservado en el Museo de Colonia (y que también fue adquirido en una subasta en Sotheby´s a finales de los 80 del siglo XX, por lo que su procedencia exacta se desconoce, aunque todo apunte, nombre germánico incluido, al mundo merovingio) y realizado en un colmillo de morsa.


Broche de Leodobodus, según Werner (1990)

Aunque en este caso la hebilla difiera claramente en su forma de la, pretendidamente, omeya, además de las perlas tiene en común con ésta la presencia de dos espacios rectangulares a ambos lados de su zona proximal. En este caso no están destinados a alojar piedras preciosas o semipreciosas, sino que van tallados con figuras humanas (similares a las de la placa, donde se representa a Cristo y varios apóstoles en lo que parece un lavatorio de pies), aunque la idea es la misma. Y también en este broche aparecen los ya familiares apéndices de sujeción semicilíndricos y con decoración estriada. Apéndices que, junto con los espacios rectangulares de la hebilla (en la ilustración se aprecia bien por qué tienen esa forma semicilíndrica y cómo se resuelve su encaje en la placa), se repiten en el broche de Vevey (Vaud, Suiza). En este caso, además de las ya citadas, hay otra similitud, ya que para tallar la escena de la placa (Jonás y unas nereidas) también se utilizó el trépano.


Broche de Vevey, según Auberson y Martin (1991)

Aparte de estos tres (que, como acabamos de ver, son los mejores paralelos para establecer una cronología y "filiación" más o menos seguras para la hebilla subastada en Sotheby´s) hay más broches de ese tipo, hechos en marfil, en colmillo de morsa, en hueso de cetáceo... Su cronología se mueve siempre entre los siglos V y VIII d. de C. y su localización geográfica habla por sí sola:



Se concentran casi en su totalidad en el mundo merovingio, especialmente en la zona burgundia aunque con una presencia también notable en el norte de Francia y en la Provenza
 (áreas ambas geográficamente muy cercanas a la primera, por cierto). Y de esa zona burgundia proceden también los broches de cinturón de bronce denominados, por razones obvias, burgundios. Broches que tienen una serie de características propias, entre las que destacan unos bonitos apéndices de articulación estriados (¿nos suenan?) y placas caladas con motivos figurados en muchos de los casos, al igual que ocurre con sus "primos" de hueso, asta o marfil. Incluso, en algunas ocasiones, tanto las piezas metálicas como las realizadas en "materia dura animal" siguen exactamente el mismo patrón morfológico y decorativo, lo que supone uno de los principales elementos para situar en la región burgundia, si no el lugar de origen de las segundas, al menos sí una de las principales zonas en las que se produjeron (y llevaron puestos) ese tipo de broches.

Ejemplo de broche burgundio (Imagen tomada de aquí)

Algunos autores creen que broches como el de Cesáreo de Arlés tienen un origen bizantino. Sin embargo y al menos que nosotros sepamos, no existen paralelos conocidos de piezas de ese tipo (y de ese material) en ninguna otra zona del Mediterráneo. Por supuesto, tampoco en los territorios bajo control del Imperio Oriental durante los siglos VI-VIII d. de C. (si exceptuamos algunos de los escasos ejemplares italianos conocidos). A lo que habría que añadir que, como acabamos de ver, la morfología de esas piezas las relaciona claramente con las producciones metálicas merovingio-burgundias y no con los bien estudiados y catalogados broches de cinturón bizantinos. Es verdad que en el mundo bizantino se trabajó mucho el marfil desde época temprana (para hacer dípticos, apliques de muebles, etc.) y que sus artesanos utilizaban el trépano para tallar (como atestiguan, por ejemplo, algunos capiteles), por lo que no sería descabellado pensar en maestros bizantinos al servicio de las elites merovingias como los autores de algunos de estos broches. Al menos de los de mayor calidad, como es aquél al que perteneció la hebilla que nos ocupa en esta entrada. La presencia bizantina en el norte de Italia durante los siglos VI-VII d. de C. podría explicar de forma relativamente fácil esa relación y ese trasiego de artesanos hacia el norte y este.

Y teniendo más o menos claro que no nos encontrábamos ante una hebilla islámica altomedieval sino ante un objeto perteneciente casi con toda probabilidad a un broche "burgundio" (de gran calidad, quizá creado por artesanos bizantinos, pero "burgundio"), ahí lo dejamos. Hasta que, años después y ya preparando la conferencia sobre el broche de Santa María de Hito (o el artículo que nunca terminamos de hacer, no lo recuerdo bien), Enrique descubrió qué había sido de ella. O lo que es lo mismo, quién la había comprado por aquella desorbitada cantidad de dinero.


