5 feb. 2016

Riocueva 2015, sin mucho arte

El pasado domingo 22 de noviembre de 2015 hemos visitado de nuevo Riocueva, aunque esta vez lo hacíamos con un propósito distinto del habitual. La misión: revisar sus paredes en busca de evidencias de arte rupestre. Aunque por la cueva han pasado seguramente cientos de personas en los últimos 50 años y entre ellos algunos pares de ojos mucho más acostumbrados a ese tipo de manifestaciones que los nuestros, había dos motivos para dedicar aunque sólo fuese un rato a un último repaso. El primero, que nuestro colaborador Alfredo Prada había localizado en 2013 un disco rojo en las inmediaciones del Sondeo 4. Se lo hemos ido enseñando a todos los que saben algo de arte rupestre que han pasado después por la cueva y la opinión común es que tiene «buena pinta», de manera que había que tenerlo en cuenta. El segundo es que nuestro topógrafo Pablo Pérez había estado ocupando sus ratos de asueto aplicando filtros a las fotografías tomadas para realizar el levantamiento topográfico de la cueva y había localizado alguna que otra mancha «sospechosa». Dos buenas razones para volver a la cueva, sin duda...

Mancha de pigmento más conocida como «disco rojo» fotografiada en 2013 
Le dimos forma a un micro-proyecto que —esta vez sí— me tocó dirigir a mi, por aquello de cumplir con la normativa vigente, ya que el Proyecto Mauranus «de toda la vida» seguía en marcha en 2015. Aunque la excavación ha finalizado en 2014, continuamos con los estudios y análisis de materiales. Este año le ha tocado el turno a los carbones, ya habrá tiempo de contar cosas sobre los interesantísimos resultados. Como tampoco había mucho que rascar en esto del arte rupestre, le dedicamos un único día al trabajo de campo.

Verificando sobre el terreno la ubicación del «disco rojo»
Durante el otoño inusualmente cálido que hemos disfrutado en Cantabria, tuvimos la fortuna de elegir el único día del mes que llovió como en plena temporada de monzón asiático. No voy a profundizar en la hipótesis más verosímil, pero de todos es sabido que hay que gente que atrae a los rayos. Está por comprobar que haya gente que atraiga a la lluvia... y aquí lo dejo. La visita fue una especie de «cita doble», nuestro topógrafo no pudo venir por la mala climatología —lo que en el entorno de Riocueva era lluvia, donde el estaba era una respetable nevada— y el equipo quedó reducido a los codirectores y sus respectivas. Helena a estas alturas podría estar empadronada en la cueva pero Amaya no había tenido oportunidad todavía ni siquiera de acercarse a la boca. Quizá se estaba reservando para la gloria del arte rupestre, un tema de más categoría que los contextos sepulcrales de época visigoda ¡dónde va a parar!

El equipo rastrea las paredes de Riocueva a la caza de más arte
Lo cierto es que íbamos más o menos «a tiro hecho», de revisar las paredes palmo a palmo ya se había encargado Pablo mediante las fotografías y la restitución 3D. Es lo que tiene la tecnología ¡la cantidad de cosas que puede hacer uno desde el sofá de casa! Sólo teníamos que revisar media docena de rincones en los que el todopoderoso y cuasi-milagroso filtro DStretch había detectado «cosas». Nos dejamos las pestañas un buen rato sin demasiado éxito. En algunos casos se trataba de cambios en la coloración natural de la roca y en otros las manifestaciones gráficas tenían un aspecto bastante poco prehistórico. La única «anomalía» que tiene auténtico aspecto de arte rupestre es el disco rojo de Alfredo. Sobre el resto preferimos mantener máxima prudencia. Un balance pobre... pero es nuestro balance.

El filtro DStrecht en acción sobre las paredes de Riocueva 
No somos especialistas en la materia, de modo que si a alguien le interesa el asunto y quiere continuar con la exploración de las paredes de la cueva en busca de nuevas evidencias gráficas, adelante. Le cedemos el testigo. Nosotros nos conformamos con poner nuestro "puntito" en este asunto, sin mayores aspiraciones.



9 ene. 2016

La pérdida de las Hispanias (II)

Como anunciábamos en Junio del año pasado, entre los días 3 y 6 de Febrero tendrá lugar en Madrid el coloquio internacional "La Pérdida de las Hispanias: ideología poder y conflicto". Su programa definitivo es el siguiente:




Aunque todo su contenido es muy recomendable, me gustaría destacar la comunicación que presentarán el día 4, a las 10:40, de la mañana Leticia Tobalina y Alain Campo, titulada "La frecuentación de las cuevas en el Bajo Imperio, ¿lugares de refugio en periodos de inestabilidad?". Obviamente, por el tema que trata (el uso de las cuevas a inicios de la Tardoantigüedad), pero también (por qué no decirlo) porque Leticia es amiga y miembro del equipo de excavación de Riocueva. 


En primer plano, Leticia excavando en Riocueva en 2011


Hace pocos meses, ella, Alain Campo, Vincent Duménil y Benoit Pace han publicado un trabajo sobre un tema directamente relacionado con el de esa comunicación: el uso de las cuevas en época romana en Navarra. Y amenazan con seguir investigando ese mundo subterráneo tan apasionante como desagradecido, así que seguro que volveremos a tener (buenas) noticias suyas en breve. 

22 dic. 2015

Felices Fiestas






Os deseamos a todos unas Felices Fiestas y que el próximo año
 reparta igual o mejor fortuna que el que termina. 

Gracias por visitarnos y leernos un año más.

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José Ángel y Enrique
Proyecto Mauranus

18 dic. 2015

El broche damasquinado de la cueva de Las Penas

Hace años, al escribir la serie de entradas sobre los broches de cinturón de época visigoda con decoración damasquinada (aquí las partes 1, 2, 3 y 4), anuncié que los ejemplares de la Galería Inferior de La Garma y Las Penas tendrían sus respectivas entradas monográficas. El primero ya la tuvo hace tiempo, así que toca ahora hacer justicia con el segundo (y de paso devolver mis entradas en el blog a la senda de la arqueología tardoantigua y altomedieval e ir preparándome para lo que me espera a partir de Enero).

A estas alturas, el yacimiento de la cueva de Las Penas debería ser un clásico para el estudio de la época visigoda en el norte peninsular y más que de sobra conocido por quienes estén interesados en ese periodo de nuestra historia. La primera publicación de sus materiales (en la que tuve la suerte de participar junto a los responsables de la excavación, Mariano Luis Serna y Ángeles Valle) es de 2005 y desde entonces la cueva ha aparecido en unos cuantos trabajos más (y lo que le queda). Sin embargo, nunca está de más recordar, siquiera brevemente y a modo de introducción, dónde está, cómo es y qué ocultaba en su interior.

La cueva se localiza muy cerca del pueblo de Mortera (Piélagos, Cantabria), al pie de la ladera oriental de la sierra de Tolío o de La Picota. El acceso principal (existe otra boca, aún más pequeña, en un piso inferior) mide unos 60 cm de alto por 1 m de ancho y da acceso a una rampa estrecha y de techo muy bajo por la que hay que avanzar arrastrándose unos 15 m. Al final de esa rampa se inicia la galería principal, de unos 40 m de desarrollo y que termina en la "zona sepulcral", donde fueron depositados los cadáveres. Porque la cueva, por si alguien no lo sabe aún, fue usada con ese fin en algún (o algunos) momento (o momentos) entre mediados del siglo VII y casi todo el VIII (como certifican tanto las 5 dataciones absolutas realizadas hasta la fecha como las relativas, obtenidas a partir de la tipología de los objetos recuperados).


La entrada a la cueva de Las Penas

Los restos humanos, estudiados por Silvia Carnicero (a quien, por cierto, conocí excavando allí), corresponden a un número mínimo de 13 individuos, niños y adultos jóvenes, todos menores de 35 años. Junto a ellos se localizaban numerosos objetos de todo tipo y pelaje, en su mayor parte relacionados con la indumentaria y el adorno personal, las actividades domésticas y la vida cotidiana en general: broches de cinturón, anillos, pendientes, recipientes cerámicos, metálicos y de madera, granos de cereal carbonizadoinstrumentos textiles, un hacha barbada...

Silvia estudiando los restos humanos in situ


Más restos humanos, éstos en conexión anatómica

Nuestra interpretación del yacimiento es de sobra conocida y la hemos defendido en varios trabajos (y en alguna que otra entrada de este mismo blog), así que no me detendré en ella. Cierto es que en la primera publicación manejábamos otra distinta, aunque yo corregí mi postura no mucho tiempo después, como puede leerse en mi trabajo de fin de Máster. Y me he movido poco desde entonces, la verdad. En cualquier caso y para lo que nos ocupa ahora aquí, eso no tiene demasiada relevancia.

Sin duda, entre los numerosos materiales hallados (lo que da buena muestra de lo bien que se excavó, mérito de Alís y Ángeles y que es necesario recordar siempre que se tenga ocasión) lo más espectacular, por vistosas, son las guarniciones de cinturón: cinco broches completos y una hebilla suelta que forman uno de los conjuntos de este tipo más importantes recuperados en las últimas décadas en la Península.


Conjunto de broches de cinturón. Nótese que sólo ha sido restaurada la placa del medio



Conjunto de broches restaurados, tal y como se exponen en el MUPAC


Resumiendo mucho, se trata de broches que pertenecen, grosso modo, al tipo de los "liriformes" (ese "cajón de sastre" en el que metemos todos los que son de inspiración mediterráneo-bizantina y en el que, más allá de la clasificación tipocronológica de G. Ripoll, nos cuesta tanto entrar a poner orden) y que pueden fecharse sin problemas en los siglos VII-VIII. Los tres de la izquierda (en la última imagen) cuentan con numerosos y buenos paralelos en otras zonas de la Península. El cuarto, por el contrario, es de un tipo único hasta la fecha, lo que podría indicar una cronología algo posterior y/o un origen "regional" (o lo que es lo mismo, que se trate de una evolución "limitada" territorialmente y surgida a partir de modelos más extendidos). Y, finalmente, el que nos ocupa.

