8/4/2014

La "estela" del dintel de la ermita de Santimamiñe (1): la "conexión cántabra"

Muy cerca de la mundialmente famosa cueva de Santimamiñe (Kortezubi, Bizkaia) se levanta una pequeña ermita con advocación a San Mamés. El templo, que es el que ha dado el nombre a la cueva (ya que "Santimamiñe" es como le llaman los paisanos, euscaldunes) es un edificio levantado en los siglos XV-XVI sin demasiado interés artístico o arquitectónico, más allá de algunos restos que conserva embutidos en el dintel de entrada y justo debajo de éste, en el suelo, y sobre los que volveré enseguida.

Imagen de la ermita de San Mamés, "Santimamiñe", en Kortezubi (tomada de aquí)

En el año 2007 comenzó una intervención arqueológica en la ermita y su entorno inmediato (Sánchez Rincón et alii, 2008) destinada a conocer tanto la evolución de la iglesia a lo largo del tiempo como a confirmar algunas referencias antiguas sobre la presencia de tumbas. Los resultados se cumplieron con creces, ya que se documentó la planta original de la iglesia (unos cuantos siglos anterior a la reforma de la Edad Moderna) y se comprobó la existencia de la necrópolis. Además, hubo sorpresa en forma de materiales tardoantiguos que confirmaban que aquélla tuvo una fase de época visigoda (siglo VI), concretamente un hacha de combate de hierro y un cuenco de bronce (ambos con buenos paralelos en Aldaieta, que es el referente obligado para este tipo de yacimientos).

Y aquí lo dejo, de momento.

Planta de la iglesia primitiva en un plano de la excavación del año 2007 (Sánchez Rincón et alii, 2008). Hacha de combate (sacada de aquí) y cuenco de bronce (tomado de acá)

Como avanzaba más arriba, en la fábrica actual de la ermita se localizan (ambos en el vano de acceso) dos fragmentos de piedra  con decoración que han sido interpretados, de forma mayoritaria, como restos de estelas funerarias (vid Arregi, G, 1994, por ejemplo). El situado en el suelo y que hace las veces de peldaño de acceso al interior, está decorado a base de segmentos de círculos que se entrecruzan y una cenefa de "dientes de lobo" tallados.

Fragmento de "estela" haciendo de peldaño en la entrada a la ermita (Foto sacada de aquí)

Mientras que el del dintel presenta una decoración más compleja, también con una orla perimetral a base de "dientes de lobo" y tres motivos circulares, todo ello tallado. El motivo central, de mayor tamaño y del que se conservan unos dos tercios, es un disco radiado con botón central y múltiples radios curvos dextrogiros. El de arriba a la derecha muestra un motivo similar, aunque más simple: un hexásquel también dextrogiro. Y, finalmente, en el tercero, muy incompleto, se aprecia la presencia de una gran cruz patada.

Fragmento de "estela" haciendo las veces de dintel en la puerta de acceso a la ermita (Foto sacada de aquí)

En su trabajo de 2002 sobre la configuración de la sociedad feudal en Vizcaya, I. García Camino menciona la existencia de lo que denomina "estelas funerarias" o "lápidas" en la ermita de Santimamiñe y expone los problemas de datación que presentan, debido a lo que considera variopintos orígenes de sus motivos decorativos (discos de radios curvos y dientes de lobo en estelas del siglo I, rosáceas en epígrafes de época romana y "semicírculos concéntricos" presentes en la iconografía franca de los siglos VI y VII) y a su posible larga perduración.

Volvamos en este punto a la necrópolis. 

El hallazgo del hacha y el cuenco, materiales fácilmente relacionables con la "facies Aldaieta" y el consiguiente influjo norpirenaico, no sólo confirmó la existencia de una fase tardoantigua de la necrópolis con las mismas características que otras de su entorno más o menos cercano (Finaga en la misma provincia, la propia Aldaieta, San Pelayo o San Martín de Dulantzi en Álava, entre otras), sino que también sirvió para volver a poner el foco sobre los fragmentos de "estelas". Siguiendo el camino marcado en Finaga/Arrigorriga (donde se relacionó la presencia de grandes estelas tabulares reutilizadas en los muros de las ermitas con los enterramientos con armas y objetos de influencia o procedencia franco-aquitana de la necrópolis), éstos fueron confirmados precisamente como eso, como fragmentos de estelas y, yendo un paso más allá, se les atribuyó una filiación norpirenaica. Como ejemplo más reciente, en el catálogo de la exposición "Vasconia, tierra intermedia" (Azkarate y García Camino, 2013) se puede leer lo siguiente acerca de este conjunto de estelas:

"Asociadas a algunas necrópolis vizcaínas (Finaga, Santimamiñe o Argiñeta) se conocen algunas estelas funerarias que ya fueron estudiadas por nosotros (Azkarate, García Camino, 1996). Se
caracterizan, en general, por ser bloques de morfología prismática o discoidal, de proporciones esbeltas y ejecución esmerada. Están decoradas con motivos, como dientes de sierra o espigas,
frecuentísimos y conocidos desde antiguo, junto a otros, como la cruz procesional, propios del repertorio iconográfico altomedieval. Pero el conjunto de los temas y, sobre todo, su articulación los aproxima más al contexto continental que al peninsular. En este sentido una de las semejanzas más significativas con los modelos norpirenaicos lo  constituyen los segmentos de círculo adosados a los rebordes incisos de las estelas, que tienen paralelos en varias cubiertas de sarcófago procedentes de las necrópolis tardoantiguas de Villers-Agron-Aiguisy (Aisne) o Chellers (Oise) o en los broches de cinturón aquitano del siglo VII que antes hemos visto. Pero tampoco podemos obviar la semejanza entre las peanas triangulares, las cadenas de ángulos o las orlas dentadas de las estelas vizcaínas con las de otras necrópolis continentales. No hay nada similar —ni de lejos— en el norte peninsular para estos siglos."

Por tanto, ya no parecía haber dudas al respecto: eran estelas, de tradición o influencia norpirenaica y, por tanto, relacionadas con los enterramientos del siglo VI que presentan ese mismo influjo cultural. Tengo que reconocer que todo parecía encajar a la perfección (iglesia y necrópolis, estelas y tumbas con ajuares) pero un hecho fortuito (protagonizado por la otra mitad del blog y que él contará aquí algún día si le apetece) hizo que volviese a mirar las imágenes  publicadas de Santimamiñe y todo empezó a chirriar. Primero, porque como se aprecia en la siguiente foto, el parecido con las demás estelas del grupo en el que se las ha incluido es nulo (puede consultarse un exhaustivo estudio sobre las estelas funerarias altomedievales del País Vasco, escrito por esos dos mismo autores, aquí).

Ejemplos de estelas consideradas como de tradición norpirenaica (imágenes tomadas de aquí)

Y segundo, porque al ver de nuevo la imagen del fragmento del dintel volví a tener esa (ya familiar) sensación de "esto yo ya lo he visto antes en otra parte". ¿En dónde? Pues en la iglesia de Santa María de Lebeña, en la comarca de Liébana, Cantabria.

Mapa con la localización de Santimamiñe y Lebeña

Esa iglesia, que es una auténtica joya del arte prerrománico (en su versión hasta hace poco calificada como "mozárabe", término que lleva ya varios años en discusión y que a mí no me gusta nada), parece que fue levantada en las primeras décadas del siglo X, según cuenta una tradición que tiene su origen en la propia Edad Media y se encuentra recogida en documentos del siglo XIII. La fecha de la décima centuria, aunque no es ni mucho menos segura, se corresponde bien con sus características arquitectónicas y con los elementos decorativos presentes en ella (modillones, capiteles, etc.), por lo que suele aceptarse sin más y no seré yo quien la ponga en duda hoy aquí.