Pantallazo tomado de aquí

La hebilla pertenece a la "Colección al Sabah" (fundada por el jeque Nasser Sabah al Ahmed al Sabah y dirigida por su esposa, Hussa Sabah al Salem al Sabah) y está depositada (no sabemos si también expuesta) en el Museo Nacional de Kuwait, donde se guarda la citada colección, que pasa por ser una de las mejores del mundo dedicadas al arte islámico. Sabiendo dónde está la pieza y de qué va la colección en la que se incluye no parece muy arriesgado suponer que esos adinerados kuwaitíes (o sus representantes) fueron quienes la adquirieron en la subasta de Sotheby´s antes mencionada (y más sabiendo, como sabemos, que la colección comenzó precisamente con la compra de una pieza en una subasta en Londres, por lo que esa y otras casas deben ser proveedores habituales de materiales para ella). Lo que se dice de ella en la citada colección, aparte de su descripción, viene a ser, más o menos, lo que se les dijo cuando la adquirieron: que es una "hebilla omeya", de marfil (de elefante, por supuesto: los sucedáneos, colmillo de morsa y demás, no son marfil) y que se fecha alrededor de la segunda década del s. VII d. de C. (100 después de la Hégira, en el cómputo árabe-musulmán). Del desconocimiento del autor de la ficha acerca de este tipo de piezas y de los broches de los que formaban parte nos ilustran muy bien sus palabras acerca de los dos apéndices de articulación (esos tan "burgundios"), de los que dice que servían "probablemente para unirla al propio cinturón" (la placa con otros dos apéndices iguales, ni está ni se la espera).

La conclusión de todo este asunto es bien clara: parece que a los señores de la "Colección al Sabah" les dieron un "gato burgundio" por la "liebre omeya" que creían haber encontrado. No es que la pieza no sea una joya, que lo es (por muchos motivos), sino que no es lo que les dijeron que era. Y, con toda seguridad, de haber sabido cuál era su "filiación" no la habrían comprado. Si pagaron por ella más de 113.000 euros fue porque pensaron que tenían ante sí una pieza inigualable: la única hebilla de marfil omeya conocida. Y por eso no les importó que le faltasen los cabujones, ni el hebijón (y dieron por hecho que no le faltaba, como de hecho le falta, la placa, quizá la parte más importante del broche): porque era una pieza tan especial que tenía que estar en su espectacular colección de arte islámico. Me pregunto que pensarían si alguien les sacase de su error. Y en qué lugar quedaría Sotheby´s. Quizá les escribamos un mes de estos...

Y a modo de epílogo, una reflexión que hicimos el día de la charla. Si por una hebilla (vale que de marfil y muy finamente tallada, pero sólo parcialmente conservada, pues le faltan los cabujones y el hebijón) se llegó a pagar ese dineral, ¿cuál sería el precio de mercado de una pieza como el broche de Santa María de Hito, que está prácticamente entera (sólo tiene rotos algún apéndice y parte del hebijón)?

El broche de Santa María de Hito

Aún siendo de talla algo más tosca y su material (costilla de cetáceo) menos noble, es otra auténtica joya de las "artes menores" altomedievales, además de una pieza única en la Península y con algunas singularidades que la distinguen de todas sus primas continentales. Sospechamos que ese precio sería muy alto, sobre todo si algún jeque aficionado a coleccionar "arte islámico" la viese y conociera la interpretación tradicional que la considera "mozárabe". De lo "mozárabe" a lo islámico hay un paso pequeño, y más en arte, así que... Que lo vigilen bien en el MUPAC, por si acaso.

28 de dic. de 2014

You must be bloody joking!! Mea culpa de un farsante

Hasta aquí hemos llegado. Duele mucho dar este paso, pero cuanto más lo alarguemos más difícil será ponerle fin a este despropósito. No creo que podamos hacer nada para salvar nuestra, a partir de ahora, completamente destruida reputación, pero eso casi es lo de menos. Lo de la tele fue la gota que desbordó un vaso que nunca debió llenarse y marcó el punto de inflexión. Han sido semanas duras, dándole vueltas y más vueltas al asunto, intentando encontrar una manera de arreglarlo; pero, como aún no se puede viajar en el tiempo y volver al pasado, hay que apechugar. Y eso es lo que toca hoy.

Quien sea seguidor fiel del blog, del Proyecto y de nuestra carrera investigadora reciente tiene la oportunidad de vivir un momento a lo final de "Sospechosos habituales" (la genial película noventera de Bryan Singer) en la siguiente imagen:


Captura de pantalla tomada de aquí


Cordillera Cantábrica, cuevas, vampiros... ¿Os resulta familiar? Sí, ¿verdad? La Garma, Las Penas, Riocueva, revenants de época visigoda... Es exactamente tal y como estáis barruntando en estos momentos: todo es un fraude. En los últimos años habéis sido víctimas de una sutil y elaborada manipulación concebida para que os tragaseis esa historia. Una broma desquiciada, inspirada en Mauricio, el Niño Murciélago, y que ya ha llegado la hora de desvelar. Y es lo que voy a hacer aquí y ahora, mal que me pese.