A diferencia de sus compañeros, este broche no es de bronce. O, mejor dicho, no lo era en principio, ya que no ha llegado a nosotros en su forma original, como también puede apreciarse en la foto: la hebilla y el hebijón, que sí son de la misma aleación de cobre que los demás, sustituyen a las originales (que se perdieron o rompieron en un momento indeterminado y, obviamente, anterior a la amortización definitiva de la pieza). Éstas serían de los mismos materiales que la placa, la parte del broche en la que nos vamos a centrar. Conviene recordar que la pieza no apareció como puede verse expuesta en el MUPAC. Muy al contrario, en el momento de su hallazgo la placa era poco menos que un bloque de hierro oxidado, hasta que la hábil y paciente labor de la restauradora Maribel García Mingo consiguió sacar a la luz lo que ocultaba bajo la gruesa capa de roña.



Broche antes de su restauración


Imagen de la placa durante el proceso de restauración


La placa, una vez restaurada

Y lo que había era una placa de hierro con decoración damasquinada a base de latón y plata. En un principio se pensó que el metal dorado era oro, debido a su excepcional estado de conservación, y así lo publicamos en 2005. Sin embargo, análisis metalográficos realizados tiempo después demostraron que, como es habitual en este tipo de producciones, se trataba en realidad de una aleación de cobre y zinc.


Resultados de dos de las "catas" realizadas en la pieza, en los que puede apreciarse la presencia de latón y plata

La técnica utilizada también es la usual en este tipo de broches: sobre una base de hierro se aplica una fina capa de latón en la que se recortan las siluetas de las figuras y motivos que se quieren representar, embutiéndose finos hilos de plata en los principales huecos. Así se consigue un bonito efecto policromado (trícromo, si es que el palabro existe) en el que se combinan el color oscuro del hierro, el dorado y el plateado. Siempre he pensado que la base de hierro de la placa tuvo que estar recubierta por una película de magnetita para evitar su oxidación (nadie quiere llevar un broche oxidado), tal y como se hacía durante la Edad del Hierro con algunas armas (para saber más sobre el tema, mirad este blog), aunque eso tendría que estudiarlo un experto. Además, hace unos años, una intervención rutinaria de mantenimiento por parte de Eva Pereda, la restauradora del MUPAC, permitió descubrir restos de un "baño" dorado en reverso de la placa, visibles en la zona de los apéndices de sujeción al cinto. Está pendiente un análisis metalográfico que permita estudiarlo en profundidad y empezar a saber algo más de una técnica, hasta donde yo sé, completamente desconocida hasta ahora en este tipo de objetos.



Restos del "baño" dorado en el reverso de la placa

En sentido estricto no se puede decir que nos encontremos ante una placa liriforme, aunque por comodidad lo hagamos. Realmente, se trata de una pieza en forma de U, aunque la manera en la que ha sido decorada, como veremos a continuación, nos haga pensar en un primer momento que tiene un extremo distal ultrasemicircular, aunque no sea así. Sus medidas, 11,7 cm de largo por 4.2 cm de ancho (y 0,47 cm de grosor) son las esperables en este tipo de objeto y lo sitúan en un término medio en cuanto a tamaño.


La placa

En cuanto a su decoración, se pueden distinguir claramente dos campos bien diferenciados: uno rectangular (partes proximal y mesial) y otro circular (extremo distal). En el primero encontramos representado un animal, apoyado en una especie de montículo y enfrentado a lo que parece un arboriforme. La ejecución del bicho no es demasiado realista, así que resulta complicado identificar la especie representada. Una de las posibles interpretaciones (y la primera manejada) lo relaciona con el Agnus Dei, el Cordero apocalíptico. O, en ese mismo sentido (considerando al animal un cordero o carnero), con la escena del sacrificio de Isaac. Siendo ambas completamente válidas, se me ocurre una tercera y que no recuerdo si he llegado a poner por escrito: que estemos ante la representación de un pasaje bíblico. Concretamente, del Salmo 79 que, en la versión de la Vulgata, dice así :


9 Vineam de Ægypto transtulisti :
ejecisti gentes, et plantasti eam.
10 Dux itineris fuisti in conspectu ejus ;
plantasti radices ejus, et implevit terram.
11 Operuit montes umbra ejus,
et arbusta ejus cedros Dei.
12 Extendit palmites suos usque ad mare,
et usque ad flumen propagines ejus.
13 Ut quid destruxisti maceriam ejus,
et vindemiant eam omnes qui prætergrediuntur viam ?
14 Exterminavit eam aper de silva,
et singularis ferus depastus est eam.


Y que en el salterio de Stuttgart, del siglo IX, fue representado de la siguiente manera: con un animal, un jabalí en este caso, afrontado (más bien cargándoselo) a un arboriforme, a la vid que representa al pueblo de Israel.



Ilustración a los versos 14-15 del Salmo 79 en el salterio de Stuttgart


Que este fuese el verdadero sentido de la escena podría verse ratificado por este otro ejemplar, bizantino (y conservado en el MET, donde lo han clasificado, erróneamente, como visigodo), con parecidos más que evidentes tanto con el de Las Penas como con la ilustración del Psalterio de Stuttgart; aunque su escena principal ha sido interpretada como una de las fábulas del Fisiólogo: la del ciervo y la serpiente. Interpretación que también podría ser válida (la cuarta) para la de nuestro ejemplar, por cierto.


Broche de cinturón bizantino del MET

Y el parecido con ese broche bizantino no se limita a la escena principal: también tiene una cruz (con monograma en su caso) inscrita en un círculo en el extremo distal. Y placa en forma forma de U. E incluso otros pequeños detalles lo relacionan con el de Las Penas, como las orlas con motivos de triángulos (rollo "dientes de lobo") que enmarcan la escena principal; presentes también, aunque camufladas, en nuestro ejemplar, como puede apreciarse en la siguiente imagen:



Orlas con motivos de dientes de lobo en la placa de Las Penas

Demasiadas coincidencias para que se trate de algo casual. Al contrario, todo apunta a que un broche bizantino muy similar a ése que hemos visto fue el modelo en el que se inspiró el orfebre hispano que creó el de Las Penas. Y otro tanto ocurrió con el resto de piezas damasquinadas peninsulares de época visigoda con motivos de animales, como creemos poder demostrar (y así lo trataremos de hacer en breve mi compañero doctor y yo). 

Como ya se ha adelantado, el segundo campo está decorado con una cruz griega inscrita en un círculo y rodeada de una orla. Se trata de una cruz ciertamente peculiar, tanto que casi puede decirse que son en realidad dos superpuestas (lo que demuestra la molestia que se tomó el artesano en resaltar este símbolo): una cruz patada o de Malta (la recortada en la chapa de latón) y otra potenzada, con potenzas en forma de media luna (la conseguida mediante la incrustación de hilos de plata). La primera es muy típica de estos momentos (ss. VII-VIII). La segunda, no tanto, aunque existen buenos ejemplos, algunos de ellos, como el de la imagen de abajo, en el mundo copto tardoantiguo y altomedieval.



Fragmento de cerámica conservado en el Museo Copto de El Cairo en el que se aprecian dos cruces similares a la de la Placa de Las Penas

Como ocurriera con el de la Galería Inferior de La Garma, resulta indudable que nos encontramos ante un broche de cinturón hispanovisigodo, de los siglos VII-VIII y que presenta una decoración inequívocamente cristiana: una escena que puede interpretarse de varias maneras, aunque todas ellas remiten a esa religión (el Antiguo Testamento, el Apocalipsis o "El Fisiólogo"), y una cruz inscrita en un círculo. Y de nuevo, esas características (un modelo que no desentonaría en cualquier otro punto de la Península o Septimania y unos motivos cristianos) parecen alejar el contexto en el que se recuperó (una cueva sepulcral) de ese más imaginado que razonado ambiente pagano en el que durante mucho tiempo se quiso hacer vivir a los cántabros del final de la Antigüedad y los inicios de la Alta Edad Media. En cuanto a su origen, hay que buscarlo en el mundo Mediterráneo, como ocurre con la mayor parte de la toréutica de los últimos siglos de la Hispania visigoda. En concreto y como ya hemos apuntado, en una serie de producciones bizantinas con unas características muy determinadas y que creemos son la clave para entender los porqués y los cómos de las peninsulares con decoración damasquinada. Aunque esa es una historia que será contada en otro lugar.

25 nov. 2015

Cartas desde el Medulio (1): Signa Militaria Cantabrorum

Un artículo de: Eduardo José Peralta Labrador

Desde la época de la denominada Transición Política se ha ido consolidando en nuestra tierra a nivel popular la creencia de que la bandera llamada “Lábaro cántabro” sería una antiquísima enseña que se remontaría a tiempos de los cántabros, confundiéndola con los motivos geométricos astrales de la estela discoidea de Barros adoptada como símbolo del escudo regional por los gobiernos autonómicos de aquellos años. ¿Pero cuál es el verdadero origen y antigüedad de dicha bandera? ¿Era una enseña nacional cántabra, como algunos piensan?