Iglesia de Santa María de Lebeña

En su interior, bajo el retablo y formando parte de su base, se conserva una curiosa placa de piedra decorada. Es una pieza muy conocida en Cantabria, donde, a nivel popular, también ha sido (y es) considerada como una estela; e incluso se la ha relacionado con los ejemplares discoideos gigantes de los valles del Pas y del Besaya, cuando resulta evidente que no tiene nada que ver con ellos. Y es precisamente esta placa la que me dio el pie (y, si mi interpretación es correcta, también la clave) para esta historia. Para juzgar acerca de su parecido con el fragmento de presunta estela del dintel de la ermita de Santimamiñe, nada mejor que verla:

Placa decorada de la iglesia de Santa María de Lebeña (Foto cogida de aquí)

Existe un trabajo monográfico sobre esta pieza en el nº 1 de la revista Clavis, firmado por E. Campuzano (1996), del que tomo prestadas ahora algunas partes de su descripción (y que volveré a utilizar en la próxima entrada):

"Adosado al basamento de piedra del retablo mayor de la iglesia parroquial de Santa María de Lebeña (Liébana, Cantabria) hallamos un gran bloque de piedra arenisca, de forma prismática, de 173 cms. de largo en la parte superior, 162,5 de largo en la parte inferior y 103 cms. de altura, con un fondo de 20 cms.

Su parte frontal es contorneada por un listel o moldura plana de 2 cms. de resalte (salvo en la parte superior que ha sido eliminada) con respecto al campo, en el que se encuentran grabados y pintados algunos motivos decorativos de tipo geométrico que han dado ocasión a diversas interpretaciones sobre el significado y función de esta pieza.

(...)

El frontal alberga siete círculos grabados, rehundidos o pintados en la piedra (cuatro mayores en los ángulos, de 30 cms. de diámetro y dos menores, intermedios, de unos 19 cms. de diámetro) que se distribuyen simétricamente en toda la superficie a partir de un gran motivo central"

Dejaré la descripción (e interpretación) de cada círculo (y de la composición general) de la placa de Lebeña para la segunda parte de la serie y me centraré ahora únicamente en el parecido con el fragmento del dintel de Santimamiñe. Es cierto que, aunque el motivo central es idéntico, el ejemplar de Lebeña es más elaborado y cuenta con tres círculos más pequeños a cada lado en lugar de dos; y decorados de forma distinta a los de Santimamiñe. Pero también lo es que ambos se parecen demasiado como para no tener algún tipo de relación: un gran círculo radiado central y varios círculos menores a los lados, decorados con diversos motivos geométricos y/o de significado cristiano. Incluso una de las diferencias más marcadas, la aparente ausencia de los "dientes de lobo" en el ejemplar lebaniego, no es tal, gracias a la orla pintada conservada en su parte inferior (hay que fijarse, pero los "dientes de lobo" están). A partir de estas similitudes podemos proponer una reconstrucción de la placa (la llamaremos "placa" a partir de ahora) de Santimamiñe. Y esa reconstrucción, salida de las manos de E. Gutiérrez Cuenca ("Maur" o "Anus", como prefiera. Mmm, no sé por qué me temo que va a preferir ser el primero...) es ésta:


Sobre el carácter, la función, el contexto y la cronología de las placas de Lebeña y Santimamiñe trataré en la segunda y última entrada de esta serie. Creo haber podido demostrar (o, al menos, proponer de forma fundamentada) en ésta que ambas son la misma cosa. ¿Qué cosa? Si no queréis seguir el rastro de miguitas de pan que he ido dejando por el texto e investigarlo por vuestra cuenta, tendréis que esperar unos días. Ahora sólo avanzaré lo que creo que no son: estelas. Ni de filiación norpirenaica ni de ninguna otra. Y, en el caso vizcaíno, sin relación directa con los enterramientos "aldaietenses" de la necrópolis.

Para terminar, por ahora, volvamos a Vizcaya, aunque no a Kortezubi, sino a Iurrieta. Allí, en la iglesia de San Miguel se conserva lo que I. García Camino (2002) considera una estela tabular reutilizada y que presenta una decoración a base de motivos que, siempre según este autor, "pueden rastrearse sin dificultad en contextos norpirenaicos" (pese a lo cual, lo cierto es que se muestra más que prudente a la hora de fechar e interpretar la pieza y opta por no mojarse). Esa decoración tiene algunas cosas en común con la placa de Santimamiñe, como puede observarse en la fotografía:

Imagen de la "estela" de Iurreta (Fuente, García Camino, 2002)

Hay una orla dentada y dos grandes círculos, uno con una gran cruz patada y otro con múltiples radios curvos dextrogiros (más otro motivo cuadrangular). Pero su disposición es diferente (aquí los motivos parecen estar alineados) y también lo es el soporte, mucho más grueso y que se interpreta como una estela pero que bien podría ser un sillar. En cualquier caso, se trata de una pieza que habrá que tener en cuenta y que bien merecería un estudio más detallado.

Y aquí lo dejo. En breve, más.

Primera publicación sobre el Proyecto Mauranus, ya disponible



Ha tardado, llevábamos muchos meses esperando, pero ya está en la calle el último número de la revista Sautuola. Estamos contentos por dos razones. Por una lado, es gratificante comprobar que el proyecto editorial sigue adelante y que Cantabria sigue contando con su propia revista de arqueología, cosa que, tal y como está el panorama, es motivo de celebración. Por otro, en este último número publicamos un artículo con los primero resultados del Proyecto Mauranus.

Estos primeros resultados hacen referencia a la campaña de toma de muestras desarrollada en 2010 con el apoyo económico de la entonces Consejería de Cultura, Turismo y Deporte del Gobierno de Cantabria y de la que ya hemos hablado aquí en otras ocasiones. El objetivo de aquella actuación arqueológica era localizar alguna cueva sepulcral de época visigoda a la que pudiésemos «hincarle el diente» y lo cierto es que la encontramos... Gracias a las dataciones de Carbono 14 y de Termoluminiscencia pudimos comprobar que Riocueva había sido utilizada con fines funerarios desde el siglo VII y eso es que dio pie a que excavásemos allí en 2011 y 2013.

Como viene siendo habitual, nos gusta compartir con nuestros lectores todo lo que publicamos en cuanto lo recibimos. En esta ocasión, con más motivo.




 Se puede descargar aquí una versión en PDF del artículo:

 




2/4/2014

Mauranus se va de bares

Si hace poco menos de un mes anunciábamos aquí la primera Barferencia que se celebraba en Cantabria dentro del I Ciclo Internacional de Barferencias organizado por Era Cultura Extremadura, y del que Regio Cantabrorum ejerce en nuestra región como «franquicia», ahora nos toca el turno a nosotros. Presentaremos «Cantabria en época visigoda (siglos VI-VIII): una visión arqueológica», una disertación en dos actos en la que, entre otras cosas, daremos a conocer las últimas novedades de nuestras investigaciones.


No hay mucho que explicar sobre el asunto, la mecánica es sencilla. En lugar de usar un aburrido salón de actos, para motivar al personal, le soltamos la «charla» en un bar. Así, como el público se entretiene tomando una caña o un café, tiene la sensación de haber perdido menos el tiempo escuchándonos. En caso de extremo aburrimiento, el bar elegido dispone de futbolín. Lamentablemente, los fondos del proyecto no alcanzan para todo y cada asistente tendrá que abonar sus consumiciones. No es obligatorio tomar nada, pero nuestro anfitrión lo agradecerá.

Os esperamos el viernes 4 de abril a las 19:30 h en el bar Punto y Aparte, situado en la C/ Santa Lucía, 6 de Santander.