Si vamos al verdadero origen del asunto, deberemos remontarnos al 94 o así, cuando mi amigo J. L. Lavín compraba Noticias del Mundo y todos lo leíamos en la Plaza de la Telefónica de mi pueblo. Mauricio  y su historia nos enamoraron desde el primer momento. Tanto es así que, años después, ya estudiando Historia en Santander, yo llevaba orgulloso una camiseta con una de sus portadas en NdM (camisetas que nos hicimos para una Batalla de Flores y que fueron la sensación, por cierto). No tengo foto que adjuntar para probarlo, pero mis conocidos lo recordarán. De hecho, alguno de mis amigos de la Universidad ya entonces (y aún ahora) me llamaba cariñosamente "niño murciélago". Pasó el tiempo, pero no mi enfermiza fascinación por Mauricio, como prueba la siguiente imagen, de una de mis despedidas de soltero en Gijón (y prueban también mis perfiles de Google o Facebook)


Pero el verdadero punto de inicio de todo esto es mucho más reciente y tuvo lugar una de esas noches en las que Enrique y yo, pasados de copas, nos ponemos retos absurdos (por ejemplo, una vez, a las tantas, apuramos los cacharros, montamos al Fiesta y nos fuimos a ver cómo amanecía en La Ulaña, desde Santander). En esta ocasión, la discusión fue derivando hacia lo fácil o difícil que sería manipular al "público" de la literatura científica y cómo podrían colarse como "buenas" cosas en principio absurdas. Yo acababa de presentar mi trabajo de fin de Máster sobre el uso funerario de algunas cuevas en época visigoda, llevaba puesta una camiseta con la cara de Mauricio... Y se lió.


La verdad es que, visto con perspectiva, resulta asombroso lo fácil que resultó. Unas lecturas sobre necrofobia, algo de "vampirismo científico" y "nuestras" cuevas, con sus muertos. Un cóctel que se demostró infalible y que nos permitió ir construyendo un relato en el que, de forma discreta pero evidente, se mezclaban vampiros (podemos llamarlos "revenants", "muertos inquietos" o como queramos, pero no dejan de ser vampiros), cavernas y el norte de España; como en la historia de Mauricio. Incluso intentamos colocar de alguna manera a Alicia, su novia, en este cuento.



Y cuando apareció el anillo de Riocueva vimos una magnífica oportunidad para hacerlo: era de pequeño tamaño, un adorno infantil, y tenía una decoración que se prestaba a elucubrar sobre su significado. Aparcamos completamente la interpretación más sencilla (y obvia: que son segmentos de círculo afrontados, de honda raigambre cántabra) y le dimos mil vueltas tratando de encontrar una forma de leer ALICIA.



No hubo manera, así que tuvimos que buscar una alternativa y terminamos eligiendo PAVLA. Y coló. Como colaron la "destrucción intencionada" de los cráneos (lamentablemente, no teníamos estacas clavadas en el pecho o similares, así que tuvimos que conformarnos con rituales anti-revenant de segunda división, como el aplastamiento de cabezas) o la interpretación del cereal quemado como una forma de "aplacar a los muertos molestos" atestiguada en las fuentes escritas medievales (que retorcimos a conciencia, como no podía ser de otra forma).





Y así, casi sin darnos cuenta, introdujimos a Mauricio (bueno, él no aparecía directamente, pero los revenants cavernícolas visigodos inspirados en él, sí) en el mundo de la arqueología "seria": en Munibe, en el Homenaje a J. A. García de Cortázar, en el 19th Annual Meeting of the EAA que se celebró en Pilsen, etc, etc. Y por el camino implicamos (manchamos para siempre, más bien) a varios inocentes colegas y, hasta hoy y me temo que no más, amigos. La rueda giraba y giraba y no veíamos el momento de parar. Y dejando pasar el tiempo nos íbamos enredando más y más y nuestros "Mauricios" ficticios se iban abriendo paso (y dejando poso) en el panorama arqueológico peninsular (y más allá).

Y en estas llegaron los medios, de la mano de Iker Jiménez. Primero la radio, luego la tele. Y la cosa se salió de madre cuando más de 1 millón de personas nos vieron hace tres semanas y "nuestros vampiros" se hicieron famosos. Demasiados testigos para un crimen perfecto. Y demasiadas preguntas que responder.



Os sorprendería saber la cantidad de e-mails, mensajes e incluso llamadas (me pregunto cómo demonios han conseguido nuestros móviles) que hemos recibido desde entonces. Una auténtica "locura vampírica" que parece haber contagiado a todo el mundo, desde la prensa regional a importantes editoras de revistas y productoras televisivas con canales propios (y pirados variados, por supuesto). Por no hablar de nuestras familias y amigos: el monotema estas navidades está siendo nuestra aparición en Cuarto Milenio y las cosas que allí dijimos. Tomarle el pelo a media España es algo difícilmente justificable. Hacerlo con la gente a la que quieres es mucho peor. Y ni os cuento el nudo que se te forma en el estómago al ver el brillo en los ojos de tu madre cuando te dice: "Estuviste muy bien en la tele. Me pareció muy interesante lo que contasteis, no tenía ni idea de que existiesen esas cosas. Qué orgullosa estoy de ti".