La asociación ADIC, principal impulsora del reconocimiento oficial de la llamativa y lograda bandera que comentamos, editó en 2007 un tríptico en el que dejaba bien claro que se trataba de una recreación actual puesto que desconocemos cómo era la enseña original de la Antigüedad, y allí diferenciaban perfectamente el estandarte Cantabrum del Labarum del emperador Constantino I. Me consta que gente cualificada como Jose Angel Hierro y Jesús Maroñas asesoraron dicha publicación informativa. El primero de ellos ha recopilado mucha información al respecto y el segundo preparó incluso un interesante trabajo no publicado sobre la cuestión. Como uno de los primeros defensores de esa bandera por su carga simbólica en mis años juveniles, vaya por delante que las líneas que siguen lo que pretenden es reunir los datos disponibles sobre el auténtico Cantabrum y dar respuesta a ciertas incursiones académicas en la materia.

Hace años traté parcialmente en mi tesis sobre el estandarte militar que las fuentes antiguas llamaban Cantabrum, tema del que también se han ocupado múltiples autores con mayor o menor acierto ya desde el siglo XVI. Hay también dos artículos recientes sobre dicha enseña, que son los de 2008 del inolvidable D. Joaquín González Echegaray, y de 2010 del profesor de la Universidad de Murcia Sabino Perea Yébenes. Por mi parte, retomo ahora el tema con algunos nuevos datos para matizar y ampliar lo que anteriormente dije al respecto en mi obra sobre los cántabros aprovechando la oportunidad que Chángel y Quique me brindan de dar a conocer lo que sigue en su blog Proyecto Mauranus, donde el primero de ellos acaba de publicar un riguroso primer trabajo sobre las banderas de Cantabria.

El estandarte llamado Cantabrum

Sabemos por dos autores latinos de finales del siglo II d.C. que existió en el ejército romano una enseña militar denominada Cantabrum, y no Lábaro. Se trata de Marco Minucio Félix (Dialogus Octavius) y de Quinto Florens Tertuliano (Ad Nationes y Apologeticum), apologistas cristianos de cuyas vidas trató en detalle D. Joaquín González Echegaray en su clarificador estudio sobre el cantabrum y el labarum. Ambos se refieren en sus  obras a la veneración y al culto que se rendía en los campamentos romanos a las enseñas militares, algunas cruciformes como los vexilos y los cántabros, que describen como paños adornados que pendían de un asta y un travesaño dorados. No dan más información sobre la forma o el color de esos paños colgados o en qué se diferenciaban unos de otros (¿por algún tipo de emblema o la forma de la tela?). Los textos de ambos autores lo que pretendían era hacer ver a los paganos que ellos también reverenciaban a la cruz inconscientemente al rendir culto a los estandartes militares cruciformes. Sus textos, para los que utilizo la precisa traducción de mi colega Jose Angel Hierro Gárate -que innumerables eruditadores informáticos le han copiado descaradamente sin citar- son los siguientes:

Tertulianus, Apologetycum, P. IV, C. XVI, 8
La religión de los romanos venera todos los signa militares, jura por ellos, los antepone a todos los dioses. Todas las imágenes colocadas en los signa son los collares de las cruces; las telas de los vexilla y de los cantabra son las vestiduras (stolae) de las cruces. Alabo [vuestro] celo: no quisisteis adorar a cruces desaliñadas y desnudas.
M. Minutius Felix, XXIX
Además ni rogamos ni veneramos a las cruces. Vosotros ciertamente, que divinizáis a dioses de madera, quizá adoráis cruces de madera como parte de vuestros dioses. Pues tanto los mismos signa, como los cantabra, como los vexilla de los campamentos, ¿qué otra cosa son sino cruces enriquecidas y adornadas?
Tertulianus, Ad Nationes, I, 12
Además, en los cantabra y vexilla, a los que la milicia guarda con no menor devoción, las telas son los vestidos de las cruces.
Otro testimonio que hay que asociar a los estandartes denominados cantabra es la mención en el Códice Teodosiano (siglo V d.C.) de los portadores de las enseñas militares y civiles en las ceremonias y procesiones imperiales, a los que se denomina vitutuarios, nemesiacos, signíferos y cantabrarios:

Codex Theodosianus 14.7.2 (3h), en De Collegiatis
Emperadores Honorio y Teodosio augustos a Liberio, prefecto del pretorio. De igual manera ordenamos que se retiren los miembros de las asociaciones de vitutuarios, nemisiacos, signíferos, cantabrarios y los miembros de los colegios de las diferentes ciudades.
Una inscripción votiva de Aquincum (Budapest), asentamiento militar romano de la provincia de Panonia, fue dedicada a Mars Gradivus (“El que marcha”, “El que precede al ejército en la batalla”) por Clodio Celsino, legado de la VII Legión Claudia y de las vexillationes de Moesia Inferior. En esa inscripción del pedestal sobre el que iba la escultura de Marte se conmemora la defensa por los soldados de los estandartes militares del emperador legítimo durante una revuelta en Aquincum, que tuvo lugar en alguno de los episodios de las usurpaciones que se produjeron a mediados del siglo III d.C., y se menciona que se trataba de las enseñas conocidas como vexilos y cántabros: [de vexillis et can]tabris. Presumiblemente la lucha habría tenido lugar en el mismo santuario del campamento donde se guardaban los estandartes militares. De la inscripción se han ocupado Gilbert Heuten, Péter Kovács y por último Sabino Perea.

Recientemente se ha propuesto añadir a esta serie de testimonios otra inscripción votiva de Panonia Superior. Fue encontrada en 1824 en Topusko (Croacia), pero actualmente está desaparecida y se considera falsa. Se interpretó como consagrada a una diosa Cantabria: CANTABRIA / SACR(um)/ CUSTO(des)/ EIVSDEN (“Monumento sagrado a Cantabria, sus guardianes”), lectura que dieron cuantos autores me precedieron y que yo mismo recogí haciendo alusión a las serias dudas existentes sobre la autenticidad de la pieza. Sobre ella Perea ha planteado una mueva lectura del epígrafe: CANTABRIS/ SACR(um)/ CUSTO(des)/ EIVSDEN, es decir “Consagrado a los (estandartes llamados) cántabros, sus centinelas”, lo que cuadraría bien con el culto a las enseñas militares y a su custodia en el santuario (aedes) existente en los principia (sede del mando de la unidad y centro administrativo y religioso) de todos los fuertes auxiliares o legionarios. Cabe objetar que la lectura de la primera línea que nos transmiten las publicaciones del siglo XIX claramente es Cantabria y no Cantabris, y que nada podemos concluir con seguridad sobre tan problemático e inencontrable epígrafe.

En la misma zona de Croacia (Colonia Flavia Siscia, actual Sisak) se acuñaron en época de Galieno (segunda mitad del siglo III d.C.) monedas con la leyenda IO CANTAB (Iovi Cantabrorum) en las que la divinidad aparece representada con atuendo militar, fulmen y cetro o báculo (no lanza o estandarte como creía Perea). Gilbert Heuten fue el primero en considerar ya desde 1937 que este dios pudo ser el numen de los estandartes llamados cantabra antes que un Júpiter adorado allí por soldados cántabros, interpretación asumida  y ampliada por Lawrence Okamura, para el que las acuñaciones de Siscia dedicadas a un marcial Júpiter de los cántabros (estandartes) serían en agradecimiento a la divinidad que había ayudado a las unidades portadoras de los cantabra (vexillationes) a defender los Balcanes de las invasiones bárbaras y de los usurpadores romanos. Ramón Teja recoge la interpretación de estos autores, pero Sabino Perea, que interpreta igualmente la leyenda monetal en el sentido de “Júpiter de los estandartes llamados cantabra”, olvida citar a todos los autores que plantearon esto antes que él.

Diploma militar de licenciamiento de época de Domiciano que cita a la Cohors II Cantabrorum destinada en Judea (Museo de Israel), signífero del Ala I Hispanorum con estandarte del que cuelgan peltas metálicas (Museum der Stadt, Worms) y moneda de Galieno acuñada en Siscia con la representación del Iovi Cantabrorum con atuendo militar, fulmen y cetro o báculo (Coinprojet.com).
Finalmente, aquejado Perea según todos los síntomas de un agudo ataque de cantabrofobia, remata su artículo con gruesas y rotundas afirmaciones que parecen haber sido la razón principal de su escrito: El estandarte cantabrum no tenía nada que ver con los cántabros, no existió una diosa Cantabria, los cántabros no fueron buenos soldados, su resistencia a Roma y su bravura son exageraciones, en Cantabria no hubo que dejar por ello guarniciones de control a diferencia de Asturia, los cántabros no tenían caballería ni apenas suministraron auxiliares por su escasa valía militar y nada tienen que ver con ellos la maniobras llamadas “cántabras” que adoptó la caballería romana (y si fue así entonces es anecdótico y carece de importancia), y las dos cohortes auxiliares cántabras conocidas sucumbieron en combate y sus nombres desaparecieron ignominiosamente (curiosas deducciones porque no conocemos la historia de dichas unidades).

Afirmar hoy en día que no hubo guarniciones romanas en Cantabria ni resistencia de los indígenas silenciando todos los campamentos romanos, asedios y castella sobre castros que se han descubierto y excavado en Cantabria, en el norte de Castilla y también en el territorio de los astures es un perfecto disparate y una deliberada tergiversación motivada por cuestiones ajenas a lo científico. Tan sólo una profunda ofuscación puede hacer “olvidar” también que muchos años después de la guerra tres legiones seguían acantonadas en el norte de Hispania para controlar a cántabros y astures (Estrabón, III, 3, 8. Tácito, Annales, IV, 5, 1), y que la IV Macedónica permaneció en el sur de Cantabria durante más de 60 años hasta su partida a Germania en el 43 d.C. Son realidades científicas tan incontrovertibles y sobre las que existe tan abundante bibliografía que no me detendré en ellas.