31/3/2014

Revisando los clásicos: Santa María de Retortillo (nunc Iuliobriga)

A este lugar de Retortillo, en el que se ha localizado desde el siglo XVIII la Iuliobriga de las fuentes clásicas, le hemos dedicado ya un par de entradas del blog dentro de la serie «Testimonios de época visigoda en Cantabria», en las que hablamos del broche liriforme y de la estela de Teudesinde. En esta ocasión vamos a referirnos a los restos que quedan aún hoy sobre el terreno de la gran necrópolis cuya excavación inició J. Carballo en 1940.

La necrópolis de Santa María de Retortillo en 1940 (Carballo, 1941).
Aunque el interés por dejar al descubierto los edificios de época romana ha motivado que se destruya la mayor parte de la necrópolis que se instaló justo encima, hay algunos puntos en los que han quedado muestras de su gran extensión y del tipo de tumbas que se utilizaron. Es difícil saber si lo que ha quedado se puede atribuir a época visigoda o corresponde a los siglos posteriores. Pero no cabe duda de que ambas etapas, que quizá se desarrollaron sin solución de continuidad, dieron lugar a una de las necrópolis con mayor extensión y, seguramente, con mayor número de tumbas, entre las que se conocen en la región.

Las flechas blancas señalan lugares en los que hay tumbas visibles al NW de la iglesia.
La flecha blanca señala el lugar donde se conservan tres tumbas al SW de la iglesia.
El punto de vista opuesto, la iglesia desde las tumbas del SW.
Siendo cautelosos en el cálculo, ocupaba una superficie aproximada de 1000 m2, una superficie similar, a la que se puede estimar para otros grandes cementerios de época visigoda y altomedieval de la región como El Conventón de Rebolledo, Santa María de Hito o Santa María Valverde. Eso es lo que podemos deducir de los restos que se conservan en la actualidad en los márgenes de la zona que se conoce como «Foro», al oeste de la iglesia románica, de los que asoman por debajo del actual cementerio y de los que se conservan al norte de la iglesia. Y lo mejor de todo es que, a pesar de que la excavación de J. Carballo y las demás realizadas en esta zona «levantaron» una buena parte de la necrópolis y nunca reflejaron los pormenores de la excavación en una memoria, sabemos que quedan tumbas sin tocar. Quizá algún día se excaven y podamos completar la visión difusa y entrecortada que tenemos de este yacimiento clave en la Tardoantigüedad de Cantabria.

Las flechas blancas indican los restos visibles, el punto amarillo el último lugar
donde se excavó parte de la necrópolis de época visigoda (Foto: Iberpix).
Sarcófagos conservados al norte de la iglesia.
Es una buena manera de ir calentando motores para la Barferencia del próximo viernes en la que hablaremos de esta necrópolis y de otros yacimientos arqueológicos de época visigoda de la región. ¿No os parece?

27/3/2014

La "Línea del Agüera" (1). Un parecido más que razonable

Empiezo con esta entrada, a modo de introducción, una serie de tres sobre la "Línea del Agüera", una segunda línea de contención planteada por los Republicanos en el frente oriental de la entonces Provincia de Santander, en 1937. Y lo hago con una de las cosas más curiosas y sorprendentes que me han pasado desde que empecé a interesarme por las fortificaciones de la Guerra Civil Española en Cantabria: la posibilidad de haber identificado una construcción (que sigue en pie y en bastante buen estado) representada en un cartel de propaganda del bando sublevado.

El cartel en cuestión es obra de Carlos Sáenz de Tejada (ver firma abajo a la derecha), uno de los más prolíficos dibujantes nacionalistas y un autor con un estilo muy, muy personal (que a mí siempre me ha dado una onda muy años 20) y que hace que sus ilustraciones sean inconfundibles. Yo lo descubrí (el cartel) hace ya unos cuantos meses (quizá más de un año, pero lo cierto es que, desde que llegó mi hija Lara, he perdido parcialmente la noción del tiempo transcurrido), gracias a Facebook. Hyfryd de Obregón lo puso en su muro con el siguiente comentario:

"Un cartel de la Guerra Civil. Un soldado nacionalista del frente de Santander ha capturado un puesto republicano con inscripciones "marxistas" que dicen Muerte a España y Viva Rusia"

Diego Pedrajo lo compartió y yo, en cuanto lo vi, lo identifiqué. Pero antes de adelantar acontecimientos, vamos con el cartel. Es éste:


La escena muestra a un soldado rebelde en el interior de un fortín enemigo recién capturado, donde todavía se ven algunas pertenencias de sus antiguos ocupantes. El toque propagandístico (aparte del desorden miliciano) lo ponen las dos pintadas que adornan la pared: un "viva Rusia", que sería perfectamente posible en un sitio como éste (la URSS era entonces el referente ineludible para muchos de los militantes de partidos y sindicatos de izquierdas); y un "muera España" completamente impostado (ni siquiera los nacionalistas vascos, importantes en este asunto como veremos, hacían pintadas semejantes entonces). Ambas sirven para mantener el tema del "rojoseparatismo" como "ideología" principal de los leales al gobierno del Frente Popular y, aunque aquí no son más que un tópico, tienen su importancia  para entender el contexto geográfico de la representación. Abundando en el tema y para terminar esta digresión "propagandística", conviene recordar que, como era habitual en este tipo de representaciones, lo que tenemos delante es una muestra de la lucha (victoriosa) de "la España auténtica" contra "la anti-España". El soldado (de uniforme), católico (con un "detente bala" con el Sagrado Corazón de Jesús en el pecho) y patriota (uniforme español y colores "nacionales" en el "detente") tomando una posición al enemigo, miliciano (lo del desorden), separatista ("Muera España") y al servicio del comunismo internacional ("Viva Rusia"). 

Volviendo al lío, en cuanto lo vi me dije (a mí y al mundo, porque también lo puse en Facebook, aunque no recuerdo cuándo ni dónde): "yo conozco ese sitio y he estado en él". Y, efectivamente, aquí está la prueba:


Es una foto del interior del fortín de Montealegre, en Sámano (Castro-Urdiales), la única posición blindada de la "Línea del Agüera" (línea que estuvo ocupada por batallones del Cuerpo de Ejército de Euzkadi, por eso la importancia de los nacionalistas vascos que mencionaba más arriba) y sobre la que escribiré en extenso en la última entrada de esta serie. 

Ahora sólo quiero llamar la atención sobre el enorme parecido existente entre el fortín del dibujo de Sáenz de Tejada y el de la fotografía, parecido que no puede ser casual y que, en mi opinión, sólo puede explicarse de una forma: porque son la misma cosa. O, mejor dicho, porque el dibujante utilizó como modelo para su composición la estructura de Montealegre, que quizá conoció a partir de alguna fotografía tomada por las tropas que lo ocuparon tras ser abandonado por sus defensores (o miembros de la brigada hispano-italiana "Frecce Nere" o, menos probable, de alguna de las Brigadas de Navarra que también operaron en ese frente). Esta última opción explicaría mejor las diferencias entre ambas imágenes, como el banco corrido o la cota a la que se sitúan las aspilleras, que se deberían al "espíritu artístico" del autor y que no se corresponden con la realidad. Por lo demás, detalles de la arquitectura interna del fortín, como la forma de los salientes laterales y del techo (y más teniendo en cuenta que se trata de una construcción "semi-rupestre", excavada y apoyada en roca), hacen que esté seguro al 99 % de esa identificación. Es cierto que los fortines de tipo "galería cubierta para tiradores", como éste, son relativamente corrientes en la zona oriental de Cantabria, sobre todo en el Primer Sector de la "Línea del Asón" (la otra línea de contención diseñada en 1937, situada algunos km al oeste de ésta); pero también lo es que el de Sámano presenta algunas características propias que lo diferencian de todos los demás y que coinciden casi completamente con las que muestra el dibujo de Sáenz de Tejada. Y como una imagen vale más que mil palabras, pongo dos (de los fortines de La Peña Blanca y Primosto, ambos en Treto, Bárcena de Cicero) para que se aprecien esas grandes diferencias y, de paso, ir terminando de escribir:



Nada que ver ni con la primera fotografía ni, por supuesto, con el dibujo. Y aquí lo dejo de momento. En la siguiente entrada de la serie contaré el porqué, el dónde y el cómo (hasta donde sé) de la "Línea del Agüera". Y, si queréis saber más sobre este fortín, que no llegó a utilizarse en combate pero inspiró un dibujo propagandístico del bando contrario al que lo construyó, en la tercera y última tendréis toda la información que yo manejo al respecto.