Así que se acabó. Lo hemos hablado y no queda otra opción: hay que terminar con esta farsa ya, antes de que vaya a más. Toca tragar bilis, agachar las orejas y pedir perdón. Perdón a todos aquellos que han creído en nosotros y nos han apoyado todo este tiempo, a las instituciones que nos han financiado, a los seguidores del blog, a los colegas que se han visto embarcados en esta gran mentira y cuya honorabilidad probablemente haya quedado tocada para siempre. Perdón a Silvia, a Pablo, a Roberto, a Eva. A Knut Andreas, a Juan Antonio. A Leticia, a Alfredo, a Alfonso, a Pablo, a Gonzalo... Perdón a tantos y tantos. Ya tenemos redactadas las cartas explicando el engaño y pidiendo disculpas para el Gobierno de Cantabria, la UC y Cuarto Milenio, entre otros muchos; y mañana a primera hora las enviaré. Y a esperar las respuestas (y los castigos).

Llegados a este punto, una de las cosas que más me duele es que ya nadie va a creer nada de lo que contemos. Ni siquiera que nos estábamos guardando un pequeño secreto para el final:



21 de dic. de 2014

Felices Fiestas





Os deseamos a todos unas Felices Fiestas y que el próximo año
 reparta igual o mejor fortuna que el que termina. 

Gracias por visitarnos y leernos un año más.

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José Ángel y Enrique
Proyecto Mauranus

19 de dic. de 2014

Riocueva 2014, episodio 11: con sabor a despedida

Hacía ya casi un mes que no excavábamos en la cueva y, como quedaba alguna cosa por rematar, hemos buscado un hueco para acercarnos esta mañana. Así, a lo loco, un viernes...  Dentro de 12 días termina el plazo del permiso y hay que apurarlo hasta el final. Sabemos que algunos de nuestros colaboradores se han quedado con ganas de «un poquito más», pero ya sea porque tenían que trabajar, o porque están un poquito lejos para acercarse sólo un rato a la cueva, se van a tener que conformar con leer esto. Ha sido una despedida íntima... José Ángel, Helena y yo, con Gonzalo como testigo de lo mucho que cuesta hacerse a la idea de que nuestros paletines no volverán a hollar Riocueva en una temporada. No nos atrevemos a decir «nunca más», pero, por desgracia, cada vez tenemos menos tiempo para dedicarle al más sucio y subterráneo de los vicios que nos adornan.

Helena y Gonzalo concentrados en el Sondeo 8
Habíamos interrumpido la excavación del Sondeo 8 sin llegar a tocar fondo y sabíamos que hacerlo nos supondría una inversión de tiempo mucho mayor de la que teníamos prevista dedicar al trabajo de campo. De todos modos, hemos seguido profundizando hasta donde se comenzaba a poner difícil la cosa, en torno a la cota -160. En una esquina aparecían muchas piedras y en el centro del cuadro un gran bloque, con lo que cada vez era menor el espacio para excavar cómodamente. Para poder seguir, hubiésemos tenido que ampliar el sondeo hacia el oeste y no estábamos por la labor. Sin tiempo y con los recursos justos, lo más aconsejable era abandonar. Nos concentraremos en sacar adelante trabajo «de laboratorio», en recuperar las tareas atrasadas que dejó la extenuante campaña de 2013 y en ir ordenando los datos que ha generado la excavación de casi 30 m2, que en una cueva y con un protocolo de excavación más próximo al que utiliza la Arqueología Prehistórica, que al que alguien puede imaginar para un yacimiento de época visigoda, es un mundo. Además, en los últimos 15 ó 20 centímetros de sedimento los hallazgos empezaban a escasear y un repertorio más o menos variado –y heterogéneo, todo hay que decirlo– ha dejado paso a unas pocas esquirlas de huesos de animales muy poco interesantes. De modo que hemos decidido parar, documentar los perfiles y dar por terminada la excavación.

Las últimas bolsas de tierra esperando su salida al exterior
Mientras Helena, Gonzalo y el responsable de escribir esta crónica –osea, yo–  nos afanábamos en dejar presentable el sondeo, el director se concentraba en cribar, cribar y cribar. Yo no sé la cantidad de bolsas que han podido pasar por sus manos en esta campaña, pero más de 100, seguro. Y la mayor parte del tiempo, ha cribado sin compañía, lo que nos ha llevado a pensar que realmente disfruta de ese anómalo «placer solitario». Como excavamos muy bien –él lo dice siempre, no me lo invento yo–, es una tarea aburrida, pero alguien tiene que hacerla. Han quedado poco más de una docena de bolsas en el vestíbulo. Habrá que encontrar un hueco para ir a terminar... otra excusa más para volver a la cueva.

Puede que sea una tarea adictiva...
Tras tres campañas de excavación increíblemente productivas en las que hemos hecho interesantes descubrimientos, hemos conocido a gente estupenda, nos hemos reído, hemos sufrido acarreando bolsas, hemos descubierto formas inauditas de interpretar piezas musicales, nos hemos revolcado en el barro, hemos degustado deliciosos manjares, hemos descubierto un anillo de oro e incluso hemos salido en la tele, toca descansar. Disfrutamos mucho con lo que hacemos, sin duda, pero hay más cosas en la vida que la Arqueología y muchas, cada vez más, reclaman nuestra atención.

Una imagen posiblemente irrepetible
Aunque sabemos que no es la última entrada que dedicaremos a «Riocueva 2014», porque nos llevamos mucho trabajo a casa sobre el que seguiremos hablando aquí, la jornada de hoy ha tenido sabor de despedida.Agridulce, como la mayoría.   