Los auxilia cántabros del ejército romano y los estandartes

Es perfectamente factible que el cantabrum se introdujese en el ejército romano del Danubio a través de las tropas auxiliares reclutadas en Cantabria, como ya consideró Gilbert Heuten en 1.937 al tratar del monumento de Aquincum. Desde el 49 a.C. los pompeyanos reclutaron tropas auxiliares irregulares de caballería y de infantería entre los cántabros y otros pueblos hispanos del norte (César, B.C., I. 39), pero la integración de los cántabros en las unidades del ejército regular lógicamente es posterior a la conquista de Cantabria. Se hizo remontar esas levas de unidades de cántabros a momentos tan tempranos como el inmediatamente posterior a la conquista de su territorio, cosa improbable porque para ingresar en las cohortes y alas auxiliares del ejército regular romano había que tener el estatuto de provinciales libres (peregrini), y en ese momento cántabros y astures carecían por completo del mismo por ser pueblos bárbaros no integrados en el Imperio. 

Si se tiene constancia por Estrabón (III, 3, 8) de la existencia de levas de cántabros del nacimiento del Ebro y de los territorios limítrofes desde tiempos de Tiberio (emperador entre los años 14 y 37 d.C.), ya mucho tiempo después de la guerra. Hasta nosotros han llegado también varios diplomas militares de época flavia de dos unidades de infantería reclutadas originalmente en Cantabria (se cree que una en época de Calígula/Claudio y otra en época de Vespasiano), aunque al licenciarse sus integrantes cántabros al finalizar su servicio militar terminarían por recibir reemplazos de soldados reclutados en otros lugares: la Cohors I Cantabrorum (destinada en la provincia danubiana de Moesia Inferior: Bulgaria y Serbia) y la Cohors II Cantabrorum (destinada en Judea).

A partir de la creación de las unidades auxiliares permanentes por Augusto, las provincias hispanas menos romanizadas (Tarraconense y Lusitania) aportaron numerosas cohortes peditatae quingenarias de infantería (480 hombres), así como cohortes equitatae (120 jinetes y 400 infantes) y alae de caballería (512 jinetes), unidades que incrementaban sus efectivos normalmente hasta el doble si eran miliarias. Dado que estos auxilia hispanos eran unidades regulares del ejército equipadas a la romana, en las representaciones funerarias de sus signíferos y portaestandartes se les ve ostentando armamento y enseñas de tipo romano. Este carácter romano de las enseñas de los auxiliares de infantería del siglo I d.C. nos indica que no es probable que el cantabrum llegase al ejército romano a través de estas cohortes del ejército regular.

Caso diferente es el de las alae y las turmae de caballería. Como señaló Yann Le Bohec, Europa suministró las tres cuartas partes de las unidades auxiliares permanentes, en especial la caballería pesada céltica, reclutada en primer lugar en la Tarraconense y en la Galia Lugdunense, después en Tracia y Panonia. En las alas de caballería se conservó mejor ese carácter étnico y esto se refleja en ocasiones en sus enseñas militares. No ha aparecido por el momento mención a ningún ala de caballería cántabra -a diferencia de las cuatro documentadas de los astures- pero es evidente que sólo conocemos una fracción de las unidades auxiliares que existieron en realidad. Tenemos además varias alas de caballería hispanas en las que bien pudieron quedar integrados jinetes cántabros con otros hispanos. De la preeminencia que tuvo la caballería entre los cántabros no hay duda no sólo por la importancia religiosa que tuvieron los équidos para ellos (sacrificios de caballos y bebida ritual de su sangre), sino por la existencia de élites ecuestres de tipo celtibérico en época prerromana (representadas por fíbulas de jinete y caballito y los signa equitum con doble cabeza de caballo), por la aparición de bocados de caballo y otros elementos de la caballería, por la noticia de los entrenamientos de sus tropas de caballería y de infantería (Estrabón, III, 3, 7), por las abundantes representaciones de jinetes y caballos en las estelas cantabrorromanas (especialmente entre los vadinienses pero también en otras zonas) y por la existencia entre ellos de concepciones mítico-religiosas como el héroe jinete y la heroización ecuestre. 

¿Pudo ser el cantabrum un estandarte que llegó  al ejército romano a través de los auxiliares de caballería del norte de Hispania? No disponemos de datos al respecto, pero lo que sí sabemos es que en el siglo II d.C. la caballería romana utilizaba maniobras hípicas de entrenamiento y de combate llamadas “cántabras”: el cantabricus densus (“cantábrico apiñado” o “cantábrico compacto”) (mencionado en la arenga al ejército del emperador Adriano en Lambaesis, Numidia) y la Κανταβρικὴ ἐπέλασις (“Embestida cántabra”, “Acometida cántabra”) o Κανταβρικὸς κύκλος (“Círculo cántabro”), también llamada cantabricus impetus o cantabricus circulus, forma de ataque en círculo que Arriano (Ars tactica, XL, 1-12) indica expresamente que era de origen cántabro: “En esto se realiza una carga cántabra, llamada así, en mi opinión, de los cántabros, de linaje ibérico, que de allí hicieron suya los romanos”. De esta maniobra, utilizada por la caballería auxiliar en las competiciones y exhibiciones de hippika gymnasia con lanzamiento de dardos, me ocupé en su momento y publiqué la primera traducción completa en castellano del texto de Arriano, hecha por mi padre el catedrático de griego Eduardo Peralta Ferrer, y reproducida después por Sabino Perea, que afirma que la saqué de las Fontes Hispaniae Antiquae cuando en realidad de allí lo que tomé fue el texto griego porque no había traducción en el volumen VIII de las Fontes de Roberto Grosse (págs. 295-296). También señalé el parecido de la “Acometida cántabra” con una maniobra de la caballería germana (Tácito, Germ., VI, 3-4), repitiéndolo Perea como de su cosecha.

La “Acometida cántabra” descrita por Arriano, reconstrucción de una competición de hippika gymnasia (Junkelmann, 1996) y estela de San Vicente de Toranzo con jinete arrojando dardos (Foto: E. Peralta).
Disponemos además en territorio cántabro de una confirmación arqueológica del combate a caballo con dardos arrojadizos característico de las anteriores maniobras cántabras adoptadas por la caballería romana. Se trata de la estela de San Vicente de Toranzo (Cantabria), monumento funerario fechable hacia el cambio de Era o en el siglo I d.C., en la que aparece representado el difunto heroizado como un jinete con un dardo en cada mano y en actitud de lanzarlos mientras galopa. Similar escena se ve en una estela celtíberorromana de Borobia (Soria).

Nationes y symmachiarios cántabros

El camino más probable por el que pudo llegar a introducirse el cantabrum entre los estandartes romanos habría sido otro: hubo un tipo diferente de auxiliares reclutados entre pueblos bárbaros o poco romanizados al menos desde época de Trajano (en la Columna Trajana aparecen germanos, jinetes mauros y sármatas y honderos equipados con su armamento nacional) y que se generalizaron en el siglo II d.C. Eran los llamados numeri, formados por unidades irregulares de symmacharios o nationes. Del reclutamiento de los primeros en el norte de Hispania sabemos por la lápida funeraria del astur Gaio Sulpicio Ursulo aparecida en Ujo (Mieres, Asturias), en la que se indica que su primer cargo militar fue como praefecto symmachiarorum asturum durante las guerras dacias de los siglos I-II d.C. Una unidad de setecientos cántabros a su vez es mencionada por el Pseudo-Hyginio (De munitionibus castrorum, 19, 29, 30 y 43) entre las otras nationes o symmacharios de britanos, dacios, gétulos y palmirenos –aliados eventuales habituales en los campamentos romanos del siglo II d.C.– todos los cuales tenían que recibir las órdenes oralmente (viva tessera) en su lengua autóctona (vocabulo suo) y no por escrito como el resto de las tropas, y que acampaban a su manera no romana tras la retentura rodeados de unidades romanas para tenerlos controlados. Como señala Maurice Lenoir en sus comentarios a la obra del Pseudo-Hyginio, con toda probabilidad conservaban sus armas y estandartes nacionales, sus técnicas de combate propias y posiblemente sus propios jefes.

Reconstrucción del campamento romano descrito por el Pseudo-Hyginio con los symmachiarios cántabros, según Lenoir (Pseudo-Hygin, 1979). Signífero de tropas irregulares bárbaras (numeri), posiblemente bátavo, con enseña con remate de toro (Grosvenor Museum de Chester). Estela de Ujo (Mieres) de Gaio Sulpicio Úrsulo, prefecto de una cohorte de symmachiarios astures (Museo Arqueológico de Asturias). 
Hay testimonios de que desde Adriano los numeri bárbaros llevaban sus estandartes y armas nacionales. Cada numerus de infantería tenía su signifer, cada numerus de caballería su imaginifer, y cada turmae de caballería en que se subdividía la anterior unidad su vexillarius. Y es a través de estas tropas de los numeri como las enseñas bárbaras entraron probablemente en el ejército romano, tal como señaló Reinach en su estudio sobre las enseñas militares romanas. Resulta sorprendente por ello que Sabino Perea considere acertadamente que el cantabrum era probablemente una enseña de estas tropas auxiliares irregulares de numeri, para luego negar cualquier relación de la misma con el único pueblo de los numeri que llevaba ese nombre: los cántabros.

Otra significativa diferencia respecto a los auxiliares regulares, tal como señala René Cagnat, era que los nuevos reemplazos para los numeri seguían reclutándose en los territorios originarios de la unidad y llevados desde allí hasta el acantonamiento de la misma. Para el caso de los cántabros estas tropas se reclutarían probablemente en las zonas más apartadas de su territorio. A este respecto sabemos por Estrabón (III, 3, 8) que en época de Tiberio las zonas accesibles de Cantabria controladas por los romanos habían recibido el influjo de la cultura de los conquistadores y que habían ido remitiendo sus costumbres y carácter guerrero (es de suponer que alrededor de Iuliobriga, los puertos costeros y en la parte meridional de la Cordillera), pero que en las zonas agrestes donde no llegaban las vías de comunicación ni la presencia romana los indígenas conservaban todavía sus duros modos de vida y sus hábitos guerreros (y por lo que hemos visto por el Pseudo-Hyginio también su lengua).