21/3/2014

Revisando los clásicos: San Esteban de Selaya

La misma excursión por el valle del Pisueña que nos llevó hace unos días a San Vicente de Lloreda —antes conocida como San Vicente de Esles—, nos hizo recalar en Selaya para visitar la ermita de San Esteban, donde, según las noticias que teníamos, se conservaban un par de estelas discoideas y unas tumbas de lajas. La ermita es un edificio de escaso interés arquitectónico bastante reformado. De hecho, fue consecuencia de una de estas reformas el hallazgo de algunos de los elementos mencionados.

Los primeros indicios sobre la presencia de un cementerio medieval en este lugar fueron recogidos por R. Bohigas en la década de 1980. En esa época, las dos estelas que se conservan en la ermita de San Esteban estaban en manos de un particular. Ahora están colocadas sobre unos ingeniosos soportes giratorios, que permite contemplar sin esfuerzo ambas caras, y ubicadas sobre el poyo del altar tridentino, flanqueando el retablo. Ambas tienen una forma y unas dimensiones similares, con un disco circular de gran tamaño y un pie de contorno irregular, no son demasiado gruesas y están bien conservadas, gracias a que han sido talladas en un piedra de grano fino y bastante dura.

Las dos estelas, una a cada lado del retablo
La más interesante de las dos estelas es la que está colocada a la derecha del retablo, ya que lleva una inscripción en una de sus caras, cosa poco frecuente en el repertorio regional de estelas. La inscripción ha sido leída como IHC ORBA/NO IACET, que en castellano sería algo así como «En Jesucristo, Orbano yace». En el anverso se ha representado una cruz procesional, con los brazos de igual tamaño y el arranque del astil. Las características formales del epígrafe, con caracteres propios de la escritura visigótica-mozárabe de los siglos VIII-XI, y la presencia de la cruz procesional, habitual en el arte prerrománico asturiano, son los principales argumentos empleados para situar la cronología de la estela en los siglos IX-X. El otro ejemplar, también decorado con sendas cruces procesionales, podría atribuirse a la misma cronología.

Estela discoidea con inscripción
Detalle de la inscripción
Anverso de la estela, con su cruz procesional
Las tumbas de lajas aparecieron durante una reforma realizada en el pórtico de la ermita. Se tenía noticia del hallazgo de tumbas en el entorno de la ermita, tanto al oeste como al norte, incluso en lugares distantes más de 100 m del actual edificio. Al reparar la solera del pórtico, una zona cubierta pero exterior del edificio, que actualmente se ha incorporado al mismo, aparecieron tres tumbas bien conservadas y restos de algunas más. Al parecer, conservaban restos humanos en su interior, pero estaban muy deteriorados.  El interés por dejar a la vista el testimonio del pasado remoto del barrio de San Esteban motivó la integración de las tumbas con una protección en el nuevo pavimento.

Bajo las rejas se conservan las tumbas
Entre los barrotes se ven más o menos las lajas
Detalle de la cabecera de una de las tumbas
Las tumbas se muestran vacías y sin cubierta, aunque aparecieron con las losas de las tapaban y rellenas de tierra. Las tres corresponden a individuos adultos, están conformadas con lajas finas y tienen «orejeras», bloques de piedra situados en la cabecera de la tumba para fijar la posición de la cabeza del difunto. La cuidada construcción de las tumbas y el hecho de que, si son ciertas todas las noticias, el cementerio ocupase una gran extensión, permiten suponer que se utilizó en la Alta Edad Media. La cronología propuesta para las estelas, en torno a los siglos IX-X, coincide a grandes rasgos con la que se podría deducir de las características del cementerio y las sepulturas.

18/3/2014

El "Monte de Vindoey" y algunas cosillas relacionadas

Hace ya varios años, cuando buscaba paralelos para la lanza de caza conservada en el MUPAC, me topé con un libro cuya existencia desconocía y que me sorprendió por varios motivos (algunos vienen al caso aquí, otros no): el "Libro de la Montería" de Alfonso XI, del siglo XIV. Lo cierto es que yo buscaba referencias a las armas de caza mayor medievales (si tenían ilustraciones, mucho mejor) y, en ese sentido, resultó un pequeño chasco. Sin embargo y a falta de lanzas con alerones parecidas a la del MUPAC, me topé con un enorme catálogo de toponimia (casi mejor, de oronimia) medieval del Reino de Castilla, con todo lo que eso implica. Como no podía ser de otra forma, me centré en la parte "que me toca", la de los distintos territorios cántabros, y allí, en donde se habla de Liébana, encontré este pasaje:

Fuente: Valverde, J. A. (2009): Anotaciones al Libro de la Montería del Rey Alfonso XI, Salamanca, p. 203

Y, claro, casi se me salen los ojos de las órbitas: ¿"Vindoey"? ¿Pone "Vindoey"? ¡Joder! ¡El Vindio! ¡El Monte Vindio de las Guerras Cántabras! "Vindius" en Floro, "Vinnius" en Orosio, "Ouindion" (transliterado del griego) en Ptolomeo. Del celta "Vindos" (blanco). Y ahora un "Vindoey" en un libro del siglo XIV. Y, además, entre Liébana y Pernía. Demasiado bonito para ser verdad. Pero también demasiado parecido para ser casualidad. 

Vayamos por partes. Por si alguien a estas alturas aún no lo sabe, el Monte Vindio aparece citado en los relatos de la Guerra Cantábrica de Augusto que hacen tanto Floro como Orosio, basados ambos en la obra perdida de Tito Livio. Lo que esos autores cuentan es que, tras perder su primera gran batalla campal ("bajo las murallas de Bergida/Vellica/Attica") contra el ejército romano comandado por el gobernador de la Tarraconense, Gayo Antistio Veto, los cántabros huyeron al Monte Vindio, inexpugnable por naturaleza y donde, según floro, pensaban que antes llegarían las aguas del mar que las tropas romanas; y donde también, en palabras de Orosio, perecieron de hambre en gran número, asediados por los invasores. Hasta la fecha no hay consenso entre los estudiosos del tema sobre la identificación del citado monte: podría tratarse de un monte determinado o podría ser la parte más abrupta de la Cordillera, así, en general. En beneficio de la primera interpretación estaría el asunto del "asedio" romano (es más fácil asediar un monte que un conjunto de ellos, aunque también hay ejemplos de esto último, como en alguna de las campañas contra los Salasos de los Alpes suroccidentales), mientras que un argumento de peso a favor de la segunda es que el "Ouindion oros" de Ptolomeo no es un punto concreto, sino la propia Cordillera Cantábrica al completo. Como tampoco es el sitio adecuado para profundizar más en el tema, os remito al libro en el que participamos en 2012, concretamente al segundo de los artículos que firmamos Enrique y yo con Rafa Bolado (en riguroso orden alfabético), donde tratamos del asunto con más detalle.