14 de dic. de 2014

Riocueva 2014, episodio 10: guiando guías

Más de dos semanas sin ir por la cueva nos empezaba a parecer demasiado tiempo y había que buscar alguna excusa. Aún tenemos pendiente una «despedida oficial» el próximo 19 de diciembre, que será el último día en el que excavemos en Riocueva por este año. Quizá algún día sea necesario acercarse a cribar, a recoger las bolsas de la flotación o cualquier cosa por el estilo, pero ya va tocando dejar tranquila a la cueva. ¿Y cuál ha sido la excusa para volver? Pues que algunas compañeras de profesión de Helena –y algunos compañeros, también– se han mostrado interesadas en conocer la cueva y los resultados de nuestras actuaciones arqueológicas... Al final han sido ocho personas las que se han animado a visitar la cueva este sábado, guías oficiales de turismo de Cantabria que esta vez han sido los que han recibido las explicaciones en lugar de darlas, y a mí ponerme en su papel y hacer de improvisado guía (no oficial).

Guías guiadas hacia el interior de la cueva
En algunos casos era su primera vez en una cueva «no adaptada para las visitas», por lo que el interés era doble. La verdad es que Riocueva es un buen lugar para dar un pequeño paseo subterráneo y, salvo el pequeño tramo en el que hay que reptar, es una cueva cómoda, fácil de transitar y que nunca defrauda a los visitantes. Helena ha acompañado al grupo desde el lugar donde habitualmente dejamos los vehículos hasta la boca de la cueva. Allí, antes de entrar, han recibido las primeras explicaciones sobre el lugar, sobre el proyecto, sobre nuestro trabajo, etc. y han surgido ya algunas preguntas, lo que ha ido incrementando la expectación y el interés por entrar a la cueva. Por arrastrarse para descubrir en primera persona lo que espera más allá del angosto laminador donde la penumbra deja paso a la más absoluta oscuridad, para transitar por el lugar que hace más de 1300 años alguien eligió para confinar los cuerpos de unos muertos de los que no se fiaba demasiado.

El grupo en la salita, contemplando las caprichosas formas del techo de la cueva
Creo que ha sido la visita guiada más extensa que he hecho en toda la campaña. Y han sido unas cuantas. Sabía que iba a ser la última y había que darlo todo... Ya lo hemos repetido hasta la saciedad, pero agradecemos mucho las visitas, nos produce una enorme satisfacción que la gente se interese por nuestro trabajo y, sobre todo en esta campaña, hemos insistido mucho en este asunto de la divulgación sobre el terreno. Una vez más, muchas gracias por visitarnos. A quienes estuvieron ayer y a todas las personas que se han acercado a conocer Riocueva desde 2011. El resultado de esta última visita ha sido muy satisfactorio, con público así es todo más fácil. Mucho interés, constantes interrupciones para hacer preguntas y una paciencia infinita con mis explicaciones, que a veces se alargan innecesariamente.

Todos contentos... La boca de la cueva no, que no sale en la foto
Pero no todo ha sido darle a la lengua... También ha habido algo de tiempo para el trabajo. Pablo me había dicho que necesitaba volver para terminar la toma de datos para la restitución fotogramétrica de la cueva y también nos acompañó ayer. Estuvo haciendo fotografías en la zona de la salita, aunque no pasó demasiado tiempo dentro de la cueva solo. Al parecer, le ha calado hondo el tema de los révenants después de vernos en Cuarto Milenio la semana pasada...

Pablo nunca había trabajado con tanta expectación...
Bromas aparte, en el rato que estuvimos esperando al grupo y durante el tiempo que estuvimos en la cueva, ha tenido tiempo para terminar con las fotografías que le quedaban pendientes. Estamos expectantes, en cuanto haya algo «visible» lo compartiremos. También hubo tiempo para cribar unas cuantas bolsas y para sacar de la cueva todas las que quedaban, con la ayuda inestimable de los visitantes. Siempre se agradece un poco de ayuda para las tareas más engorrosas. Todavía recordamos con cierto dolor en las articulaciones lo duro que se se hacía sacar tierra con una cadena humana de sólo tres eslabones...

3 de dic. de 2014

¡(Vaya) tela!

Uno de los hallazgos más interesantes que realizamos durante la campaña de excavación de 2011 en Riocueva fue un trozo de tela parcialmente carbonizada, con varios pliegues, que envolvía un paquete de semillas de panizo y al que bautizamos cariñosamente como el «saquito».