De todas formas seguimos sin saber cómo era el estandarte denominado cantabrum, que se asemejaría a algunos de los numerosos signa militaria capturados por los romanos entre los despojos de las batallas contra celtíberos y otros pueblos peninsulares durante la conquista de Hispania, como sabemos principalmente por Tito Livio (XXV, 33; XXXI, 49; XXXIV, 20; XXXIX, 31; XL, 32-33, 40, 48 y 50; XLI, 26; XXXI, 49, 7; XXXIX, 31). Los estudios de Jose Manuel Pastor Eixarch sobre las enseñas militares de los hispanos prerromanos recogen la existencia de diferentes tipo de enseñas: Además de los signa equitum rematados en prótomo de dos cabezas de caballo de Numancia y de otras partes, hay estandartes de caballería con remate de jabalí, de ave rapaz y de otros tipos representados en monedas de ciudades celtíberas. Existe igualmente una serie de interesantes denarios del cónsul Coelio Caldo (acuñados por su nieto en el 51 a.C.) en los que a ambos lados de la efigie de este personaje aparecen una enseña gala rematada en figura de jabalí y un vexilo que pende de un travesaño fijado horizontalmente a un asta con dos pequeños discos o faleras y remate muy alargado y puntiagudo; el paño, cuadrado y con un borde inferior con flecos, lleva inscrito HIS(panorum) para evidenciar que no es romano. En el reverso de las mismas monedas hay dos trofeos flanqueando un podio o mesa ornada, uno con armas hispanas y el otro con armas galo-germánicas, alusivos a las victorias de Coelio Caldo durante su pretura en la Hispania Citerior en 99 a.C. y contra galo-germanos (¿cimbrios y teutones?) en fecha desconocida. Entre los trofeos de armamento de los hispanos vencidos de las monedas de Caldo se ve también un escudo circular (caetra) con el emblema astral de cuatro segmentos curvos y circulitos que aparece en las estelas discoideas gigantes de Buelna y Piélagos, y que es muy similar al de los escudos indígenas de las monedas de Publio Carisio conmemorativas de sus campañas contra los astures como legado imperial de Augusto.



Monedas celtíberas de Sekaisa-Segeda con jinete que enarbola una enseña de caballería rematada en buitre o rapaz, moneda de Seteisken con enseña (NumisBids-Aureo & Calicó) y signum equitum de Numancia (Museo Numantino).

Estandartes y trofeos hispano-galos. Denarios del cónsul Coelius Caldus (Roma Numismatics Limited, Sunflower Foundation, Goldberg Coins and Collectibles, Sixbid.com).
El principal objetivo de este tipo de enseñas militares era guiar a las tropas en la batalla sirviéndolas como punto de referencia para mantener agrupadas a las diferentes formaciones y unidades durante el combate, utilizándose igualmente para transmitir las órdenes. Los vexilos de tela corresponderían teóricamente a la caballería, como ocurría en el ejército romano, aunque éste también tenía destacamentos de infantería de las legiones (vexillationes) que los utilizaban. Como constata Fernando Quesada en su estudio de las enseñas militares, las representaciones más antiguas de vexilos cuadrangulares son de la Persia aqueménida (siglos V-IV a.C.) y también los utilizaron los ejércitos griegos del período helenístico, adoptándolos el ejército romano ya antes de la época imperial. No se trataba de banderas de nacionalidad sino de estandartes militares o distintivos de los generales, y para la época y pueblos que nos interesan normalmente estaban asociados a divinidades de la guerra. Este carácter sacro de las enseñas militares, que entre los pueblos bárbaros tenían también un rasgo de emblema étnico tribal, está bien documentado entre galos y germanos (César, B.G., VII, 2. Plutarco, Marius, 23. Tácito, Germ., 7, 3), cuyas enseñas principales eran signa rematados en figura de jabalí u otro animal y vexilos similares a los romanos: Este tipo de enseñas aparecen en los trofeos del arco de Orange y en las monedas conmemorativas de las campañas de Druso en Germania, donde se ve un vexilo germano que encima del paño lleva un creciente lunar y remate en punta de lanza. De la carga mítico-religiosa que tenían los estandartes militares de los pueblos bárbaros es buen ejemplo el del draco con cabeza de lobo de los dacios, representativo de las fratrías iniciáticas guerreras y del nombre de los propios dacios (“lobos” o “semejantes a lobos”), tal como estudió Mircea Eliade. Alguna de estas enseñas bárbaras además fue adoptada por el ejército romano bajoimperial cuando se formaron unidades de catafractarios equipados como la caballería pesada acoraza de los sármatas y sasánidas, caso del estandarte llamado draco.

Vexilos persas decorados en moneda del sátrapa Autofradates y en moneda de Ionia (s. IV. A.C.) (CoinArchives.com). Vexilo romano del siglo II d.C. procedente de Egipto (Museo de Bellas Artes Pushkin de Moscú). Draco con cabeza de lobo y vexillum dacios de la Columna Trajana. Enseñas militares galo-germánicas de los trofeos del arco de Arausio (Orange).
Sobre los pueblos septentrionales de Hispania disponemos de una inscripción de Rairiz de Veiga (Orense) –estudiada por Blanca García Fernández-Albalat– que estaba dedicada por un destacamento militar al servicio de Roma a una divinidad guerrera galaica: “A Bandua, dios de los vexilos, socio de Marte”. Se trata de un dios vinculado a las cofradías guerreras de tipo indoeuropeo de los pueblos del Noroeste, y los auxilia que le dedicaron el ara probablemente conservaban su carácter étnico e irían mandados por sus propios jefes indígenas, y los vexilla asociados a un dios autóctono como Bandua serían los de las gentes reclutadas entre los pueblos del noroeste peninsular. Otro destacado testimonio sobre los pueblos del área cantábrica procede de Britania, concretamente del asentamiento militar de Bremenium (High Rochester, Northumberland), donde estuvo acantonada en el siglo III d.C. la Cohors I Fida Vardullorum Equitata Civium Romanorum. De esta localidad hay dos altares dedicados al Genio y a los estandartes de la unidad -y de los auxiliares exploradores bremenienses que la acompañaban como numeri- por los tribunos y el legado que la mandaron. Una de las aras va decorada con un creciente lunar, dos cruces gamadas y la representación del vexilo rectangular de la unidad, el cual ostenta como emblema un aspa cruzada en X.

Aras de la Cohors I Fida Vardullorum Equitata Civium Romanorum (High Rochester, Northumberland) dedicadas al genio y a las enseñas de la unidad: un Vexilo con aspa en X (Roman Inscriptions of Britain: Romans Inscriptions of Britain 1262 y 1263
Un emblema similar al vexilo de los várdulos (aspa cruzada dentro de un rectángulo) lo vemos en el remate de una estela vadiniense de Liegos (Burón, León), cuestión que Juan Manuel Sobremazas fue el primero en constatar. ¿Una representación de un cantabrum? No podemos saberlo con seguridad, pero en su día planteé la posibilidad de relacionar al cántabro con este tipo de enseñas del aspa cruzada. Existen monedas galas en las que aparece una divinidad dominando a un ser monstruoso: el héroe divino, probable representación del dios del rayo (Taranis) vencedor del monstruo serpentiforme, que enarbola un estandarte cuadrado con el símbolo galo de la X (tipo cruz de San Andrés), emblema que igual que la rueda, la svástica y la doble espiral entre los celtas simbolizaba a la potencia guerrera que representa el rayo, según Lefort des Ylouses. Y lo que nos interesa aquí es que Jean-Jacques Hatt planteó la relación de ese símbolo galo del aspa cruzada derivado de la rueda de Taranis con los orígenes del Labarum de Constantino I. ¿Pudo tener algo que ver con esa deidad gala de la tormenta el Júpiter Cántabro de las monedas de Galieno que se ha relacionado con el cantabrum?

El Lábaro de Constantino

¿Qué relación tuvieron estos estandartes galos, de la cohorte várdula y de la representación de la estela cántabra con el lábaro cristiano del emperador Constantino el Grande? Lábaro es palabra céltica de origen galo (labaros “hablador, sonoro”), pero por el momento nada permite relacionar claramente a ese nombre ni a ese estandarte con el cantabrum porque no sabemos cómo era este último, pese a las sospechas que en este sentido señalaba Reinach (p. 1322, n. 1). Como indicó D. Joaquín González Echegaray, el lábaro era probablemente una derivación del tradicional vexillum del dux del ejército. No parece que tenga que ver con el vexillum propio de la caballería, dentro del cual el cantabrum debía ser un tipo específico.

Si parece haber en cambio una relación entre el lábaro y los estandartes decorados con un aspa cruzada: El lábaro aparece representado en las monedas de Constantino I y de sus sucesores como emblema del emperador. Se distinguía de los demás estandartes militares tipo vexilo por llevar el emblema del Crismón (monograma de Cristo formado por las letras griegas X y P, primeras del nombre griego XPISTOS) en forma de remate superior metálico del astil dorado o bien bordado en oro en el paño púrpura con piedras preciosas que pendía del travesaño horizontal. De acuerdo a los testimonios de Lactancio (De mortibus persecutorum, 44) y de Eusebio de Cesaréa (Vita Constantini e Historia ecclesiastica), esta enseña imperial fue adoptada por Constantino antes de la batalla del Puente Milvio (312 d.C.) contra su rival Magencio tras tener una visión –en la Galia o la noche precedente a la batalla– que le anunció la victoria si adoptaba ese símbolo, por lo que hizo que sus soldados lo pintasen en los escudos. Venía a representar la adopción del cristianismo como nueva religión oficial (pese a que el emperador seguía siendo pagano en este momento). El Labarum no sería sino el vexillum imperial de color púrpura portado por los bucellarii (tropa de élite de la guardia a caballo del emperador) al que Constantino únicamente añadiría el Crismón dorado, de acuerdo a los estudios sobre esta enseña (Reinach, Rostovtzeff, Quesada, González Echegaray). 