Eso en cuanto al Vindio de los textos. Por lo que toca a Peña Bistruey (el "Monte de Vindoey" del texto medieval), pego aquí lo que cuenta J. Urrutia en Mendikat.net, una magnífica página de montaña:

La Peña Bistruey o Astruya ( 2.002 m ) es una importante cumbre del sector de coordillera cantábrica comprendido entre el puerto de Piedrasluengas ( 1.347 m ) y el techo de la misma, Peña Prieta ( 2.538 m ), englobado dentro del Parque Natural de Fuentes Carrionas ( Palencia ). Sin embargo, no es demasiado frecuentada al existir otras cumbres mayores próximas: Peña Prieta ( 2.538 m ), Curavacas ( 2.525 m ), Espigüete ( 2.450 m ), estas dos últimas en territorio Palentino. También podemos citar el solitario Lezna ( 2.206 m ) o la Horca de Lores ( 2.021 m ) como ejemplos de cimas de la montaña Palentina muy desconocidas y más elevadas que el mismo Bistruey ( 2.002 m ) que se establece en la misma raya con Cantabria.

Desde la cumbre a levante se alzan los llamados Puertos de Pineda y los collados Secarro ( 1.732 m ) y Brañaseca ( 1.559 m ), enmarcadas por grandes pastos en equilibrio sobre las dos provincias. La vertiente Norte desciende hacia el valle de Valdeprado, uno de los que componen la comarca de La Liébana. Crían en estas laderas frondosos bosques de hayas.

También es de destacar el entorno de pitones calcáreos que rodean al Bistruey, como la Peña del Castro ( 1.326 m ), los monolitos que erizan la Peña Jinesta ( 1.662 m ), la cresta de Camponuera ( 1.708 m ) o la proa rocosa de la Peña Cigal ( 1.532 m )


Y llegados a este punto, toca hacerse algunas preguntas:

¿Es el orónimo "Vindoey" un recuerdo fosilizado del "Vindius" de las fuentes latinas o se trata de un error (o de una corrección cultista) de quien escribió el texto en el siglo XIV?

Si lo es, ¿es la Peña Bistruey el lugar (o el punto central de un territorio algo más amplio) al que se retiraron los Cántabros derrotados junto a Bérgida? ¿O se trata del recuerdo del nombre que le dieron los romanos a toda la Cordillera Cantábrica y que, por motivos que desconocemos, se mantuvo en ese lugar (y quizá en sus cercanías)?

Y, finalmente, ¿puede explicarse de alguna forma mínimamente convincente, filología en mano, el paso del "Vindoey" medieval al "Bistruey" actual?

Como no tengo las respuestas (de momento), las dejo ahí, por si alguien quiere intentar encontrarlas. Sin embargo, lo que sí tengo son algunos apuntes curiosos que hacer en relación a la cita y al entorno inmediato de ese "Monte de Vindoey". 

En primer lugar, la referencia en el pasaje al "Castiello de Dobros" (el castillo de Dobres), un emplazamiento en altura estudiado por Lino Mantecón y Javier Marcos (dan algunos datos sobre él en un magnífico trabajo que tienen sobre los castillos de Liébana), y que me hace pensar que podría seguir "en uso" en el siglo XIV, un momento bastante tardío en la vida de este tipo de fortalezas (imagino que, si estuviese abandonado, se refiriese a él como un lugar en ruinas o similar)

Planta del castillo de Dobres (Fuente: MARCOS y MANTECÓN, 2009)

Imagen de la peña donde se localizan los restos del castillo (Fotografía: Lino Mantecón)

También, un par de apuntes de toponimia-ficción, ya que no muy lejos de Peña Bistruey, unos 6 km hacia el este, nos encontramos con la Sierra de Albas y con el collado del Vistrio. Empezando por el final, si "Vindoey" ha terminado por convertirse en "Bistruey", ¿habremos de pensar que "Vistrio" viene de "Vindio"? Y, ¿tendrá algo que ver el "Albas" (supongo que de un Albus-a-um: "blanco", en latín) de la sierra con el hecho de que "Vindos", en celta, signifique precisamente "blanco"? Pues probablemente no. Y seguro que hay alguna explicación para todo ello que no pase por el Vindio de las guerras, pero, por si acaso, yo lo cuento aquí. En este punto es necesario recordar que Eutimio Martino (en Roma contra Cántabros y Astures. Aquí enlazo la edición más reciente, aunque yo he manejado la de 1982) ya señaló el posible origen del topónimo "Vendejo" (un pueblo situado muy cerca del collado del Vistrio, al norte) en un hipotético (y muy creíble, añado) "Vindelio", relacionado según este autor con el Vindio que nos ocupa aquí. 


Y para terminar, una primicia que no es tal, porque está publicada en una nota (no al pie, sino al final, porque ese fue el formato) de nuestro ya mencionado artículo sobre las Guerras Cántabras en el libro editado por ADIC que he citado (y enlazado) más arriba. En 2012 andaba yo mirando en la red ortofotos aéreas de la divisoria entre Liébana y Pernía, buscando las trincheras de la Guerra Civil que salpican las cumbres y marcan la línea del frente republicano, cuando me topé con lo que parecía una fortificación bastante más antigua. Se trata de una estructura lineal, de varios metros de anchura y muchos más de longitud, que cierra una ladera y domina un paso natural (y tradicional) hacia Liébana, concretamente a Caloca, situada a sus pies. Y que se localiza (y ahí viene la parte que cierra el círculo), ¡en el Collado del Vistrio! (otra casualidad, y van...). Comunicado el asunto a Patrimonio, en Septiembre de ese año visité el lugar con un arqueólogo de la Consejería y un colega palentino y pudimos comprobar dos cosas: que, efectivamente, parece una fortificación terrera de gran envergadura; y que la espesa vegetación que cubre la zona impide sacar ninguna conclusión clara acerca de su cronología o función. Sobre plano parecía que cerraba (cerraba es un decir, porque sólo parece haber terraplén en la cara que mira al paso de montaña) un recinto mucho más amplio, pero sobre el terreno se aprecia que la ladera es muy pindia y, por tanto, el espacio útil en su interior más reducido. 


A mí, personalmente, me recuerda mucho a las fortificaciones romanas de campaña (y con el ejemplo de la turris del Robadorio controlando el paso por San Glorio...), pero, siendo sinceros, tampoco existen elementos objetivos que permitan hacer esa identificación. También podría tratarse de una de esas defensas de época visigoda-asturiana que cierran los pasos de la Cordillera, aunque el hecho de que no corte el camino sino que lo controle desde un flaco lo aleja de su tipología. No me pega nada para algo de la Francesada (en Liébana hubo mucha actividad militar y guerrillera entonces) y mucho menos de las Guerras Carlistas (recordemos la expedición del Conde de Negrí, que llegó a Vendejo por ese paso) o de la Guerra Civil (el contraste entre el terraplén de la ladera y las trincheras en zig-zag de la cumbre es muy elocuente en ese sentido), aunque cosas más raras se han visto.

La estructura vista desde media ladera. Al fondo, Caloca

Y aquí lo dejo. Esta entrada es la prueba de que con un topónimo resultón, el entorno adecuado y unos restos intrigantes se puede construir todo un castillo de naipes histórico-arqueológico en dos tardes. Es muy probable que de todo lo contado en ella apenas pueda aprovecharse algo, pero ¿y si no es así?







14/3/2014

Revisando los clásicos: San Vicente de Esles

Aprovechando el buen tiempo que ha quedado después del paso de las innumerables “ciclogénesis explosivas” de este invierno por nuestra región, hemos salido a dar una vuelta por el valle del Pisueña tras las huellas de su pasado medieval.