Tejido y semillas de panizo de Riocueva
Nos pareció desde el primer momento un hallazgo interesante y con mucho potencial, pero nuestra experiencia en el estudio de este tipo de materiales era nula. De modo que había que buscar a alguien que se hiciese cargo del asunto y, como tampoco conocíamos a muchos especialistas en la materia, lo más brillante que se nos ocurrió fue ponernos en contacto con Carmen Alfaro Giner, de la Universidad de Valencia. Esta investigadora es la principal autoridad patria en el estudio de tejidos antiguos y «one of the world’s leading experts on antique dyes and ancient textiles» (uni-weimar dixit). Quien esté familiarizado con la materia, conocerá su libro Tejido y cestería en la Península Ibérica: historia de su técnica e industrias desde la prehistoria hasta la romanización, una obra de referencia imprescindible, a pesar de haber pasado ya 30 años desde su publicación, y sabrá que es una de las principales investigadoras del proyecto internacional DressID. Nosotros conocíamos el libro, porque había sido de capital importancia en nuestro primer trabajo sobre «arqueología textil», y poco más... El 11 de julio de 2012 le escribimos un correo electrónico con una breve presentación del hallazgo y solicitando su colaboración para el estudio del tejido. Cinco días más tarde respondió manifestando su interés y, aunque ya nos avisó de que tenía una agenda bastante apretada, consiguió encontrar algo de tiempo para trabajar personalmente en el asunto (¡gracias, Carmen!). Fruto de esa colaboración y del trabajo conjunto sobre el «saquito» de Riocueva, se ha publicado recientemente una contribución en el volumen Purpureae Vestes IV, que recoge los trabajos presentados al congreso PV IV. Production and Trade of Textiles and Dyes in the Roman Empire and Neighbouring Regions (Valencia, 11/2010), y algunas «publicaciones invitadas», como la nuestra.

Riocueva en portada del PV... un detallazo
La política editorial de esta publicación, que forma parte de una serie monográfica dedicada al estudio de tejidos y tintes del Imperio Romano inaugurada en 2004, no autoriza la difusión pública de los artículos en internet hasta dentro de un año. El que esté muy interesado en leer los trabajos contenidos en este volumen, pronto podrá adquirirlo en el servicio de publicaciones de la Universidad de Valencia, en alguna librería especializada o consultarlo en alguna biblioteca que lo tenga. Y si alguien quiere echarle un ojo al artículo de Riocueva, le podemos proporcionar una separata. Basta con pedirla...

Para el que no pueda esperar o le de pereza leerse nueve páginas, presentamos aquí un breve avance del trabajo publicado. El estudio realizado por Carmen Alfaro ha permitido caracterizar los aspectos básicos del trozo de tela: el tipo de fibra empleada, el modo en que se ha hilado la fibra y el modo en el que se ha tejido el hilo el el telar. En la definición de los dos primeros aspectos han sido de mucha utilidad las imágenes obtenidas mediante MEB, mientras que para el estudio del tejido se ha empleado un microscopio de lupa bionocular, todas ellas herramientas habituales en el estudio de los textiles antiguos.

Imágenes de MEB del tejido y el hilo tomadas en el LADICIM de la UC
La fibra empleada es de origen vegetal, y lo más probable es que se trate de lino (Linum usitatissimum), una planta herbácea de cuyo cultivo tenemos constancia en la Cantabria de época visigoda. Han aparecido semillas de lino en la cueva de Las Penas y también en Riocueva, según el avance del estudio arqueobotánico que está realizando Inés López López-Dóriga. Hay que destacar que se trata de materia prima de excelente calidad. El hilado de la fibra se ha realizado mediante torsión en s. Aparecen dos tipos de hilo, uno poco torsionado y otro con ángulo de torsión maor, hasta 49º. En cuanto al grosor, una de las series llega hasta los 0,4 mm de grosor y la otra a los 0,2 mm, aunque en un primer vistazo ambas series parecen del mismo grosor. Estas diferencias a veces se emplean buscando un cierto efecto visual en el tejido resultante. La estructura del tejido es un entramado simple en damero, tipo tafetán (tabby 1/1), y fue confeccionado en un telar vertical. Así lo sugiere la presencia de una corrección den forma de cuña que se aprecia en el tejido, consecuencia del desequilibrio que se suele producir al avanzar en la labor en ese tipo de telares.

Esquema de hilado y tejido
Sobre la cronología no hay demasiadas dudas, ya que además de estar asociado a un contexto sepulcral con varios restos humanos datados por carbono-14 entre mediados del siglo VII y el primer tercio del siglo VIII, se ha obtenido una datación directa del «saquito», a partir de una de las semillas de panizo asociadas, en torno al primer tercio del siglo VIII. Es uno de los pocos tejidos de época visigoda de procedencia arqueológica que se conocen en la península Ibérica. La mayor parte de los indicios textiles de esta época que se han publicado hasta la fecha se conservan mineralizados, porque se han quedado adheridos a objetos metálicos cuya oxidación ha afectado al tejido, o sólo se registra la impronta. La acción del fuego y las condiciones estables de temperatura y humedad del medio subterráneo han permitido que el tejido de Riocueva se conserve en unas condiciones excepcionales, con lo que ello supone para profundizar en el estudio de las manufacturas textiles de la época.






23 de nov. de 2014

Riocueva 2014, episodio 9: la penúltima

A veces las excavaciones se parecen a aquellas noches en las que era imposible marcharse a casa a una hora decente porque siempre había alguien que se empeñaba en tomar una copa más, que nunca era la última. Nuestros días en Riocueva se van agotando, pero buscamos cualquier excusa que nos haga regresar a la cueva, aunque sólo sea un instante. Ya sea para cribar, para concluir alguna tarea pendiente o para rematar ese último sondeo que parece no tener fondo, la cuestión es que antes de que acabe el año tocará volver... una vez, dos, tres ¡ni idea! Cada vez que abramos la verja será «la penúltima». Hasta que no quede más remedio que devolver la llave.