Lábaros de Constantino I, Valentiniano I y Valente, y estandartes imperiales con aspa cruzada tipo cruz de San Andrés de Gordiano, Valentiniano I, Constantino II y Constantino III (CoinArchives).
El símbolo del Crismón elegido podría ser una cristianización de la rueda solar y de la tormenta del dios Taranis que el emperador habría visto en la Galia en el santuario de Grand, tal como planteó Hatt, autor que también señaló que la mayoría de las tropas de Constantino eran de origen galo. En todo caso, la relación del lábaro con la enseña tipo vexilo decorada con un aspa cruzada al modo de una Cruz de San Andrés está atestiguada en monedas de Graciano, Valentiniano I, Constantino II, Constantino III y Honorio en las que se ve al emperador sujetando dicho estandarte, mientras que en otras monedas de los mismos emperadores éstos empuñan un lábaro con el Crismón o ya con una cruz cristiana. 

Las descripciones del lábaro de que disponemos, que doy a continuación con las traducciones que me ha proporcionado Jose Angel Hierro Gárate, son las siguientes:

Eusebio (Vita Constantini, Lib. I)
Capítulo XXXI: descripción del estandarte de la Cruz, al que los Romanos ahora llaman “Labarum”. Ahora estaba hecho de la siguiente manera. Una larga lanza, revestida de oro, formaba la imagen de la cruz por medio de una barra transversal colocada sobre ella. En lo más alto del conjunto fue fijada una corona de oro y piedras preciosas; y dentro de ésta, el símbolo del nombre del Salvador, dos letras indicando el nombre de Cristo por medio de sus iniciales, la letra P cortada por la X en su centro: y estas letras [son las que] el Emperador tuvo costumbre de llevar en su casco en un período posterior. Del travesaño de la lanza estaba suspendido un paño, una prenda real, cubierta con un profuso bordado de las más brillantes piedras preciosas; y el cual, estando también ricamente entrelazado con oro, presentaba un nivel indescriptible de belleza al espectador. Este estandarte era de forma cuadrada, y el asta vertical, cuya parte de abajo era de gran longitud, sostenía un retrato dorado de medio cuerpo del pío Emperador y de sus hijos en su parte superior, bajo el trofeo de la cruz e inmediatamente encima del estandarte bordado.
Aurelius Prudentius (Contra Symmachum, Lib. I, 464-466)
(...) es necesario, Reina, que admitas de buen grado mis estandartes, en los que refulge la imagen de la cruz, hecha de piedras preciosas o de oro macizo y colocada en lo alto de las astas.
Aurelius Prudentius (Contra Symmachum, Lib. I, 486-487):
Cristo, tejido en oro resplandeciente, marcaba el Lábaro purpúreo.
La creación del “Lábaro cántabro”

La confusión moderna del cántabro con el lábaro es obra de numerosos eruditos ya desde el siglo XVI. En el capítulo XIX de su obra La Cantabria (1768) Enrique Flórez se ocupó de lo absurdo de esas elucubraciones que pretendían que el cántabro y el lábaro eran lo mismo, que el estandarte habría sido copiado nada menos que por el emperador Augusto, y que además llevaría representada supuestamente una cruz que ya se adoraba antes del cristianismo, cuestiones sin fundamento planteadas por los antiguos tratadistas a las que aludió igualmente D. Joaquín González Echegaray en su trabajo sobre el estandarte. Tales interpretaciones, plagadas de tergiversaciones y carentes de rigor, partieron principalmente de tratadistas del País Vasco que sostenían que los vascos eran los descendientes de los cántabros, y que situaban en su región el origen del estandarte que allí terminaría por identificarse en época moderna con la svástica de cuatro brazos con cabeza patada o engomada -símbolo tradicional del arte popular vasco documentado ya desde la Edad del Hierro en el poblado alavés de La Hoya- a la que pasó a denominarse Lauburu para así darle un origen vascuence al lábaro (haciéndole derivar del vasco lau “cuatro” y buru “cabezas”), cuestiones desmontadas por Amancio de Urriolabeitia en su trabajo sobre “El Lauburu”. A este respecto en el siglo XIX Aureliano Fernández Guerra también planteó en su obra Cantabria (1878) que el cantabrum habría llevado como emblema central el símbolo de la svástica o cruz gamada, representación del rayo.

La recreación del “Lábaro cántabro”, curiosamente, no es obra de los cantabristas modernos, sino de eruditos del siglo XVII y finalmente del Ejército Español. Debo estos datos a Chángel: a mediados del siglo XVII Rodrigo Méndez de Silva, escritor hispano-portugés judaizante que pasó por ciertos desagradables desencuentros con el Santo Oficio y prefirió un más confortable exilio italiano, ya sostenía en 1645 (Población General de España, p. 186) que el “Lábaro cántabro” tenía como emblema el aspa en X, considerando como la mayoría de los autores de su tiempo que los vizcaínos eran los descendientes de los cántabros y que el emperador Augusto les copió ese estandarte. Por su parte, en 1681 el sacerdote Francisco Sota (Crónica de los príncipes de Asturias y Cantabria, p.39) repitió la misma idea de que la “Cruz Cántabra” era el aspa en X que habría adoptado Augusto para su estandarte imperial llamado “Cántabra”, añadiendo otras pintorescas insensateces como que los cántabros adoraban a la cruz porque la Sibila les advirtió que así lo hiciesen, y que morían por ello en la fe del Cristo Venidero.

Tales interpretaciones encontraron eco porque cuando en 1715 se creó, a partir del “Tercio de Guipúzcoa”, el “Regimiento de Infantería Cantabria” éste recibió como emblema el aspa cruzada en negro sobre fondo blanco, al que se llamó “Lábaro cántabro”. La unidad lo ha paseado en sus banderas en todas las campañas y batallas en las que ha participado desde entonces. En el siglo XIX la “División Cántabra” de Porlier también utilizó una bandera similar en la guerra contra los franceses, y en la actualidad sigue siendo el emblema del “Batallón de Infantería Mecanizada Cantabria”.

La enseña del aspa en X derivada del “Lábaro cántabro” (según lo interpretaban algunos eruditos del siglo XVII) utilizada por el Regimiento de Cantabria desde principios del siglo XVIII en los extremos de la Cruz de Borgoña de sus banderas, al igual que por la División Cántabra de Porlier en el siglo XIX, y por unidades del actual Ejército Español como el Batallón de Infantería Mecanizada Cantabria.
Durante la transición política de mediados de los años 70 del siglo XX Luis Angel Montes de Neira, de la asociación Cantabria Unida, replanteó el tema recogiendo parte de las anteriores interpretaciones de diversos eruditos localistas y diseñó y difundió con notable éxito el moderno “Lábaro cántabro”. En él mezcló las noticias sobre los colores del Lábaro de Constantino, como los que le precedieron aplicó a su reconstrucción el nombre del pabellón imperial en vez de respetar el nombre original de cantabrum, estampó en un primer momento en él dos cenefas de cruces en los bordes del paño basándose en malas traducciones de los textos de Tertuliano y Minucio Félix, y finalmente colocó como motivo central el llamativo emblema astral de la estela funeraria de Barros, un símbolo realmente antiguo y singular de la epigrafía cantabrorromana pero que nada autoriza a asociar con el estandarte cántabro. Montes de Neira afirmaba además que el estandarte de tela de Cantabria era el más antiguo de este tipo del Mundo, lo que desmienten numerosos testimonios (vexilos persas y de otros pueblos).

De la simbología astral funeraria a la invención del Lábaro “autóctono”: Estela cantabrorromana de Barros (Foto: E. Peralta) y versión cántabra del lábaro-lábaru en la primera pegatina con la bandera diseñada por Luis Angel Montes de Neira en los años 70 del siglo XX, y versión vasca del Lauburu a partir de la svástica del arte popular y funerario.
La conclusión no puede ser más clara: Ni el auténtico estandarte cántabro se llamaba Lábaro, ni hay evidencia de que llevase el emblema astral de las espléndidas estelas funerarias cantabrorromanas de Barros, Zurita o Lombera, ni lamentablemente sabemos de qué colores o forma era. La bandera púrpura inapropiadamente denominada “Lábaro cántabro” es comprensible que pueda gustar estética y sentimentalmente a mucha gente joven legítimamente orgullosa del pasado de su tierra (como le pasó al que suscribe), pero no podemos olvidar que no deja de ser una invención contemporánea cuya gestación ellos no vivieron.

Lo que sí puede defenderse, como se ha visto, es que en el ejército romano existió al menos desde el siglo II d.C. un estandarte militar de tela llamado cantabrum relacionable en su origen con las unidades auxiliares cántabras reclutadas por Roma, especialmente con los numeri de nationes y symmachiarios de este origen, y que es incuestionable que la caballería romana utilizaba maniobras originarias de los cántabros y de otros pueblos como los galos. En cuanto al Lábaro imperial constantiniano éste tiene una estrecha relación con los vexilos del emblema del aspa cruzada, lo que nos lleva a plantearnos algunos interrogantes sin respuesta por el momento: ¿Acertaron de todas formas, pese a no haber aportado argumento racional ni dato coherente de ningún tipo, los inventivos tratadistas que lo identificaron con el aspa en X? ¿Tienen algo que ver con el Cantabrum las enseñas galas con la X y la rueda de Taranis que pudieron dar origen al Lábaro de Constantino? Parece que el numen del Cantabrum se niega a dejar de ondear y sigue eludiendo todas nuestras pesquisas.