En nuestro recorrido incluimos uno de los clásicos de esa pequeña Edad de Oro que la Arqueología Medieval de Cantabria vivió en las décadas de 1970 y 1980: la necrópolis medieval de la ermita de San Vicente Mártir en Lloreda (Santa María de Cayón), conocida también como San Vicente de Esles o San Vicente de Fistoles. Conviene remarcar que la ermita pertenece al término Lloreda y no al de Esles, donde la ubica, por ejemplo, el Inventario Arqueológico Regional o “Carta Arqueológica de Cantabria”. De hecho, la denominación San Vicente de Esles es la más común entre los arqueólogos al referirse a este lugar.

La necrópolis fue excavada en dos ocasiones durante este periodo: en 1975 bajo la dirección de M. A. García Guinea y en 1984 bajo la dirección de E. Van den Eynde, recogiéndose ambas campañas en un artículo publicado en 1985. Durante las actuaciones arqueológicas aparecieron 26 tumbas de lajas de adultos y niños, tres de ellas en el interior de la ermita, y los muros de un edificio. En realidad fue el interés por constatar la ubicación en este lugar del monasterio de San Vicente de Fistoles, mencionado en la documentación escrita del siglo IX, el verdadero motivo de las excavaciones. La aparición de la necrópolis medieval, como sucedió en otras excavaciones de la época, fue un “daño colateral” y se excavó con más o menos interés, ya que lo que se buscaba era otra cosa, sobre todo los edificios de los cenobios más antiguos de la región. Paradójicamente, se propone una cronología para la necrópolis que arranca en el siglo X y va hasta el siglo XIII, por lo que se descarta una relación entre los restos hallados y el monasterio documentado desde el 811. Lo cierto es que no hay ninguna razón de peso para sostener esta interpretación hoy en día y es probable que las tumbas de lajas más antiguas del conjunto puedan remontarse, al menos, al siglo IX.

Ermita de San Vicente Mártir
Si aceptamos la identificación propuesta por diversos historiadores, lo que hoy es una solitaria ermita en la cima de una loma fue, a comienzos del siglo IX, un prestigioso monasterio dúplice dedicado a “Sancti Vincenti et Santi Christofori”. El monasterio de  “Fistoles” tendrá, gracias al testamento del conde Gundesindo, gran influencia en buena parte de su entorno —Cabárceno, Sobarzo, Velo, Oruña, Liérganes...— y más allá, “foras monte in Castella”, tal y como recoge un documento del año 816 recogido en un cartulario del monasterio de Oña. De hecho, ha sido objeto de un estudio monográfico realizado por E. Botella Pombo, donde se pone de manifiesto su relevancia en el contexto socio-económico en el que se encuadraba.

Placa conmemorativa de la fundación del monasterio de San Vicente
Una placa conmemorativa colocada en la fachada de la ermita da fe de su pasado glorioso en la Edad Media. La placa funde información recogida en dos documentos: el de 811 referido a la donación realizada por Guduigia y Sesinando,  y el de 816 en el que el conde Gundesindo hace elección de sepultura y donaciones. Estos dos documentos y otro más del año 820 con menciones del monasterio de San Vicente, están en una copia del cartulario de Oña realizada en el siglo XI que se conserva nada menos que en San Petersburgo, ahí es nada. Los tres documentos han sido considerados como poco fiables, no completamente falsos, pero sí con datos interpolados, sobre todos los referidos a las personas que se mencionan. No obstante, son comúnmente admitidos y usados como auténticos, al margen de las reservas planteadas. Conviene hacer algunas matizaciones al contenido de la placa. En el año 811 se realizan donaciones, pero no se especifica que sea ese el momento en el que se erige o funda el monasterio, podría llevar algunos años funcionando. El nombre del obispo es Kintila en el documento de 811 y Quintila en el de 820, pero no “Quintilla”. Efectivamente, el conde Gundesindo se refiere al monasterio de San Vicente y San Cristóbal  como el lugar “ubi Corpus meum tumulare desidero” en el documento de 816, aunque sería discutible “que gobernaba estas tierras” en nombre de Alfonso II, ya que en ningún momento se define el dominio territorial concreto sobre el que ejercía su autoridad como conde. Controlaba algunas “villas” y algunos “monasterios” en esta zona de Cantabria, pero también tenía posesiones en el norte de Burgos y quizá en otros espacios geográficos.

Como suele suceder en algunos lugares de la región donde tiempo atrás se identificó o se excavó una necrópolis medieval, aún quedan restos visibles sobre el terreno. Escasos, pero significativos. En el caso que nos ocupa encontramos una tumba de lajas completa y aparentemente intacta sobre la que apoya el muro que circunda la ermita. Por el tamaño, quizá se trate de una tumba de un individuo infantil. Al este de esta tumba podría haber otra de la que sólo se ve una esquinita. Lo más llamativo del asunto es que en 1984 se hizo una excavación en esta zona y, según lo que se ve en la publicación, la tumba localizada no coincide con la que apareció aquí, ni en orientación, ni en su relación estratigráfica con el muro perimetral. Seguramente no serán las únicas que ocupen esta zona de lo que en la Alta Edad Media fue un extenso cementerio.

Referencia de la ubicación de la tumba de lajas 
La tumba de lajas en cuestión
Nos alegra encontrarnos con estos retazos que nos conectan a la vez con dos pasados: uno remoto, la Alta Edad Media, momento en el que el lugar se utilizó como cementerio, y otro próximo, esas excavaciones de hace 30 ó 40 años que empezaron a desvelar la complejidad y el interés de este tipo de restos arqueológicos.



10/3/2014

Riocueva 2013, episodio 21: proceso de selección

Seguimos quemando etapas en los "trabajos de laboratorio" pendientes de la campaña de excavación de Riocueva. No quiere decir esto que vayamos como un cohete, pero casi. En comparación con otros proyectos, se puede decir que prácticamente llevamos las tareas al día. Es justo señalar, en este caso, que el proceso no avanzaría con tanta fluidez si no fuese por la inestimable ayuda de Helena Paredes quien, cuando no está dedicada por completo a su nuevo proyecto profesional, va sacando adelante el asunto.

Helena en plena faena
La tarea que nos ocupa ahora es la selección. En algunos sitios llaman a esto "triar", pero yo desde jovencito lo he conocido como "seleccionar" y así me sigo refiriendo a la operación. Es una tarea simple que puede oscilar entre lo tedioso y lo apasionante, según inclinaciones personales, y consiste en recoger todos los elementos que quedan mezclados con el sedimento recogido en la flotación. ¿Cómo se hace? Bien simple... una vez que el sedimento está seco, se extiende sobre una bandeja de color blanco, para que nada distraiga, y con una pinza se van cogiendo los pequeños objetos que van apareciendo: trozos de huesos, pequeñas piezas como dientes o falanges, trozos de cerámica, fragmentos de carbón, semillas y, sobre todo, microfauna. Mucha microfauna. Es un procedimiento muy similar a cribar, sólo que en este caso se realiza con más calma, en mejores condiciones de visibilidad y cómodamente sentado. Por fortuna, ya que algunas muestras pueden tenerte retenido durante horas, muchas horas. De momento no ha aparecido ninguna cuenta de vidrio, que era una de las cosas que esperábamos encontrar. Eso quiere decir que no había muchas y que las que había las hemos recogido en la excavación o en la criba. Está mal decirlo, pero ¡bien por nosotros!