Por fin, una foto de grupo ¡Gracias, Álvaro!
El objetivo de la jornada de ayer era terminar de excavar el Sondeo 8 y la verdad es que, aunque estuvimos trabajando sin parar para conseguirlo, la cueva empezó a hacerse la remolona hacia el final de la tarde. Helena y Gonzalo, un nuevo fichaje de final de temporada, se afanaban en rebajar y rebajar... primero hasta -140, después hasta -150... Parecía que nos acercábamos al fondo, pero la tierra, en lugar de ponerse más dura, se volvía esponjosa. Es comprensible, sabíamos que en esta zona de la galería el suelo estaba muy alterado y, sin llegar a ser una «estratigrafía invertida» en sentido estricto, la verdad es que lo que aparece y cómo aparece refleja a la perfección el proceso de transformación sufrido por el yacimiento. Hemos vuelto a encontrar piezas de industria lítica de aspecto prehistórico mezcladas con huesos humanos, algunos bien conservados, bastantes huesos de fauna y algún fragmento de cerámica «despistado». De la inversión parcial del depósito dan buena cuenta varios restos óseos humanos, huesos del pie, costillas, una cabeza de fémur y un maxilar inferior casi completo, entre otros, que aparecen a 40 cm de profundidad, donde la tierra está más «blandita», aunque seguramente estaban sobre el suelo de la cueva hace 1300 años.

Gonzalo y Helena asaltando el Sondeo 8
El hallazgo más destacado del sondeo, y quizá el de toda la campaña, has sido un gancho de huso de hierro completo. Es el quinto ejemplar que aparece en la cueva y el segundo que conserva el característico extremo en forma de gancho, la misma cantidad de este tipo de objetos identificados en la cueva de Las Penas. Nos sigue llamando la atención que, a diferencia de lo que ocurre en Las Penas, donde ha aparecido al menos una fusayola por cada gancho, en Riocueva no hemos conseguido localizar ninguna. Es una de las espinas clavadas que nos deja la excavación. La otra, por supuesto, es la de los broches de cinturón. Seguimos convencidos de que tienen que estar en algún sitio. Al final de la jornada de ayer, en un sitio imposible, apareció una placa de hierro de gran tamaño que había pasado desapercibida al detector de metales. ¿Y si los broches también están escondidos?

Un nuevo gancho de uso para la colección
Mientras una parte del equipo se centraba en el Sondeo 8 y otros se turnaban en la criba, donde esta vez no ha habido grandes sorpresas, Pablo seguía con su fotogrametría. Esta vez contaba con el apoyo de Álvaro, un topógrafo de la Universidad de Vitoria amigo suyo que le permitió avanzar mucho más rápido en sus labores. Tanto que, al final del día, aseguraba haber terminado con la toma de datos. Le ha cogido tanto cariño a la cueva que seguramente fingirá que algo ha salido mal para volver otra vez... No nos cansamos de agradecer su colaboración desinteresada y entusiasta, aunque no ocultamos que el bizcocho casero y el café caliente que ha traído ayer influyen bastante en nuestra percepción positiva de su labor.

¡Maldición, topos! 
Y, por supuesto, no podíamos cerrar la excavación sin otra tanda de visitas. Durante esta campaña hemos contado con un montón de manos amigas ayudando, pero también han sido muchos los oídos y los ojos atentos que han encontrado un hueco para conocer en primer persona la cueva y su yacimiento. Ya lo habré repetido una docena de veces, pero para nosotros es muy importante todo este apoyo y toda esta atención. Las visitas siempre son bienvenidas y si alguien se ha quedado con ganas de conocer Riocueva sólo tiene que decirlo y estaremos encantados de organizar otro «pase» más. Los interesados sólo tienen que comprometerse a no pisar los cortes...

Ayer recibimos dos visitas. Primero se pasaron por la cueva el arqueólogo Eduardo Peralta y su amigo Federico Fernández, los «culpables» del descubrimiento de los principales escenarios de las Guerras Cántabras conocidos actualmente en Cantabria y en el norte de Castilla y León. Tiempo atrás compartimos con ellos excursiones y excavaciones en busca de castros y campamentos romanos. Aunque sabemos que las cuevas no les entusiasman, han atendido nuestras explicaciones sin protestar demasiado. Quizá ofrecer vodka como recompensa haya funcionado...

José Ángel, Federico y Eduardo en Riocueva
Avanzada la tarde se acercó a la cueva el catedrático de la Universidad de Cantabria Pablo Arias Cabal con su familia y un amigo. Era una visita que se resistía, ya que no logramos coincidir en 2013, y en 2014 no es la primera vez que intenta venir a la cueva. Es el director de tesis de José Ángel, y fue quien dirigió mi Trabajo de Investigación y tuteló mi beca durante tres años y pico en la universidad. Mucha presión. ¡En esta explicación sí que había que hacerlo bien! Supongo que se quedó satisfecho, ya que nos ha ofrecido colaborar con él en un pequeño proyecto que tiene entre manos. Quién sabe si en unos meses podremos añadir un punto más al mapa de las cuevas sepulcrales de época visigoda de Cantabria.