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  • REINACH, A.J. (1877-1919): “Signa militaria”. Dictionnaire des antiquités grecques et romaines de C.H. Daremberg y Edm. Saglio, tom. 4, deuxième partie (R-S). Hachette, Paris: 1307-1325.
  • ROMAN INSCRIPTIONS OF BRITAIN: http://romaninscriptionsofbritain.org/inscriptions/1262http://romaninscriptionsofbritain.org/inscriptions/1263 (aras de la cohorte várdula).
  • ROSTOVTZEFF, M. (1942): “Vexillum and Victory”. The Journal of Roman Studies, 32, parts 1-2: 92-106.
  • SCHULTEN, A. (1937): Fontes Hispaniae Antiquae, IV. Las guerras de 154-72 a. de J.C. Librería Bosch, Barcelona.
  • SOUTHERN, P. (1989): “The Numeri of the Roman Imperial Army”. Britannia, 20. Londres: 81-140.
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  • URIOLABEITIA, A. (1981): “El Lauburu”. Cien vascos de proyección universal. La Gran Enciclopedia Vasca, Bilbao: 641-672.






26 oct. 2015

Mitos de la historia de Cantabria (2): banderas de nuestros padres

En estos momentos, en los que Cantabria está sumida en el que parece el último (por definitivo) capítulo de su particular "guerra de banderas" y a la espera de una colaboración de máximo nivel relacionada con ella en el blog, creo que ha llegado el momento de rescatar un tema que tenía en el cajón desde hace ya bastantes años. Y, de paso, resucitar aquella serie apenas iniciada sobre los mitos de la historia de Cantabria. En esta ocasión toca "meterse" con la bandera de la Comunidad Autónoma de Cantabria. Concretamente, con dos de los argumentos manejados para justificar su presunta existencia antes de 1845: su uso como pabellón naval a mediados del siglo XVIII y su presencia en la "Acción de Vargas", en 1833.

A modo de breve introducción, hay que señalar que, oficialmente, la bandera de Cantabria lo es porque sí. O al menos eso se desprende de lo que dice el artículo nº 3 de nuestro estatuto de Autonomía:

"La bandera propia de Cantabria es la formada por dos franjas horizontales de igual anchura, blanca la superior y roja la inferior"

Ni una alusión a su historia y al porqué de su elección como enseña de la Comunidad Autónoma. No sé si existe algún estudio o documento que la justifique y en el que se apoyasen los redactores del estatuto, pero yo no he conseguido averiguarlo. Así que he tenido que recurrir a otras fuentes, oficiosas si se quiere, para indagar en su origen.

Es un hecho cierto e incontrovertible que la bandera es la misma que se le adjudica a la Provincia Marítima de Santander en 1845. Según la Real Orden de 30 de Julio de ese año:

"Santander, bandera blanca y roja por mitad horizontal. Lo blanco superior"

Contraseñas de las Provincias Marítimas españolas de la Península y los territorios de ultramar en 1845 (imágenes tomadas de aquí)

Y también hay pocas dudas acerca de cómo, a partir de esa fecha, la enseña se populariza y va alcanzando reconocimiento (aunque está por ver, al menos para mí, cómo de grande fue esa aceptación fuera de la ciudad de Santander y cómo llegó a adoptarse como bandera de ésta última, no sé si perdiendo o no ese carácter provincial del que tampoco estoy seguro que llegara a gozar). Sin embargo, lo que nos interesa aquí y ahora es su historia anterior a esa fecha, si es que realmente la tiene. Y, en ese sentido, se puede decir que hay dos posiciones enfrentadas: la más aceptada, que encontramos reflejada en la entrada correspondiente de la Gran Enciclopedia de Cantabria y cuyos defensores más visibles fueron José Luis Casado Soto y Joaquín González Echegaray; y la "revisionista", abanderada (nunca mejor dicho) por ADIC.

La primera postura defiende la existencia de la bandera, como enseña naval, al menos desde mediados del siglo XVIII (existe incluso una versión "maximalista", que lleva sus orígenes hasta la Edad Media, aunque no la vamos a tener en cuenta aquí) y, por tanto, un siglo antes de la creación de la Provincia Marítima de Santander y de su bandera de contraseña.

Entrada de la Gran Enciclopedia de Cantabria relativa a la bandera autonómica y su historia

Como podemos leer en la imagen, el argumento sobre el que se sustenta esa afirmación sería la supuesta presencia de la bandera blanquirroja tanto en el Privilegio de la concesión del título de ciudad a Santander (1755) como en el cuadro de José Vallespín sobre la batalla de Vargas (1842). Según sus defensores, la contraseña otorgada a Santander en 1845, al contrario que las del resto de provincias, no sería una bandera elegida de forma aleatoria o creada ex novo, sino la plasmación oficial de una tradición anterior.

Desde ADIC, por contra, afirman que el origen de la bandera está únicamente en la Real Orden ya mencionada (y, en última instancia, en una de las de señales diseñadas por José de Mazarredo en el siglo XVIII, de las que se habría nutrido la Corona para elegir las contraseñas marítimas) y que la existencia anterior a ella de gallardetes rojiblancos en las naves cantábricas se explicaría por tratarse de los colores de la Corona de Castilla. Aceptan pues desde esa asociación la presencia de enseñas navales rojas y blancas en Cantabria antes de mediados del XIX (y dan por buena la del Privilegio de Fernando VI), aunque las desligan completamente de la bandera de la provincia marítima.


Imagen del tríptico editado por ADIC sobre el origen de la bandera de Cantabria (puede consultarse completo aquí)

Yo, por mi parte, voy a tratar de establecer dónde se puede situar el verdadero origen de la bandera de Cantabria, en el siglo XVIII o en 1845. Y para ello voy a analizar si está realmente presente en esos dos documentos gráficos ya citados (porque lo de 1845 no admite discusión, obviamente): el Privilegio de 1755 y el cuadro de Vallespín.

Como ya se ha dicho varias veces más arriba, el título de ciudad le fue concedido a la hasta entonces villa por el rey Fernando VI en 1755. Y en ese privilegio, que se conserva en el Archivo Municipal, está representado (de aquella manera: sólo hay que ver el mascarón de proa del navío, al más puro estilo vikingo) el escudo de Santander; de forma similar a como es ahora, aunque sin las cabezas de los mártires Emeterio y Celedonio. Según los defensores de una bandera rojiblanca anterior a 1845, en ese escudo aparece un gallardete con esos colores, adornando el barco que rompe las cadenas que bloqueaban el Guadalquivir. Sin embargo, un simple vistazo a la ilustración de marras demuestra que eso no es así. La embarcación está adornada con varias banderas rojas y en su palo más alto ondea, en efecto, un gallardetón de dos colores. El de abajo es rojo, de eso no cabe duda. Pero el de arriba no es blanco, sino amarillo, como puede comprobarse fácilmente comparándolo con las velas, que sí son blancas. En estas dos imágenes, por ejemplo:


Escudo de Santander presente en el privilegio de 1755 (tomado de aquí)

Detalle de la embarcación, con su gallardetón rojo y amarillo (imagen tomada de aquí)

A la vista de la ilustración, desconozco de dónde viene el error, sostenido y repetido constantemente cada vez que se trata este tema. Quizá de haber pensado que se trata de un efecto del paso del tiempo, que habría "amarilleado" el blanco (aunque insisto: el contraste con el blanco de las velas despeja cualquier duda en ese sentido). O de haber manejado una copia en blanco y negro del original. No se me ocurre ninguna otra explicación, la verdad.

Y tampoco sé como explicar ese enorme gallardetón rojo y amarillo en lo más alto del barco, aunque empiezo a alumbrar una sospecha: que sean precisamente esos dos colores los que sí tuvieron algún tipo de importancia y de significado para los cántabros de la segunda mitad del siglo XVIII (y algo más acá). ¿Por qué? Pues porque hay otra bandera montañesa en la que vuelven a aparecer poco más de medio siglo después. Concretamente, en la enseña de alguna de las unidades que lucharon contra los franceses entre 1808 y 1814. En ella, como puede apreciarse en la imagen de abajo, la cruz de San Andrés (motivo principal de las banderas de guerra españolas durante siglos) está formada por un brazo rojo y otro amarillo.

Bandera de una unidad cántabra que luchó en la Guerra de la Independencia (montaje a partir de foto e imagen tomadas de aquí y aquí, respectivamente)


Distintos autores la dan como perteneciente a alguno de los batallones o escuadrones que formaron parte de la División Cántabra de Díaz Porlier, aunque también podría tratarse de la bandera del Regimiento de Milicias de Laredo, que habría integrado el Ejército Cántabro en el momento del levantamiento contra el invasor (más detalles, aquí). Regimiento, por cierto, que se constituyó en 1763, lo que nos llevaría a una fecha muy cercana a la de la concesión del Privilegio. Puede que esa coincidencia de colores sea casual y puede que no. En cualquier caso, ahí queda.

Volviendo al tema, podemos descartar la ilustración del Privilegio como prueba de la existencia de la bandera a mediados del XVIII. ¿Habría otras? Pues, que yo sepa, no. Lo que sí hay, sin salir de esa centuria, es otro testimonio gráfico de primer orden de esa inexistencia: el cuadro de Mariano Ramón Sánchez del puerto de Santander (pintado por encargo de Carlos IV hacia 1793, dentro de una serie dedicada a los puertos más importantes de la España de la época). En él, una vista del muelle santanderino tomada desde la dársena interior (o"dársena chica"), aparecen varias embarcaciones de diverso tipo: pequeñas naves mercantes atracadas frente a las casas de la "nueva población" (el primer ensanche de Santander) y en la dársena exterior (o "Muelle de Naos"), aunque de estas últimas sólo sean visibles los mástiles; y un buque de guerra (una fragata o un navío de línea) que se aproxima a puerto desde el Este. Pues bien, en ninguna de esas naves ondea bandera rojiblanca alguna: los barcos de los comerciantes portan la correspondiente en sus proas y el de la armada la propia (la actual bandera de España). Y en todos ellos lo que podemos ver en lo alto de sus mástiles son grímpolas rojas o azules, nada más. Siendo, como es, una obra de gran detalle y pintada del natural (lo más parecido a una fotografía que podemos encontrar para esos momentos), creo que constituye una prueba bastante sólida de que los barcos de Santander, a finales del siglo XVIII, no portaban gallardetes rojiblancos.