Un descanso en el proceso
Teniendo en cuenta que el material recuperado ofrece una visión bastante completa del contenido real de un sector de la excavación determinado que completa y matiza los datos de los hallazgos coordenados y de los de bolsa de nivel y criba, el esfuerzo merece la pena. Por poner un caso concreto, puede ser de gran ayuda en la cuestión de los huesos quemados. Tenemos bastante bien definida la zona en la que aparecen huesos quemados en la cueva y, gracias a las muestras seleccionada, se confirma que están localizados en lugares concretos, ya que hay varios sondeos donde no hay ni siquiera esquirlas de tamaño ínfimo con indicios de la acción del fuego. Con la recogida sistemática de fragmentos de carbón podemos hacernos una idea de su proporción en cada sector, para determinar si son más abundantes en las zonas con huesos quemados o no existe ninguna relación entre ambas categorías. Cruzando datos podemos entender mejor qué actividades se realizaron en la cueva y dónde se desarrollo cada actividad, con lo que tendremos una visión más completa del depósito sepulcral.

Pequeña muestra de la microfauna aparecida en uno de los sectores
Incluso la microfauna, aunque parezca insignificante y "circunstancial", puede aportar datos relevantes. Más allá de su valor como indicador climático, que en una época tan reciente puede resultar superfluo. Sin saber mucho del asunto, se aprecia una cierta desproporción entre roedores e insectívoros, siendo los primeros muchos más abundantes. También hay un desequilibrio entre unas y otras zonas de la cueva, sin perder de vista que la muestra más cercana está a unos 30 m de la boca. Curiosamente, en las zonas removidas por los animales cavadores hay menos cantidad de huesecitos y dientecitos que en zonas más intactas. En algunos casos la conservación es excepcional, recuperándose intactas piezas delicadas como vértebras o costillas. Seguramente algunos de los cientos de pequeños mamíferos de los que encontramos restos han entrado por sus propias patas, otros estaban en la boca o en el estómago de los carnívoros que han usado la cueva como madriguera y otros formaban parte de egragópilas regurgitadas por rapaces. ¿Quizá algunos de los que se aventuraron por su propia pata lo hicieron buscando los granos de panizo o mijo que tanto abundan en la cueva? En cualquier caso, nosotros cumplimos con nuestra parte del trato: recogemos los huesecitos, que aparecen por cientos. Lamentablemente, de momento no disponemos de un especialista para estudiar la microfauna y resolver las dudas de cómo, cuándo y por qué llegaron aquí los huesecitos dichosos. Quizá después de leer esto se anime alguien...


26/2/2014

736 días




Enfrascado en el análisis de las analíticas que van llegando de la campaña 2013 en Riocueva, en la redacción del informe preliminar e incluso a ratos en la tesis, había olvidado por completo que el día 20 de febrero cumplíamos dos años. El balance va ser breve, porque ya al finalizar el año hicimos un repaso de los que dio de sí el 2013.

Desde el pasado 20 de febrero de 2013 sólo hemos hecho 78 entradas. Sí, estamos bajando el ritmo, pero hacemos un esfuerzo por aumentar la calidad. En estos dos años hemos alcanzado casi las 60.000 páginas vistas y son más de 12.000 visitantes los que se han asomado a nuestro blog. Más o menos el triple que hace un año, lo que nos deja bastante satisfechos. Ha aumentado el número de visitantes nuevos frente a los que repiten, que siguen siendo más del 60%.

Como principal novedad, hemos contado con la participación de nuevos colaboradores que nos han contado sus peripecias en el XII Congreso de la Sociedad Española de Paleopatología celebrado en Cuenca, han compartido novedades sobre sus excavaciones o han contado historias casi de novela negra. ¡Gracias a los tres! Esperemos vuelvan a animarse más adelante.

En nuestro primer cumpleaños pedimos un deseo, tal y como estipula la convención social ampliamente aceptada. Aunque dicen los supersticiosos que expresarlo en voz alta puede suponer que el deseo no se cumpla, no ha sido el caso. Deseábamos excavar en Riocueva y así ha sido. ¿Qué pedimos esta vez? Como podría resultar peligroso tentar a la suerte otra vez, esta vez el deseo es secreto... Ya os contaremos dentro de un año si se ha cumplido o no.

21/2/2014

Los anillos de Santa María de Hito revis(it)ados

Uno de nuestros artículos que más "éxito" ha tenido en los círculos académicos es el que dedicamos en 2009 a los anillos con inscripción de Santa María de Hito, publicado por la revista Pyrenae. No en vano, logró colocarse en el Top 30 de 2010 como el cuarto artículo más consultado de la revista y en 2011 conservaba aún un lugar de honor, desplazado ya hasta el puesto 24. Siempre es halagador que te lean, que te citen y que tengan en cuenta tu trabajo.

El Top 30 de 2010, con nuestro artículo en los puestos de cabeza
Como la epigrafía es un campo que no es nuestra especialidad, esperábamos que tarde o temprano alguien propusiese una lectura diferente a la que habíamos ofrecido en la publicación. Lo cierto es que, quizá con cierto ánimo provocador, que alguien revise nuestras lecturas o nuestras interpretaciones es una de las motivaciones que nos empuja a trabajar en determinados temas. Este caso es un ejemplo claro. Los anillos estaban ahí, llevaban más de 20 años en el museo, y los únicos intentos de interpretar sus inscripciones habían sido las de la directora de la excavación en Santa María de Hito en sus memorias inéditas. Sus lecturas no nos acababan de convencer del todo y propusimos las nuestras, conscientes de que podían ser tan discutibles como las que a nosotros no nos parecían las mejores. Por refrescar la memoria, para el anillo signatario de oro propusimos como lectura más probable de la inscripción S/P/I/NV/S reflejadas, formando un monograma cruciforme correspondiente a un antropónimo de origen latino (Sempronius, Spinus). Para el anillo de plata, propusimos como lectura más probable de la inscripción + CED/ABGO/LAN, esta vez dispuestas para ser leídas, interpretándola como una probable invocación protectora (Cristo Señor, aleja toda enfermedad, Cristo Señor, aleja las enfermedades), aunque también se propone la interpretación menos probable + CE(le)D(onius) AB(ba) GOLAN (Anillo del glorioso abad Celedonio).

Los anillos con inscripción de Santa María de Hito
De momento se han publicado dos reseñas críticas de nuestras lecturas, ambas realizadas por especialistas en epigrafía. La primera se la debemos a Isabel Velázquez Soriano (UCM), quien recoge en el volumen Hispania Epigraphica 18 (2012) pp. 68-70, lo siguiente:
110-111. E. GUTIÉRREZ CUENCA – J. A. HIERRO GÁRATE, 2009.
Primera edición de dos anillos visigodos encontrados en los años ochenta durante las excavaciones de la necrópolis de Santa María de Hito.

110. E. GUTIÉRREZ CUENCA – J. A. HIERRO GÁRATE, 2009, 154-159, nº 1, fig. 3 y 4. Anillo de oro, posiblemente sello, con un monograma cruciforme, compuesto por una cruz griega, con las letras del nombre de su portador en cada uno de sus brazos. El chatón tiene forma octogonal, con las aristas redondeadas. Medidas: 1,85 cm diámetro. Se encontró en 1981 en el contexto de la tercera campaña de excavaciones en el yacimiento arqueológico de Santa María de Hito, cuadro F-4. Se conserva depositado en el Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria.

SPNS

(...)