Pablo Arias y compañía atendiendo a las explicaciones del director
Con tanto lío, acabamos saliendo de la cueva cuando ya se había hecho de noche cerrada. Creo que desde 2011 no nos íbamos tan tarde. Nos cuesta despegarnos. Aunque a la hora de la comida brindamos con vodka para despedirnos de Riocueva, todo parece indicar que volveremos pronto. Quedan flecos, queda energía, quedan preguntas por resolver, quedan datos por tomar... y aún quedan 37 días antes de que deje de ser «nuestra cueva».

16 de nov. de 2014

Riocueva 2014, episodio 8: último sondeo

Después de un par de semanas de parón por cuestiones de agenda, este sábado arrancaba la última fase de la excavación en Riocueva. Poco a poco vamos quemando etapas y, literalmente, acercándonos a la luz del final del túnel. Digo literalmente porque hemos ido excavando en las zonas previstas esta campaña empezando por la más lejana a la boca y terminando por la más próxima. En 2013 fuimos mucho menos ordenados y acabamos la campaña en la zona más profunda, lo que nos obligaba a ir «saltando» sondeos para llegar a la zona de trabajo, en una absurda carrera de obstáculos que, en estas últimas jornadas, queremos evitarnos. Sobre todo porque el sitio en el que hemos elegido excavar para terminar está en un sitio un poco incómodo para el tránsito. Pero antes de plantear el último sondeo, había que terminar el anterior. Y en eso hemos ocupado parte de la mañana, con magros resultados. Apenas quedaba sedimento en el Sondeo 2 y lo único que quedaba por aparecer era un fragmento de cerámica y otra «bolita» de semillas carbonizadas. Limpieza, fotos y a otra cosa...

Helena y su solitario trozo de cerámica del Sondeo 2
Después de tres campañas agujereando los tramos de la galería aparentemente más interesantes y mejor conservados, hemos reservado para el final la zona menos prometedora. En principio teníamos previsto excavar aún más cerca de la boca, pero después de darle mucha vueltas nos conformamos con comprobar qué nos ofrece el yacimiento en un rincón que «asusta» un poco menos. Es el tramo de la galería en el que la actividad de los animales excavadores ha sido más intensa y podría haber zonas con más de un metro de sedimento removido. Demasiado trabajo para un resultado a priori de escaso interés. Porque si en otras zonas el yacimiento está algo «revuelto», aquí directamente está dado vuelta.

El director lo ha visto tan mal que ha decidido pasarse todo el día cribando fuera de la cueva. Menos un rato en el que la lluvia le ha obligado a refugiarse, el resto de la jornada ha sido un constante balanceo de cedazo. La cosa ha cundido y el vestíbulo está prácticamente despejado. Pero será por poco tiempo, ya que con la tierra que salga del nuevo Sondeo 8 seguro que vuelve a colapsarse de nuevo... De lo malo, malo, en la criba ha salido alguna cosa interesante. Sin ir más lejos, un estupendo fragmento de cerámica decorada muy de «estilo Riocueva», con ondas y líneas horizontales.

La criba se ha hecho un selfie...
Han sido Helena y nuestro amigo Borja Gómez-Bedia, que se perdió la campaña 2013 por lesión pero que no podía dejar pasar la oportunidad de «mover el paletín» este año, quienes han tenido el honor de hacer los primeros hallazgos en el Sondeo 8. Y de comprobar que es un terreno un tanto «especial». Buena parte de los objetos aparecen «hincados», indicio para cualquier arqueólogo avezado de que algo no va bien, y algunas de las cosas que aparecen no deberían de estar ahí. Lo más llamativo ha sido un gran fragmento de pelvis humana quemada, sobre todo porque no esperábamos encontrar huesos quemados tan al exterior de la galería. Pero aparece acompañado de un buril de sílex o de piezas dentales y huesos de herbívoros que posiblemente procedan de niveles prehistóricos, lo que está indicando que, tal y como suponíamos, el sedimento está muy removido.

Manos a la obra en el Sondeo 8
Mientras nosotros estábamos ocupados en nuestras «cosas de arqueólogos», Pablo seguía con sus «cosas de topógrafo». Esta vez tocaba trabajar con la estación total para referenciar las «dianas» de la fotogrametría. Ha tenido algunos problemas en las zonas más angostas de la cueva, ya que esos aparatos no están pensados para agujeros como el nuestro, pero aún así la cosa ha ido bien. Es un auténtico lujo contar con un profesional como él para las labores topográficas. No se puede hacer una idea de cuánto agradecemos su colaboración. Y no sólo porque me haya prestado una tarjeta para la cámara de fotos, que también.

Pablo y su estación luchando contra los elementos cavernosos
Hasta el próximo sábado no regresamos a la cueva. Allí nos estará esperando el Sondeo 8, del que sospecho que sólo hemos atisbado una parte ínfima de lo que nos tiene reservado. Y esta vez no lo digo para bien, aunque espero equivocarme...