Fragmento del cuadro de Mariano R. Sánchez del puerto de Santander

Detalle de los pequeños barcos mercantes atracados frente al ensanche

Detalle del buque de la armada que se aproxima a puerto

Detalle de los mástiles de los barcos atracados en el "Muelle de Naos"

Donde a mediados del siglo XVIII sí que contaban con bandera naval propia era en la vecina Vizcaya. En realidad, tenían dos: la que portaban los barcos del Señorío y la que ondeaba en los del Consulado de Bilbao. La primera, una cruz de Borgoña blanca sobre fondo rojo (aunque en algún álbum francés aparezca como roja sobre fondo azul). La segunda, la misma cruz, en rojo, sobre fondo blanco. En la siguiente ilustración, una pintura de Francisco Antonio Richter de la segunda mitad de esa centuria, podemos ver ambas (si es que la del Consulado no es, en realidad, una de un barco de la Armada de la época) en algunos de los barcos atracados o anclados en la ría bilbaína (incluso se puede ver otro que porta un curioso pabellón que, a primera vista, parece estar formado por una franja roja inferior y una blanca superior, del doble de anchura; aunque, si se amplía la imagen y se fija uno bien, parece que realmente existe una tercera banda arriba del todo, de un color que no alcanzo a distinguir).

Bilbao en la segunda mitad del siglo XVIII, por F. A. Richter (imagen tomada de aquí)

Resulta pues muy difícil admitir que, de haber existido realmente esa bandera naval rojiblanca montañesa anterior a 1845, se hubiera mantenido como contraseña de la Provincia Marítima de Santander mientras que a Bilbao se la hubiese privado del privilegio de conservar una de las dos que sí que se sabe a ciencia cierta que tuvo (y que no conservó, todo sea dicho). Aunque ni siquiera hay que llegar a hacer ese razonamiento, porque todo indica, como hemos visto, que esa enseña cántabra primigenia nunca existió.

Descartada esa primera prueba, toca saltar en el tiempo hasta la década de los años 30 del siglo XIX, y comprobar qué hay de cierto en la supuesta presencia de la bandera en el cuadro de José Vallespín que recrea la "Acción de Vargas", la batalla (más bien escaramuza, aunque de gran importancia para el desarrollo posterior de la contienda) en la que las tropas cristinas (formadas por voluntarios de Santander, carabineros y soldados del Regimiento Provincial de Laredo) derrotaron a una columna facciosa que avanzaba sobre la capital cántabra desde Sur al comienzo de la I Guerra Carlista (más detalles sobre la acción y sus consecuencias, en este artículo). La obra, que se conserva en el Ayuntamiento de Santander, refleja el momento culminante de la batalla, cuando las tropas liberales, con el río Pas a su espalda, rechazan el ataque carlista. Aunque Vallespín cuida mucho los detalles de las tropas involucradas en la "Acción", lo hace tomando como referencia un momento unos cuantos años posterior al del suceso (1833), por lo que, siendo serios, no puede tomarse como un reflejo veraz al cien por cien de lo sucedido (tanto es así que, ya en su época, el propio consistorio santanderino le encargó otro cuadro sobre el mismo tema que se ajustase más a la realidad de lo sucedido, para sustituir a éste, aunque el trabajo no llegó a concretarse). Pese a todo, hagamos como que lo es.


Fotografía, tomada de un libro cuyo nombre no conozco y que he cogido de aquí, del cuadro de José Vallespín sobre la "Acción de Vargas"

Basta un golpe de vista para darse cuenta de que lo que se cuenta sobre la presencia de la bandera en esta pintura no se corresponde con la realidad. Las tropas liberales no aparecen "atacando a los carlistas tras gallardetes rojiblancos". De hecho, ni unos ni otros portan banderas en la escena. Esos "gallardetes rojiblancos" son, en realidad, la banderola de la lanza de uno de los miembros del piquete de caballería voluntaria santanderina. Banderola que, en efecto, es blanca y roja, con el blanco arriba. ¿Se trata entonces de una enseña o simplemente del adorno de un arma? Sólo hay que desplazar la vista al extremo contrario del cuadro para salir de dudas. Allí, en la parte superior izquierda, se retrata la huida de la caballería facciosa, rechazada por las descargas de fusilería de los Cazadores de Laredo. Entre los jinetes que huyen, uno de ellos a pie tras haber dejado muerta su montura en el campo de batalla, hay tres lanceros. Y los tres portan lanzas con banderolas, idénticas a la que acabamos de ver en el lado contrario. La única diferencia podría ser el color de la banda superior, que podría ser amarilla en el caso de los carlistas, aunque no es descartable que también fuese blanca y aparezca difuminada por el humo. Por tanto y al igual que ocurriera con la ilustración del Privilegio, se puede descartar completamente la presencia de la bandera rojiblanca en este cuadro y, con ella, la de su presunto primer uso fuera del ámbito naval (ámbito éste en el que, como hemos visto antes, tampoco se utilizaba en esas fechas previas a 1845).


Detalle de los jinetes cristinos, donde se aprecia la lanza con banderola rojiblanca

Detalle de los jinetes carlistas que huyen, donde se aprecian las lanzas con banderolas

Detalle del jinete carlista que se retira a pie, con la lanza con banderola al hombro

Las lanzas con banderolas eran muy corrientes a principios del siglo XIX (y lo siguieron siendo a lo largo de toda la centuria y hasta inicios de la siguiente). Las utilizadas durante la I Guerra Carlista solían ser rojas y amarillas (las de los Lanceros de Navarra, por ejemplo) o, la mayor parte de las veces, blancas y rojas. Es cierto que, en casi todos los casos que he podido recopilar, la banda roja suele ser la superior y la blanca la inferior, aunque existen otros en los que la disposición es idéntica a la de la banderola del cuadro de Vallespín. Valgan como ejemplo las de los jinetes carlistas guipuzcoanos que podemos ver en la siguiente ilustración (con la banda de abajo roja y la de arriba blanca, como se deprende del cruce de la información que nos dan el grabado y sus propias ordenanzas de caballería, que mencionan una banderola "encarnada y blanca").


Lanceros guipuzcoanos en el "Album de las Tropas Carlistas del Norte" (imagen tomada de aquí)

Para terminar, conviene echar una ojeada a otra bandera, que no aparece en el cuadro de Vallespín pero que sí está directamente relacionada con la batalla de Vargas y que se conserva en el museo de la torre de la catedral de Santander. Se trata de la enseña del Batallón de la Milicia Nacional de esa ciudad, unidad heredera del Batallón de Vecinos Honrados que combatió en dicha "acción". No tengo muy claro si estuvo presente en la lucha o si es ligeramente posterior, pero lo que sí está fuera de toda duda es que perteneció a esa unidad y que en 1838 le fue concedida la corbata conmemorativa del "3 de Noviembre", para honrar su valor en el combate. Y, como puede observarse, no es blanca y roja ni está formada por dos franjas horizontales del mismo tamaño. Su rojo y su blanco son los de los cuarteles de las armas de Castilla y León que, coronadas por un muy liberal y revolucionario gorro frigio, constituyen su motivo principal.  Es decir, que la "bandera de Vargas", la de verdad, tampoco tiene nada que ver con la de la Provincia Marítima. Y, para acabar volviendo al principio y a la primera de las dos patas de este banco, hay que señalar que en sus cuatro esquinas presenta otros tantos escudos de la ciudad de Santander, con sus respectivos barcos, cabezas de mártires y torres con cadenas. Pues bien, en esas naves, bordadas con mucho detalle, podemos ver la bandera de la armada de entonces (la rojigualda, menos de una década después nacional) ondeando en popa y gallardetes rojos en lo alto de sus tres palos. Una vez más, sin rastro alguno de banderas rojiblancas.

Bandera del Batallón de la Milicia Nacional de Santander, a la izquierda

Detalle del motivo central de la bandera, con las armas de Castilla y León

Detalle de uno de los cuatro escudos de Santander de la bandera

Detalle de la corbata conmemorativa del 3 de Noviembre de 1833

En resumen, revisadas las presuntas pruebas de la presencia de la bandera de Cantabria antes de la creación de las provincias marítimas españolas y de sus correspondientes contraseñas, puede afirmarse que ninguna de las dos permite sostenerla. Al contrario y frente a lo afirmado por algunos autores, ni en el escudo de Santander presente en el Privilegio de Fernando VI ni en el cuadro sobre la batalla de Vargas hay banderas rojiblancas, lo que desmonta completamente la posición más extendida acerca de su origen. Otros elementos, como el cuadro de Mariano R. Sánchez del puerto de Santander a finales del siglo XVIII o la bandera del Batallón de la Milicia Nacional de Santander, no sólo no contradicen esa afirmación sino que constituyen nuevas evidencias de la inexistencia de esa bandera antes de mediados del siglo XIX. En realidad, esto no hace ni mejor ni peor a nuestra bandera autonómica, pero pone las cosas en su lugar y ayuda a establecer su verdadero origen: una creación específica (y sin ninguna tradición anterior) para la Provincia Marítima de Santander. Y su fecha de nacimiento: 1845. Más o menos lo que decían desde ADIC.