111. E. GUTIÉRREZ CUENCA – J. A. HIERRO GÁRATE, 2009, 159-164, nº 2, fig. 7. Anillo de plata con evidencias de aleación con cobre. Está formado por un aro de sección circular de 2 mm de espesor y un chatón circular, soldado a aquél, con un diámetro de 13 mm y un grosor de 1,3 mm. Los extremos del disco, en la parte central que toca con el aro, estaban decorados, en origen, con sendos pares de pequeñas esferas de 4 mm de diámetro del mismo metal que el anillo, de las que una –la superior de la parte izquierda, según se mira de frente– se ha perdido Medidas: 2,5 cm de diámetro. Se encontró en 1982 en el contexto de la cuarta campaña de excavaciones en el yacimiento arqueológico de Santa María de Hito. Se conserva depositado en el Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria.

(crux) CEDO / ABG /3LAN

(...)

Difícil cualquiera de las dos hipótesis, pues ambas se distancian bastante de los tipos habituales de monogramas y textos que aparecen en este tipo de soportes, pero no descartables. El otro anillo estudiado por los autores en su trabajo (vid. supra nº 110 ) resulta más sencillo y usual, aunque, como indican los autores, puede interpretarse también de varias formas, pero sí cabe suponer que se trata del nombre del propietario. En cuanto a éste, de las dos hipótesis presentadas, a pesar de que sería más sencilla, en principio, la segunda por tratarse del nombre del propietario, parece forzado entender Celedonii a partir de CEDO y más aún que se trate de un AB(batis)  que se denomine a sí mismo GL(oriosi). Habrá que reflexionar quizá más en profundidad sobre el texto, pero el trabajo de los autores merece atención y ofrece puntos de gran interés.
En esta reseña se respetan las transcripciones realizadas para ambas piezas y se admite el carácter antroponímico propuesto para la inscripción del anillo de oro, mientras que se muestran más dudas sobre la lectura del otro anillo. Sin embargo, la segunda de las reseñas se muestra mucho menos complaciente con nuestro trabajo. Nos referimos a la publicada por Helena Gimeno Pascual (UAH) en Sylloge Epigraphica Barcinonensis X (2012) dentro del artículo "Ad hominum luxuriem facta: inscripciones de Hispania en objetos de lujo. I. Anillos de oro y plata" p. 223-225:
34. Anillo de oro. Diám. 1,85. Letras:  0, 06/ 0, 03 cm. Hallado en la campaña de excavaciones, realizada en  1981 en Santa María del Hito (Valderredible, Cantabria) en un amontonamiento de siete esqueletos, tiene un crismón en el chatón. El trazo vertical de la cruz es una RO; en los extremos del trazo horizontal dos S aparentemente y en el extremo inferior de la RO una A o N. Se conserva en el Museo de Arqueología y Prehistoria de Cantabria.

(Christus)


E. GUTIÉRREZ CUENCA. "Dos anillos con inscripción procedentes de Santa María del Hito", en Pyrenae 40, 1,  2009, p. 153, fig. 3.
  Así fue también interpretado por la directora de la excavación R. Gimeno. Sin embargo no es imposible que las dos S sean Alfa y Omega o que una sea S y que la A del extremo inferior fuera la letra alfa.
  Gutiérrez intrepreta que hay que entender un nombre: o está contenido en las que son de mayor tamaño, y podría ser S(emproniu)s o si todas las letras pertenecenal nombre, entonces sería Spinus. Se fecha en el siglo VI o VII.

 35. Anillo de plata con aleación de cobre con bola en los extremos del aro. Diám.  2, 5 cm. Letras:  0, 6/ 0, 2 cm. Presenta una cruz con una serie de letras a su lado derecho algunas identificables —aparentemente— como EDOBCIN. Se desconoce el lugar exacto en el que fue hallado en la campa.a de excavaciones, realizada en 1981 en Santa Mar.a del Hito (Valderredible, Cantabria). Se conserva en el Museo de Arqueología y Pehistoria de Cantabria.

GUTIÉRREZ, "Dos anillos…", cit., p.  153, fig.  3.
  No nos atrevemos a realizar ninguna propuesta. Es probable que se escondan entre las letras alfa y omega pero para el resto de signos no tenemos respuesta. Las sugerencias de interpretación de Gutiérrez como una fórmula propiciatoria [+ C(hriste D(omine) / ab(i)g(e) o(mnem) / lan(guorem) o + C(hriste D(omine) / ab(i) g(e) / lan(guores)] o como un nombre personal [+ Ce(le)do)nii / ab(batis) / gl(oriosi) an(nulus) o + Ce(le)d(onius) ab(ba) Golan] son puramente conjeturales. 
  Se fecha en los siglos VI o VII.
En este mismo trabajo, al abordar la síntesis, detalla su propuesta de lectura (p. 210) para el anillo de oro, en relación con la que ofrece para otros ejemplares:
En algunos anillos el chrismón ha degenerado hasta transformarse en letras que apenas recuerdan ya su origen y se colocan en posiciones diferentes, unidas o no entre sí por trazos. Es el caso de los ejemplares de Tiermes, en el que aparentemente las letras son BASE  [n. 32 ], de Los Argamasones con las letras RASE  [n. 33 ], y de Santa María de los Hitos en el que la ji (χ) del crismón se abandona al ser sustituida por una cruz con alfa en la base y en los extremos del trazo transversal de la cruz dos S S , una derivada de la omega y la otra sustituyendo la sigma final de XPΙΣΤΟΣ por una S  latina [n. 34 ]. Parece que del antiguo monograma XPΙΣΤΟΣ  a veces se mantuvo en el crismón latinizado la rho (ρ), que derivó en algunos casos en una R  o en una B ; el aspa de la ji (χ) se convirtió en una cruz, a la que se le añadió una A  para el alfa; y una E, B o S  para representar la omega; a veces otra S representa la S final del latino Christus . En definitiva, las letras griegas RO, XI , Alfa y Omega del crismón primitivo no solo fueron rotando de su posición inicial y mezclándose con letras latinas que derivaron del paso del griego XRISTOS  al latín Christus , si no que muchas veces degeneraron en imitaciones o modelos muy lejanos del antiguo crismón, tanto que a veces resulta incluso difícil reconocer en ellas los elementos del crismón. No es imposible que incluso la S entre líneas paralelas que se encuentra en algunos anillos visigodos sea también una forma de representar el crismón o el nombre de Cristo.
En este trabajo, al margen de lo puramente anecdótico, como el hecho de que el artículo en el que se publicaron los anillos se cite como autor únicamente a E. Gutiérrez Cuenca y se omita a J. A. Hierro Gárate, o que el yacimiento aparezca como "Santa María del Hito" o "Santa María de los Hitos", pero nunca con su nombre correcto, nos ha llamado la atención el hecho de que prevalezca la interpretación sobre la transcripción. En ninguno de los dos casos H. Gimeno Pascual ofrece una lectura alternativa basada en una nueva transcripción de la inscripción, sino que se pasa directamente a elaborar una interpretación alternativa a partir de una hipótesis previa: la presencia del crismón en todos los anillos, independientemente de los caracteres que se puedan leer. De hecho, el ensayo de transcripción que realiza del anillo de plata (EDOBCIN) corrige algunos caracteres sin dar más explicaciones, haciendo desaparecer la "A" y convirtiendo la "G" —sobre la que nosotros realizamos un examen detallado y una asignación razonada— en una más obvia "C".

No es este ni el lugar ni el momento de discutir en profundidad las nuevas interpretaciones de las inscripciones que se proponen. Es posible que sean acertadas, tanto como que nuestras lecturas sean erróneas. De hecho, nuestra intención al publicar las inscripciones de los anillos de Santa María de Hito era fomentar el debate y parece que el objetivo ha sido conseguido. Vistas las reseñas, de momento no vemos argumentos de peso para revisar nuestras lecturas, al menos en términos generales. Quizá más adelante nos veamos obligados a "recular", no sería la primera vez que lo hacemos, pero, por ahora, seguimos pensando lo mismo que en 2009.